2026/02/04

El riesgo de cosificación conceptual

Los conceptos psicoanalíticos se formulan en un terreno que no admite particiones sustanciales. Para poder decir algo de ese campo, Freud introduce recortes, nombres, esquemas. Esos recortes permiten trabajar, pero nunca agotan lo que intentan nombrar. En ese punto aparece un riesgo constante: que el concepto se estabilice, que el nombre empiece a funcionar como cosa. 

Ese riesgo atraviesa distintos planos de la teoría. Puede aparecer en la clínica, en la formación, en la transmisión o en la elaboración doctrinal. Cada vez que un concepto deja de operar como instrumento de lectura y pasa a organizar una imagen del aparato psíquico, la teoría se endurece. El concepto sigue circulando, pero ya no trabaja. Se aísla de la producción. 

La historia del psicoanálisis muestra cómo ciertas formulaciones habilitaron lecturas sustancializantes. Cuando el yo fue pensado como instancia organizada y autónoma, esa interpretación no surgió por fuera de Freud, sino a partir de un punto de indeterminación en la formulación original. La aparición de Hartmann no fue un accidente, sino la actualización de una posibilidad latente. 

El problema no reside en el uso de mapas distintos para un mismo terreno, sino en la confusión entre el mapa y el relieve. Yo, ello y superyó nombran recortes móviles de un campo continuo. Cuando esos recortes se fijan, la teoría pierde plasticidad y la práctica se vuelve previsible. 

Por eso el trabajo teórico no apunta a cerrar los conceptos, sino a refinar las formas de decir. No para alcanzar una formulación definitiva, sino para producir enunciados cada vez más precisos, capaces de sostener la complejidad del campo sin reducirla al caos ni solidificarla en entidades.

2026/02/03

El barrendero de sonidos

 

En The Sound-Sweep, de J. G. Ballard, el barrendero no es un personaje marginal: es una figura de gobierno del entorno. Su tarea no consiste en restablecer el sentido, sino en administrar el exceso. El ruido no se elimina; se gestiona. Leído desde el presente, el barrendero anticipa una forma de gobernabilidad basada no en la persuasión ni en la censura, sino en la desorganización controlada. La saturación sonora no produce rebelión ni adhesión, sino cansancio, dispersión, imposibilidad de coordinar la escucha. Políticamente, el ruido funciona mejor que la mentira: no necesita ser creído, sólo sostenido. La multiplicación de versiones no apunta a imponer una verdad, sino a impedir que algo haga masa, que una experiencia se estabilice, que una lectura común se vuelva operativa. En ese régimen, el cerebro —reducido a repetidor— ya no es un lugar de decisión, sino un punto de paso. El barrendero aparece entonces como el síntoma de un límite: cuando la saturación amenaza con volverse ingobernable, se introduce una técnica de limpieza que no restituye el silencio, sino que permite que el ruido continúe circulando sin colapsar el sistema.

Leído desde Freud, este régimen de emisión permanente se articula con el proceso primario. No en el sentido de un retorno a lo arcaico ni de una regresión subjetiva, sino como predominio de una lógica que no conoce corte, jerarquía ni contradicción. El proceso primario no organiza, no discrimina, no decide: circula. Funciona por acumulación, condensación, desplazamiento. Exactamente como el ruido. La radio exterior, al saturar la escucha, reactiva esa lógica: no impone contenidos, sino que desarma la posibilidad misma de orden secundario. En ese contexto, el barrendero de sonidos de Ballard puede leerse como una figura límite entre ambos procesos: intenta restituir una función de descarga allí donde el aparato ya no logra transformar excitación en ligadura. Políticamente, gobernar por ruido es gobernar por proceso primario: no convencer, no prohibir, no censurar, sino mantener la excitación circulando para impedir que se estabilice en pensamiento, en demanda o en acción colectiva. El cerebro, reducido a repetidor, queda capturado en esa economía: retransmite porque no puede ligar. Y cuando el proceso secundario se agota, lo que aparece no es claridad, sino fatiga.

2026/02/02

La radio encendida


Todos llevamos una radio encendida en la cabeza. No sé si esto puede generalizarse; lo afirmo desde mi experiencia personal. No es un tema de conversación, aunque algunos me hayan dicho que también les pasa. Podría, a partir de esa confirmación, establecer una generalidad, si no fuera porque siempre aparece alguien que asegura que eso es algo muy mío. Suelen ser los mismos que dicen que nunca sueñan.

Por momentos somos locutores de esa radio, pero vivimos principalmente escuchando. Somos hablados permanentemente, y eso no se detiene al dormir. Lo que oímos se deposita, insiste, vuelve. En particular lo sonoro: la música que se nos pega, las frases que reaparecen sin aviso. Todo lo que suena en esa radio es caótico.

Hoy esa transmisión no se organiza alrededor de una mentira central, sino de una caotización ininterrumpida de las ideas. La radio interior no busca convencernos de nada: superpone versiones, cambia de frecuencia, llena todos los silencios. Lo fake no es sólo lo falso, sino la multiplicación de voces que relativizan lo real hasta volverlo indistinguible. No se trata de afirmar, sino de saturar; no de imponer una verdad, sino de impedir que algo se estabilice. La radio no se apaga nunca. Y en ese zumbido continuo, la escucha se fatiga y la realidad pierde espesor.

2026/01/28

Sobre el Ello

Nada de lo que Freud haya desarrollado puede entenderse sin considerar que no hay Ello sin cuerpo, porque sin cuerpo no hay síntoma. El Ello no es una instancia abstracta ni un reservorio puramente verbal: está anudado a lo sensible, a la percepción, a la memoria y a los escenarios en los que una vida se despliega.

Es cierto que Freud, en su práctica clínica, privilegió el andarivel de la palabra. Esa reducción no fue un empobrecimiento teórico sino una decisión metodológica: lo clínicamente accesible es aquello que el paciente puede decir. Sin embargo, el trabajo del sueño muestra con claridad que el Ello no se agota en lo verbal. En los sueños persisten restos visuales, sensoriales, afectivos, que no siempre se prestan a la interpretación ni la requieren. Hay escenas que simplemente están ahí, como los lugares de la vida: una calle, una casa, un paisaje que cambia con los años y, sin embargo, conserva su identidad.

El Ello no puede separarse ni del cuerpo ni de esos escenarios. La idea de que el cuerpo es algo distinto del alma no es más que una ilusión yoica. El síntoma se encarga de recordarlo de manera insistente. El cuerpo de hoy no es el de ayer, pero basta que un olor irrum­pa en el presente para que el tiempo se pliegue y nos desplace décadas atrás. Esa persistencia no es espiritual ni metafórica: es material, sensible, corporal.

Plantear la cientificidad del psicoanálisis no implica necesariamente inscribirlo como una ciencia en sentido estricto. Freud distinguía con claridad entre ciencia y arte, y la pregunta que se hacía no era si el psicoanálisis era una ciencia, sino si ese arte se ocupaba de realidades de las que la ciencia puede dar cuenta. Hay artes que no se apoyan en ninguna realidad objetivable; el psicoanálisis no es una de ellas.

Que la causalidad de las neurosis no se reduzca a determinaciones estrictamente biológicas no significa que Freud niegue la biología. Significa que introduce otras determinaciones no menos materiales ni menos objetivas que los procesos bioquímicos, neuronales o fisiológicos. A partir de Freud —y con mayor rigor aún en Lacan— se vuelve evidente que los procesos psíquicos están regidos por leyes que exceden cualquier lógica individual. El inconsciente no es una propiedad subjetiva; no preexiste como entidad. Se constituye a partir de un análisis, aunque nadie pueda sustraerse a las determinaciones del lenguaje que lo hacen posible.

Todo ser humano, como cualquier otra especie animal, dispone de un sistema perceptivo. Freud asocia ese sistema al Yo, pero lo cierto es que la percepción comienza mucho antes de que el Yo se constituya. Desde el período prenatal, todo lo percibido se acumula. Debemos suponer que se inscribe en el sistema nervioso. Sorprende que cuando un niño comienza a hablar, pareciera que hubiera aprendido todo de golpe. Lacan lo formula de otro modo: el sujeto que habla, antes que nada, es hablado.

No sólo escuchamos palabras; escuchamos el modo en que son dichas. Ese caudal auditivo queda guardado como un murmullo de fondo, al que se suman otros registros sonoros: la música, un timbre, un trueno, el ruido de una máquina. A ello hay que agregar lo visual, lo olfativo, lo gustativo. Todo converge en lo que Freud llamó huellas mnémicas: la memoria. Schreber añadía la voluptuosidad; tal vez ahí se encuentre la matriz perceptiva de la libido freudiana, una memoria del goce.

Todas las especies perciben y almacenan. De lo contrario no podrían advertir el peligro ni ser adiestradas. Todo se guarda, sin selección previa. Que ciertas huellas resulten más elocuentes que otras no indica una selección originaria, sino una organización posterior o una predominancia estructural en el momento mismo de la percepción.

A ese caudal acumulado —mucho más embrollado en el humano por la complejidad del lenguaje— Freud lo llamó Ello. El Yo no es más que un filtro, siempre precario, determinado por ese territorio inhóspito que lo precede. El Ello no es caos puro, pero tampoco orden consciente: es un archivo vivo, sensible, persistente.

En ese punto Freud descubre el psicoanálisis como tratamiento de las neurosis. Invita al paciente a decir lo que se le venga a la cabeza, aunque parezca absurdo o ridículo. La asociación libre no es libre: es el intento de suspender el filtro yoico para que el Ello hable, como lo hace en el sueño, sin despertar cuando aparece lo doloroso ni callar cuando emerge lo insoportable.

Podría decirse que el Ello excede largamente a Freud. Todas las religiones, de algún modo, lo han trabajado. En muchos métodos de meditación se busca acallarlo mediante un número, una frase, un mantra. El psicoanálisis, en cambio, no busca silenciar el Ello sino tratarlo: dejarlo hablar bajo condiciones precisas, a través de la transferencia y de una interpretación singular.

El inconsciente freudiano no es el Ello en bruto, sino su tratamiento específico. No se trata de eliminarlo ni de dominarlo, sino de permitir que aquello que insiste desde el cuerpo, la memoria y la percepción encuentre una vía de decir. Que Ello hable.

2026/01/25

Cuestiones topológicas


Cuestiones topológicas

Explicar la banda de Möbius es sencillo cuando se dispone de una cinta de papel. Basta unir sus extremos girando uno de ellos ciento ochenta grados y recorrerla con un dedo para advertir que lo que parecía tener dos lados ya no los tiene. La experiencia es inmediata, casi trivial.
Lo difícil comienza cuando se intenta dar cuenta de esa misma banda sin recurrir a la cinta.

Sin la operación material —torcer, pegar, recorrer— la explicación se vuelve imprecisa. Las palabras tienden a reinstalar lo que la experiencia había desarmado: la separación entre un lado y otro. La imagen tampoco ayuda demasiado; al fijar la forma, vuelve a introducir una dualidad que ya no está allí.

Esto no señala una falla del lenguaje ni un déficit pedagógico. Indica algo más preciso: que ciertas propiedades topológicas no existen como objetos visibles, sino como efectos de un recorrido. No se presentan a la mirada, se producen en el tiempo de una operación.

La banda de Möbius no es, en ese sentido, un objeto ejemplar sino un dispositivo. No ilustra una idea previa; la genera. Y muestra que hay formas cuyo estatuto no puede separarse del gesto que las constituye.

Tal vez por eso algunos conceptos —no sólo topológicos— no se transmiten por definición ni por descripción, sino por montaje y atravesamiento. No se comprenden desde afuera: se recorren.

Topología y sillosidad

 


Conversando con un amigo diseñador industrial, intentaba explicarle algo sobre la topología. Recurrí al teorema de Jordan: una línea poligonal cerrada siempre delimita un espacio interior y otro exterior. Da lo mismo que se trate de una circunferencia, un triángulo, un octógono o una figura irregular; todas son topológicamente equivalentes en la medida en que conservan esa propiedad cualitativa fundamental.

La topología puede pensarse como una geometría del caucho: admite estiramientos, pliegues y repliegues, siempre que no se alteren esas determinaciones que no son métricas ni cuantitativas, sino estructurales.

Le di entonces el ejemplo del Estado. Puede ser más o menos democrático, más o menos inclusivo, pero lo decisivo son sus determinaciones efectivas. Puede deformarse, adaptarse, estirarse, pero sin romperse.

Ahí apareció un ejemplo magnífico del diseño industrial: la sillosidad. Esa cualidad que hace que cualquier silla sea una silla; que permita cumplir una función precisa, la de sentarse. Una cualidad cuyo origen puede rastrearse en una roca o en un tronco caído, y que ya implica un desplazamiento respecto del simple sentarse en el suelo.

Sin ser especialista en objetos culturales, advertí que la historia de los distintos valores de uso puede leerse como una larga experimentación, en la que el pensamiento opera ya con elementos topológicos, además del empleo de lo que la física define como máquinas simples o vasos comunicantes.

2026/01/23

Sobre la desconfianza hacia el psicoanálisis

Sobre la desconfianza hacia el psicoanálisis

Freud afirma, en Sobre el inicio del tratamiento (1913), que la desconfianza hacia el psicoanálisis “no es más que un síntoma entre otros”. La frase es fuerte y, leída sin apuro, deja pensando. Porque parece sugerir que incluso antes de comenzar un análisis, sin conocer su funcionamiento, la neurosis ya estaría operando para resistirlo.

Conviene aclarar este punto para no deslizarse hacia una interpretación excesiva.

Que la desconfianza no deba tomarse como un juicio racional o ideológico es indudable. Freud tiene razón al separar la desconfianza del terreno de la opinión. No se trata de una crítica informada ni de una posición teórica frente al método. En ese sentido, discutir con el paciente o intentar convencerlo carece de sentido. La desconfianza no se debate: se inscribe.

Ahora bien, de ahí no se sigue que la neurosis “sepa” de antemano qué es el psicoanálisis ni que adopte una posición consciente frente a él. La neurosis no anticipa doctrinas ni evalúa métodos. No opera como una ideología.

Lo que resiste no es el psicoanálisis como teoría, sino ciertas operaciones que el dispositivo analítico pone en juego: una forma de hablar sin garantías, la suspensión del control del sentido, la exigencia de decir sin saber adónde se va. Antes de conocer el análisis, el sujeto ya ha tenido experiencias —en su propia historia— de lo que ocurre cuando ese régimen del decir se altera. Allí se juega algo más elemental que una opinión.

En este punto, la frase de Freud puede leerse de un modo más preciso: la desconfianza no es una crítica al análisis, sino un efecto defensivo frente a una práctica que amenaza un equilibrio previo, aun cuando ese equilibrio sea patológico. No es rechazo ideológico, es resistencia estructural.

Esto se vuelve particularmente claro en los tratamientos de larga duración. Pacientes que durante años sostuvieron una posición favorable hacia el análisis pueden, frente a ciertos puntos de verdad, incrementar sus resistencias y hasta reformular su opinión sobre el método. No es que “dejen de creer” por razones teóricas: es que algo del proceso toca un punto sensible. La opinión cambia como efecto, no como causa.

En este sentido, la desconfianza —antes o durante el análisis— no dice nada sobre la validez del método ni sobre la lucidez del sujeto. Dice algo sobre el modo en que la neurosis se defiende cuando se ve confrontada con una práctica que no promete sentido inmediato ni dominio consciente.

Leída así, la afirmación freudiana conserva toda su fuerza sin caer en una simplificación. La desconfianza no es una ideología ni una advertencia anticipada. Es un fenómeno clínico que señala, de manera indirecta, el lugar donde algo resiste a ser dicho.

2026/01/20

Entre la adaptación y la oscuridad

Entre la adaptación y la oscuridad

Hay un riesgo que hoy adopta dos formas opuestas pero solidarias:
que el psicoanálisis se vuelva un saber de adaptación, o que se repliegue como un saber oscuro.

La Ego Psychology mostró tempranamente una de esas derivas. En nombre de Freud, transformó la experiencia analítica en una técnica de fortalecimiento del Yo, orientada a la adaptación a la realidad y a la administración del conflicto. El inconsciente quedó reducido a un reservorio de fuerzas instintivas, y el análisis pasó a colaborar con una economía del éxito y la felicidad. Lacan vio con claridad que ahí no se estaba “actualizando” a Freud, sino desplazándolo.

Pero el problema no se agota en esa versión adaptativa. Existe el riesgo inverso —menos visible, aunque no menos grave—: que, como reacción, el psicoanálisis se preserve volviéndose opaco, iniciático, autorreferencial. Un saber que trabaja con sueños, fantasmas y formaciones del inconsciente puede fácilmente deslizarse hacia la fascinación por lo oscuro, confundiendo rigor con hermetismo.

Freud no eligió ninguno de esos caminos.
No transformó el análisis en una técnica de optimización del Yo, pero tampoco celebró el misterio como valor en sí mismo. Tomó sueños, lapsus, demonios o creencias arcaicas para reinscribirlos en una racionalidad, sin expulsar al sujeto que en ellos se jugaba.

El “retorno a Freud” no fue un gesto de fidelidad doctrinaria, sino una advertencia permanente: el psicoanálisis sólo se sostiene en la tensión entre razón y resto, entre formalización y experiencia, entre ciencia y aquello que la ciencia deja fuera.
Cuando esa tensión se pierde —por adaptación o por oscurantismo—, el psicoanálisis deja de incomodar.
Y cuando deja de incomodar, empieza a funcionar como ideología o como creencia.

De la ética al imperativo

 De la ética al imperativo

La difusión de frases de Freud o de Lacan no es en sí un problema.
El problema aparece cuando esas formulaciones son extraídas de la estructura que las hace operar y reinsertadas como consignas subjetivas.

“No ceder ante el deseo”, desanudada de la castración, del goce, de la ley y de la transferencia, deja de orientar una ética para funcionar como un imperativo de autosuperación. El deseo ya no es allí lo que divide al sujeto, sino lo que debe afirmarse sin resto.

En ese desplazamiento, el discurso analítico cambia de régimen: deja de interrogar la posición subjetiva y pasa a colaborar —aun sin proponérselo— con las técnicas contemporáneas de adaptación y optimización del yo.

Freud no incorporó sueños, lapsus o creencias “oscuras” para celebrarlos ni para explotarlos como recursos terapéuticos. Los tomó como formaciones que exigían ser reinscriptas en una racionalidad, sin eliminar al sujeto que en ellas se comprometía.

Cuando el psicoanálisis se vuelve compatible con todo, suele ser porque ya no toca el punto donde algo no cierra.