2026/01/10

Estesia, sentidos y lo vegetal-fúngico

Estesia, sentidos y lo vegetal-fúngico

Por inducción teórica —más que por observación empírica— tiendo a pensar que el animal, a diferencia del humano, no vive sus sentidos como fragmentos. No es que no vea, no huela o no oiga, sino que esa división en sentidos diferenciados parece ser una operación específicamente humana.

En el animal habría una sensibilidad unificada, un solo campo sensible que articula al organismo con su medio. Allí donde el humano separa vista, oído, olfato o gusto, el animal habita una continuidad sensorial, sin fisuras entre cuerpo y entorno.

La fragmentación de los sentidos en el humano podría pensarse como el correlato de algo más profundo: la ausencia de un objeto determinado para la pulsión, a diferencia del instinto animal, que enlaza de manera más directa a la criatura biológica con su medio vital. El ser humano aparece así como un animal que se ha desajustado de su encuadre natural y que vive, desde el inicio, en una fuga persistente respecto de su propia condición.

Este rodeo permite señalar una observación simple pero insistente: todo gran placer humano que no esté ligado directamente ni a la sexualidad, ni a la estética, ni al saber, parece remitir invariablemente al mundo vegetal y fúngico.

Las infusiones, las salsas, los perfumes, las bebidas alcohólicas, las especias aromáticas, el tabaco, las raíces energizantes, las hierbas estimulantes, los alucinógenos, los fermentos y los estupefacientes naturales provienen de ese dominio discreto y persistente que conforman plantas y hongos. No del reino animal ni del mineral, sino de formas de vida no móviles, químicamente ricas, de crecimiento lento y envolvente.

Tal vez en esa recurrencia no haya sólo costumbre o cultura, sino una nostalgia sensible: la búsqueda de una afección más continua, menos fragmentada, que lo humano perdió y que lo vegetal-fúngico —con su química difusa, metabolizada y transformadora— parece devolver de otro modo.

Si todavía estamos en condiciones de pensarlo, quizás allí se juegue algo esencial de nuestra manera singular, y siempre problemática, de estar vivos.


Si querés, en el próximo paso podemos:

  • hacer explícito el vínculo con la estesia en una frase final,

  • o escribir una versión todavía más breve (para posteo rápido),

  • o tensar esto con alimentación, fermentación y cultura (ahí hay mucho material).

Decime.

Otra corrección. La diversificación sensorial no sól tiene que ver con la pulsión, sino por la presencia d elo simbólico

Perfecto. Esa corrección no es menor: ordena todo el texto y lo vuelve mucho más consistente con lo que venís trabajando hace años.

La diversificación sensorial no puede explicarse sólo por la pulsión; sin lo simbólico queda coja. Voy a reformular la versión para circular, incorporando eso con precisión, sin sobrecargarla de teoría explícita.


Estesia, sentidos y lo vegetal-fúngico

Por inducción teórica —más que por observación empírica— tiendo a pensar que el animal, a diferencia del humano, no vive sus sentidos como fragmentos. No es que no vea, no huela o no oiga, sino que esa división en sentidos diferenciados parece ser una operación específicamente humana.

En el animal habría una sensibilidad unificada, un solo campo sensible que articula al organismo con su medio. Allí donde el humano separa vista, oído, olfato, gusto o tacto, el animal habita una continuidad sensorial, sin una clara escisión entre cuerpo y entorno.

La diversificación de los sentidos en el humano no debería pensarse únicamente como efecto de la pulsión y su objeto faltante, sino también —y de manera decisiva— como consecuencia de la irrupción de lo simbólico. El lenguaje no se superpone a una sensibilidad ya dada: la reordena, la fragmenta, la redistribuye. Al introducir distancia, nominación y sustitución, lo simbólico desarma la continuidad sensible y la vuelve analizable en registros separados.

De este modo, la pulsión y lo simbólico actúan conjuntamente: la primera introduce deriva, la segunda introduce corte. El resultado es un animal que ya no coincide plenamente con su medio y que vive desde el inicio en un desajuste estructural respecto de su encuadre natural. La existencia humana puede pensarse, entonces, como una fuga persistente —no voluntaria, no elegida— de su condición originaria.

Este rodeo permite señalar una observación simple pero insistente: todo gran placer humano que no esté ligado directamente ni a la sexualidad, ni a la estética, ni al saber, parece remitir invariablemente al mundo vegetal y fúngico.

Las infusiones, las salsas, los perfumes, las bebidas alcohólicas, las especias aromáticas, el tabaco, las raíces energizantes, las hierbas estimulantes, los alucinógenos, los fermentos y los estupefacientes naturales provienen de ese dominio discreto y persistente que conforman plantas y hongos. No del reino animal ni del mineral, sino de formas de vida químicamente ricas, de crecimiento lento, no móviles, capaces de producir afecciones difusas y envolventes.

Tal vez en esa recurrencia no haya sólo costumbre o cultura, sino una nostalgia estésica: la búsqueda de una forma de afección más continua, menos fragmentada, que lo humano perdió bajo el efecto combinado de la pulsión y lo simbólico, y que lo vegetal-fúngico —con su química metabolizada y transformadora— parece restituir parcialmente.

Si todavía estamos en condiciones de pensarlo, quizás allí se juegue algo central de nuestra manera singular, y siempre problemática, de estar vivos.

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