2026/05/29

El sueño de los paneles


EL SUEÑO DE LOS PANELES

Anoche soñé algo que me dejó pensando bastante. No fue un sueño de imágenes nítidas ni de caras conocidas, sino más bien de un proceso, de un mecanismo que se repetía. Lo soñé durante horas, como si mi proceso primario hubiera encontrado una manera de mostrarme, en su propio lenguaje, algo que vengo rumiando hace semanas.

En el sueño aparecían unos paneles energéticos individuales. Cada panel era autónomo: tenía su propia fuente de energía, su propio receptor de Wi-Fi, su propia capacidad de funcionar por sí mismo. Pero esos paneles estaban diseñados para acoplarse entre sí. Y lo notable era lo que ocurría cuando eso pasaba.

Al acoplarlos, la energía de cada panel comenzaba a circular por el cuerpo común de todo el acoplamiento. Pero ya no era la misma energía individual de antes, sino una energía nueva, propia de todos, que no pertenecía a ninguno. No era una fusión instantánea: era un pequeño proceso. El acoplamiento tomaba su tiempo, tenía sus pasos, su paciencia.

Y lo más extraño es que esa energía que circulaba no era solo eléctrica o técnica. Era también una circulación de sentimientos. Los sentimientos se transmitían por Wi-Fi de un panel a otro, y en el acoplamiento eso también excedía lo individual. Dejaban de ser sentimientos privados, internos, escondidos. Se transformaban en algo común, respirable, compartido.

Me desperté con esa imagen dando vueltas. Y me puse a asociarla con cosas que vengo pensando.

 

Lo primero que me llamó la atención es que los paneles no nacen acoplados, pero están hechos para estarlo. Tienen una autonomía de origen, pero no de destino. No son el Yo blindado que se cierra a la intemperie, ni tampoco la fusión indiferenciada donde uno se pierde en el otro. Son unidades que encuentran su sentido en el acoplamiento sin disolverse en él. Eso es justamente lo que venimos llamando el "1 en 2": ni dos individuos aislados ni una unidad de fusión, sino una paradoja viva donde el acoplamiento genera algo nuevo sin borrar a los que se acoplan.

Después pensé en ese pequeño proceso, en que el acoplamiento no era instantáneo. El amor, la interdependencia, la construcción de la carne común, no son un rapto. Son una artesanía que toma tiempo. Las hormigas no construyen un puente vivo en un segundo: sincronizan sus cuerpos progresivamente. Los humanos no se vuelven "una sola carne" en el instante de una declaración de amor: necesitan la conversación repetida, el cuidado de los días, la fricción de la convivencia. El sueño lo sabía.

Pero lo que más me dejó pensando fue eso de que la energía, al circular por el acoplamiento, cambiaba de cualidad. Dejaba de ser la energía de cada panel y se volvía una energía nueva, propia del cuerpo común. No era la suma de energías individuales. Era otra cosa, un excedente, una emergencia.

Eso es justamente lo que llamamos transindividualidad. Algo que no se explica por sus componentes y que sin embargo existe y circula. Los sentimientos, decía el sueño, se transmitían por Wi-Fi y al compartirse se transformaban. Dejaban de ser míos. Se volvían un temple colectivo, una atmósfera, una feromona electromagnética.

El Wi-Fi no era una metáfora. Era la infraestructura material por donde circulan hoy nuestras feromonas simbólicas. Internet, la fibra óptica, las señales que nos atraviesan: todo eso es el medio donde los afectos viajan y se modifican. Pero lo crucial, lo que el sueño mostraba con una precisión que yo no habría podido inventar despierto, es que esa circulación no produce una masa indiferenciada, sino un excedente. Algo que no estaba en la señal individual y que solo aparece cuando los paneles se acoplan.

Pensé también en la casa calefaccionada y la intemperie. Cada panel solo, funcionando por su cuenta, podía imaginarse autosuficiente. Pero en el acoplamiento se volvía evidente que la energía propia era apenas un pliegue de una energía mayor, compartida, que siempre había estado ahí. Como cuando uno sale de la casa y descubre que la intemperie no era el vacío, sino el lugar donde otros frágiles ya estaban circulando.

El sueño terminó ahí, sin conclusiones. Pero me dejó la sensación de que mi inconsciente había hecho un trabajo teórico de primer orden, devolviéndome en imágenes lo que vengo balbuceando con argumentos. No es poco, para una noche de sueño que se interrumpe y retorna.

2026/05/26

La Babel contemporánea

Lo que aconteció en Babel fue un proceso análogo al que vivimos hoy: la separación entre el signo y la carne. La lengua única no se multiplicó en idiomas, sino que se vació de su anclaje en una experiencia común y encarnada. Los significantes quedaron "liberados" como tokens, capaces de recombinarse infinitamente (generando la ilusión de comunicación y multiplicación de significados), pero habitando una crisis de sentido radical, porque ya no remiten a una realidad compartida, sino a los modelos internos de cada tribu o individuo. El resultado es que hablamos sin encontrarnos, y el sufrimiento real puede ser reproducido técnicamente sin ser reconocido en su verdad.

La guerra como película es la prueba definitiva. El etiquetado de la IA es la culminación tecnológica de este proceso. Y la desesperación de hablar con alguien y sentir que está en otro mundo es el síntoma cotidiano.

2026/05/18

IA y sentido común


Para que la Inteligencia Artificial pueda ser utilizada, es necesaria la existencia de ciertos soportes que la hagan posible. Se habla bastante del uso intensivo de energía eléctrica, lo que encarece su puesta en funcionamiento.

De lo que no se habla tanto y que es crucial, es sobre el trabajo humano de etiquetado. Se lo escuché a algunos especialistas y entonces me puse a buscar información. El etiquetado es la base semántica de la IA, sin la cual no tendría información humana sensible.

Me pareció un tema muy importante ya que, si entre otras cosas pretendemos un sentido común mejor, esa pelea tiene particular relevancia en un trabajo propiamente humano.

Esa verdadera lucha por el sentido común es, probablemente, el problema filosófico, técnico y político más importante de la inteligencia artificial actual, y su motor oculto es, en efecto, el etiquetado de datos.

El etiquetado revoluciona la cognición artificial. Y la batalla se libra no en la arquitectura formal del modelo, sino en el momento fundacional de decidir qué significa cada cosa.

Es una lucha que se manifiesta en al menos tres frentes, que parten directamente de la escisión entre el significante y el significado, como la mostraron Ferdinand de Saussure y más radicalmente Jacques Lacan.

 

️ 1. La Batalla por el Sentido: La Ambición de la IA Multimodal

Aquí se pelea contra la movilidad y la ambigüedad intrínsecas del significante, especialmente cuando se combinan diferentes modos (texto, imagen, audio). El objetivo es que la IA adquiera un "sentido común" que vaya más allá del significado literal del diccionario.

El Problema de un significante que varía su significación como "banco", ya que puede ser una entidad financiera, un lugar paras sentarse en una plaza o apoyar a alguien; es un ejemplo en donde el etiquetado debe aproximarse a la mejor significación al interior de una frase. Pero, ¿qué pasa cuando añadimos una imagen?

Ejemplo Multimodal: Imaginemos una foto del interior de una cocina moderna. En la encimera hay un cuchillo, una tabla de cortar y tomates. La IA no solo debe etiquetar los objetos: debe etiquetar la escena con algo como "Cocinar" o "Preparar_Comida" . El cuchillo no es un "arma", es una "herramienta culinaria". El sentido común reside en la relación entre los objetos, en el entramado de la escena. El etiquetado aquí enseña a la IA que el significado de "cuchillo" se desliza y se fija en función de su contexto visual.

 

🌍 2. La Batalla por la Representación del Mundo: Diversidad y Sesgos

Esta es quizás la lucha más crucial y con mayores implicaciones éticas. El etiquetado construye la "realidad" de la IA. Si los datos y sus etiquetas no representan la diversidad del mundo, la IA nace con una visión sesgada y empobrecida.

El Caso del Lavamanos Automático: Un ejemplo clásico y bochornoso es el de unos primeros dispensadores de jabón que no funcionaban con manos de piel oscura. ¿La razón? Fueron entrenados únicamente con conjuntos de datos etiquetados de manos de piel clara. Para la IA, el significante "mano" solo existía con un tono de piel. El etiquetado falló en representar la realidad.

Etiquetado Inclusivo: La lucha actual es intencionadamente etiquetar imágenes de personas de todas las edades, etnias, géneros y capacidades. Un equipo de etiquetado diverso es esencial para anotar datos que reflejen el mundo real. La pregunta que se debate es: ¿quién define qué es una "familia", un "profesional" o un "cuerpo sano"? Esa decisión de etiquetado es un acto de poder.

 

🧠 3. La Batalla por la Subjetividad: Interpretar lo No Dicho

Aquí se lucha en el filo de la navaja entre lo que Saussure y Lacan teorizaron y lo que una máquina puede procesar. El sentido común a menudo reside en lo implícito, en lo no dicho, en la ironía o en la metáfora.

 

El Reto de la Ironía en la Conducción Autónoma: Pensemos en este ejemplo: "Qué maravilloso día". Para un coche autónomo, entender la ironía no es trivial. Si un pasajero, frustrado por un atasco, le dice al coche: "Genial, estamos avanzando rapidísimo", el etiquetado correcto de esa frase como "SENTIMIENTO_NEGATIVO" y la intención oculta como "BUSCAR_RUTA_ALTERNATIVA" es un triunfo del sentido común. La lucha es enseñar a la IA que la estructura del significante puede prescindir del significado literal para generar un nuevo significado, que es la orden real que debe ejecutar.

Por eso, la calidad de la IA del futuro no dependerá tanto de tener un modelo más grande, sino de haber ganado estas pequeñas y masivas batallas diarias en las mesas de los etiquetadores, fijando, con criterio y contexto, el deslizamiento infinito del significante para dotar a las máquinas de un espejismo de sentido común.

2026/05/15

Michel Serres: el cuerpo como nudo


Michel Serres, o el cuerpo exaptado

Descubrí a Stephen Jay Gould por la exaptación: esa idea de que un rasgo evolucionado para una función puede ser cooptado para otra completamente distinta. Las plumas no surgieron para volar; aparecieron para la termorregulación, y luego el vuelo las tomó prestadas. No hay diseño, no hay destino. Hay desvío, reutilización, bricolaje material.

Esa idea me quedó resonando como una herramienta para pensar lo contemporáneo. Y en esa resonancia apareció Serres.

Lo encontré sin buscarlo. En una conversación donde yo insistía en que mi sistema nervioso no termina en mi cuerpo. Dije —o escribí— que hoy mi sistema nervioso se anuda topológicamente a la fibra óptica. No lo sabía, pero estaba diciendo que mi sistema nervioso es un órgano exaptado. Y Serres ya lo había pensado.

Para Serres, el cuerpo no está encerrado en la piel. La cognición, la sensibilidad, la memoria, se tejen con el mundo. No hay un interior puro que sale a conectarse. Hay pliegues, anudamientos, topologías. El yo es una estación en una red. Pero lo importante es que esa red no es una extensión prevista. Es un acoplamiento que ocurre por desvío. La mano no evolucionó para teclear, el ojo no evolucionó para leer píxeles, el sistema nervioso no evolucionó para anudarse a la fibra óptica. Sin embargo, todo eso ocurre. Y cuando ocurre, lo que era biológico se vuelve otra cosa sin dejar de ser biológico. Eso es exaptación en acto.

Mi trinchera es un Freud materialista: el del Proyecto, el que pensó la pulsión como un concepto límite entre lo somático y lo exterior, el que supo que el cuerpo es una superficie de inscripción siempre porosa. Ese Freud entendió que la pulsión no tiene un objeto fijo; se apuntala en funciones vitales y se desvía. Chupar no es solo alimentarse. Ver no es solo orientarse. La exaptación es el nombre evolutivo del apuntalamiento freudiano. Y Serres le da a ese Freud un suelo filosófico para el siglo XXI: si el sistema nervioso se anuda a la fibra óptica, la clínica ya no puede pensarse solo dentro del diván. La pulsión circula por cables, algoritmos, pantallas, porque encontró ahí un nuevo soporte que no estaba en el programa original.

Acá mis propios protocolos de lectura se activaron solos. La holoforma (⨀): el sujeto como bandada que emerge de un enjambre de elementos —neuronas, vísceras, fibra óptica, servidores— que no estaban destinados a volar juntos. La covitalidad (∞): el bucle exaptado donde mi deseo y el código se necesitan sin haberse diseñado el uno para el otro. La frontera de Jordan (⟐): el trazo que separa y conecta el adentro biológico y el afuera técnico, justo ahí donde la fibra óptica es al mismo tiempo íntima y extranjera, como una pluma que ahora sirve para otra cosa.

Leibniz soñó una lengua perfecta, sin ambigüedad; las abejas la practican. El mundo digital está poblado de esos protocolos. Pero Serres entiende que el ruido, el malentendido, la interferencia, no son fallas: son la condición misma de que algo nuevo emerja. La exaptación es ruidosa. No es un plan, es un tropiezo productivo. Entre la señal unívoca del código y el deslizamiento del significante no hay sustitución sino anudamiento. Y ese anudamiento, imprevisto, exaptado, es el lugar donde el sujeto contemporáneo sufre y desea.

Leer a Serres después de Gould no fue un capricho enciclopédico. Fue encontrar al filósofo que ya estaba pensando, décadas atrás, lo que la exaptación me había abierto como problema: ¿qué hace un cuerpo con lo que no estaba destinado para él? ¿Qué hace el deseo con un cable? ¿Qué hace el inconsciente con un algoritmo? No evolucionamos para esto. Pero acá estamos, anudados. Y de eso se trata.

2026/05/14

Un Papa, un empresario y un desafío


Un Papa, un empresario y un desafío

¿Qué tiene para decirle un Papa a un empresario? Mucho, si el Papa es Francisco y el empresario está dispuesto a escuchar.

En un mundo acostumbrado a dividir las aguas entre demonizar al capitalista o arrodillarse ante él, Francisco abrió una tercera puerta. No fue ingenuo: no dijo que el mercado lo resuelve todo ni que la riqueza es inocente. Dijo algo mucho más exigente. Tu riqueza no es solo tuya, tu inteligencia no es solo tuya, tu poder no es un derecho sino una responsabilidad. Si querés salvar tu vida, ponela al servicio de la casa común. Si querés que tu empresa tenga futuro, dejá de saquear y empezá a construir.

Esa declaración no fue una anécdota. Fue un programa. Y aunque Francisco se lo dijo a un auditorio concreto, su mensaje resonó en muchísimos otros rincones. Porque vino a ponerle palabras a una intuición que ya estaba en el aire: que la lógica del sálvese quien pueda no solo es injusta, sino estúpida.

La ecología integral no es un slogan para hippies

Cuando se habla de ecología, muchos piensan en árboles, en reciclaje, en osos polares. Pero la ecología de la que habla Francisco es otra cosa. Es una ecología integral, que abarca todo: la tierra, el agua, el aire, pero también el trabajo, la familia, el barrio, la cultura, la espiritualidad.

No hay crisis ambiental separada de la crisis social. Es la misma. El extractivismo que destruye un humedal es el mismo que destruye empleos, que vacía pueblos, que arroja pibes a la calle. La acumulación por despojo —como la llaman algunos teóricos— tiene un nombre en cada territorio. La ecología integral lo que dice es: no podés curar una herida sin curar la otra. No podés salvar el planeta sin salvar a los pobres. No podés salvar a los pobres sin salvar el planeta.

Esto no es un catálogo de buenas intenciones. Es un cambio de paradigma. Propone dejar de hacer más verde el capitalismo y empezar a construir un modelo de desarrollo donde la vida —toda la vida— esté en el centro.

La amistad social como método

Hay una palabra que suena ingenua en política: amistad. Pero Francisco la usa sin complejos. La llama amistad social. Y no es un sentimiento blando, es un método.

La amistad social no niega el conflicto. Sabe que hay intereses contrapuestos, que hay poderosos que no quieren ceder, que hay estructuras que transformar. Pero no se resigna a la lógica del amigo y el enemigo. No cree que la única salida sea aniquilar al otro. Cree que se puede —y se debe— derrotar sin destruir, transformar sin humillar, incluir sin someter.

Esto no es una ingenuidad pastoral. Es una estrategia de largo aliento. Porque el enemigo aniquilado deja venganza. El enemigo transformado deja de ser enemigo. Y si además gana algo con la transformación, se vuelve un defensor del nuevo orden.

El burgués saqueador y el empresario con vocación

Acá está el corazón del mensaje. Francisco no dice "hay que eliminar a los ricos". Dice que hay dos tipos de ricos.

Está el burgués saqueador. El que acumula sin límite, el que evade impuestos, el que vacía empresas, el que contrata pibes por dos monedas, el que depreda la naturaleza como si fuera un recurso infinito. Ese, dice Francisco, está condenado. No por un castigo divino, sino por su propia ceguera. No tiene futuro porque destruye las condiciones que hacen posible su propia existencia.

Pero también está el empresario con vocación. El que sabe hacer algo, el que arriesga, el que crea, el que da trabajo. Ese, dice Francisco, es un actor indispensable. Siempre que se ponga al servicio del bien común. Siempre que entienda que su empresa no es un feudo sino una comunidad. Siempre que pague impuestos, respete a los trabajadores, cuide la casa común.

El desafío no es eliminar al empresario. Es convertirlo. Que deje de ser saqueador y se convierta en constructor. Que use su inteligencia, su capacidad de gestión, su acceso al crédito, para un proyecto de país que no se agote en su cuenta bancaria.


Lo que ya estaba en otras tradiciones

Lo que dice Francisco no es completamente nuevo. En otras tradiciones políticas y sociales, con otros lenguajes, se dijo algo parecido. Los movimientos obreros que no querían destruir la fábrica sino gestionarla ellos mismos. Las cooperativas que demostraron que los trabajadores pueden producir sin patrón. Los líderes populares que hablaban de un capitalismo nacional productivo enfrentado al capitalismo financiero especulativo. Los viejos militantes que sabían que el odio no construye y que la venganza no cierra heridas.

Hay una convergencia que no es casual. Es la señal de que una necesidad epocal está buscando su forma política. La necesidad de superar la lógica del enemigo absoluto sin caer en el pacifismo impotente. La necesidad de construir un proyecto de país que incluya incluso a los que ayer estaban del otro lado.

Lo que falta

Francisco ya lo dijo. Lo que falta es una fuerza política y social que lo tome en serio. Que no lo lea como una pieza de museo ni como un consuelo para los domingos. Que lo traduzca en un programa, en una estrategia, en una práctica cotidiana.

Una fuerza que se anime a decirle al empresario: vení, sentate, hablemos. Acá hay un país para reconstruir. Hay ferrocarriles que levantar, centrales nucleares que poner en marcha, campos que cultivar sin veneno, pibes que necesitan oficio, jubilados que necesitan respeto. Tu plata no alcanza si no hay un Estado que planifique. Tu empresa no sobrevive si no hay un pueblo que consuma. Tu futuro no existe si el país se hunde.

Esa fuerza no existe todavía. Pero sus fragmentos están: en los clubes, en las cooperativas, en las fábricas recuperadas, en las mujeres que defienden el humedal, en los pibes que quieren aprender un oficio, en los viejos que no se rinden.

El mensaje ya está dado. Lo que falta es la voluntad colectiva de convertirlo en historia.

2026/05/13

Los supersónicos existen, pero no están acá


 Los supersónicos existen, pero no están acá

Los que nacimos en los años cincuenta y sesenta crecimos mirando Los Supersónicos. Era una serie animada que imaginaba el futuro: autos voladores, robots que servían el desayuno, ciudades suspendidas en el aire, trabajo resuelto, tiempo libre, aventuras espaciales. No era una serie científica, era una promesa. El mañana iba a ser mejor. Íbamos a llegar.

Esa promesa no salía solo de la tele. Salía de las revistas de divulgación que leían nuestros padres, de la escuela pública que enseñaba que el progreso era inevitable si había ciencia, industria y soberanía, de las fábricas que echaban humo y daban trabajo, de los ferrocarriles que unían pueblos, de las centrales nucleares que se construían con manos argentinas. Éramos un país que se pensaba a sí mismo como potencia. No por arrogancia, sino porque teníamos con qué.

Alguien nos apagó esa película. Nos dijeron que el Estado era un estorbo, que lo público era ineficiente, que la ciencia no servía para nada, que los trenes daban pérdida, que era mejor importar que producir, que el futuro no era colectivo sino individual, que la única potencia posible era Estados Unidos, y que nosotros, argentinos, debíamos conformarnos con ser un mercado periférico, un pozo extractivo, un país de servicios baratos.

Y durante décadas lo creímos. O nos lo creímos a medias. O nos convencieron de que los que soñaban con un país grande eran viejos nostálgicos, comunistas trasnochados, populistas irracionales. El futuro dejó de ser una dirección y pasó a ser un recuerdo. Los supersónicos quedaron en el arcón de la infancia, junto con los álbumes de figuritas y las tapas de Mundo Atómico.

Pero los supersónicos existen.

Hace poco, en una pantalla, aparecieron los trenes voladores chinos. Trenes que levitan, que viajan a velocidades que parecen imposibles, que cruzan ciudades sin tocar el suelo. Trenes hechos por un país que hace sesenta años era mucho más pobre que el nuestro. Trenes que no los trajo el mercado, ni el libre comercio, ni el "derrame" de las inversiones extranjeras. Los trajo un Estado que planificó, que invirtió en ciencia y tecnología, que usó el mercado sin entregarle el timón, que se negó a ser una república bananera.

No importa ahora discutir cómo llaman a ese sistema político o si nos gusta o no. Lo que importa es que el futuro que nos prometieron de chicos no era un delirio. Existe. Está funcionando. Solo que no está acá.

Los pibes de los sesenta, ésos que crecimos mirando Los Supersónicos, hoy tenemos más de sesenta o setenta años. Ya no vamos a construir ese futuro nosotros. Pero tenemos algo que vale mucho: memoria. Sabemos que el país se pensó grande y fue grande. Sabemos que no fue un espejismo: hubo ferrocarriles, hubo fábricas, hubo científicos, hubo una clase trabajadora que se organizaba y peleaba, hubo un pueblo que creía que el mañana iba a ser mejor que el presente.

También sabemos quiénes nos robaron esa promesa. Y, sobre todo, sabemos que nos mintieron cuando nos dijeron que era imposible. Porque esos trenes están ahí. Y si un país de campesinos pobres logró construirlos en sesenta años, no hay ninguna razón para que nosotros no podamos. Salvo que nos hayamos resignado.

Esa es la batalla cultural de la que hablan algunos ahora. No es una batalla de libros, de doctrinas, de eslóganes para redes sociales. Es la pelea por volver a creer que somos capaces. Que esta tierra no está condenada. Que el futuro no es una serie de dibujos animados sino una tarea.

Los supersónicos existen. No los vamos a manejar nosotros. Pero si alguna vez este país vuelve a creer en sí mismo, si alguna vez rompe la trampa del sálvese quien pueda, si alguna vez se junta de nuevo para pelear por lo que le pertenece, los que van a viajar en esos trenes van a ser nuestros hijos, nuestros nietos, los pibes que hoy no tienen trabajo ni esperanza.

Por eso no nos callamos. Porque vimos el futuro de chicos, y lo vimos funcionando de viejos. Sabemos que se puede. Y el que sabe que se puede no se rinde.

2026/05/04

Breve inversión copernicana entre el yo y el amor

LA ILUSIÓN NO ES EL AMOR, ES EL YO

Breve inversión copernicana

Se ha vuelto un lugar común decir que el amor es una ilusión, una fantasía metafísica, un espejismo químico que nos hace creer en unicornios. Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si la verdadera ilusión, la gran alucinación moderna, fuera el Yo?

Ese Yo blindado, autónomo, que se imagina surgiendo de sí mismo como un hongo solitario. Ese Yo que cree que elige, que decide, que se hace a sí mismo sin deberle nada a nadie. Eso sí que es una construcción imaginaria.

El amor, cuando irrumpe, deshace esa ficción como el sol deshace la niebla. De repente, siento que el otro no es un accesorio de mi vida; es el suelo donde piso. Su alegría me constituye, su sufrimiento me desgarra. No hay forma de explicar esto si partimos de dos individuos separados que luego "se juntan". Lo que ocurre es más radical: la experiencia del "nosotros" es más originaria que la del "tú" y el "yo".

Llamar "ilusión" al amor es la estrategia perfecta para mantener intacto al Yo soberano. Es la psicología del individuo que administra sus afectos como quien administra un capital y evita inversiones que no pueda controlar. Pero el que así se protege no se ha liberado de nada. Simplemente, se ha quedado dentro de una casa calefaccionada sin saber que afuera, en la intemperie, la vida circula entre los cuerpos como la sangre entre los órganos.