Dedicadaa mi abuela Josefa
Para una campesina polaca nacida alrededor de 1900, el
"mundo" no era un globo terráqueo con países de colores. Su geografía
era vivida, auditiva y corporal, no visual y abstracta.
Un espacio sin mapa: Mi abuela no tenía un "mapa de
Polonia" en la cabeza. Además, en ese tiempo las fronteras eran móviles,
en esa parte del mundo. Su mundo era una constelación de lugares con nombre y
olor: la aldea, el bosque donde recogían hongos, el río, la iglesia del pueblo
vecino donde había feria, la casa de una tía a tres horas de caminata. La
distancia se medía en tiempo y fatiga ("queda a un día de carro",
"a dos horas a pie"), no en kilómetros.
La jerarquía espiritual, no cartográfica: Sabía que
pertenecía a una parroquia, a una diócesis, a una cristiandad. Su
"centro" no era Varsovia, sino el campanario de su iglesia. El mundo
se organizaba en círculos concéntricos de pertenencia: la familia, la aldea, la
parroquia, y más allá, una confusa inmensidad de "otros" definidos
por su lengua o su fe (el "ruso", el "judío", el
"alemán"). No existía un fuerte sentimiento de "ciudadanía
polaca" moderna en el campesinado de la Partición Rusa o Austrohúngara; su
identidad era local y católica.
El saber profundo: Pero ella no era ignorante. ¡Claro que no! Había aprendido a leer y escribir con sus hermanos al calor de un horno casero. Pero además poseía una sabiduría ecológica y social densísima: sabía leer el clima en el cielo, conocía las propiedades de cada planta, el arte de la matanza del cerdo, las jerarquías sociales del pueblo, las historias de las familias, los rezos en latín que la conectaban con algo eterno. Era un saber analógico, integrado, donde la geografía, la religión y la subsistencia eran una sola cosa. No sabía situar su aldea en un mapa mudo, pero podía leer el libro de su paisaje con una precisión que nosotros hemos perdido.
La conciencia
del viaje: El "otro lado del mundo" sentido, no sabido
Entonces, ¿cómo experimentó el viaje a la Argentina? Aquí está el núcleo de la dificultad para imaginar.
No venían del "otro lado del mundo" como
concepto geográfico, sino del "fin del mundo" conocido. Para ella, el
viaje no era la línea A-B en un planisferio. Era una ruptura existencial y
sensorial. Dejaba atrás no solo un lugar, sino un universo de sonidos (las
campanas de su iglesia), olores (la tierra mojada, el centeno), sabores y,
sobre todo, vínculos. El "allá lejos" se definía por la imposibilidad
del regreso. Hoy podemos hacer videollamadas; para ella, irse era una forma de
muerte civil. Dejaba atrás las tumbas de sus ancestros, el eje de su identidad.
El viaje como un descenso sensorial, no un trayecto en un
mapa: El viaje en barco (probablemente en tercera clase, en la bodega) no era
un "cruzar el Atlántico". Era una experiencia física y abrumadora: el
olor a vómito y a encierro, el miedo al mar, la comida extraña, el sonido de
lenguas incomprensibles (italiano, árabe, yiddish), la pérdida total de
referencias. El mar no era un concepto azul en un mapa; era una extensión
infinita, aterradora y sin puntos de referencia.
La "Argentina" no era un país, era una promesa:
"América". Su destino no era la República Argentina como concepto
político. Era "América", un nombre casi mítico que condensaba la idea
de trabajo, tierra y escape de la miseria y la guerra. Al llegar, no hubo un
momento de "estoy en el hemisferio sur". Lo que hubo fue un choque
brutal con lo sensorial: el calor húmedo, el olor a mate y a ganado, la
planicie infinita del Litoral (¡ella venía de un paisaje de colinas y
bosques!), el sonido de un idioma completamente incomprensible que ni siquiera
podía identificar.
Reconstruyendo
su subjetividad: Una conciencia vertical, no horizontal
Su dificultad para imaginarla es la prueba de que nuestra
mente actual opera con una "conciencia horizontal" (el mapa),
mientras que la de la abuela operaba con una "conciencia vertical".
Vertical: Su mundo estaba organizado en un eje que iba de
la tierra que pisaba al cielo. Su sentido de pertenencia era local
(enraizamiento) y espiritual (trascendencia). La idea de "estar en
Argentina" era una etiqueta nueva y externa; su verdadera ubicación
existencial seguía siendo la fe, la familia (los vivos y los muertos) y el
trabajo. Su "estar" era un estar en la tierra, no en el mapa.
Horizontal: Yo formado desde niño, me ubico en una
cuadrícula abstracta de naciones y coordenadas. Sé que estoy en Argentina, que
Argentina está en Sudamérica, etc.
Para mi abuela, ser "consciente" de que venía
del otro lado del mundo era ser consciente de una distancia insalvable e
infranqueable, una herida en su biografía. No era un dato geográfico, era una
condición emocional y espiritual: la de vivir con el corazón partido entre el
paisaje sensorial de su infancia y el paisaje hostil y extraño que debía hacer
suyo. Ella no se ubicaba en un planisferio; ubicaba su alma en una tierra que
no era la suya, mientras sus pies pisaban un suelo que debía aprender a
cultivar de nuevo.
Su subjetividad no es inaccesible del todo. Se esconde en
las pequeñas cosas: en la forma de cocinar un plato polaco con ingredientes
argentinos, en una canción de cuna en polaco que se fue olvidando, en la
persistencia de ciertas hierbas en la huerta. La conciencia de ese "otro
lado del mundo" estaba depositada en el cuerpo, en la memoria y en el
desarraigo, no en el intelecto cartográfico. Quizás por eso nos cuesta tanto
imaginarla: porque la suya era una geografía de la memoria y la pérdida, no de
la razón conocida.


