El homo sapiens es un ser social: está inserto en un conglomerado histórico al cual transforma de modo ininterrumpido, transformando la naturaleza y sus derivados a partir del trabajo, del desarrollo de múltiples herramientas y de una estructura compleja como el lenguaje. Pero esta transformación no es solo exterior al organismo. La especie no ingresa a la historia con un cuerpo ya hecho que luego la cultura reviste. El proceso que Marx y Engels designaban con el adjetivo naturgeschichtlich —histórico-natural— no suma dos órdenes separados, sino que nombra una continuidad material en la que lo natural deviene histórico y lo histórico reorganiza lo natural. La hominización por el trabajo es el ejemplo inaugural: la liberación de las manos, la adquisición de la posición erecta, el desarrollo de la corteza cerebral, la transformación de la laringe para el lenguaje, no son condiciones previas a la cultura sino resultados del mismo proceso que produce herramientas y relaciones sociales.
De todas esas transformaciones, la posición erecta es la más decisiva y también la más precaria. El humano es el único primate que se sostiene sobre dos extremidades, pero ese equilibrio no es un logro estable sino una conquista siempre amenazada. El cachorro humano no nace caminando; el anciano recupera un tercer apoyo; el borracho oscila entre sus dos costados como si la especie entera recordara en cada caída su origen inestable. La Esfinge no era un monstruo sino una materialista: su acertijo no ocultaba un secreto metafísico, sino una verdad anatómica. El humano es bípedo, cuadrúpedo y trípode, y esa condición no es una debilidad sino la apertura misma de lo histórico. Porque si el equilibrio es precario, si no hay un programa instintivo que asegure la conducta, entonces la especie está condenada a experimentar.
Así, el hábitat del hombre, aunque sostenido en última instancia por las leyes de la naturaleza, no es nunca mera naturaleza. La cultura constituye un orden con autonomía relativa, pero esa autonomía no es separación: es naturaleza alterada por las capacidades humanas de transformación de lo dado. Y el hombre mismo es el resultado de esa subversión permanente. Introduce en lo vivo el tiempo como temporalidad diferenciada de los ritmos biológicos, y por eso la estabilización del organismo en la situación histórica resulta siempre paradójica. En el viviente deviene una tensión permanente entre los tiempos de la naturaleza y los tiempos de la historia. Si bien podemos convenir que este es un proceso único que se desarrolla en una sola totalidad, no podemos descuidar los elementos inerciales de cada una de sus particularidades.






