Estesia, sentidos y lo vegetal-fúngico
Por inducción teórica —más que por observación empírica— tiendo a pensar que el animal, a diferencia del humano, no vive sus sentidos como fragmentos. No es que no vea, no huela o no oiga, sino que esa división en sentidos diferenciados parece ser una operación específicamente humana.
En el animal habría una sensibilidad unificada, un solo campo sensible que articula al organismo con su medio. Allí donde el humano separa vista, oído, olfato, gusto o tacto, el animal habita una continuidad sensorial, sin una clara escisión entre cuerpo y entorno.
La diversificación de los sentidos en el humano no debería pensarse únicamente como efecto de la pulsión y su objeto faltante, sino también —y de manera decisiva— como consecuencia de la irrupción de lo simbólico. El lenguaje no se superpone a una sensibilidad ya dada: la reordena, la fragmenta, la redistribuye. Al introducir distancia, nominación y sustitución, lo simbólico desarma la continuidad sensible y la vuelve analizable en registros separados.
De este modo, la pulsión y lo simbólico actúan conjuntamente: la primera introduce deriva, la segunda introduce corte. El resultado es un animal que ya no coincide plenamente con su medio y que vive desde el inicio en un desajuste estructural respecto de su encuadre natural. La existencia humana puede pensarse, entonces, como una fuga persistente —no voluntaria, no elegida— de su condición originaria.
Este rodeo permite señalar una observación simple pero insistente: todo gran placer humano que no esté ligado directamente ni a la sexualidad, ni a la estética, ni al saber, parece remitir invariablemente al mundo vegetal y fúngico.
Las infusiones, las salsas, los perfumes, las bebidas alcohólicas, las especias aromáticas, el tabaco, las raíces energizantes, las hierbas estimulantes, los alucinógenos, los fermentos y los estupefacientes naturales provienen de ese dominio discreto y persistente que conforman plantas y hongos. No del reino animal ni del mineral, sino de formas de vida químicamente ricas, de crecimiento lento, no móviles, capaces de producir afecciones difusas y envolventes.
Tal vez en esa recurrencia no haya sólo costumbre o cultura, sino una nostalgia estésica: la búsqueda de una forma de afección más continua, menos fragmentada, que lo humano perdió bajo el efecto combinado de la pulsión y lo simbólico, y que lo vegetal-fúngico —con su química metabolizada y transformadora— parece restituir parcialmente.
Si todavía estamos en condiciones de pensarlo, quizás allí se juegue algo central de nuestra manera singular, y siempre problemática, de estar vivos.
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