La cábala: el arte argentino de domeñar el caos
Una prótesis simbólica para la incertidumbre
I. El fenómeno
En Argentina, llamamos cábala a esa ceremonia mínima y cotidiana que
consiste en repetir una conducta accidentalmente exitosa: ponerse la misma
remera que usamos el día del triunfo, pisar el cordón de la vereda en el mismo
lugar, sentarse en la misma silla, escuchar la misma canción antes del partido.
Es un ritual doméstico, despojado de liturgia, que flota entre la broma y la
fe. Pero debajo de esa liviandad se esconde un mecanismo profundo: la cábala es
la forma vernacular que tiene el pensamiento mágico para enfrentar lo que no se
puede prever.
No es, sin embargo, una rareza argentina. Es una variante local de un
impulso universal: la necesidad de coserle un traje al azar. Lo que ocurre es
que en la Argentina —país de crisis cíclicas, partidos de fútbol impredecibles
y realidades que mutan de un día para otro— la cábala adquiere una densidad
existencial que en otras latitudes podría parecer exagerada. Aquí, la cábala no
es un capricho; es un mecanismo de supervivencia dialéctica.
II. Parménides de bolsillo
El mundo, nos enseñó Heráclito, es puro devenir: un río en el que nunca nos
bañamos dos veces. El partido de fútbol es Heráclito en estado puro: once
contra once, una pelota que rebota, un árbitro que decide, un travesaño que
devuelve. No hay certeza. No hay garantía. Nada está escrito.
Frente a ese caos, la cábala es un intento desesperado de imponer un
"Ser" estático y controlable. Es el sueño de Parménides llevado a la
tribuna: si repito exactamente los mismos pasos que ejecuté cuando ganamos,
entonces ganaremos de nuevo. La cábala congela el tiempo. Es la flecha de
Zenón, pero aplicada a la suerte: el hincha cree que puede detener el instante
crucial y reproducirlo como un mecanismo de relojería.
Si A (la remera) provoca B (el gol), razona el ritualista, entonces el
universo es un silogismo. Por supuesto, la lógica se resquebraja: la cábala
confunde correlación con causalidad, coincidencia con ley natural. Pero esa
confusión no es un error; es una necesidad. La cábala es, en el fondo, una
"formalización pobre" del mundo: una gramática rudimentaria que
intenta imponer orden allí donde solo hay ruido.
Y hay más: quien practica la cábala actúa como si el futuro —el triunfo, la
estabilidad, la salvación— ya estuviera escrito en algún lugar del Ser. Esa es
la impronta de Cantor, el matemático de lo infinito: la cábala presupone un
infinito actual, un repositorio de resultados donde el destino ya está
completo. El ritualista no crea el futuro; solo lo activa. La cábala es una
llave, no un martillo.
III. La dialéctica del que sabe y hace igual
Pero aquí aparece la contradicción más fascinante. El que hace cábala no es
un crédulo integrista. Sabe, en el fondo, que su acción es irracional. Lo sabe
porque el lunes, con la cabeza fría, reconoce que la remera no tiene poderes
causales sobre el esférico. Sin embargo, el domingo próximo, la vuelve a poner.
Esta contradicción no es un defecto; es el motor que la mantiene viva.
Desde una mirada dialéctica, la cábala es una unidad de opuestos:
Tesis: Creo que funciona.
Antítesis: Sé que es absurda.
Síntesis (práctica): La hago igual.
Freud llamó a esto omnipotencia del pensamiento. En su célebre caso del
"Hombre de las ratas", describió cómo el obsesivo cree que sus
rituales mentales pueden prevenir desgracias reales. La lógica es idéntica:
"Si realizo este acto, evitaré aquel castigo; si no lo hago, sobrevendrá
el desastre." Es una regresión a la etapa infantil, donde desear y hacer
eran la misma cosa, donde la palabra tenía el poder de crear.
Pero la interpretación freudiana, aunque precisa, se queda corta si no la
completamos con el materialismo dialéctico. La cábala sobrevive no porque sea
lógicamente sólida, sino porque es prácticamente útil. Su función no es cambiar
el mundo objetivo (el resultado del partido), sino cambiar el mundo subjetivo
(la experiencia de la incertidumbre). El acto material de repetir el ritual
—ponerse la ropa, tararear la canción— le devuelve al sujeto una sensación de
agencia frente a la impotencia. No controla el azar; controla la angustia que
el azar produce.
IV. La exaptación simbólica: del accidente al tótem
Ahora bien: ¿cómo nace una cábala? No nace de un manual ni de una
revelación. Nace de un derroche del azar.
Un hincha, un día cualquiera, se pone la camiseta al revés por accidente.
El equipo gana. La emoción del gol, el grito compartido, la textura de la tela
y la posición invertida del número quedan grabados en la memoria como una sola
escena. No hay conexión causal, pero sí una asociación sensorial intensa. El
cerebro, esa máquina de encontrar patrones incluso donde no los hay, registra
la coincidencia.
A la semana siguiente, sin decidirlo del todo, el hincha repite esa
conducta. Lo que era un accidente se convierte en ritual. Esta es la operación
que la biología evolutiva llama exaptación: una estructura o conducta que
surgió por azar (la camiseta mal puesta) es reclutada por el organismo para
cumplir una función completamente distinta (regular la angustia). El
"error" se vuelve "solución".
La cábala, entonces, no es un objeto mágico. Es una prótesis simbólica.
Como el bastón de la Esfinge —ese artefacto que permite sostenerse sin
modificar el terreno—, la cábala no altera la realidad del partido, pero altera
la forma en que el sujeto vive esa realidad. Es un envoltorio que la trama
basal de la conciencia construye para mediar la relación entre lo vivo y la
contingencia.
Y cuando ese ritual se comparte, se produce una segunda exaptación: la
cábala deja de ser un regulador individual y se vuelve un lazo social.
"Nuestra cábala" es más poderosa que "mi cábala". El grupo
la adopta, la defiende, la transmite. El ritual se convierte en tótem: ya no
importa si funciona causalmente; importa que nos hace funcionar como comunidad.
La holoforma de la hinchada (ese círculo de identidad compartida) se cierra
alrededor del símbolo. La cábala deviene ⌘, signo de mando, marca de pertenencia.
V. La cábala contra el algoritmo
Aquí aparece una oposición contemporánea que vale la pena explorar. Vivimos
en la era del algoritmo. El algoritmo es, en esencia, una cábala fría e
impuesta desde arriba: te observa, te clasifica, te congela en un perfil y te
dice quién eres. Es una profecía autocumplida de datos. Es el intento tecnológico
de domeñar el caos mediante el cálculo.
La cábala popular, en cambio, es un algoritmo cálido e inventado desde
abajo. No te dice quién eres; le dices al universo quién quieres ser. Mientras
el algoritmo oprime y encasilla, la cábala libera, aunque sea en la ficción de
su repetición. El algoritmo te reduce a un conjunto de variables; la cábala te
amplifica a un conjunto de deseos.
Ambos son intentos de imponer orden al caos. Pero el algoritmo pretende
tener la razón; la cábala, humildemente, solo pretende tener esperanza. Y en
esa humildad reside su grandeza.
VI. La respuesta de la Esfinge
La Esfinge griega planteaba un enigma. Pero también era una pregunta
existencial: ¿cómo te sostenés ante lo incontrolable?. La cábala es una
respuesta. Precaria, frágil, ilógica, pero eficaz en su territorio.
No es verdadera en sentido causal, pero es verdadera en sentido práctico:
regula la angustia, genera lazo social, permite aguantar el trago amargo de la
incertidumbre. Persiste no porque acierte, sino porque se acopla a la trama
basal de la conciencia y a la covitalidad del grupo.
Conclusión: la materia que se envuelve a sí misma
La cábala no es una tontería. Es un mecanismo de supervivencia dialéctica
en un mundo impredecible. Es la forma que tiene el ser humano —sometido al río
de Heráclito— de agarrarse desesperadamente a un clavo parmenídeo, aunque sepa
que el clavo es de cartón. Y en esa contradicción —saber que no sirve y hacerla
igual— reside su verdadera función: no cambiar el mundo, sino hacerte más llevadero
el hecho de que no lo puedes controlar.
Desde el origen azaroso del derroche, pasando por su exaptación como
prótesis, hasta su estabilización como tótem colectivo, la cábala nos muestra
cómo la materia viva, sometida a la contingencia, construye envoltorios cada
vez más complejos para sostenerse. No es verdad, es útil. No es razón, es
práctica. No es lógica, es vida.
Y en ese sentido, hacer cábala no es un acto de fe; es un acto de
humanidad. Un pequeño bastón para la Esfinge. Un gesto que dice, sin decirlo:
"Sé que no puedo controlar el mundo, pero al menos puedo controlar cómo lo
espero."