2026/08/15

La sujeción hecha instrumento

La sujeción hecha instrumento

La vida no deroga la física. La sufre, la usa, la convierte en forma. Y con esa forma, construye herramientas, industria, técnica. La sujeción no termina en el cuerpo: se prolonga en la máquina.

El pájaro responde a la gravedad con el ala. El pez responde a la densidad del agua con la aleta. El humano responde a la vertical con un equilibrio precario que se corrige a cada paso. Pero hay una diferencia. El pájaro no construye un avión; el humano sí. El pez no fabrica un submarino; el humano sí. La técnica es la manera en que una especie, sometida a las leyes de la física, extiende su propia configuración para negociar mejor con esas leyes. Es la sujeción hecha instrumento.

El bastón no es un simple palo. Es una prótesis del equilibrio perdido. La rueda es una negociación con la fricción. El arco es una acumulación de tensión que se libera. Cada herramienta nace de un cuerpo que no se resigna a padecer la física: la estudia, la aprovecha, la convierte en palanca. La técnica no es un reino artificial separado de la naturaleza. Es la naturaleza misma, en su forma humana, prolongándose en artefactos. La física sigue mandando. Solo que ahora le respondemos con instrumentos.

Pero la técnica, al prolongar el cuerpo, prolonga también las relaciones de poder que se tejen sobre ese cuerpo. Toda herramienta es, al mismo tiempo, una posibilidad y una amenaza. El cuchillo puede cortar el pan o cortar la vida. La máquina puede aliviar el trabajo o expulsar al trabajador. La red puede conectar o vigilar. La técnica no es neutral: es el campo donde se decide si la sujeción se vuelve acoplamiento o dominación.

El capitalismo lo entendió antes que nadie. Convirtió la técnica en un instrumento de dominación de clase. La fábrica no es solo una respuesta a la física; es un dispositivo para extraer plusvalía. La máquina no solo multiplica la fuerza humana: la disciplina, la cronometra, la subordina. La sujeción del cuerpo a la física terminó siendo administrada por los que someten a otros cuerpos. La gravedad, que nos obliga a sostenernos, se convirtió en un sistema de pesos y cadenas. Eso es la sujeción hecha dominación.

Una política emancipatoria no renuncia a la técnica, como si fuera un demonio. Eso sería una estupidez reaccionaria. La recupera, la reorienta, la devuelve a su función originaria: ayudar a sostenerse, como el bastón de la Esfinge, y no aplastar, como la espada del amo. La ciencia y la industria no son el enemigo. El enemigo es la relación social que las secuestra y las pone al servicio del lucro.

La biopolítica de la modestia parte de ahí: de saber que la técnica es la continuación de la selección natural por otros medios, pero que su orientación ya no está dictada por la gravedad. Está dictada por las relaciones sociales. Y ahí, en ese punto exacto, la sujeción física se cruza con la lucha de clases.

La Esfinge no solo pregunta por el equilibrio del cuerpo. Pregunta también por el uso de la herramienta. ¿El bastón sirve para sostenerte o para golpear? ¿La máquina sirve para alimentar o para someter? ¿La técnica sirve para liberar o para oprimir?

No hay respuesta metafísica. Solo hay una práctica: la de una especie que, sometida a la física, construye instrumentos para sobrevivir. Y que, en ese mismo acto, decide si la sujeción será acoplamiento o dominación. La materia viva no puede escapar de la física. Pero puede elegir, si se organiza, qué hacer con las herramientas que esa sujeción le ha obligado a inventar. Esa es la dignidad de lo vivo: no la libertad abstracta, sino la experimentación concreta de un cuerpo que, contra la gravedad, se levanta y camina. Y a veces, construye.

La sujeción de lo vivo

La sujeción de lo vivo

La selección natural no es un plan, ni una voluntad, ni una competencia de individuos. Es la sujeción de lo biológico a las leyes de la física. Esa es su definición más austera y, creo, la más exacta.

Ningún ser vivo escapa a la gravedad. Ninguna célula escapa a la termodinámica. Ningún tejido escapa a la fricción, a la viscosidad, a la tensión superficial. Lo orgánico no es un reino aparte con leyes propias: es una configuración de la materia que se ve obligada a negociar, a cada instante, con las leyes del mundo inerte. La vida no deroga la física. La vida la sufre, la usa, la convierte en forma. Y con esa forma, construye herramientas, industria, técnica. La sujeción no termina en el cuerpo: se prolonga en la máquina.

El pájaro es el ejemplo más claro. Su vuelo no es una excepción a la gravedad: es una respuesta a ella. Los huesos huecos, el esternón aquillado, las alas como perfiles aerodinámicos, todo eso es la huella de una sujeción que se volvió acoplamiento. El pájaro no se libera de la gravedad; la convierte en deslizamiento. La física no es su cárcel: es su materia prima.

Lo mismo ocurre con el pez y con el agua. La resistencia del fluido no es un obstáculo externo: es el medio mismo que esculpe la aleta, la forma hidrodinámica, la vejiga natatoria. La física del agua no es lo que impide nadar: es lo que hace posible la natación.

La sujeción no es solo limitación. Es también activación. La gravedad no solo aplasta: obliga a crear contrafuertes, músculos antigravitatorios, posturas de equilibrio. La fricción no solo desgasta: pule. La termodinámica no solo condena al desorden: obliga a importar orden y exportar entropía. La vida no es una rebelión contra la física: es una de sus torsiones, una de sus configuraciones más complejas.

El ser humano es la sujeción hecha drama. Somos el animal que camina erguido, desafiando la línea de la vertical, pero que no termina de resolver ese desafío. Nacemos sin poder sostenernos, caemos al envejecer, nos corregimos a cada paso. La Esfinge, ese antiguo emblema del límite entre lo humano y lo animal, no pregunta por el alma: pregunta por la relación del cuerpo con la gravedad. "¿Cómo te sostenés?" es una pregunta de física, no de metafísica. Y la respuesta de nuestra especie es la más precaria: nos sostenemos mal, y por eso experimentamos.

La selección natural, vista así, no es una diosa que elige a los más aptos. Es la expresión biológica de una sujeción material. La química del carbono derrocha intentos, y la física los filtra. Los que no soportan la presión, mueren. Los que no aguantan la temperatura, mueren. Los que no encuentran un cauce, mueren. Y sobre ese derroche, queda un resto. Ese resto es lo que llamamos vida.

La sujeción no es un castigo. Es la condición misma de existir. La materia viva no está sometida a la física como un esclavo a su amo: está sometida como el agua a la pendiente, como el viento a la presión, como el pájaro a la gravedad. Esa sujeción no la anula. La obliga a ser.

La Esfinge, al fin y al cabo, no esperaba una respuesta. Esperaba que la materia, en su forma más compleja, se reconociera a sí misma como lo que es: un flujo de energía envuelto en un cuerpo que se sostiene apenas, sobre dos piernas, contra la gravedad. Y que, a pesar de todo, sigue caminando.

2026/08/09

Desde las ventanillas del Roca

 

Cuando viajás en tren desde La Plata a Constitución, es muy interesante observar el paisaje a partir de Sarandí. Mucho más si conocés ese trayecto desde hace mucho tiempo. Galpones abandonados, restos de un proyecto industrial que alguna vez hizo alarde de chimeneas humeantes y movimiento de trabajadores. Tal vez fábricas de zapatos, hilanderías, envasado de comestibles secos, pequeñas acerías… Hoy. Un paisaje deteriorado.

Si te preguntan cuál es el problema de Argentina, deciles que se tomen el Roca desde Sarandí a Constitución. Falta lo que alguna vez intentó ser.

Nacionalismo popular


Esa bandera. Ese gesto mínimo y gigantesco es la manifestación más pura de algo que las elites nunca entendieron y que los gobiernos progresistas tampoco supieron canalizar del todo. Es la prueba de que existe una Argentina plebeya, irreductible, que no se rinde a la lógica del mercado ni a la resignación del "no hay alternativa". Una Argentina que cuando se junta, cuando canta, cuando compite, saca lo mejor de sí misma.

Esa es la Argentina de la que hablamos cuando hablamos de nacionalismo popular.

 

Un nacionalismo que no es de derecha

Conviene aclararlo de entrada: este nacionalismo no tiene nada que ver con el chovinismo xenófobo que las derechas enarbolan en otras latitudes. No es un nacionalismo de superioridad racial ni de odio al extranjero. Es, como lo definió el boliviano Álvaro García Linera, la conciencia de pertenecer a una comunidad histórica concreta, con características propias, con una memoria compartida, con una forma de sufrir y de celebrar que nos distingue.

En la Argentina, ese nacionalismo popular se forjó en la fusión de los "cabecitas negras" que bajaban del interior empujados por la miseria del campo y los inmigrantes europeos que huían de las guerras y el hambre. No fue una suma mecánica. Fue una aleación nueva. Un sujeto colectivo que encontró en el peronismo su expresión política, pero que lo trasciende largamente.

Ese nacionalismo es el que llena las canchas cada fin de semana, el que hace que un pibe de una villa se ponga la camiseta de la Selección como un manto sagrado, el que convierte a Maradona y a Messi en íconos populares mucho más potentes que cualquier candidato. No es un nacionalismo de Estado. Es un nacionalismo de pueblo. Y por eso es tan difícil de domesticar.

 

Lo que la política no puede canalizar

El drama de nuestro tiempo es que esa fuerza popular no encuentra traducción política. El peronismo, que supo ser el gran articulador de ese nacionalismo plebeyo, hoy está fragmentado, burocratizado, atrapado en disputas de cúpulas. Las izquierdas, en su mayoría, miran con desconfianza cualquier manifestación de nacionalismo, como si fuera un resabio de falsa conciencia. Y mientras tanto, las derechas —ahora con Milei a la cabeza— intentan apropiarse de los símbolos nacionales para vaciarlos de contenido social y llenarlos de un individualismo feroz.

Pero la bandera que Lo Celso sostuvo no era de Milei. No era del gobierno. No era de ningún partido. Era de un hincha anónimo y de un jugador que supo tomarla. De esa Argentina que no se rinde, que no se vende, que no se resigna.

 

La tarea pendiente

 

La nación no es solo un territorio. Es un conjunto de humanos con características propias, una comunidad de destino. Esa definición nos cabe como anillo al dedo. Porque la Argentina no es un mapa. Es un pueblo que se hizo en la lucha, en la mezcla, en la resistencia. Un pueblo que quiere ser dueño de su mapa.

Esa comunidad de destino está viva. La vemos en los gestos de los que triunfan sin olvidar sus raíces, en cada olla popular, en cada compra comunitaria, en cada perro callejero al que los vecinos le buscan un hogar. Está viva, pero fragmentada. Sin conducción, sin proyecto, sin herramienta.

La tarea es soldar eso. Unir lo que el capital separa. Construir un movimiento que exprese ese nacionalismo popular y lo traduzca en poder real. No para volver al pasado, sino para inventar un futuro donde una bandera blanca con letras negras, hecha en casa, no sea solo un recuerdo emotivo, sino el anticipo de una nación que sabe ponerse de pie.

2026/08/06

El reducto de mi abuelo

En el fondo, al lado del gallinero, mi abuelo tenía su galponcito. No sólo servía para guardar herramientas y libros. Él pasaba horas en ese lugar. Era como su estudio o su taller. Ese reducto donde podía hacer trabajos manuales o leer publicaciones rusas o polacas. Estaban esos textos en cirílico para mi ilegibles y esos otros con articulaciones diversas de consonantes que fui aprendiendo a pronunciar. Era un lugar apacible para un nene, el antro del abuelo.

Cuando de viejo me pregunto cuál es el lugar del mundo en el que pudiera estar más seguro, se me viene a la cabeza el galponcito del fondo, al lado del gallinero.

2026/07/29

Lo que el lemming enseña

Lo que el lemming enseña


Existe la creencia popular de que los lemmings se suicidan en masa. Es un mito alimentado por un viejo documental que, para filmar la escena, los arrojó por un acantilado. La realidad no necesita de ese truco para ser inquietante. Simplemente es otra cosa.

Lo que ocurre con los lemmings es una oscilación de cantidades. Cuando las condiciones son favorables, proliferan de manera desmedida. La población crece hasta que el alimento escasea. Entonces emigran en masa. Cruzan ríos, atraviesan valles, se topan con acantilados. Muchos mueren. Muchísimos. Pero llamar "suicidio" a esa mortandad es proyectar una intención humana sobre un hecho estadístico. Mientras unos mueren, otros miles nacen. Lo cuantitativo sube y baja como un termómetro enloquecido.

Lo cualitativo, en cambio, permanece. La especie no se extingue. Al final del ciclo, queda un resto. Un puñado de lemmings que no emigró, o que encontró un valle protegido, o que simplemente tuvo suerte. Ese resto alcanza. Vuelve a poblar la tundra cuando las condiciones mejoran, y el ciclo recomienza.

La naturaleza, en los lemmings, se muestra ajena a nuestros cálculos. No es una economía que administra recursos escasos. No es una tragedia que lamenta a sus muertos. Es un flujo. Un derroche sin cálculo que, sin embargo, persiste.

Pero hay algo más. La vida de un lemming no es apacible. No es una anécdota de superación. Es un tránsito caótico, un vértigo. Nacen en un momento de auge o de colapso, se alimentan con voracidad, se reproducen sin pausa, y mueren jóvenes, devorados por un depredador, ahogados en un río o simplemente agotados por el estrés de la migración. No hay serenidad en esa existencia. Hay un derroche de energía, un torrente que los atraviesa y los consume en cuestión de meses.

Sin embargo, un lemming sabe lo que es un lemming. No con palabras, pero sí con el cuerpo. Vive entre lemmings. Reconoce a sus congéneres, se aparea con ellos, los sigue en la migración. Su trama basal está sintonizada con su mundo inmediato. No puede salirse del flujo para contemplarlo desde afuera, como hacemos nosotros. Vive en un presente denso, cargado de instinto y aprendizaje, pero sin la pausa que da el lenguaje. Su vértigo no es angustia, es vida.

Y acá viene la verdadera lección. Los lemmings que mueren en la migración no "fracasaron" en la selección natural. Estuvieron vivos. Corrieron, comieron, se reprodujeron, sintieron el impulso de migrar y lo siguieron hasta el final. Su existencia no fue un error. Fue una expresión plena de lo que es ser un lemming.

La selección natural no es solo sobrevivir. Es estar vivos. Es el derroche, el vértigo, la abundancia, la muerte masiva y el resto que persiste. No es un concurso de resistencia. Es un experimento continuo de la materia por sentirse a sí misma, por moverse, por buscar un cauce, aunque ese cauce termine en un acantilado.

Los lemmings nos muestran que la vida no es un medio para un fin. Es un fin en sí mismo. La supervivencia de la especie es una consecuencia, no la meta. La meta es el impulso de Eros, el derroche de energía mientras dure. Los lemmings son puro Eros, incluso cuando caen por el acantilado. Porque caen vivos, corriendo, siguiendo su impulso hasta el final.

Quizás, después de todo, el lemming no tenga nada que enseñarnos. Quizás solo nos muestra lo que siempre supimos pero nos resistimos a aceptar: que la naturaleza no se rige por nuestros planes, y que la persistencia no es un triunfo, sino una obstinación de la materia. Una obstinación que no busca durar, sino simplemente ser, mientras se pueda.

La conversación imposible: entre el grito y la distinción

 La conversación imposible: entre el grito y la distinción

Hoy es muy difícil conversar. Se vive interrumpiendo. Se escuchan dos palabras y ya se las pisan. Nadie parece interesado en lo que cuenta otro, sino en encontrar la oportunidad para meter lo propio. La necesidad de ser escuchado es muy superior a escuchar. O simplemente es no dejarte hablar. El modelo Intratables o ESPN F90 dejaron muy atrás a Polémica en el bar, donde al menos se simulaba cierto diálogo, cierta escucha, un "seguime que ahora te respondo". El problema es que esas lógicas discursivas, las del combate y el zapping humano, se metieron en lo cotidiano. Ya no conversamos: nos turnamos para disparar.

Esa imposibilidad tiene una raíz más honda. Es la otra cara de una misma moneda. Nos acostumbraron con esa pretensión de ser distinto. Es casi una obsesión contemporánea. Que te digan "es un distinto". Terrible paradoja, pues nos martillaron en la cabeza con que nadie es igual al otro y todos repiten "somos todos diferentes". Ser más distinto que los distintos. La hiperrealidad de la distinción es uno de nuestros principales síntomas actuales. Hiperobsesión.

Y aquí se cierra el círculo vicioso. Porque una persona que ha hecho del culto a su personalidad un proyecto de vida es, por definición, incapaz de escuchar. Escuchar implica momentáneamente ceder el protagonismo, aceptar que lo que el otro dice, siente o piensa es, en ese instante, más importante que mi construcción de personaje. Pero para el "distinto", la conversación no es un intercambio: es un escenario. No puede esperar dos palabras sin pisarlas porque su necesidad no es entender, sino aprovechar cualquier pausa para seguir esculpiendo su propia estatua frente a un otro que no es interlocutor, sino audiencia. Interrumpir es un acto de afirmación del yo: "Mi idea es más brillante, más única, y no puede esperar". El modelo Intratables no es solo un formato: es la pedagogía perfecta para una sociedad de narcisos en competencia, un desfile de personalidades donde el fin no es construir sentido juntos, sino ver quién brilla más.

Sin embargo, la verdadera jerarquía humana no se mide por ese brillo aislado. La jerarquía de los humanos se mide por su aporte a lo colectivo —aunque no lo tengamos como observable—, por su capacidad de imbricación, de acoplamiento que produce saltos en lo colectivo. La jerarquía de un equipo de fútbol se muestra en su funcionamiento grupal. Los talentos se acoplan a ese funcionamiento y lo potencian, pero solos nunca podrán. Pero nos machacan con las individualidades. Vas a ver puntajes individuales, nunca puntajes de equipo.

Nos han educado para ser estrellas que compiten por el brillo más intenso, pero que son incapaces de formar una constelación. Somos puntos luminosos en un vacío, gritando cada vez más fuerte para que nos miren, en medio de una soledad atronadora. La salida no es aprender a gritar mejor. Es recordar que el verdadero distinto no es el que se impone, sino el que se acopla; no el que interrumpe, sino el que escucha y, con su escucha, hace posible que exista algo que ninguno podría haber creado solo.

La hiperrealidad de la diferencia

Culto a la personalidad

Nos acostumbran con esa pretensión de ser distinto. Es casi una obsesión contemporánea. Que te digan “Es un distinto”. Terrible paradoja pues nos martillaron en la cabeza de que nadie es igual al otro y todos repiten “somos todos diferentes”.

Ser más distinto que los distintos. La hiperrealidad de la distinción es uno de nuestros principales síntomas actuales. Hiperobsesión.

La jerarquía de los humanos se mide por su aporte a lo colectivo -aunque no lo tengamos como observable- por su capacidad de imbricación, de acoplamiento que produce saltos en lo colectivo.

La jerarquía de un equipo de fútbol se muestra en su funcionamiento grupal. Los talentos se acoplan a ese funcionamiento y lo potencian, pero solos nunca podrán. Pero nos machacan con las individualidades. Vas a ver puntajes individuales, nunca puntajes de equipo.

2026/07/24

Una sola carne: el acoplamiento como estructura de lo real

Una sola carne: el acoplamiento como estructura de lo real

Partiendo del Génesis, donde Dios les dice a hombre y mujer que serán una sola carne

Hay frases que la tradición repite hasta vaciarlas de sentido. "Serán una sola carne" es una de ellas. La escuchamos en bodas, la leemos en catecismos, la usamos como metáfora del amor romántico. Pero si la despojamos de su recubrimiento místico y la leemos con ojos materialistas, nos encontramos con una afirmación extraordinaria: el acoplamiento no es una metáfora, es una estructura de lo real.

No se trata de que dos individuos preexistentes decidan "unirse" y, por un acto de voluntad o de gracia, se vuelvan uno. Eso sería idealismo. La afirmación bíblica, leída desde abajo, dice algo más radical: que la individuación no es el punto de partida, sino un momento provisorio en un flujo que siempre ha sido común.


1. El Yo como ilusión moderna

Hemos instalado el Yo en el centro de todo. El Yo autónomo, el que elige, el que decide, el que se hace a sí mismo sin deberle nada a nadie. Esa es la gran ficción de nuestra época. Y hemos llamado "ilusión" al amor, como si el amor fuera un espejismo químico que nos distrae de nuestra soberanía individual.

Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si el verdadero espejismo fuera el Yo?

El Yo no es un origen. Es un pliegue en una trama que lo precede y lo excede. Cada uno de nosotros es un nudo provisorio en una red de afinidades y contraposiciones, de herencias y deudas, de cuerpos y de palabras. El pensamiento propio no es más que un apéndice de una multiplicidad de pensamientos que circulan sin nuestro permiso. No elegimos nuestras obsesiones, no decidimos nuestros sueños, no controlamos el ronroneo de fondo que nos constituye.

El amor, cuando irrumpe, deshace esa ficción. De repente, el otro no es un accesorio de mi vida: es el suelo donde piso. Su alegría me constituye, su sufrimiento me desgarra. No hay forma de explicar esto si partimos de dos individuos separados que luego "se juntan". Lo que ocurre es más radical: la experiencia del "nosotros" es más originaria que la del "tú" y el "yo".


2. Los paneles que se acoplan

Hace unos meses soñé algo que me dejó dando vueltas. Soñé con paneles energéticos individuales. Cada panel era autónomo: tenía su propia fuente de energía, su propio receptor de Wi-Fi, su propia capacidad de funcionar por sí mismo. Pero esos paneles estaban diseñados para acoplarse entre sí. Y lo notable era lo que ocurría cuando eso pasaba.

Al acoplarlos, la energía de cada panel comenzaba a circular por el cuerpo común de todo el acoplamiento. Pero ya no era la misma energía individual de antes, sino una energía nueva, propia de todos, que no pertenecía a ninguno. No era una fusión instantánea: era un pequeño proceso. El acoplamiento tomaba su tiempo, tenía sus pasos, su paciencia.

Y lo más extraño es que esa energía que circulaba no era solo eléctrica o técnica. Era también una circulación de sentimientos. Los sentimientos se transmitían por Wi-Fi de un panel a otro, y en el acoplamiento eso también excedía lo individual. Dejaban de ser sentimientos privados, internos, escondidos. Se transformaban en algo común, respirable, compartido.

Ese sueño me mostró, en imágenes, lo que el Génesis dice con palabras: los humanos no nacen acoplados, pero están hechos para estarlo. No son el Yo blindado que se cierra a la intemperie, ni tampoco la fusión indiferenciada donde uno se pierde en el otro. Son unidades que encuentran su sentido en el acoplamiento sin disolverse en él.


3. La trama basal y la carne común

Llamo trama basal al flujo continuo e involuntario de autoafección que constituye el fondo de la vida anímica humana. No es pensamiento dirigido ni percepción de objetos, sino la sensación persistente de existir sintiéndose: restos de palabras, fragmentos sonoros, imágenes, ritmos, olores que circulan sin ser convocados. Es el ronroneo de fondo que solo calla con la muerte.

En los animales no humanos, esa autoafección tiende a ser un campo unificado. En el humano, el lenguaje la fragmenta, la redistribuye en sentidos separados y la vuelve analizable. Pero esa fragmentación no elimina la trama: la repliega. La trama basal es entonces la estesia anudada a lo simbólico: un agregado caótico, pero no amorfo, organizado por un núcleo lógico-generativo que opera con una lógica paraconsistente, donde los opuestos coexisten sin resolverse.

Cuando el Génesis habla de "una sola carne", está señalando, sin saberlo, un fenómeno material: el acoplamiento de dos tramas basales produce un excedente que no estaba en ninguna de las dos. No es la suma de sus energías, sino una energía nueva, propia del cuerpo común. Como el sueño de los paneles: la energía que circula por el acoplamiento no es la misma que la de los paneles aislados.


4. La intemperie como lugar de otros frágiles

Darwin, en su viaje por el mundo, describió un archipiélago desolado: las peñas de San Pablo. Rocas estériles, sin suelo, sin árboles, sin agua dulce. A primera vista, no debería haber nada allí. Sin embargo, observó una escena:

Un búho que construye su nido con hierbas marinas. El macho lleva al nido un pez volador para alimentar a la hembra. Un cangrejo trepa hasta allí y se come el pez volador. Y cuando puede, devora también a las avecillas. Una mosca y un ácaro viven en las plumas del ave. Un gusanito se aloja en el cuerpo del cangrejo.

Cada uno de esos seres es un nudo provisorio en una trama que los excede. El búho depende del océano que le da los peces; el cangrejo depende del búho que construye el nido y trae el alimento; la mosca y el ácaro dependen del ave que les da sangre y refugio; el gusanito depende del cangrejo. Y todo eso, a su vez, está sostenido por el guano de las aves, que fertiliza algas, que alimentan crustáceos, que alimentan peces, que alimentan aves.

La lección de Darwin es la misma que la del Génesis y la del sueño de los paneles: no hay individuo sin trama, no hay vida sin covitalidad. La individuación es real —el búho es un búho, el cangrejo es un cangrejo— pero esa individuación no es separación: es un momento de la trama, una cristalización transitoria del flujo de materia y energía.

Y la intemperie, ese afuera que el Yo soberano teme, no es el vacío. Es el lugar donde otros frágiles ya están circulando. El que se protege dentro de su caparazón no se ha liberado de nada. Simplemente, se ha quedado dentro de una casa calefaccionada sin saber que afuera, en la intemperie, la vida circula entre los cuerpos como la sangre entre los órganos.


5. La decisión como pliegue de la trama

Si el acoplamiento es la estructura de lo real, entonces la decisión no es un acto de voluntad soberana que se impone desde un exterior. Es un pliegue de la trama, un momento en que el flujo se reorganiza y produce un corte.

Cuando dejé el tabaco, no fue porque un día decidí "ser más fuerte". Fue porque una crítica ideológica que venía elaborando —¿por qué alguien crítico tiene que estar subordinado a un vicio?— se encontró con una percepción que el cannabis me había permitido tener: el tabaco no me producía nada, era un hábito vacío. Y esa percepción, a su vez, resonó con una advertencia objetiva: el EPOC de mi padre.

El corte no fue un acto de voluntad pura. Fue la confluencia de tres registros —crítica, percepción, advertencia— que se alinearon en un mismo pliegue de la trama. Y la ausencia de extrañar, esa rareza que tanto me llamó la atención, fue la prueba de que el objeto ya no estaba investido por el flujo. No extrañé porque no había perdido nada valioso; me había sacado una contradicción.

La decisión no es un "yo decido" que se impone a una trama pasiva. Es la trama misma, en su movimiento, produciendo un pliegue que modifica su propio régimen de circulación.


6. Lo que el acoplamiento produce

El Génesis dice que serán una sola carne. El sueño de los paneles dice que la energía, al circular por el acoplamiento, cambia de cualidad y produce un excedente que no pertenece a ninguno. Darwin dice que la vida es una trama de interdependencias donde cada resto es aprovechado, cada derroche se vuelve alimento, cada error encuentra un cauce.

Lo que estos tres registros —mítico, onírico, biológico— señalan es lo mismo: el acoplamiento no es una suma, es una emergencia. Algo nuevo aparece cuando los paneles se acoplan, cuando los cuerpos se tocan, cuando las tramas basales se anudan. Ese algo nuevo no se explica por sus componentes. Es un excedente, un plus, una energía que no estaba antes y que ahora circula.

Esa energía no es mía ni tuya. Es del cuerpo común. Y ese cuerpo común no es una fusión indiferenciada donde las identidades se borran. Es un espacio de tensiones, de ritmos propios, de paciencia. Las hormigas no construyen un puente vivo en un segundo: sincronizan sus cuerpos progresivamente. Los humanos no se vuelven "una sola carne" en el instante de una declaración: necesitan la conversación repetida, el cuidado de los días, la fricción de la convivencia.

El amor, la política, la amistad, la comunidad, no son estados de gracia. Son artesanías que toman tiempo, que tienen sus pasos, sus retrocesos, sus falsas alarmas.


7. La pregunta que queda abierta

Si el acoplamiento es la estructura de lo real, entonces la identidad no está en la autonomía, sino en la capacidad de acoplamiento diferido. No se es "uno mismo" antes del acoplamiento, sino en el movimiento del acoplamiento.

La pregunta que el Génesis, el sueño y Darwin me dejan no es "quién soy", sino "qué energía aparece cuando me acoplo".

Porque el Yo, esa ficción tan cara a nuestra época, no es más que un panel que se imagina autosuficiente. Pero los paneles están hechos para acoplarse. Y en el acoplamiento, la energía cambia de cualidad. Deja de ser mía. Se vuelve común, respirable, compartida.

La ilusión no es el amor. La ilusión es el Yo.

El amor es el deshacedor de esa ilusión. Y el deshacer no es una pérdida: es la constatación de que siempre hemos sido parte de una trama que nos excede, y que solo en el acoplamiento, en la intemperie, en la carne común, la vida encuentra su cauce.


Texto escrito a partir de una conversación sostenida durante varios días, donde se fueron hilando los sueños, las lecturas, las experiencias y las preguntas de un viejo que sigue pensando desde la práctica cotidiana.

2026/07/13

Roberto Arlt. Nosotros mismos


"Pensando sobre Arlt descubría el sentido de mis conductas actuales y de mis conductas pasadas: que dura y crudamente habían estado determinadas por mi origen social"
Oscar Masotta

Milei no es un otro ajeno e inexplicable, sino una figura que nos obliga a mirarnos en un espejo incómodo, el que Arlt pulió hace un siglo y que Masotta nos enseñó a sostener.

En una entrevista realizada a Jorge Alemán, él señalaba cierto extrañamiento en España ante las características de Javier Milei. La cita que hago no es textual, sino un intento por reconstruir la idea que planteaba este autor argentino que desde hace décadas vive en aquel país. La Argentina dio a Borges, a Cortázar, al Che, al papa Francisco, y mostró al mundo un sedimento intelectual muy poderoso. Cualquier extranjero conocedor se preguntaría eso que algunos españoles le plantearon a Alemán: de qué raíz brotó un Milei. Pareciera ajeno a la argentinidad. Al escucharlo me puse a elaborar algunas conjeturas, y eso me llevó a Roberto Arlt y también a Oscar Masotta. 

Tal vez Milei no sea una extrañeza como se quiere mostrar, sino un resultado bastante acabado de un sedimento común en gran parte de la clase media argentina. Una extrañeza en el ámbito de la política institucional, sí, pero no equivalente a lo que ocurre en la cotidianeidad social. Para erigirse en abanderado de una lucha contra la casta, su perfil era el más adecuado.

 

1. Lo que Masotta encontró en Arlt no fue simplemente "literatura"

 

Cuando en 1965 Masotta prologó su Sexo y traición en Roberto Arlt bajo el título "Roberto Arlt, yo mismo", dejó en claro que no estaba haciendo crítica literaria en el sentido corriente. Arlt se había convertido para él en un analizador de su propia existencia y, por extensión, de la clase media argentina. Descubrió así ciertas conductas —la delación, la humillación, la fascinación por el poder, el resentimiento— que no son solo "temas" de las novelas de Arlt, sino estructuras subjetivas que operan más allá de sus páginas. Masotta lo dirá con brutal honestidad: "pensando sobre Arlt descubría el sentido de mis conductas actuales y de mis conductas pasadas: que dura y crudamente habían estado determinadas por mi origen social".

 

La tesis central es que en el hombre de clase media hay un delator en potencia, y que la delación no es una falla moral sino una solución "lógica" a las contradicciones de esa posición social. Esa intuición no caduca con el paso del tiempo; lo que cambia son las formas en que esa estructura se manifiesta.

 

2. La Argentina que los españoles no entienden

 

Lo que decía Alemán es fundamental. Los españoles —y cualquiera que mire desde afuera con los lentes de la cultura argentina exportable— buscan a Borges, a Bioy, a Cortázar. Buscan la sofisticación europea en el sur. Y se encuentran con los Milei, con Adorni, con Lemoine, con un séquito que no encaja en ese molde. Ahí suele aparecer la hipótesis de la excepción, del accidente, del loco que se coló en el sistema.

 

Pero si uno viene de leer a Arlt, eso no es un accidente. Es la irrupción de un subsuelo que siempre estuvo ahí, pero que la cultura oficial prefiere no mirar. Borges y Bioy son la Argentina que se quiere europea; Arlt es la Argentina que sabe que no lo es, y que en esa frustración produce monstruos, resentidos, inventores de sistemas, delatores. Milei no es Borges. Es un personaje de Arlt que llegó a presidente.

 

3. Milei y el modelo Astier

 

Aquí es donde Arlt se vuelve indispensable.

 

El primer capítulo de El juguete rabioso no es solo una anécdota de adolescencia: es el modelo de una sociabilidad que Masotta llamaría "lógica". La formación de una pequeña sociedad secreta de muchachos de clase media venidos a menos, unidos por el resentimiento, la fantasía de poder y la certeza de que el mundo les debe algo. Astier, Enrique y Lucio fundan un club de ladrones. Roban libros, metales, caños de plomo. Se inician en la vida adulta a través de una estafa que los hace sentir vivos, inteligentes, superiores al mundo de los "esclavos" que trabajan en fábricas y oficinas.

 

Lo que hay que notar es la estructura del vínculo:

 

-Hay un líder, Astier, que es el más imaginativo, el más desesperado, el que teoriza y justifica.

 

-Hay un segundo que admira y sigue, pero que puede volverse rival o delator.

 

-Hay un tercero que va y viene, que está pero no termina de comprometerse.

 

Y hay un afuera hostil, un mundo de adultos mediocres que ellos desprecian pero al que temen terminar perteneciendo.

 

El pacto entre ellos no es ideológico en sentido doctrinario; es un pacto de resentidos que se reconocen como iguales en la frustración. Lo que los une es la certeza de que el camino legal no les va a dar nada, y que la transgresión es la única forma de sentir que existen.

 

¿No es ese el modelo de muchas formaciones políticas actuales, sobre todo en el espacio libertario, pero no exclusivamente ahí? Visto así, cuando Milei critica a la casta, es eso mismo. Una banda de muchachos —y muchachas— de clase media, con saberes técnicos o mediáticos, que se sienten estafados por el sistema, que teorizan su resentimiento, que arman una sociedad secreta con lenguaje propio, y que encuentran en la transgresión discursiva y en el "robo" —negocios turbios, criptomonedas, consultorías fantasmas, contratos con el Estado que luego denuncian— una forma de realización. No son lumpen en sentido clásico; son clase media con educación, con contactos, con habilidades. Pero su ética es la de Astier: hacer plata con lo que sea, y luego justificarlo con una teoría que los presenta como puros.

 

4. La pureza como coartada

 

Hay que distinguir, sin embargo, dos modalidades de esa matriz. Una es la hipocresía clásica, que el PRO llevó a su versión más acabada: hacer lo que se condena y luego investirse de pureza para condenarlo en otros. La otra, más reciente y más radical, es la que encarnan los libertarios. No se trata ya de ocultar el negocio turbio ni de simular pureza, sino de reivindicar la libertad de emprenderlo. La batalla cultural que libran apunta, en el fondo, a que ninguna regulación estatal ni moral colectiva pueda poner trabas a la iniciativa privada, cualesquiera sean sus formas. No lo dicen explícitamente, pero su defensa irrestricta de la libertad económica incluye, por definición, la libertad para lo turbio. Ya no hace falta esconderse: se trata de legalizar la desvergüenza. La matriz de clase media sigue operando —el cálculo, el resentimiento, la pulsión por enriquecerse—, pero ha cambiado la estrategia frente a la mirada del otro. Del disimulo se ha pasado a la ofensiva cultural.

 

En el final de El juguete rabioso, Astier delata a su amigo el Rengo. Pero no lo hace por dinero —aunque el dinero viene después—, sino por una especie de necesidad lógica: demostrarse a sí mismo que él no es un marginal como el Rengo, que él está del otro lado. Esa delación es su entrada a la adultez, su bautismo de clase media. Acepta ser un delator para dejar de ser un marginal. Y sin embargo, en esa aceptación, se vuelve más marginal que nunca.

 

El paralelo con el presente es incómodo: ¿cuánta de la pureza libertaria no es más que la coartada para una delación masiva? Delatar a la "casta", a los "zurdos", a los "vividores del Estado", mientras se hace exactamente lo mismo que se denuncia, pero en nombre de una superioridad moral. No es simple hipocresía; es una estructura subjetiva que Arlt ya había descrito hace un siglo.

 

5. ¿Están locos?

 

El discurso mediático dice que Milei está loco. Masotta diría que no, o al menos no en el sentido de irracional. La locura, en el sentido arltiano-masottiano, es una forma exasperada de coherencia. Es lo que sucede cuando alguien intenta resolver las contradicciones de su posición social con una lógica implacable, sin concesiones. El Astier de Arlt no está loco; está llevando hasta el final las premisas de su clase. Milei no es una excepción a la regla de la clase media argentina; es la regla llevada al paroxismo. Por eso puede ser presidente sin dejar de ser un personaje de Arlt.

 

Primera conclusión

 

Los personajes de Arlt no son tipos psicológicos; son modelos de funcionamiento social que se activan bajo ciertas condiciones. La crisis de la clase media argentina, la erosión de las instituciones, la sensación de que el trabajo no garantiza nada, la fascinación por el dinero fácil y la pureza ideológica como refugio: todo eso ya estaba en El juguete rabioso, en Los siete locos, en Los lanzallamas. No como profecía, sino como descripción de un subsuelo que cada tanto emerge.

 

Segunda conclusión

 

Hay, sin embargo, una advertencia que el modelo Arlt-Masotta nos permite formular. Ante la irrupción de un Milei, la respuesta de ciertos sectores del poder no es enfrentarlo de frente sino replicar, una vez más, la estructura que dio origen al problema. Es lo que intenta un Macri, por ejemplo. Su apuesta no consiste en derrotar políticamente al fenómeno libertario, sino en encarnar el papel de Astier: usarlo mientras rinda, pactar con él en los sótanos, y llegado el momento señalarlo como responsable único de lo que él mismo contribuyó a crear. Delatar al socio incómodo para salvarse, para demostrar que uno está del otro lado, que uno es puro.

 

Esa maniobra es la trampa perfecta porque deja todo como estaba: la matriz de clase media intacta, la descomposición social sin tocar, y a la espera del próximo personaje arltiano que venga a capitalizar el resentimiento acumulado. Si algo nos enseñó Masotta leyendo a Arlt es que la delación no resuelve nada; es el síntoma mismo de la enfermedad. Lo que hay que hacer con Milei no es lo que Astier hizo con el Rengo. Lo que hay que hacer es, más bien, lo que Masotta intentó consigo mismo: asumir las determinaciones de clase, atravesar sus contradicciones sin buscar una pureza falsa, y construir una respuesta que no se limite a administrar el subsuelo sino que se atreva a transformarlo.

2026/07/10

Miniatura del mapa vital


El nido del búho y la trama de la vida

En el primer capítulo de su Viaje de un naturalista alrededor del mundo, Charles Darwin describe un archipiélago desolado frente a la costa de Brasil: las peñas de San Pablo. Son rocas estériles, sin suelo, sin árboles, sin agua dulce. A primera vista, no debería haber nada allí. Sin embargo, Darwin se detiene y observa.

En esas rocas anidan dos aves marinas: el pájaro bobo y un búho. Darwin registra una escena que parece sacada de un drama doméstico: el macho del búho lleva al nido un pez volador para alimentar a la hembra. Es un gesto de cortejo, de cuidado, de covitalidad en su forma más íntima. Pero el nido no es un refugio seguro. Un cangrejo trepa hasta allí y se come el pez volador que el macho había traído como ofrenda. Y no solo eso: otro investigador le cuenta a Darwin que el mismo cangrejo, cuando la ocasión se presenta, devora también a las avecillas.

La escena es un microcosmos de la vida en la Tierra. Lo que parecía un hogar es también una trampa. Lo que era un regalo nupcial se convierte en botín de un oportunista. Pero ni siquiera el conflicto es una guerra de todos contra todos. El cangrejo no es un "competidor" en el sentido spenceriano: es un eslabón más de la trama, un aprovechador de los flujos que otros generan. El búho trae el pez volador, y el cangrejo se apropia de ese derroche. No hay moral en esto. Hay materia que busca su cauce.

Y la trama no termina ahí. Darwin sigue mirando y encuentra una mosca que vive en el plumaje de las aves, un ácaro que las parasita, y un gusanito que se aloja en el cuerpo del cangrejo. Cada uno de estos seres es un nudo en una red que los excede. El búho depende del océano que le da los peces; el cangrejo depende del búho que construye el nido y trae el alimento; la mosca y el ácaro dependen del ave que les da sangre y refugio; el gusanito depende del cangrejo. Y todo eso, a su vez, está sostenido por el guano de las aves, que fertiliza algas, que alimentan crustáceos, que alimentan peces, que alimentan aves. Un circuito. Un gran metabolismo.

Lo biológico, nos enseña esta escena, no es un conjunto de organismos que luego, opcionalmente, se relacionan. Es al revés: la trama es lo primero. Cada organismo es un nudo provisorio en una red que lo excede. La individuación es real —el búho es un búho, el cangrejo es un cangrejo— pero esa individuación no es separación: es un momento de la trama, una cristalización transitoria del flujo de materia y energía.

Las peñas de San Pablo son una miniatura de la biosfera entera. Lo que ocurre en esa roca perdida en el Atlántico ocurre a escala planetaria: la vida es un solo metabolismo, una red de interdependencias donde cada resto es aprovechado, cada derroche se vuelve alimento, cada error encuentra un cauce. La covitalidad no es un idilio: es el enredo real de la materia viva, que incluye el cuidado y el robo, la ofrenda y la depredación, el nido y la trampa.

La Esfinge, si hubiera visitado San Pablo, habría preguntado: "¿Cómo te sostenés aquí, donde no hay nada?" Y la respuesta del búho, del cangrejo, de la mosca y del gusanito habría sido la misma: "Me sostengo del otro." Esa es la lección que Darwin anotó sin subrayar, y que hoy podemos leer como un manifiesto materialista: no hay vida sin trama, no hay individuo sin covitalidad.


Las peñas de San Pablo como miniatura


En esas rocas desnudas, Darwin vio lo siguiente:

Un búho que construye su nido con hierbas marinas (materia que viene del océano). El macho lleva al nido un pez volador para alimentar a la hembra.

Un cangrejo que trepa hasta el nido y se come el pez volador que el macho había traído como ofrenda. Y cuando puede, devora también a las avecillas (materia que pasa del ave al crustáceo, a veces como robo, a veces como depredación).

Una mosca y un ácaro que viven en las plumas del ave (materia que circula entre organismos, como parásitos o comensales).

Un gusanito que habita en el cangrejo (materia que se anida dentro de otro organismo).

Guano de aves que fertiliza algas, que alimentan crustáceos, que alimentan peces, que alimentan aves.

Todo eso en un espacio que no es más grande que una casa. Y sin embargo, ahí está todo el metabolismo planetario en miniatura: la conexión océano-roca, el ciclo de nutrientes, el parasitismo, la comensalidad, la depredación, el robo, el cuidado. Las peñas de San Pablo son un microcosmos, un holograma de la biosfera. La trama de la vida no es un idilio: es un enredo real de la materia viva, que incluye la ofrenda y el robo, el nido y la trampa, la sangre compartida y la sangre robada. No hay individuo sin covitalidad, y la covitalidad no es una paz perpetua: es la interdependencia que no cesa.