El capital del no: Manal, el tango y Sumo, o la crítica a la mediocridad
Hubo un tiempo en que la crítica a la mediocridad se hacía desde adentro,
en primera persona, con el barrio a la vuelta y la familia en la mesa. No era
una queja de sociólogo ni un lamento de domingo: era un capital cultural
compartido, una gramática del rechazo que volvía vergonzoso lo que se
presentaba como normal. Las letras fundacionales del rock argentino lo muestran
hasta el hartazgo. Manal, en particular, dejó dos canciones que funcionan como
las dos caras de una misma moneda: “No pibe” y “Elena”.
“No pibe” es un sermón laico. Un “yo” que ya vio el mecanismo le desarma al
joven las instrucciones de la máquina social: el auto, los relojes caros, los
cuatro empleos bien pagados, ser astro de televisión. La crítica no es a la
pobreza, sino a la promesa de la movilidad como salvación personal. El verso
clave es “para que alguien te pueda amar / porque así solo tendrás un negocio
más”. Ahí está la operación radical: el ascenso no te hace más amable, te
convierte en una transacción. La mediocridad no es falta de ambición, sino
reducción de la vida a un negocio. Y la segunda estrofa ataca otro pilar: la
identidad. “No debes cambiar tu origen ni mentir sobre tu identidad / es muy
triste negar de dónde vienes, lo importante es adónde vas”. No es un elogio de la
pobreza: es una defensa de la autenticidad frente al disfraz social.
“Elena” es más elusiva, pero puede leerse como un “No Piba”. Si “No pibe”
le habla a un joven sobre los mandatos del éxito material, “Elena” le habla a
una mujer sobre los mandatos de la apariencia y el valor social. La
protagonista camina por la calle “no mira a nadie”, con “ojos de plomo” que
solo registran “los autos que la persiguen”. Es una imagen de aislamiento y
cosificación. Y la sentencia es casi un test de mercado: “salí con ropa vieja a
la calle, fíjate quién te habla de amor”. Despojada del envoltorio, ¿quién se
acerca por ella y quién por su personaje? Es la misma gramática de la
autenticidad, pero aplicada al cuerpo y al género. El tiempo es la otra
amenaza: “Elena, no te olvides del tiempo, / Elena, vos también morirás”. No es
solo la muerte física: es morir sin haber vivido de otro modo, en el día del
propio sufrirlo.
Ese tiempo que desnuda el brillo tiene una genealogía larga en la cultura
popular argentina. “Tiempos viejos” (1926) hace el mismo movimiento, pero desde
la mirada retrospectiva. La Rubia Mireya fue el centro de la admiración (“se
formaba rueda pa’ verla bailar”), y el presente la devuelve como una imagen de
la decadencia: “hoy es una pobre mendiga harapienta”, y el narrador confiesa:
“cuando por la calle la veo tan vieja / doy vuelta la cara y me pongo a
llorar”. El tango llora la pérdida de un esplendor hecho de miradas y de rueda
social. Manal, en cambio, lo dice como advertencia en segunda persona. Pero la estructura
es la misma: el tiempo desnuda la fragilidad del brillo.
Más de una década después, Sumo recogió esa antorcha y la transformó en un
gesto de ruptura y rechazo. “La Rubia Tarada” ya no sermonea ni advierte:
expresa repulsión. Describe “caras conchetas, miradas berretas”, a la rubia
“bronceada, aburrida” que le pregunta por qué se peló, y la respuesta es la
sentencia que condensa todo: “por el asco que da tu sociedad”. El sujeto que
enuncia ya no es el sabio que baja de la montaña, sino un outsider que siente
asco y se va a tomar una ginebra con los suyos. La Rubia Tarada no es una Elena
a la que se le puede aconsejar que se ponga ropa vieja: es un estereotipo
cerrado, una chica dorada de plástico que ya no tiene interioridad posible. La
crítica pasó del consejo al asco, de la pretensión de verdad al gesto de
ruptura.
Hoy esa gramática compartida parece extraviada. No es que no exista
crítica: existe en el trap, el hip hop, la cumbia, los feminismos, las
disidencias, el activismo ambiental. El problema es que no constituye un
capital cultural masivo, capaz de nombrar un “nosotros” generacional. Está
fragmentada, nichada, monetizada por las plataformas. Y la mediocridad ya no se
llama así: se llama “éxito”, “marca personal”, “vida sana”, “emprendedurismo”,
“sentido común”. La necesidad de una crítica radical sigue ahí, pero quizá no
pase por recuperar el sermón de Manal ni la nostalgia del tango. Pase por
inventar un lenguaje que vuelva a hacer vergonzoso lo que hoy es normal: la
indiferencia, la precarización, la hipocresía, la violencia y la estupidez como
destino. Un lenguaje que, como el de Manal, sepa decir “no” desde adentro, sin
pureza y sin culpa, pero con la alegría de saber que todavía es posible
distinguir la gente despierta de la que solo repite el libreto.




