Dedicado a Enrique Goldengruss
Un ensayo sobre instinto, experimentación y lo objetivo que no necesita conciencia
Epígrafe
"Las hormigas no tienen memoria, pero tienen historia. No tienen archivos, pero tienen ritos, senderos, cadáveres organizados, agricultura, ganadería de pulgones, guerra y paz."
Texto
Cuando tenía 17 años, llegó a mis manos un librito sobre las hormigas. Contaba su estructura social, la colonización de otras especies, un funcionamiento muy efectivo. El autor decía algo que me gustó mucho: que las hormigas, para llegar a ser lo que son, debieron atravesar en su historia múltiples revoluciones.
Se lo comenté a un compañero del secundario, alguien instruido. Me señaló algo que no me gustó tanto: "Las hormigas son así instintivamente, no como los humanos".
Esa dicotomía entre lo genético y lo cultural nunca pude resolverla. Incluso hoy, a mis 72 años, la sigo charlando con ese amigo.
Lo que el instinto esconde
Lo que él llamaba "instinto" es, sospecho, el nombre que le damos a lo objetivo cuando no queremos reconocer que nosotros también somos objetivos.
Un humano cree que la revolución es un acto voluntario, una decisión colectiva, una ideología. La hormiga no sabe que está haciendo una revolución. Simplemente, un día, su organización cambia. Emerge una nueva forma de repartir el alimento, de cuidar la cría, de colonizar a otra especie. Ese cambio es completamente objetivo. No hubo asamblea, no hubo líder, no hubo manifiesto. Pero el cambio ocurrió. Y si ocurrió, fue revolución.
La hormiga no decide, experimenta
Las hormigas no cooperan porque sean buenas. No compiten porque sean malas. Su vida es interacción. En esa interacción, a veces se ayudan, a veces se devoran. Pero nunca se preguntan si eso es cooperación o competencia. Eso es cosa de humanos que necesitan etiquetar para decidir.
La hormiga no decide: experimenta con su cuerpo, con su colonia, con su ambiente. Si la experimentación funciona, se repite. Si no, la colonia muere y otra toma su lugar.
El humano, en cambio, perdió el programa fijo del instinto. La pulsión no viene con objeto incluido; hay que encontrarlo, inventarlo, construirlo. Como ningún objeto es definitivo, hay que seguir buscando. Esa búsqueda es la experimentación. Y no es algo que hagamos de vez en cuando: es lo que hacemos todo el tiempo. Probamos una dieta, la dejamos, probamos otra. Cambiamos de trabajo, de pareja, de barrio. A veces acertamos, a veces no. Pero nunca dejamos de experimentar.
Lo que las hormigas ya saben sin saber
Las hormigas no necesitan una biopolítica emancipatoria. Son la política misma: una gestión de asimetrías sin dualismo, sin estado, sin ideología. No tienen fronteras rígidas (invaden y se fusionan), pero tampoco las borran (defienden su nido). Su frontera es porosa por necesidad, no por virtud.
El humano, en cambio, tiene que aprender eso. Tiene que entender que la selección natural no es una competencia ni una cooperación, sino un filtro que pasa a través de la experimentación colectiva. Y que las hormigas, con sus cien millones de años de revolución silenciosa, ya están haciendo lo que nosotros apenas empezamos a balbucear: vivir la interdependencia vital sin necesidad de creer en ella.
No se trata de imitar
No se trata de imitar a las hormigas. Se trata de reconocer que lo que ellas son por programa (si se quiere llamar así), nosotros podemos serlo por comprensión. Y esa es nuestra única ventaja, y también nuestra condena.
Porque la naturaleza no tiene obligaciones. Los humanos sí.
¿Y vos? ¿Seguís creyendo que la hormiga solo actúa por instinto mientras nosotros somos libres? ¿O habrá algo de lo objetivo que nos atraviesa sin pedir permiso?

