2016/09/26

Condiciones objetivas

Existe una tradición marxista que lejos de privilegiar el análisis materialista de la sociedad se encierra en profetizar un estrepitoso derrumbe del capitalismo y el ascenso revolucionario del proletariado. “Toda la trayectoria de desarrollo del modo de producción capitalista de producción y de la lucha de clases en la sociedad burguesa conduce inevitablemente al cambio revolucionario del capitalismo por el socialismo” reza el Manual de Economía de la URSS. Este planteo se sostiene en la premisa de que el desarrollo de las fuerzas productivas crea la base material para el cambio de sociedad.  Aunque paradójico ninguna revolución se sostuvo sobre una base desarrollada, fueron las mismas revoluciones las que produjeron desarrollo. De todas formas lo que se intentará mostrar es que la base actual del capitalismo a nivel global, lejos de conducir objetivamente a una sociedad de tipo socialista hoy pareciera acercarse más a un futuro distópico.

Advertir que el cambio revolucionario puede ser una obra de extrema complejidad, algo suficientemente inasible y que también podría no ser, es muy mal visto y considerado por todos aquellos que hacen de la Revolución un dogma. No es imposible ya hubo experiencias revolucionarias e intentos bastante aproximados que muestran su posibilidad. Lo que no hay es una fuerza de tipo natural que conduzca espontáneamente y casi de manera inevitable a eso. En la película The East la protagonista le pregunta al líder de un grupo ecologista radical “¿Por qué la pretensión de superioridad moral va ligada a los movimientos de resistencia?”. Cuando las potencialidades del sujeto social se eclipsan pareciera que la Revolución quedara reducida a una simple pero rigurosa ética individual. Eso es religión.

2016/09/07

Los flancos débiles de un gobierno progresista

Osvaldo Drozd reflexiona en este artículo acerca de los elementos recurrentes que erosionan los proyectos políticos “progresistas”. El abordaje de la problemática de la inseguridad fue el factor que, explotado también por los medios concentrados, esmeriló el consenso popular que tuvo el kirchnerismo durante sus gobiernos.

Por Osvaldo Drozd*

Afirmar que un proyecto político que gobernó por 12 años, no fue derrotado solamente en elecciones y que sufrió múltiples asedios para abandonar la gestión, merece un abordaje integral en el que caben diferentes elementos recurrentes. Lo que se intentará señalar en este artículo es más bien el esbozo de una idea fuerza sobre un proceso en marcha, y la descripción mínima de uno de los elementos que fueron carcomiendo y esmerilando un consenso bastante elevado. La problemática de la seguridad fue uno de los ítems más cuestionados a lo largo de los gobiernos kirchneristas, que a su vez fue sumamente instrumentalizada para generar apatía y división en el seno mismo de los sectores populares.

Todo proceso político se asienta o adquiere contenido en otros procesos que se producen a nivel de la estructura social y económica de una determinada formación específica. Cuando el kirchnerismo llegó al gobierno en 2003, procuró, por un lado, canalizar ciertas fuerzas sociales que eran el producto de la crisis del neoliberalismo, y por el otro, dar continuidad a un proyecto económico de confección reciente en el que se intentaría a partir de la acción del Estado, lograr redistribuir los excedentes de una forma tal en la que los movimientos sociales emergentes fueran contenidos, produciendo así una merma de la conflictividad social heredada.

Con el kirchnerismo volvió a sonar un significante que en los ’90 había sido estigmatizado por el menemismo: el “modelo”. La lucha “contra el modelo” estaba aún presente en la memoria de los movimientos que resistieron al proceso de reestructuración del capital llevado adelante por Carlos Menem y luego por Fernando De la Rúa, y que eclosionaría en diciembre de 2001.

¿Qué es un modelo económico? Según Luis Alberto Arce Catacora, ministro de Economía y Finanzas Públicas de Bolivia, “un modelo económico es el que define cómo se generan y se distribuyen los excedentes económicos”. Implica una forma de organizar la producción y la distribución al interior de un determinado modo de producción, teniendo en cuenta que puede haber otras formas, por lo que el planteamiento de un nuevo modelo no necesariamente signifique un salirse del modo de producción capitalista. Significa por tanto una nueva distribución del excedente que se materializa cobrando forma en un nuevo tejido social.

En la Argentina, el denominado “modelo de inclusión social con matriz de acumulación diversificada” planteado por los gobiernos kirchneristas, venía a darle un rol preponderante al Estado para redistribuir más equitativamente la renta pero fundamentalmente para producir un cambio de la matriz productiva propia de una economía primarizada y desregulada por el anterior modelo neoliberal. Un proceso político inclusivo solamente podía tener éxito, si ese modelo económico se hubiera enraizado en la sociedad profundizándose de forma permanente, convirtiendo eso en un hecho objetivo irreversible. Lo importante a saber es que en la salida de un modelo para el inicio de otro, se produce un agudizamiento de tensiones emanadas de intereses bien concretos que no se resignan a perder privilegios que consideran casi como “naturales”. La resolución de estas tensiones siempre es política y sujeta a las relaciones de fuerza existentes en determinada coyuntura específica. Lo que supone la construcción de una fuerza social acorde a los enfrentamientos reales que se producen en la sociedad y que permita conducir un proceso de profundización. También hay que destacar que en una sociedad determinada siempre hay vestigios institucionales de un período anterior que son necesarios remover para encauzar los cambios.

En abril de 2011, cuando todavía no había finalizado su primer mandato, la por entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner planteó en un acto público la necesidad de “institucionalizar el modelo”. Dijo entonces: "Porque así es como lo han hecho los grandes países de todo el mundo, que han institucionalizado una matriz económica y productiva de inclusión social". Estas afirmaciones las volvería a repetir un mes después en ocasión del masivo acto en Huracán, en el que entre otras cosas refirmaría que "Nuestro gran desafío es institucionalizar el modelo vigente".

Tras las presidenciales del mismo año en que CFK se impusiera por el 54 % de los votos, todo parecía indicar que una nueva institucionalidad era lo más indicado, siguiendo de alguna manera el camino de los países bolivarianos que habían reformado la Constitución para darle cabida en ella a los nuevos datos de la realidad. Una cierta tradición peronista proveniente de la Constitución del ’49 -que luego fuera abolida- también le daba cierto fundamento a un nuevo proceso constituyente. Esto no se produjo y el porqué debiera ser materia de investigación o de esclarecimiento por parte de los que sí saben el porqué.

Lo que sí debiera tenerse en cuenta, es una vieja enseñanza revolucionaria que viene desde Georges-Jacques Danton y que también fuera recogida por Lenin, en cuanto a qué previsiones se deben tener en los procesos de transformación. Una vez iniciados no se debe abandonarlos ya que los retrocesos siempre serán dolorosos. Pero no retroceder siempre está ligado a la fuerza con la que se cuenta y no exclusivamente a la buena voluntad. Como se trata de hechos bastante recientes, están los que sí saben qué fue lo que sucedió. El resto tenemos que armarlo.

La maldita inseguridad


El problema de la seguridad pública no es un tema de fácil abordaje. Es un monstruo confeccionado por distintos pedazos que articulados producen una secuencia terrorífica de complicada resolución. La lectura ideológica que se pueda hacer de los hechos de inseguridad puede conducir a posiciones extremadamente contradictorias ya que al ser abordadas de manera parcial o aislada, conllevan al planteamiento de soluciones más acordes al pensamiento mágico que a la confección de políticas públicas rigurosas. Los grandes medios no dejan de enrarecer y manipular los hechos, mientras que ciertos grupos políticos lo utilizan con la más descarada demagogia, siendo que es  un tema que incumbe a casi todos los sectores sociales, principalmente los populares. De tal forma, el crecimiento del crimen organizado en Latinoamérica les fue endilgado principalmente a los gobiernos progresistas casi como si estos les dieran permisos especiales a la expansión de dicho flagelo o fueran parte integrante del mismo.

Si bien la base principal del problema es producto de procesos de marginación y exclusión social llevados adelante por el neoliberalismo, la prosecución y profundización del mismo atañe a otros puntos críticos de mayor cercanía temporal como es, por ejemplo, la expansión de las economías sumergidas (narcotráfico, trata, contrabando, etc.), que encuentran asidero en la existencia ya estructural de fuerzas de seguridad sumamente corrompidas. Los denominados “aparatos represivos de Estado”, lejos de ser una solución son parte del problema. Las prisiones, la Justicia y las policías tal como está estructurado, poco favor le hacen a la resolución de un problema que en gran medida sirve para desestabilizar y generar divisiones sociales. En términos maoístas, la Inseguridad no es más que una profundización de “las contradicciones en el seno del Pueblo”. No tener en cuenta esto lleva indefectiblemente a que una fuerza política que supuestamente brega por los intereses populares, vaya perdiendo consenso en algunos de estos sectores.

Un problema de interpretación hizo que la cuestión Inseguridad quedara englobada como una cuestión nacional, mientras que su lectura correcta debiera recaer en los principales territorios en los que el flagelo tuvo mayor desarrollo. La provincia de Buenos Aires es tal vez la más relevante y la que más discusiones políticas produjo, no solamente entre distintas fuerzas sino en el seno mismo del Frente para la Victoria. Los triunfos de Francisco de Narváez en 2009, de Sergio Massa en 2013 y de María Eugenia Vidal en 2015, no son ajenos al estado de ánimo popular generado por ese problema. Un consenso político apoyado en la posibilidad creciente de consumo tiene como contrapartida la expansión de un flagelo que amenaza con arrebatar lo conseguido. Los medios siempre apuntalaron el problema no para resolverlo sino para profundizar la grieta social entre la denominada “clase media” y los sectores más postergados.

Algunos aspectos relevantes debieran ser señalados para subrayar mejor el problema e incluso quedar planteado, ya que no está resuelto y debiera ser un estandarte válido para el retorno de los sectores progresistas a un posible nuevo gobierno.

Los últimos días de 2009 el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales) junto a un arco político plural entre los que se destacaban sectores del Frente para la Victoria, de la UCR, de Nuevo Encuentro, Proyecto Sur, Libres del Sur, más organizaciones de DDHH entre muchos más; proponían el denominado Acuerdo por la Seguridad Democrática. Una plataforma que entre otras cosas sostenía que “En nuestro país, la acción del Estado frente al incremento de la violencia y el delito se ha limitado mayormente a respuestas facilistas y autoritarias que consolidaron la ineficacia policial, judicial y penitenciaria”, agregando que “En los últimos años, algunos procesos de reforma de las instituciones de seguridad tuvieron resultados favorables, pero fueron interrumpidos para volver a políticas de probado fracaso”, y que “Las políticas de mano dura no han reducido el delito, han aumentado la violencia y, en algunos casos, hasta han amenazado la gobernabilidad democrática”.

Un año después –a finales de 2010- tras la toma del Indoamericano, la presidenta Cristina Fernández creó el Ministerio de Seguridad y nombró al frente a Nilda Garré que venía de la cartera de Defensa. El programa del nuevo ministerio iría a ser el del Acuerdo de fines de 2009 en el que algunas firmas importantes faltarían. La del gobernador Daniel Scioli y la del jefe de gobierno porteño Mauricio Macri por ejemplo. Vale señalar que la única firma por el Peronismo Federal fue la del ex gobernador Felipe Solá, quien había llevado adelante una importante reforma a través de León Arslanian y que fuera desmantelada por Scioli con las gestiones de Carlos Stornelli y Ricardo Casal posteriormente. 

La presencia de una policía apta para la represión del conflicto social pero no para enfrentar al delito organizado es la que mantuvo Scioli en 8 años de gobierno.

El 10 de febrero de 2011 un avión militar estadounidense intento ingresar un cargamento no declarado a la Argentina. El gobierno ordenó incautar ese material generándose así un breve conflicto diplomático. "Entre el material incautado encontramos armas y drogas, varias dosis de morfina, material para interceptar comunicaciones, GPS muy sofisticados, elementos tecnológicos con códigos secretos, un baúl completo con drogas medicinales vencidas", afirmó el por entonces jefe de Gabinete Aníbal Fernández. "Lo que no puede pasar es que uno entre alegremente a la Argentina con este material no declarado. ¿Qué tiene que ver este material con el curso que estaban por dar?", se preguntó el funcionario a sabiendas de que ese material era para cursos para las policías locales. El hecho no dejaba de mostrar lo que debía ser una norma y que en ese momento quedó expuesta a la luz. La intromisión de los EEUU en la formación y cooptación para intereses ajenos de las fuerzas de seguridad locales. Suponer que esas fuerzas puedan ser bases de un proyecto progresista es una mera ilusión. Un verdadero contrasentido.

La inclusión social necesita indefectiblemente de un modelo de seguridad ciudadana muy diferente al que aún sigue rigiendo en la provincia. No es casualidad que el actual ministro de Seguridad provincial Cristian Ritondo, elogiara la gestión de su predecesor Alejandro Granados, y que voces como la de la diputada Florencia Arietto le endilguen a la gestión Pro hacer “sciolismo” en materia de seguridad.

El Acuerdo por la Seguridad Democrática también decía que: “Todo gobierno tiene la responsabilidad de ejercer la conducción civil y estratégica de las policías, que supone el pleno control de la institución. La prevención y sanción del delito, de modo eficiente y legal, requiere un sistema policial estrictamente subordinado a las directivas de seguridad pública formuladas por las autoridades gubernamentales. La historia reciente demuestra que la delegación de esta responsabilidad permitió la conformación de ‘estados mayores policiales’, autónomos, que han organizado vastas redes de corrupción, llegando a amenazar incluso la gobernabilidad democrática”.

Berisso, 1° de septiembre de 2016

*Periodista

2016/09/01

La destitución de Dilma

Hay un viejo dicho que dice: “Tiene razón, pero marche preso”. Por más argumentaciones lúcidas y razonables que se hagan y que comprueben la inocencia, no existe la posibilidad de liberar al preso, porque no está preso por culpable sino por el capricho de quienes tienen mayor poder. “Son las relaciones de fuerza viejo” diría alguien más cercano.
 Indignarse por la destitución de Dilma no debe llevar a argumentaciones que puedan ser respondidas con un “Tiene razón…” ya que eso reforzaría un problema que, es más complicado y hay que abordarlo en esa complejidad.

2016/08/28

El declive de los gobiernos peronistas

El periodista Osvaldo Drozd aborda en esta primera entrega, las semejanzas y diferencias del fin de los períodos históricos 1955 y 2015, ambos liderados por gobiernos peronistas, focalizando el análisis en el derrocamiento del General Perón en 1955. Los hechos deben ser entendidos como una sucesión de acciones internas y externas que confluyeron en el golpe, cuyo objetivo fue detener un proceso virtuoso de redistribución de la riqueza y de reposicionamiento económico de la Argentina a nivel regional y mundial.

Por Osvaldo Drozd*

1955 y 2015 comparten similitudes y diferencias. Con una distancia de 60 años ambos poseen en común ser el tiempo de finalización de períodos históricos de concepción similar.

 En 1955 la Argentina tenía 18.832.000 habitantes. En 2015 43.416.000. En seis décadas la población creció poco más del doble.

En líneas generales, la sociedad argentina está estructurada como una formación social de tipo capitalista en la que desde los albores de la Nación, predominan los lazos de dependencia económica.

No pocas veces se hicieron comparaciones entre nuestro país y los Estados Unidos, por ser extremos continentales o por haber sido receptores de inmigración europea. Italianos, alemanes, polacos, ucranianos, entre otros, elegían si su destino era el extremo norte o el sur del continente. Tanto es así que en otros países de la región no se encuentran afincadas ciertas nacionalidades europeas. La película Tetro (2009), dirigida por el cineasta estadounidense Francis Ford Coppola y que fuera realizada en Buenos Aires, muestra algo de todo eso. El joven norteamericano "Bennie" Tetrocini emprende un viaje a la capital argentina para reencontrase con su hermano Angelo que prefirió venirse al sur, aunque toda la familia de procedencia italiana quedara afincada en el país del norte. Pero estas similitudes, si bien le dieron al país características propias, sobre todo en lo cultural, las mismas se desarrollaron en formaciones económicas bastante diferenciadas. Mientras que en los EEUU la estructura agraria fuera realizada por pequeños colonos, en la Argentina al igual que en el resto de Latinoamérica, lo preponderante fue la existencia de grandes latifundios y poderosos terratenientes.

La inmigración europea sumada a la migración provinciana generó una incipiente clase obrera, aunque la principal matriz productiva siempre estuvo relacionada con la exportación de commodities. De igual modo que en el resto de la América Indolatina. Terratenientes estancieros y burgueses intermediarios (exportadores e importadores) se convirtieron en los dueños del país. Vale aclarar que ése era el lugar asignado a la Argentina en el mercado mundial, en la división internacional del trabajo.

Intentar revertir esa matriz productiva siempre estuvo en consonancia con el aprovechamiento de coyunturas críticas del capitalismo mundial. Ciclos que cuando avecinan su fin, parecieran haber desgastado cualquier proceso emancipatorio. Después uno puede inferir qué es lo que no se hizo y qué es lo que se debiera hacer, aunque el planeamiento de la segunda opción ya no cuadre con la realidad y quede supeditado a lo que sí se podría hacer ante el advenimiento de una coyuntura nuevamente favorable, y eso no pase asiduamente. De todas formas, la crisis del Mundo Uno sigue intacta e intenta por todos los medios evitar el despliegue de las potencias emergentes mediante la sustancial baja al precio de los commodities.

Acostumbrados a suponer que las contiendas políticas se llevan adelante en los acontecimientos electorales, eso no nos permite ver que los triunfos y las derrotas políticas se sitúan en otros planos tal vez menos perceptibles, y que no se producen en un solo momento sino que son el resultado de un determinado proceso. La derrota electoral del Frente para la Victoria en 2015 era relativamente previsible. Si en las presidenciales de octubre no alcanzaba la cifra necesaria para evitar el balotaje, el triunfo de la alianza Cambiemos era casi un hecho. Ya estaba abonada la tierra para sembrar hierbas como el macrismo y otras variedades de signo similar, incluida la reconversión del peronismo.
1955 al igual que 2015 tienen mucho más en común de lo que se pueda suponer a simple vista. Ambos marcan el final de largos períodos en los que se intentó, por un lado, redistribuir de forma más equitativa las riquezas, y por otro, alcanzar cierta autonomía que permita un desarrollo económico propio. Eso es lo más perceptible.

Lo menos perceptible puede ser aquello que por estar ubicado demasiado en la superficie pierde visibilidad. En su célebre cuento La Carta Robada, Edgar Allan Poe mostraba ese mecanismo a la perfección. Es la selección de lo real lo que coloca a determinados elementos en un lugar de privilegio, y a otros en un lugar subordinado. Esto no es sólo producto de la agenda de los medios. Son las reglas de juego predeterminadas de la democracia realmente existente, el denominado “realismo político”, quienes privilegian unos elementos a otros, construyendo así el montaje de lo visible.

Como señalara Claude Lévi- Strauss en El Pensamiento Salvaje, la historia está condenada a elegir regiones, épocas, grupos humanos determinados; porque la historia aspira a la significación. La historia de tal forma es un cohesionador de un determinado conjunto de individuos. Y si bien el hecho histórico es “lo que ha pasado en realidad” lo que habría que preguntarse es por “dónde ha pasado”. El hecho de haber ocurrido es tan exacto como el recorte ya que una historia completa, confronta al historiador con el caos. En tal sentido la captura de una circunstancia histórica determinada puede funcionar como el mito que justifica la acción presente de determinados individuos. Vale señalar que en ningún momento Lévi- Strauss plantea que el recorte sea falaz (o que deba serlo), no se trata de ello, sino de la selección de los elementos que se presentifican en una determinada realidad.

De acuerdo a esta función mítica de determinados sucesos históricos, Lévi- Strauss se anima a decir que: “La revolución francesa tal como hoy la conocemos, no existió jamás”. Esto no debiera perturbar a los que se aferran a un tiempo histórico que les proporciona una congruencia entre los imperativos prácticos y los esquemas de interpretación. Por lo contrario, la exploración de nuevos elementos contingentes debiera permitir trazar nuevas líneas de acción que a la vez se deshagan de ilusiones que funcionaron más como obstáculos que como elementos impulsores.

Se supone que la caída del general Perón en el ‘55 fue un derrocamiento militar y que la derrota política del kirchnerismo fue en las elecciones. Si bien existen acontecimientos históricos reales que prueban esos enunciados, existen otros hechos también reales que pueden llegar a relativizar ambas afirmaciones. De hecho esto implicaría, para los diferentes actores sociales, una mirada algo diferente sobre el pasado y la previsión para la acción futura de cuestiones que no fueron tenidas en cuenta. Lo que se dirá a continuación no es la visión de ningún iluminado. Es simplemente el rastreo parcial e inconcluso de determinados hechos acontecidos que parecieran no tener demasiada importancia, pero que cuentan con cierta densidad que, aunque semejaran ser parte de algún anecdotario, son tenidos muchas veces en cuenta por sectores críticos pero no abordados de la forma en que debieran.

El ‘55

Durante la madrugada del viernes 16 de septiembre se inició en diferentes lugares del país la asonada golpista llevada adelante por parte de las fuerzas armadas –principalmente la Armada- y los comandos civiles. En Córdoba, Curuzú Cuatiá, Puerto Belgrano y Río Santiago se insurreccionaron las tropas rebeldes pidiendo la salida de Perón del gobierno.

Ya en 1951 hubo un intento golpista. Tras esos acontecimientos, Eva Perón convocó a sus principales colaboradores sindicales y al jefe del Ejército para informarles de la compra a Bélgica de 5 mil pistolas automáticas y 1500 ametralladoras destinadas a formar milicias obreras para defender al gobierno. Aunque esas armas llegaron al país, tras la muerte de Eva, Perón se deshizo de ellas.

Un dato anecdótico es que el general Julio Rodolfo Alsogaray, además de ser uno de los que propiciaron el golpe del 51, también fue uno de los que depuso a Arturo Illia en 1966.

Ilustración: Bombardeo - Cape
En junio del ´55 se produjo el criminal bombardeo a Plaza de Mayo. Allí cayeron casi 400 personas. Fue otro intento golpista.

El gobierno de Perón venía en crisis y el 30 de agosto del ´55 el general presentó la renuncia. El 1° de septiembre la CGT llenó la plaza y le pidió que siga al frente.

La asonada golpista iniciada el 16 de septiembre se extendería durante el fin de semana. El lunes 19, en todos los diarios de la época aparece un comunicado del Comando de represión, pidiéndole tranquilidad a la población, afirmando que el golpe militar había sido derrotado, y que las tropas leales controlaban plenamente la situación. Ese mismo día, en horas cercanas al mediodía, el general Perón renunciaría a su cargo. Entre otras cosas dijo que él ya no era la persona indicada para proseguir y que por esa razón le dejaba el mando al Ejército. Para el caso, no se trataba de personas providenciales sino de la continuidad o la interrupción de un proyecto que le había cambiado la vida a la inmensa masa de los trabajadores. La posterior resistencia peronista iba a mostrar que más allá de la orfandad, las bases del movimiento estaban dispuestas a continuar. Pocos meses después ocurrió la matanza de José León Suarez que fuera relatada brillantemente por Rodolfo Walsh en Operación Masacre.

Con la caída de Perón el país entraría en un proceso de concentración y centralización monopolista que profundizaría los lazos de la dependencia y la entrega. 

No pocas veces, quien escribe le escucho decir a viejos militantes peronistas de aquel tiempo, que “Perón se fue porque no tenía a nadie allá arriba, y no confió en nosotros los de abajo”.

Obviamente, el peronismo no cayó de un solo golpe, fue una arremetida desarrollada desde años anteriores y que contó con apoyo extranjero como consignan los medios de aquel tiempo en lo referido al soporte logístico utilizado por los golpistas. Es de suponer que Perón sabía al respecto lo mismo que supo Eva antes de morir, pero tuvieron posiciones diferentes.

Un tema como el abordado no puede agotarse en una nota, y debiera estar abierto a correcciones y ajustes. Lo que no es concebible es que vencedores y vencidos acepten una misma versión de lo acontecido. Mientras que los “gorilas” se ufanaban de haber derrotado a Perón, la pregunta que cabría hacerse es si los sectores populares están condenados a la omnipotencia de las clases dominantes argentinas. Los destinos de nuestro pueblo parecieran así predestinados a cierta tragedia, que vendría siempre tras el paso de años de felicidad. La lucha de los pueblos según Marx, es un derrotero, una prosecución de derrotas que le van permitiendo acumular saber y experiencias para las nuevas luchas. Aprender de las derrotas es lo que hace que las luchas no sean en vano.

Buscar en la historia esos recortes de los hechos no tenidos demasiado en cuenta, puede abrir y ampliar la perspectiva de lo venidero. También entender mucho de lo acontecido recientemente.

Por razones principalmente de espacio y para hacer más cómoda la lectura se desarrollará lo concerniente a la culminación del período kirchnerista tras 12 años de gobierno, en una próxima entrega. 

Berisso, 14 de agosto de 2016

*Periodista


2016/08/08

Las incertidumbres del Presente

Tanto los columnistas de los medios concentrados como el gobierno nacional saben que no podrán prolongar por demasiado tiempo el uso de la criminalización del anterior gobierno ni seguir utilizando el pretexto de la “pesada herencia. En Argentina existe una tradición de luchas y movilizaciones extensa y la política que está llevando adelante el macrismo no tiene en cuenta esta herencia cultural.

Por Osvaldo Drozd*

Con respecto a la actual coyuntura política argentina, existen algunos supuestos dando vueltas pero no demasiadas certidumbres. Para todos aquellos que hayan vivido diferentes etapas de la realidad nacional, ésta es sin lugar a dudas una situación bastante extraña, mucho más de lo que se podría haber previsto algún tiempo atrás. La extrañeza no surge tanto de lo que hoy sucede, ni de cómo llegamos a esto, sino de lo imprevisible que resulta el porvenir. La pérdida de certezas afecta a todo el espectro político, aunque algunos no lo asuman. Cuando se lee a los diferentes columnistas de los principales medios hegemónicos es posible rastrear cierto desconcierto en cuanto a la perspectiva del actual gobierno. Saben que no podrán prolongar por demasiado tiempo el intento de criminalización del anterior gobierno, ni seguir anteponiendo como pretexto la “pesada herencia”. No hay políticas gubernamentales que seduzcan a los ciudadanos, y la repetición de eslóganes se puede convertir en un búmeran.

El gobierno en tanto, cuida todos los detalles. Incluso los más nimios. Parece esa persona coqueta que antes de salir no cesa de mirarse interminablemente en el espejo, para constatar con obsesión que no hay ningún detalle desalineado. Que en los últimos días, MarceloTinelli se haya convertido en la principal preocupación del gobierno muestra a las claras que hay algo que no funciona bien. Tampoco para la oposición. Un síntoma grave para esta última es que el conductor televisivo le haya arrebatado el protagonismo, cuando lo que está en juego es simplemente la imitación del presidente, no la agenda política de los años venideros. Casi como en un ritual cabalístico, el gobierno no quiere quedar asimilado a aquella figura del De la Rúa “aburrido”. El fantasma de la ausencia de gobernabilidad no deja de estar presente en eso. El problema es achacárselo a un programa televisivo antes que a las responsabilidades propias. No es la economía, no es la política, es el símil que aparece en un programa televisivo de diversión. Suponer que Tinelli fue el causante de las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 resulta bastante aventurado, propio de gente que no lee adecuadamente la realidad. Y esa lectura improvisada es la que también hoy comienza a hacer crisis, no tanto en el gobierno, sino entre todos esos escribas de los grandes medios que  saben que una aventura de arrebato como la que viene llevando adelante el macrismo, podría llegar a terminar mal. Por eso molesta Tinelli y el recuerdo de De la Rúa. Pero las razones son mucho más profundas.

En un magistral artículo denominado Argentina después del golpe blando. La marcha apresurada del capitalismomafioso (http://beinstein.lahaine.org/b2-img/Beinstein_Argentina_abril_2016.pdf) de abril de este año, el economista Jorge Beinstein, sostiene que “Apenas llegó a la presidencia Macri lanzó a gran velocidad una andanada de decretos arbitrarios, desplegó de inmediato una ofensiva para asegurar el control derechista de los medios de comunicación, compró (o extorsionó) a dirigentes políticos y sindicales, redujo el poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones, lanzó una ola de despidos de empleados públicos, concretó enormes transferencias de ingresos hacia las elites dominantes, en suma: desplegó una blizkrieg destinada eludir las resistencias posibles antes de que estas se organicen” pero -sostiene Beinstein- el gobierno “no estaba en condiciones de imponer el gigantesco saqueo realizado mediante un sistema de negociaciones” y “el nivel de destrucción logrado en tan poco tiempo probablemente lo haya convencido de su éxito incitándolo a seguir avanzando”.  

En esta avalancha reaccionaria, según Beinstein, “Macri podría terminar descubriendo que la realidad social argentina es mucho más compleja que lo que su visión de mafioso detectaba, que la cultura popular existe y se reproduce (maltrecha, golpeada pero existe), que los salarios no son como él dijo una vez ‘un costo más’ que puede y debe ser comprimido al máximo como cualquier otro insumo sino el pago a seres humanos que piensan y se defienden, y finalmente que para un bandido no hay nada peor que otro bandido (los socios de hoy pueden ser los caníbales de mañana)”.

La cuestión denominada “ajuste” es compleja en su ejecución, aunque su fundamento sea de extrema simplicidad. Para los sectores dominantes - utilizando una metáfora-, se trata de enfrentar a un gigante poderoso al que hay que golpear permanentemente para quitarle fuerzas y absorberlas como propias. Hacerlo desfallecer. Existe el riesgo de que el gigante reaccione de una forma tal que interrumpa esa operación, como también que en su agonía muera, y se terminen las fuerzas a expropiar. Las políticas del ajuste desmedido se sostienen siempre en terapias intensivas. Toda esa escena metafórica depende de la resistencia real del gigante, de la experiencia acumulada. No todos los pueblos del mundo tienen el mismo aguante. Eso es lo que más preocupa hoy en los círculos dominantes, a pesar de no presentarse ninguna alternativa inmediata. En la Argentina, los diferentes sectores populares tienen ciertos hábitos y necesidades adquiridas que no son de un fácil deshacer, mucho menos de un plumazo. Louis Althusser en Ideología y Aparatos ideológicos de Estado, señalaba que la reproducción de la fuerza de trabajo no solamente está condicionada por el establecimiento de un salario mínimo garantizado “biológico” sino también por las necesidades de un mínimo histórico. Marx, citado por Althusser, señalaba que: “los obreros ingleses necesitan cerveza y los proletarios franceses, vino”. En toda formación social concreta las diferentes fracciones de clase tienen un cierto kit de necesidades adquiridas que cuando no les es posible satisfacer, generan el descontento. La demanda capitalista de consumo, en tal sentido, se vuelve un búmeran.

Si bien la denominada “clase media” –que en verdad es un conglomerado complejo de intereses- puede sentirse cercana ideológicamente al gobierno de Cambiemos -más por su emparentamiento a ciertas posturas culturales- es el sector menos organizado de la sociedad y el que más va a resistir que le toquen el bolsillo. Es el sector más reacio a la propaganda política, pero a su vez el que cuando cruza ese límite acepta mejor que nadie la disciplina orgánica de los partidos. Hoy es un cruce bastante restringido. El kirchnerismo logró en un momento gran adhesión de esos sectores, mientras que la izquierda siempre se nutrió de ellos.

2001 no se inició en diciembre. Hay que recordar que en las legislativas de ese año, realizadas en octubre, se impuso esa modalidad llamada por entonces “Voto Bronca”. Votar a ningún partido. El “Qué se vayan todos” estaba planteado, pero fue la clase media la que se iría a sumar en la protesta, a un movimiento piquetero de gran magnitud, que ya venía desarrollándose desde hacía poco menos de media década. Esa confluencia fue crucial.

En la Argentina, además del mencionado kit de necesidades adquiridas, existe una tradición de luchas y movilizaciones bastante extensa. Desde la Semana Trágica se sucedieron grandes movimientos populares. La existencia duradera del peronismo no es ajena a esa característica. Fueron los obreros movilizados el 17 de octubre del ’45 -irrumpiendo en Buenos Aires desde los suburbios-, los que le marcaron la cancha al General Perón, y le propusieron un camino a llevar adelante.

La política que está llevando adelante el macrismo no tiene en cuenta esta herencia cultural, que tal vez sí sea una “pesada herencia”.  La confección de una alternativa política no puede prescindir de ese lastre cultural.

Berisso, 28 de julio de 2016


2016/08/07

Ser Parte



Al que está arriba lo conocen todos. Él sólo conoce a unos pocos. A todos pareciera importar el hecho de haber quedado suscrito a  la mirada de los que están más  arriba, como si eso fuera un privilegio. O alguna vez sacarse una foto. Entre el arriba y el abajo hay un largo trecho donde se reproduce la misma lógica en infinidad de fuegos cruzados. Múltiples negociaciones para ser parte…

2016/07/24

Partir de lo pequeño para repolitizar lo social

Intendentes Jorge Ferraresi (Avellaneda)
y Mario Secco (Ensenada)
Profundizar el trabajo de base y darle contención a quienes no se sienten contenidos en una estructura orgánica, deben ser tareas prioritarias para repolitizar la sociedad. La resistencia a las políticas del macrismo no pide carnet de afiliación a ningún partido específico, y sin embargo requiere la necesidad de unificación. Las gestiones municipales acordes a los lineamientos progresistas pueden ser hoy un insumo de gran valor para el planteamiento de una alternativa política.

Por Osvaldo Drozd

El escenario político que viene resulta algo imprevisible, entendiendo que cuando hagamos alusión a lo político nos estemos refiriendo a lo estrictamente electoral, a lo estrictamente institucional. Las masivas protestas que se llevaron adelante contra el incremento de las tarifas de los servicios públicos, son un indicador que muestra que al gobierno de Cambiemos no le resultará nada fácil sostener el impulso ajustador que viene llevando adelante desde diciembre. Un cierto clima de descontento social comienza  a hacerse cada vez más perceptible, aunque no aparezcan conducciones reales -ya sean sindicales o políticas- que se pongan a la cabeza de dichos reclamos.

Una defensa en abstracto de la supuesta gobernabilidad no hace otra cosa que dar legitimidad a la correlación de fuerzas existentes. Hoy un rearme del peronismo para la competición electoral, no significa necesariamente poner los intereses de los sectores populares en lo más alto de la agenda política. Podría en todo caso hasta servir para darle continuidad a lo que hoy acontece. Esto no es, sin dudas, lo que está en la cabeza de miles de militantes que apoyaron por 12 años a los gobiernos kirchneristas. La gran tarea del establishment hoy es deskirchnerizar al peronismo, quitándole cualquier épica libertaria y acondicionarlo al partidismo propio de un republicanismo abstracto, que no es otra cosa que el vaciamiento de los partidos políticos para que funcionen como agenciamientos gerenciales. La idea de la alternancia en las democracias realmente existentes no es más que mantener una cierta distancia entre la sociedad civil y la política, intentando que la primera no se inmiscuya en la segunda. Ya ni siquiera se trata de la diferencia entre partidos de masas y de cuadros, el republicanismo propugnado por el establishment  necesita partidos de técnicos y burócratas que se amolden a los principales lobbies y que conviertan a la política en un área cada vez más restringida. En una nota anterior publicada en La Tecl@ Eñe, “La política ejercida desde el mainstream”, quien escribe planteaba la dificultad que tienen los sectores populares para acceder a la esfera de la sociedad política. Dificultades de financiamiento, de la escasa posibilidad de acceder a los grandes medios y por ende ser condenados al desconocimiento. Si bien podría leerse cierto escepticismo en esas argumentaciones, habría que esbozar lo posible y necesario en un escenario adverso.  Ningún planteo en tal sentido resultaría válido si se prescindiera de profundizar el trabajo de base y el de consolidar amplias coordinaciones con los sectores que resisten a las políticas del macrismo. Esto conlleva plasmarlo territorialmente.

A modo de ejemplo

Cuando en octubre de 2013, el presidente de Bolivia Evo Morales lanzó -con un año de anticipación- la campaña electoral para las presidenciales de 2014, les pidió a sus seguidores que el triunfo debía ser por el 74% de los sufragios. En el plenario ampliado nacional realizado en Cochabamba, Evo expresó en ese momento que esa cifra implicaba aumentar en un 10% los resultados anteriores, desde su primer triunfo electoral en 2005. Este último había sido por el 54%, mientras que en 2009 fue por el 64%. Cualquier observador desprevenido podría interpretar dicho pedido como un mero resultadismo estadístico o electoralero, pero que en verdad implicaba un gran desafío en la profundización de un proyecto político que debía enraizarse mucho más en el seno de la sociedad, para cristalizar nuevas relaciones de fuerza.
No siempre los porcentajes electorales se corresponden con la acumulación de fuerzas que un proyecto puede contar a nivel social. Construir hegemonía implica de alguna forma hacer compatible ambas acumulaciones, y esto sólo es factible cuando el apoyo puede contabilizarse en la base misma de la sociedad. Porque sólo en la base es comprobable esa “adhesión orgánica entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos” que al decir de Gramsci, promueve esa vida de conjunto que constituirá el “bloque histórico” (1). En tal sentido, Evo Morales cuando les proponía ese incremento del 10% a sus partidarios, les sugería a los alcaldes y cuadros locales del Mas-Ipsp de toda Bolivia, que debían ser precisamente ellos quienes debían lograr los sufragios necesarios para que esa cifra sea alcanzada. Sólo en el contacto directo con los ciudadanos y en los resultados concretos y tangibles de las gestiones locales, es posible unir los logros del gobierno central con las particularidades que hacen a la cotidianeidad, y profundizar así la acumulación política. Los locales no debían esperar una marea de votos que desde arriba hacia abajo les traccionara la buena imagen presidencial.

Adhesión parcial

En la Argentina, el peronismo mantuvo por décadas una acumulación histórica en el seno de los sectores populares, que comenzó a resquebrajarse durante el menemato y que nunca volvió a tener la misma densidad, y no porque esa base fuera arrebatada por otra fuerza sino por un creciente nivel de descreimiento e indiferencia hacia las estructuras políticas. La fuerza sindical comenzó a perder peso en los ’90 por el crecimiento del desempleo e incluso se produjo el nacimiento de una nueva central, la CTA que si bien en sus principios fundacionales proponía impulsar la conformación de una herramienta política de trabajadores, esta tarea nunca la llevó adelante. El desempleo fragmentó y debilitó a la columna vertebral histórica del peronismo, y su pata territorial, fundamentalmente en el conurbano bonaerense, se transformó en un aparato punteril y clientelar. Esta configuración fue seriamente alterada cuando irrumpieran en las barriadas populares los diferentes movimientos piqueteros. Si bien estos últimos mantuvieron un cierto componente asistencialista, al menos desmantelaban y les disputaban la base a las formas burocráticas y verticalistas que contaban las diferentes formaciones políticas institucionales. No era de extrañar que los tradicionales punteros del Pj en esos momentos, se quejaran de que sus conducciones no les dieran demasiadas cosas para contener a sus bases, y que éstas se fueran con los piqueteros. Pero estos movimientos nunca pudieron sobrepasar el nivel corporativo y reivindicativo, tanto por sostener posiciones extremadamente basistas o estar regidas por alguna orgánica de la izquierda. A diferencia del peronismo precedente, el kirchnerismo a partir de 2003, logró sumar a un espectro nada despreciable de todos esos movimientos. Pero  éstos ya no tuvieron el protagonismo que los había caracterizado antes de 2003, y en muchos casos quedaron subordinados en su labor política a intendentes que, a pesar del cambio de época, seguían una cultura política de la vieja usanza. Esto significa eliminar o neutralizar cualquier cosa que pueda hacerles sombra y seguir sosteniendo sus propios privilegios. Los movimientos sociales pagaron así su inexperiencia política en el plano institucional.

Si el kirchnerismo, al decir de Julio Godio, implicaba una “Revolución desde arriba”, habría que convenir que ese trazo grueso de la política, no se correspondía automáticamente con los trazos finos que necesariamente debieran tener los gobiernos provinciales y municipales para que se produzca  esa “adhesión orgánica” que suelde la diferencia entre representantes y representados, y pueda subir un escalón más en la construcción del bloque histórico. Las honrosas excepciones siempre existen y habría que subrayarlas porque pueden ser ejemplos para las construcciones venideras. Por proximidad geográfica, quien escribe nunca deja de resaltar la excelente gestión municipal del intendente de Ensenada, Mario Secco (FpV), una gestión realmente alternativa llevada adelante desde 2003 a la fecha y que logró modernizar una ciudad devastada por el impacto de la desindustrialización neoliberal. De todas formas las gestiones municipales acordes a los lineamientos progresistas podrían ser contadas con los dedos de las manos, aunque esas experiencias pueden ser hoy un insumo de gran valor para el planteamiento de una alternativa política.

Si bien es posible demandarles a los gobernantes locales que hagan bien las cosas, como lo hiciera Evo en 2013, estas son cuestiones que no se resuelven solamente desde arriba hacia abajo, sino que necesitan simultáneamente del crecimiento subjetivo de la organización popular en la base misma, para fortalecer en un proceso dialéctico, al conjunto de la sociedad.

El problema es que cuando ya nada queda arriba, no queda otra que comenzar de abajo.

Algún tiempo atrás, se pensaba que si el kirchnerismo alguna vez llegara a ser oposición, la gobernabilidad de una fuerza de otro signo, sería muy difícil de sostener porque al previsible ajuste, la organización acumulada no lo dejaría pasar. Esa profecía -a casi 8 meses de gobierno macrista-, aún no se produjo. Muchos de los dirigentes supuestamente alineados al anterior gobierno, acordaron con el nuevo. El kirchnerismo sólo podía ser derrotado en las urnas, con la condición previa de encontrarse fragmentado; mientras que la gobernabilidad de otra fuerza política podía estar mínimamente garantizada sólo si esa fragmentación tuviera continuidad. Lo novedoso del kirchnerismo, principalmente después del conflicto con el “campo”, fue concitar la adhesión de vastos sectores de la clase media no contenidos en ninguna orgánica. Este fenómeno se puso expresamente de manifiesto con las autoconvocatorias a las plazas y espacios públicos durante los primeros meses del gobierno macrista. Estos sectores, más allá de algunas excepciones muy puntuales, no se reconocían ni en los intendentes de sus distritos, ni tampoco en los gobernadores. Esa base sólo se reconocía en su líder. Es por esta misma razón que a los dirigentes del Pj que piensan en subsistir sin ese liderazgo, esas bases no les interesan, pues también saben que de ahí mismo podrían llegar muchos cuestionamientos. Además saben que si no existe una organización que los nuclee eso se desbanda. De hecho está sucediendo. Las organizaciones políticas de raigambre estrictamente kirchnerista no pudieron suplir esas carencias de dirección, como tampoco lograron gran incidencia en los distritos bonaerenses. El peligro es que toda esa masa crítica termine apoyando a algún referente que, supuestamente alineado al anterior gobierno, o embanderado al peronismo, no haga otra cosa que venir a darle continuidad a lo iniciado por Macri.

Profundizar el trabajo de base y darle contención a todos esos “sueltos” que nunca encontraron una orgánica en la cual poder mostrar su potencial militante, debieran ser tareas prioritarias. La resistencia a las políticas del macrismo no pide carnet de afiliación a ningún partido específico, y sin embargo requieren la necesidad de unificación. En el seno del campo popular nunca existen conducciones preestablecidas, se logran poniéndolas a consideración de los que se pretende representar, a riesgo de quedar en minoría. Plantear herramientas políticas que sean capaces de acumular fuerzas desde la base misma, y que no queden ocultas en un basismo extremo o en labores estrictamente sindicales, requieren que lo acumulado se ponga a prueba en contiendas electorales, que hoy ante el repliegue político, no tienen otro sitio más propicio que los municipios. Ahí es donde también es posible que confluyan diferentes orgánicas de la izquierda social. No se pone en duda la necesidad de plantear y poner en juego una política central, pero sí la necesidad de abordar desde las particularidades mismas, esos núcleos estructurantes que son propios de lo general. La política es una herramienta para cambiar la vida colectiva, no en abstracto; tiene que ser perceptible en la cotidianeidad misma. No hay otra forma de repolitizar lo social. Porque desde lo más profundo de lo social también se percibe que a esos lugares la política pareciera no llegar. 

Nota:
Véase Antonio Gramsci (1931) Pasaje del saber al comprender, al sentir y viceversa, del sentir al comprender, al saber. 

Berisso, 17 de julio de 2016.