Existe un punto central del pensamiento contemporáneo: la absolutización de la diferencia.
Si partimos de que un axioma falso vicia toda una
construcción ideológica, un axioma que hoy funciona como verdad incuestionable
en el “sentido común” de muchas sociedades: “todos somos diferentes”, despojado
de su complemento necesario, que sería “aunque compartimos una misma
naturaleza” nos conduce a un equívoco de eficacia objetiva en lo social.
Las diferencias existen, pero se recortan sobre un fondo
de unidad. Sin ese fondo común, la afirmación “somos diferentes” se vuelve un
absoluto vacío, porque toda diferencia lo es respecto de algo. Los 46
cromosomas —o el lenguaje, la risa, la capacidad simbólica, la finitud— son
universales humanos que hacen que nuestras diferencias tengan un marco de
comparación y, sobre todo, de reconocimiento.
El axioma “todos somos diferentes” (y su corolario
implícito: “no hay nada que nos una por encima de nuestras diferencias”) puede
convertirse en un falso axioma cuando:
Se absolutiza la diferencia olvidando la igualdad de
base.
Así, se genera una paradoja: si cada individuo o grupo es
radicalmente distinto, se pierde el suelo común que permite la empatía, los
derechos universales y la comunicación. La diferencia entre especies (mariposa
y perro) es de una categoría distinta; dentro de una especie, la diferencia no
anula la unidad, sino que la enriquece.
Se construye una ideología fragmentaria.
Si el “edificio” ideológico se levanta sobre ese axioma,
se llega a visiones donde cualquier afirmación de universalidad (derechos
humanos, dignidad intrínseca, razón común) es sospechosa de homogeneización
opresora. El resultado será un relativismo radical o un nuevo racismo
corporativo que fragmentan el tejido social, olvidando que, como escribió
Terencio, “nada de lo humano me es ajeno”.
Se confunde el plano descriptivo con el normativo.
Describir que somos diferentes es cierto; erigir esa
diferencia en el único principio constitutivo de lo humano es falso, porque
oculta el hecho de que esas diferencias sólo son inteligibles y valiosas sobre
un trasfondo de igualdad esencial. La afirmación “todos somos diferentes” es,
en realidad, una verdad a medias que, tomada como axioma absoluto, se vuelve
falsa.
Nadie niega que una mariposa y un perro son diferentes,
pero sabemos que su diferencia es de naturaleza radicalmente distinta a la que
existe entre dos humanos. Entre estos últimos, la diferencia es, precisamente,
diferencia en la igualdad. Por eso podemos hablar de unidad de la especie y de
diversidad de los individuos y culturas al mismo tiempo.
Así que digamos con claridad que el “sentido común”
actual ha entronizado un axioma truncado, y que ese edificio —basado en la pura
diferencia— puede generar ideologías que, aunque parezcan emancipadoras, acaban
diluyendo la responsabilidad hacia el otro, la posibilidad de lo común y la
noción misma de justicia universal.
Es una advertencia filosófica de primer orden: si
olvidamos que la igualdad y la diferencia no son opuestas sino que se exigen
mutuamente en una misma especie, terminamos fabricando un relato falso de lo
humano.



