2026/07/24

Una sola carne: el acoplamiento como estructura de lo real

Una sola carne: el acoplamiento como estructura de lo real

Partiendo del Génesis, donde Dios les dice a hombre y mujer que serán una sola carne

Hay frases que la tradición repite hasta vaciarlas de sentido. "Serán una sola carne" es una de ellas. La escuchamos en bodas, la leemos en catecismos, la usamos como metáfora del amor romántico. Pero si la despojamos de su recubrimiento místico y la leemos con ojos materialistas, nos encontramos con una afirmación extraordinaria: el acoplamiento no es una metáfora, es una estructura de lo real.

No se trata de que dos individuos preexistentes decidan "unirse" y, por un acto de voluntad o de gracia, se vuelvan uno. Eso sería idealismo. La afirmación bíblica, leída desde abajo, dice algo más radical: que la individuación no es el punto de partida, sino un momento provisorio en un flujo que siempre ha sido común.


1. El Yo como ilusión moderna

Hemos instalado el Yo en el centro de todo. El Yo autónomo, el que elige, el que decide, el que se hace a sí mismo sin deberle nada a nadie. Esa es la gran ficción de nuestra época. Y hemos llamado "ilusión" al amor, como si el amor fuera un espejismo químico que nos distrae de nuestra soberanía individual.

Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si el verdadero espejismo fuera el Yo?

El Yo no es un origen. Es un pliegue en una trama que lo precede y lo excede. Cada uno de nosotros es un nudo provisorio en una red de afinidades y contraposiciones, de herencias y deudas, de cuerpos y de palabras. El pensamiento propio no es más que un apéndice de una multiplicidad de pensamientos que circulan sin nuestro permiso. No elegimos nuestras obsesiones, no decidimos nuestros sueños, no controlamos el ronroneo de fondo que nos constituye.

El amor, cuando irrumpe, deshace esa ficción. De repente, el otro no es un accesorio de mi vida: es el suelo donde piso. Su alegría me constituye, su sufrimiento me desgarra. No hay forma de explicar esto si partimos de dos individuos separados que luego "se juntan". Lo que ocurre es más radical: la experiencia del "nosotros" es más originaria que la del "tú" y el "yo".


2. Los paneles que se acoplan

Hace unos meses soñé algo que me dejó dando vueltas. Soñé con paneles energéticos individuales. Cada panel era autónomo: tenía su propia fuente de energía, su propio receptor de Wi-Fi, su propia capacidad de funcionar por sí mismo. Pero esos paneles estaban diseñados para acoplarse entre sí. Y lo notable era lo que ocurría cuando eso pasaba.

Al acoplarlos, la energía de cada panel comenzaba a circular por el cuerpo común de todo el acoplamiento. Pero ya no era la misma energía individual de antes, sino una energía nueva, propia de todos, que no pertenecía a ninguno. No era una fusión instantánea: era un pequeño proceso. El acoplamiento tomaba su tiempo, tenía sus pasos, su paciencia.

Y lo más extraño es que esa energía que circulaba no era solo eléctrica o técnica. Era también una circulación de sentimientos. Los sentimientos se transmitían por Wi-Fi de un panel a otro, y en el acoplamiento eso también excedía lo individual. Dejaban de ser sentimientos privados, internos, escondidos. Se transformaban en algo común, respirable, compartido.

Ese sueño me mostró, en imágenes, lo que el Génesis dice con palabras: los humanos no nacen acoplados, pero están hechos para estarlo. No son el Yo blindado que se cierra a la intemperie, ni tampoco la fusión indiferenciada donde uno se pierde en el otro. Son unidades que encuentran su sentido en el acoplamiento sin disolverse en él.


3. La trama basal y la carne común

Llamo trama basal al flujo continuo e involuntario de autoafección que constituye el fondo de la vida anímica humana. No es pensamiento dirigido ni percepción de objetos, sino la sensación persistente de existir sintiéndose: restos de palabras, fragmentos sonoros, imágenes, ritmos, olores que circulan sin ser convocados. Es el ronroneo de fondo que solo calla con la muerte.

En los animales no humanos, esa autoafección tiende a ser un campo unificado. En el humano, el lenguaje la fragmenta, la redistribuye en sentidos separados y la vuelve analizable. Pero esa fragmentación no elimina la trama: la repliega. La trama basal es entonces la estesia anudada a lo simbólico: un agregado caótico, pero no amorfo, organizado por un núcleo lógico-generativo que opera con una lógica paraconsistente, donde los opuestos coexisten sin resolverse.

Cuando el Génesis habla de "una sola carne", está señalando, sin saberlo, un fenómeno material: el acoplamiento de dos tramas basales produce un excedente que no estaba en ninguna de las dos. No es la suma de sus energías, sino una energía nueva, propia del cuerpo común. Como el sueño de los paneles: la energía que circula por el acoplamiento no es la misma que la de los paneles aislados.


4. La intemperie como lugar de otros frágiles

Darwin, en su viaje por el mundo, describió un archipiélago desolado: las peñas de San Pablo. Rocas estériles, sin suelo, sin árboles, sin agua dulce. A primera vista, no debería haber nada allí. Sin embargo, observó una escena:

Un búho que construye su nido con hierbas marinas. El macho lleva al nido un pez volador para alimentar a la hembra. Un cangrejo trepa hasta allí y se come el pez volador. Y cuando puede, devora también a las avecillas. Una mosca y un ácaro viven en las plumas del ave. Un gusanito se aloja en el cuerpo del cangrejo.

Cada uno de esos seres es un nudo provisorio en una trama que los excede. El búho depende del océano que le da los peces; el cangrejo depende del búho que construye el nido y trae el alimento; la mosca y el ácaro dependen del ave que les da sangre y refugio; el gusanito depende del cangrejo. Y todo eso, a su vez, está sostenido por el guano de las aves, que fertiliza algas, que alimentan crustáceos, que alimentan peces, que alimentan aves.

La lección de Darwin es la misma que la del Génesis y la del sueño de los paneles: no hay individuo sin trama, no hay vida sin covitalidad. La individuación es real —el búho es un búho, el cangrejo es un cangrejo— pero esa individuación no es separación: es un momento de la trama, una cristalización transitoria del flujo de materia y energía.

Y la intemperie, ese afuera que el Yo soberano teme, no es el vacío. Es el lugar donde otros frágiles ya están circulando. El que se protege dentro de su caparazón no se ha liberado de nada. Simplemente, se ha quedado dentro de una casa calefaccionada sin saber que afuera, en la intemperie, la vida circula entre los cuerpos como la sangre entre los órganos.


5. La decisión como pliegue de la trama

Si el acoplamiento es la estructura de lo real, entonces la decisión no es un acto de voluntad soberana que se impone desde un exterior. Es un pliegue de la trama, un momento en que el flujo se reorganiza y produce un corte.

Cuando dejé el tabaco, no fue porque un día decidí "ser más fuerte". Fue porque una crítica ideológica que venía elaborando —¿por qué alguien crítico tiene que estar subordinado a un vicio?— se encontró con una percepción que el cannabis me había permitido tener: el tabaco no me producía nada, era un hábito vacío. Y esa percepción, a su vez, resonó con una advertencia objetiva: el EPOC de mi padre.

El corte no fue un acto de voluntad pura. Fue la confluencia de tres registros —crítica, percepción, advertencia— que se alinearon en un mismo pliegue de la trama. Y la ausencia de extrañar, esa rareza que tanto me llamó la atención, fue la prueba de que el objeto ya no estaba investido por el flujo. No extrañé porque no había perdido nada valioso; me había sacado una contradicción.

La decisión no es un "yo decido" que se impone a una trama pasiva. Es la trama misma, en su movimiento, produciendo un pliegue que modifica su propio régimen de circulación.


6. Lo que el acoplamiento produce

El Génesis dice que serán una sola carne. El sueño de los paneles dice que la energía, al circular por el acoplamiento, cambia de cualidad y produce un excedente que no pertenece a ninguno. Darwin dice que la vida es una trama de interdependencias donde cada resto es aprovechado, cada derroche se vuelve alimento, cada error encuentra un cauce.

Lo que estos tres registros —mítico, onírico, biológico— señalan es lo mismo: el acoplamiento no es una suma, es una emergencia. Algo nuevo aparece cuando los paneles se acoplan, cuando los cuerpos se tocan, cuando las tramas basales se anudan. Ese algo nuevo no se explica por sus componentes. Es un excedente, un plus, una energía que no estaba antes y que ahora circula.

Esa energía no es mía ni tuya. Es del cuerpo común. Y ese cuerpo común no es una fusión indiferenciada donde las identidades se borran. Es un espacio de tensiones, de ritmos propios, de paciencia. Las hormigas no construyen un puente vivo en un segundo: sincronizan sus cuerpos progresivamente. Los humanos no se vuelven "una sola carne" en el instante de una declaración: necesitan la conversación repetida, el cuidado de los días, la fricción de la convivencia.

El amor, la política, la amistad, la comunidad, no son estados de gracia. Son artesanías que toman tiempo, que tienen sus pasos, sus retrocesos, sus falsas alarmas.


7. La pregunta que queda abierta

Si el acoplamiento es la estructura de lo real, entonces la identidad no está en la autonomía, sino en la capacidad de acoplamiento diferido. No se es "uno mismo" antes del acoplamiento, sino en el movimiento del acoplamiento.

La pregunta que el Génesis, el sueño y Darwin me dejan no es "quién soy", sino "qué energía aparece cuando me acoplo".

Porque el Yo, esa ficción tan cara a nuestra época, no es más que un panel que se imagina autosuficiente. Pero los paneles están hechos para acoplarse. Y en el acoplamiento, la energía cambia de cualidad. Deja de ser mía. Se vuelve común, respirable, compartida.

La ilusión no es el amor. La ilusión es el Yo.

El amor es el deshacedor de esa ilusión. Y el deshacer no es una pérdida: es la constatación de que siempre hemos sido parte de una trama que nos excede, y que solo en el acoplamiento, en la intemperie, en la carne común, la vida encuentra su cauce.


Texto escrito a partir de una conversación sostenida durante varios días, donde se fueron hilando los sueños, las lecturas, las experiencias y las preguntas de un viejo que sigue pensando desde la práctica cotidiana.

2026/07/13

Roberto Arlt. Nosotros mismos


"Pensando sobre Arlt descubría el sentido de mis conductas actuales y de mis conductas pasadas: que dura y crudamente habían estado determinadas por mi origen social"
Oscar Masotta

Milei no es un otro ajeno e inexplicable, sino una figura que nos obliga a mirarnos en un espejo incómodo, el que Arlt pulió hace un siglo y que Masotta nos enseñó a sostener.

En una entrevista realizada a Jorge Alemán, él señalaba cierto extrañamiento en España ante las características de Javier Milei. La cita que hago no es textual, sino un intento por reconstruir la idea que planteaba este autor argentino que desde hace décadas vive en aquel país. La Argentina dio a Borges, a Cortázar, al Che, al papa Francisco, y mostró al mundo un sedimento intelectual muy poderoso. Cualquier extranjero conocedor se preguntaría eso que algunos españoles le plantearon a Alemán: de qué raíz brotó un Milei. Pareciera ajeno a la argentinidad. Al escucharlo me puse a elaborar algunas conjeturas, y eso me llevó a Roberto Arlt y también a Oscar Masotta. 

Tal vez Milei no sea una extrañeza como se quiere mostrar, sino un resultado bastante acabado de un sedimento común en gran parte de la clase media argentina. Una extrañeza en el ámbito de la política institucional, sí, pero no equivalente a lo que ocurre en la cotidianeidad social. Para erigirse en abanderado de una lucha contra la casta, su perfil era el más adecuado.

 

1. Lo que Masotta encontró en Arlt no fue simplemente "literatura"

 

Cuando en 1965 Masotta prologó su Sexo y traición en Roberto Arlt bajo el título "Roberto Arlt, yo mismo", dejó en claro que no estaba haciendo crítica literaria en el sentido corriente. Arlt se había convertido para él en un analizador de su propia existencia y, por extensión, de la clase media argentina. Descubrió así ciertas conductas —la delación, la humillación, la fascinación por el poder, el resentimiento— que no son solo "temas" de las novelas de Arlt, sino estructuras subjetivas que operan más allá de sus páginas. Masotta lo dirá con brutal honestidad: "pensando sobre Arlt descubría el sentido de mis conductas actuales y de mis conductas pasadas: que dura y crudamente habían estado determinadas por mi origen social".

 

La tesis central es que en el hombre de clase media hay un delator en potencia, y que la delación no es una falla moral sino una solución "lógica" a las contradicciones de esa posición social. Esa intuición no caduca con el paso del tiempo; lo que cambia son las formas en que esa estructura se manifiesta.

 

2. La Argentina que los españoles no entienden

 

Lo que decía Alemán es fundamental. Los españoles —y cualquiera que mire desde afuera con los lentes de la cultura argentina exportable— buscan a Borges, a Bioy, a Cortázar. Buscan la sofisticación europea en el sur. Y se encuentran con los Milei, con Adorni, con Lemoine, con un séquito que no encaja en ese molde. Ahí suele aparecer la hipótesis de la excepción, del accidente, del loco que se coló en el sistema.

 

Pero si uno viene de leer a Arlt, eso no es un accidente. Es la irrupción de un subsuelo que siempre estuvo ahí, pero que la cultura oficial prefiere no mirar. Borges y Bioy son la Argentina que se quiere europea; Arlt es la Argentina que sabe que no lo es, y que en esa frustración produce monstruos, resentidos, inventores de sistemas, delatores. Milei no es Borges. Es un personaje de Arlt que llegó a presidente.

 

3. Milei y el modelo Astier

 

Aquí es donde Arlt se vuelve indispensable.

 

El primer capítulo de El juguete rabioso no es solo una anécdota de adolescencia: es el modelo de una sociabilidad que Masotta llamaría "lógica". La formación de una pequeña sociedad secreta de muchachos de clase media venidos a menos, unidos por el resentimiento, la fantasía de poder y la certeza de que el mundo les debe algo. Astier, Enrique y Lucio fundan un club de ladrones. Roban libros, metales, caños de plomo. Se inician en la vida adulta a través de una estafa que los hace sentir vivos, inteligentes, superiores al mundo de los "esclavos" que trabajan en fábricas y oficinas.

 

Lo que hay que notar es la estructura del vínculo:

 

-Hay un líder, Astier, que es el más imaginativo, el más desesperado, el que teoriza y justifica.

 

-Hay un segundo que admira y sigue, pero que puede volverse rival o delator.

 

-Hay un tercero que va y viene, que está pero no termina de comprometerse.

 

Y hay un afuera hostil, un mundo de adultos mediocres que ellos desprecian pero al que temen terminar perteneciendo.

 

El pacto entre ellos no es ideológico en sentido doctrinario; es un pacto de resentidos que se reconocen como iguales en la frustración. Lo que los une es la certeza de que el camino legal no les va a dar nada, y que la transgresión es la única forma de sentir que existen.

 

¿No es ese el modelo de muchas formaciones políticas actuales, sobre todo en el espacio libertario, pero no exclusivamente ahí? Visto así, cuando Milei critica a la casta, es eso mismo. Una banda de muchachos —y muchachas— de clase media, con saberes técnicos o mediáticos, que se sienten estafados por el sistema, que teorizan su resentimiento, que arman una sociedad secreta con lenguaje propio, y que encuentran en la transgresión discursiva y en el "robo" —negocios turbios, criptomonedas, consultorías fantasmas, contratos con el Estado que luego denuncian— una forma de realización. No son lumpen en sentido clásico; son clase media con educación, con contactos, con habilidades. Pero su ética es la de Astier: hacer plata con lo que sea, y luego justificarlo con una teoría que los presenta como puros.

 

4. La pureza como coartada

 

Hay que distinguir, sin embargo, dos modalidades de esa matriz. Una es la hipocresía clásica, que el PRO llevó a su versión más acabada: hacer lo que se condena y luego investirse de pureza para condenarlo en otros. La otra, más reciente y más radical, es la que encarnan los libertarios. No se trata ya de ocultar el negocio turbio ni de simular pureza, sino de reivindicar la libertad de emprenderlo. La batalla cultural que libran apunta, en el fondo, a que ninguna regulación estatal ni moral colectiva pueda poner trabas a la iniciativa privada, cualesquiera sean sus formas. No lo dicen explícitamente, pero su defensa irrestricta de la libertad económica incluye, por definición, la libertad para lo turbio. Ya no hace falta esconderse: se trata de legalizar la desvergüenza. La matriz de clase media sigue operando —el cálculo, el resentimiento, la pulsión por enriquecerse—, pero ha cambiado la estrategia frente a la mirada del otro. Del disimulo se ha pasado a la ofensiva cultural.

 

En el final de El juguete rabioso, Astier delata a su amigo el Rengo. Pero no lo hace por dinero —aunque el dinero viene después—, sino por una especie de necesidad lógica: demostrarse a sí mismo que él no es un marginal como el Rengo, que él está del otro lado. Esa delación es su entrada a la adultez, su bautismo de clase media. Acepta ser un delator para dejar de ser un marginal. Y sin embargo, en esa aceptación, se vuelve más marginal que nunca.

 

El paralelo con el presente es incómodo: ¿cuánta de la pureza libertaria no es más que la coartada para una delación masiva? Delatar a la "casta", a los "zurdos", a los "vividores del Estado", mientras se hace exactamente lo mismo que se denuncia, pero en nombre de una superioridad moral. No es simple hipocresía; es una estructura subjetiva que Arlt ya había descrito hace un siglo.

 

5. ¿Están locos?

 

El discurso mediático dice que Milei está loco. Masotta diría que no, o al menos no en el sentido de irracional. La locura, en el sentido arltiano-masottiano, es una forma exasperada de coherencia. Es lo que sucede cuando alguien intenta resolver las contradicciones de su posición social con una lógica implacable, sin concesiones. El Astier de Arlt no está loco; está llevando hasta el final las premisas de su clase. Milei no es una excepción a la regla de la clase media argentina; es la regla llevada al paroxismo. Por eso puede ser presidente sin dejar de ser un personaje de Arlt.

 

Primera conclusión

 

Los personajes de Arlt no son tipos psicológicos; son modelos de funcionamiento social que se activan bajo ciertas condiciones. La crisis de la clase media argentina, la erosión de las instituciones, la sensación de que el trabajo no garantiza nada, la fascinación por el dinero fácil y la pureza ideológica como refugio: todo eso ya estaba en El juguete rabioso, en Los siete locos, en Los lanzallamas. No como profecía, sino como descripción de un subsuelo que cada tanto emerge.

 

Segunda conclusión

 

Hay, sin embargo, una advertencia que el modelo Arlt-Masotta nos permite formular. Ante la irrupción de un Milei, la respuesta de ciertos sectores del poder no es enfrentarlo de frente sino replicar, una vez más, la estructura que dio origen al problema. Es lo que intenta un Macri, por ejemplo. Su apuesta no consiste en derrotar políticamente al fenómeno libertario, sino en encarnar el papel de Astier: usarlo mientras rinda, pactar con él en los sótanos, y llegado el momento señalarlo como responsable único de lo que él mismo contribuyó a crear. Delatar al socio incómodo para salvarse, para demostrar que uno está del otro lado, que uno es puro.

 

Esa maniobra es la trampa perfecta porque deja todo como estaba: la matriz de clase media intacta, la descomposición social sin tocar, y a la espera del próximo personaje arltiano que venga a capitalizar el resentimiento acumulado. Si algo nos enseñó Masotta leyendo a Arlt es que la delación no resuelve nada; es el síntoma mismo de la enfermedad. Lo que hay que hacer con Milei no es lo que Astier hizo con el Rengo. Lo que hay que hacer es, más bien, lo que Masotta intentó consigo mismo: asumir las determinaciones de clase, atravesar sus contradicciones sin buscar una pureza falsa, y construir una respuesta que no se limite a administrar el subsuelo sino que se atreva a transformarlo.

2026/07/10

Miniatura del mapa vital


El nido del búho y la trama de la vida

En el primer capítulo de su Viaje de un naturalista alrededor del mundo, Charles Darwin describe un archipiélago desolado frente a la costa de Brasil: las peñas de San Pablo. Son rocas estériles, sin suelo, sin árboles, sin agua dulce. A primera vista, no debería haber nada allí. Sin embargo, Darwin se detiene y observa.

En esas rocas anidan dos aves marinas: el pájaro bobo y un búho. Darwin registra una escena que parece sacada de un drama doméstico: el macho del búho lleva al nido un pez volador para alimentar a la hembra. Es un gesto de cortejo, de cuidado, de covitalidad en su forma más íntima. Pero el nido no es un refugio seguro. Un cangrejo trepa hasta allí y se come el pez volador que el macho había traído como ofrenda. Y no solo eso: otro investigador le cuenta a Darwin que el mismo cangrejo, cuando la ocasión se presenta, devora también a las avecillas.

La escena es un microcosmos de la vida en la Tierra. Lo que parecía un hogar es también una trampa. Lo que era un regalo nupcial se convierte en botín de un oportunista. Pero ni siquiera el conflicto es una guerra de todos contra todos. El cangrejo no es un "competidor" en el sentido spenceriano: es un eslabón más de la trama, un aprovechador de los flujos que otros generan. El búho trae el pez volador, y el cangrejo se apropia de ese derroche. No hay moral en esto. Hay materia que busca su cauce.

Y la trama no termina ahí. Darwin sigue mirando y encuentra una mosca que vive en el plumaje de las aves, un ácaro que las parasita, y un gusanito que se aloja en el cuerpo del cangrejo. Cada uno de estos seres es un nudo en una red que los excede. El búho depende del océano que le da los peces; el cangrejo depende del búho que construye el nido y trae el alimento; la mosca y el ácaro dependen del ave que les da sangre y refugio; el gusanito depende del cangrejo. Y todo eso, a su vez, está sostenido por el guano de las aves, que fertiliza algas, que alimentan crustáceos, que alimentan peces, que alimentan aves. Un circuito. Un gran metabolismo.

Lo biológico, nos enseña esta escena, no es un conjunto de organismos que luego, opcionalmente, se relacionan. Es al revés: la trama es lo primero. Cada organismo es un nudo provisorio en una red que lo excede. La individuación es real —el búho es un búho, el cangrejo es un cangrejo— pero esa individuación no es separación: es un momento de la trama, una cristalización transitoria del flujo de materia y energía.

Las peñas de San Pablo son una miniatura de la biosfera entera. Lo que ocurre en esa roca perdida en el Atlántico ocurre a escala planetaria: la vida es un solo metabolismo, una red de interdependencias donde cada resto es aprovechado, cada derroche se vuelve alimento, cada error encuentra un cauce. La covitalidad no es un idilio: es el enredo real de la materia viva, que incluye el cuidado y el robo, la ofrenda y la depredación, el nido y la trampa.

La Esfinge, si hubiera visitado San Pablo, habría preguntado: "¿Cómo te sostenés aquí, donde no hay nada?" Y la respuesta del búho, del cangrejo, de la mosca y del gusanito habría sido la misma: "Me sostengo del otro." Esa es la lección que Darwin anotó sin subrayar, y que hoy podemos leer como un manifiesto materialista: no hay vida sin trama, no hay individuo sin covitalidad.


Las peñas de San Pablo como miniatura


En esas rocas desnudas, Darwin vio lo siguiente:

Un búho que construye su nido con hierbas marinas (materia que viene del océano). El macho lleva al nido un pez volador para alimentar a la hembra.

Un cangrejo que trepa hasta el nido y se come el pez volador que el macho había traído como ofrenda. Y cuando puede, devora también a las avecillas (materia que pasa del ave al crustáceo, a veces como robo, a veces como depredación).

Una mosca y un ácaro que viven en las plumas del ave (materia que circula entre organismos, como parásitos o comensales).

Un gusanito que habita en el cangrejo (materia que se anida dentro de otro organismo).

Guano de aves que fertiliza algas, que alimentan crustáceos, que alimentan peces, que alimentan aves.

Todo eso en un espacio que no es más grande que una casa. Y sin embargo, ahí está todo el metabolismo planetario en miniatura: la conexión océano-roca, el ciclo de nutrientes, el parasitismo, la comensalidad, la depredación, el robo, el cuidado. Las peñas de San Pablo son un microcosmos, un holograma de la biosfera. La trama de la vida no es un idilio: es un enredo real de la materia viva, que incluye la ofrenda y el robo, el nido y la trampa, la sangre compartida y la sangre robada. No hay individuo sin covitalidad, y la covitalidad no es una paz perpetua: es la interdependencia que no cesa.


2026/07/09

Para leer a Freud desde la materia viva


Para leer a Freud desde la materia viva

El psicoanálisis suele leerse como una teoría del deseo, del lenguaje o de la cultura. Pero hay otra lectura posible, más antigua y más modesta: Freud como un científico de la materia viva, un explorador de los flujos y los restos que nos constituyen.

 Desde esta perspectiva, los grandes conceptos freudianos encuentran un suelo materialista inesperado.

La pulsión de muerte no es una fuerza autónoma que anhela el retorno a lo inanimado, como a veces se lee a Freud. Es, más bien, el intento fallido de cumplir con el Eros. La vida, en su experimentar constante, busca construir envoltorios complejos, tejer más covitalidad, derrochar intentos de unión y organización. Ese es el impulso de Eros. Pero en ese mismo movimiento, la vida tropieza. Genera restos, errores, asociaciones que no logran sostenerse y se desmoronan. La pulsión de muerte es la acumulación de todos esos experimentos fallidos, la sombra de Eros, los sedimentos que el río ya no puede arrastrar. Es el error inherente a la experimentación, y no su finalidad. Somos un Eros que tropieza, no un Tánatos que avanza. Y la conciencia, la ciencia y la política son las herramientas para que ese tropiezo no sea el último, sino la base del siguiente intento. La Esfinge pregunta: "¿Cómo te sostenés?". Y la respuesta no es evitar la caída, sino experimentar con ella hasta transformarla en un nuevo equilibrio.

La compulsión a la repetición es un experimento que no pudo cerrarse. Repetimos lo que no entendemos, lo que nos desbordó, porque la trama basal insiste en procesar lo que quedó sin digerir. Cada repetición es un intento fallido de definir el error. De ahí se desprende el masoquismo como intento que no cierra.

El síntoma no es un castigo ni una desviación: es un resto que se exaptó como solución. Un desecho del conflicto psíquico que, al repetirse, encontró una función reguladora. Molesta, pero también alivia. Es un meandro que el río talló para sortear una roca y que luego se volvió cauce fijo.

Incluso la enfermedad, con sus beneficios secundarios, puede leerse así: no como simulación, sino como un aprendizaje oportunista del cuerpo, una deriva activa que encuentra en el error una salida provisoria.

Leer a Freud desde la materia viva es devolverlo al río del que nunca debió salir. No es un abandono del psicoanálisis, es una reubicación. El diván no es un confesionario ni un laboratorio de significantes: es un taller donde la trama basal ensaya nuevos cauces. La interpretación no revela un sentido oculto: destraba un flujo. La cura no es la ausencia de síntomas: es la recuperación de la plasticidad perdida, la capacidad de seguir experimentando. 

La Esfinge, como siempre, hace la pregunta justa: ¿cómo te sostenés? Y el análisis es una de las formas de responder, no con palabras, sino con una vida que vuelve a fluir.

2026/06/27

La vida es el agua que encuentra su cauce (Abstracción concreta y experimentación)


Introducción:

La experimentación no empieza en el laboratorio. Empieza en el agua que baja de la montaña y se topa con la piedra. Este texto es un esbozo de una idea simple: que la selección natural, la vida cotidiana y la ciencia comparten una misma lógica. No hay un plan previo. Hay un cauce que se abre a fuerza de obstáculos, errores y nuevos intentos.


El agua líquida cuando desciende de la montaña se topa con relieves que le obturan el paso, la estancan; pero eso no la detiene, forma meandros, cascadas; hasta que logra encontrar un cauce más limpio. Con menos obstáculos. Hasta llegar al mar.

Si convirtiéramos a la esfera terrestre en un plano; la superficie del mar, salvo su oleaje, representarían mejor que cualquier otra superficie lo que los geómetras llamaron plano. Una abstracción concreta.

En ese trayecto el agua arrastra desde su cuna diferentes sedimentos y se combina con diferentes materiales. La irrupción de la vida en el planeta es indisociable del recorrido del agua líquida.

En ese movimiento fluídico se constatan algunas leyes de la física moderna: la Gravedad, el plano inclinado, los vasos comunicantes.

Desde la altura de una montaña también descienden rocas, impulsadas por la gravedad. Bien vale mostrar esos pliegues azarosos como esa piedra que en Tandil quedó suspendida en un soporte que la dejó haciendo equilibrio: la piedra movediza. Su equilibrio se explicaba en las leyes de la estática y luego también por la resonancia mecánica y el desgaste natural de su punto de apoyo.

Desde hace un tiempo vengo desarrollando un esbozo teórico sobre la experimentación. La concibo como la principal actividad humana en el denominado proceso evolutivo. En la experimentación misma es donde podemos advertir -en lo concreto- una ley científica como la selección natural de Darwin. El problema que tiene el término experimentación, es que lo asociamos a la actividad científica, al laboratorio y no prestamos atención que, en cualquier proceso vital, incluso en la variedad de especies vivas, la química del carbono no deja de intentar nuevas asociaciones y combinaciones. Así como baja el agua de la montaña, lo somático se enfrenta y transforma a los obstáculos que la condicionan, en un cauce más armónico, hasta toparse con nuevos problemas.

“No voy a comer eso, porque el otro día me hizo mal” “es rico pero no me conviene”. Esto, es experimentación. Ante lo que acontece: Extraer conclusiones y modificar el cauce y volver a probar.

2026/06/25

Filatelia

Filatelia

Cuando inicié mi secundario en el Nacional de La Plata, aún con 12 años, tenía dos compañeros que se dedicaban a la Filatelia, coleccionar estampillas de correo. Hoy eso es ya a una antigüedad. Estamos hablando de 1966. En esa época vos para comunicarte con alguien que no vive cerca, tenías que escribir una carta, meterla en un sobre y llevarla al correo. Ahí te vendían las estampillas que debías pegarle al sobre. Te lo sellaban y metías al buzón. Pensándolo bien. Cuántas veces hice eso mis primeras décadas de vida. Un llamado telefónico de larga distancia salía mucho dinero por ese tiempo, pero las cartas cruzaban continentes.  

 

De chico crecí viendo las cartas que le mandaban a mis abuelos desde Europa e incluso desde Estados Unidos. El hermano de mi abuelo se fue al norte mientras él se quedó acá. Era común ese reparto geográfico entre inmigrantes. Mi tío abuelo parece que desarrolló familia por esos lugares.

En esos tiempos podías recibir cartas de parientes que vivían en el país también. Cada vez que alguien se iba de vacaciones les mandaba por correo postales del lugar a sus familiares. Entonces desde Mar del Plata o Córdoba te iba a llegar una postal de tus parientes que paseaban.

 

Rápidamente me interesó eso de la filatelia. Haber comparado las estampillas de cada país siempre me había despertado curiosidad. Hay países que tienen estampillas de muchos colores, diferentes tamaños, caras de próceres desconocidos o animales que acá no existen.

 

Entonces con mis compañeros comenzamos a ir a un comercio específico de estampillas. En 2 entre 44 y 45 había un pequeño local que se llamaba Filatelia San Luis. Lo atendía un hombre ya grande muy meticuloso que sabía todo acerca de las estampillas. Un mostrador al fondo con bordes de vidrio y a los dos costados estantes con ventanas también de vidrio en donde se exhibían estampillas de todo el mundo, catálogos y álbumes especiales. Recuerdo haber comprado el álbum de Argentina. Una estructura similar a un álbum de figuritas. El Correo Argentino cada año sacaba nuevas estampillas y todo eso es un registro necesario para el coleccionista. Cada año tenías que comprar las nuevas hojas actualizadas.

 

Siendo de Berisso tenía una gran ventaja y era que acá se recibían muchas cartas desde Europa. Ningún vecino que no juntara estampillas te las iba a negar. Entonces conseguías no sólo de Polonia, o la URSS sino que conseguías de Checoeslovaquia, España, Italia, Grecia, Yugoeslavia entre las más accesibles.

Aforismo vital


La química del carbono derrocha intentos de combinaciones y asociaciones, pero lo que logra vivir es el resto de ese derroche.

Eso que persiste es lo vivo, pero no es más que la espuma de un océano de materia que no llegó a serlo.


La vida es un flujo de energía que se envuelve a sí mismo para persistir. La selección natural es el nombre que le damos a la forma en que el río del mundo modula, sin quererlo, la forma de esos envoltorios.

2026/06/20

El poeta en la grieta. Lenguaje, feromona y el resto biológico


El poeta en la grieta. Lenguaje, feromona y el resto biológico

La tradición occidental nos ha legado una partición abstracta: la de los cinco sentidos. Oímos, vemos, olemos, tocamos y gustamos como si se trataran de canales independientes que el cerebro, cual modesto cartero, se limitara a recibir y archivar. Sin embargo, esta división es una ficción pedagógica, no un dato de la naturaleza. La percepción, tanto en el animal como en el humano, es un flujo único e indiviso; una corriente electroquímica que el sistema nervioso central interpreta como una totalidad. Un fotón, una onda de presión sonora y una molécula volátil no llegan al cerebro como datos etiquetados, sino como meras variaciones de un mismo sustrato material que, al integrarse, dan lugar a lo que llamamos experiencia.

Si partimos de esta base, la distinción tajante entre lo "químico" (las feromonas) y lo "físico" (el movimiento, la gestualidad, la danza) se revela como un dualismo insostenible. En una bandada de estorninos, el giro sincronizado no obedece únicamente a la visión del vecino, ni a una hipotética feromona de alarma, sino a un campo de perturbaciones continuo: el batir de alas genera vórtices de presión en el aire que son captados por la piel y las plumas, al tiempo que las moléculas odoríferas viajan en esa misma corriente. Lo químico y lo cinético son dos caras de una misma moneda física. El animal no "huele" por un lado y "ve" por otro; percibe una única orden: cambia de rumbo.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando llevamos esta visión unificada al terreno de lo humano, y específicamente al del lenguaje? La gran operación del estructuralismo, y en particular de la lectura lacaniana, consistió en erigir al Significante como un actor preponderante, casi autónomo, que escinde al sujeto y funda el orden de la cultura. Esta operación fue formidable para la clínica, pero encierra un peligro epistemológico: el de situar al lenguaje en un topos abstracto, desgajado de su soporte vivo. Aquí la tradición materialista, desde Engels hasta ciertas corrientes de la biología teórica, debe recordarnos que el lenguaje no es un fenómeno del espíritu puro; es un fenómeno ecológico que emerge de la necesidad del cuerpo en su interacción con el medio. El lenguaje no se origina en un "afuera" simbólico, sino en el esfuerzo muscular, en el trabajo conjunto, en el sudor y en el aliento compartido de los primeros grupos humanos.

Esta constatación nos lleva a una tesis central: el lenguaje humano, la lengua, no puede no apoyarse en algo como una feromona. Todo acto de habla es, simultáneamente, un acto corporal. Al hablar, emitimos aerosoles, modificamos la presión del aire que nos rodea, alteramos nuestra temperatura y liberamos compuestos volátiles. El otro no solo escucha nuestras palabras; literalmente, respira nuestra biología mientras las escucha.

Ahora bien, esa solidaridad no es perfecta. Existe una discordancia estructural entre el orden del lenguaje y el orden del cuerpo biológico. El lenguaje intenta atrapar, nombrar y ligar la pulsión, pero siempre le sobra un resto: el goce, el afecto no simbolizado, la descarga química que escapa a toda gramática. Ese desajuste, esa imposibilidad de que el significante se adapte por completo a la carne, es precisamente el material freudiano por excelencia. No hay desprendimiento posible, pero sí una fricción perpetua.

¿Quién puede habitar esa grieta con mayor destreza que el poeta? El poeta no usa el lenguaje para explicar o para cerrar el sentido; lo usa para hacer cuerpo con el lenguaje. La poesía no respeta la sintaxis lógica porque busca un ritmo que imite el latido cardíaco, una aliteración que evoque el roce de la piel, una pausa que reproduzca el silencio de la angustia. El poeta trabaja con la respiración (el soplo que transporta nuestras moléculas) y con la cadencia (la sincronía de los cuerpos en el tiempo). Como dijera Paul Valéry, la poesía es una vacilación prolongada entre el sonido y el sentido, y en esa vacilación se cuela todo lo que el lenguaje denotativo debe reprimir: el olor, el temblor, el deseo físico. El poeta es, sin saberlo, el biólogo del símbolo, el traductor de esa química inefable que el discurso corriente se empeña en ignorar. Frente al lenguaje instrumental, que intenta domar el caos biológico, la poesía se erige como la memoria viva de nuestra condición de carne y moléculas en movimiento.