(Hacia la disolución del narcisismo)
El escritor anónimo no escribe para ser leído entero.
Escribe para ser usado.
No busca adhesión,
no funda pertenencias,
no reclama continuidad ni fidelidad.
Sus textos no piden lectura completa,
piden circulación.
No buscan cierre,
buscan entramarse con otras escrituras,
otras prácticas,
otras experiencias que les son ajenas.
No aspira a una obra.
Aspira a una constelación sin centro ni autor propietario.
Acepta que sus textos se separen de él,
que se deformen,
que se usen mal,
que sirvan para fines imprevistos.
No escribe para representar el mundo,
sino para introducir pequeñas torsiones en su lectura.
Sabe que hoy el saber no se transmite por monumentos,
sino por contactos parciales,
por fricciones breves,
por ideas que se infiltran como aceite
en juntas invisibles.
Por eso escribe sin nombre fuerte,
sin libro necesario,
sin promesa de totalidad.
Si alguien toma un fragmento
y lo hace trabajar en otra parte,
ahí el texto ocurre.
Todo lo demás —
la firma,
la consagración,
la obra cerrada—
es secundario.
La escritura no es un fin.
Es un vector.
Y el pensamiento,
cuando está vivo,
no pide ser reconocido:
pide seguir moviéndose.
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