2026/07/10

Miniatura del mapa vital


El nido del búho y la trama de la vida

En el primer capítulo de su Viaje de un naturalista alrededor del mundo, Charles Darwin describe un archipiélago desolado frente a la costa de Brasil: las peñas de San Pablo. Son rocas estériles, sin suelo, sin árboles, sin agua dulce. A primera vista, no debería haber nada allí. Sin embargo, Darwin se detiene y observa.

En esas rocas anidan dos aves marinas: el pájaro bobo y un búho. Darwin registra una escena que parece sacada de un drama doméstico: el macho del búho lleva al nido un pez volador para alimentar a la hembra. Es un gesto de cortejo, de cuidado, de covitalidad en su forma más íntima. Pero el nido no es un refugio seguro. Un cangrejo trepa hasta allí y se come el pez volador que el macho había traído como ofrenda. Y no solo eso: otro investigador le cuenta a Darwin que el mismo cangrejo, cuando la ocasión se presenta, devora también a las avecillas.

La escena es un microcosmos de la vida en la Tierra. Lo que parecía un hogar es también una trampa. Lo que era un regalo nupcial se convierte en botín de un oportunista. Pero ni siquiera el conflicto es una guerra de todos contra todos. El cangrejo no es un "competidor" en el sentido spenceriano: es un eslabón más de la trama, un aprovechador de los flujos que otros generan. El búho trae el pez volador, y el cangrejo se apropia de ese derroche. No hay moral en esto. Hay materia que busca su cauce.

Y la trama no termina ahí. Darwin sigue mirando y encuentra una mosca que vive en el plumaje de las aves, un ácaro que las parasita, y un gusanito que se aloja en el cuerpo del cangrejo. Cada uno de estos seres es un nudo en una red que los excede. El búho depende del océano que le da los peces; el cangrejo depende del búho que construye el nido y trae el alimento; la mosca y el ácaro dependen del ave que les da sangre y refugio; el gusanito depende del cangrejo. Y todo eso, a su vez, está sostenido por el guano de las aves, que fertiliza algas, que alimentan crustáceos, que alimentan peces, que alimentan aves. Un circuito. Un gran metabolismo.

Lo biológico, nos enseña esta escena, no es un conjunto de organismos que luego, opcionalmente, se relacionan. Es al revés: la trama es lo primero. Cada organismo es un nudo provisorio en una red que lo excede. La individuación es real —el búho es un búho, el cangrejo es un cangrejo— pero esa individuación no es separación: es un momento de la trama, una cristalización transitoria del flujo de materia y energía.

Las peñas de San Pablo son una miniatura de la biosfera entera. Lo que ocurre en esa roca perdida en el Atlántico ocurre a escala planetaria: la vida es un solo metabolismo, una red de interdependencias donde cada resto es aprovechado, cada derroche se vuelve alimento, cada error encuentra un cauce. La covitalidad no es un idilio: es el enredo real de la materia viva, que incluye el cuidado y el robo, la ofrenda y la depredación, el nido y la trampa.

La Esfinge, si hubiera visitado San Pablo, habría preguntado: "¿Cómo te sostenés aquí, donde no hay nada?" Y la respuesta del búho, del cangrejo, de la mosca y del gusanito habría sido la misma: "Me sostengo del otro." Esa es la lección que Darwin anotó sin subrayar, y que hoy podemos leer como un manifiesto materialista: no hay vida sin trama, no hay individuo sin covitalidad.


Las peñas de San Pablo como miniatura


En esas rocas desnudas, Darwin vio lo siguiente:

Un búho que construye su nido con hierbas marinas (materia que viene del océano). El macho lleva al nido un pez volador para alimentar a la hembra.

Un cangrejo que trepa hasta el nido y se come el pez volador que el macho había traído como ofrenda. Y cuando puede, devora también a las avecillas (materia que pasa del ave al crustáceo, a veces como robo, a veces como depredación).

Una mosca y un ácaro que viven en las plumas del ave (materia que circula entre organismos, como parásitos o comensales).

Un gusanito que habita en el cangrejo (materia que se anida dentro de otro organismo).

Guano de aves que fertiliza algas, que alimentan crustáceos, que alimentan peces, que alimentan aves.

Todo eso en un espacio que no es más grande que una casa. Y sin embargo, ahí está todo el metabolismo planetario en miniatura: la conexión océano-roca, el ciclo de nutrientes, el parasitismo, la comensalidad, la depredación, el robo, el cuidado. Las peñas de San Pablo son un microcosmos, un holograma de la biosfera. La trama de la vida no es un idilio: es un enredo real de la materia viva, que incluye la ofrenda y el robo, el nido y la trampa, la sangre compartida y la sangre robada. No hay individuo sin covitalidad, y la covitalidad no es una paz perpetua: es la interdependencia que no cesa.


2026/07/09

Para leer a Freud desde la materia viva


Para leer a Freud desde la materia viva

El psicoanálisis suele leerse como una teoría del deseo, del lenguaje o de la cultura. Pero hay otra lectura posible, más antigua y más modesta: Freud como un científico de la materia viva, un explorador de los flujos y los restos que nos constituyen.

 Desde esta perspectiva, los grandes conceptos freudianos encuentran un suelo materialista inesperado.

La pulsión de muerte no es una fuerza autónoma que anhela el retorno a lo inanimado, como a veces se lee a Freud. Es, más bien, el intento fallido de cumplir con el Eros. La vida, en su experimentar constante, busca construir envoltorios complejos, tejer más covitalidad, derrochar intentos de unión y organización. Ese es el impulso de Eros. Pero en ese mismo movimiento, la vida tropieza. Genera restos, errores, asociaciones que no logran sostenerse y se desmoronan. La pulsión de muerte es la acumulación de todos esos experimentos fallidos, la sombra de Eros, los sedimentos que el río ya no puede arrastrar. Es el error inherente a la experimentación, y no su finalidad. Somos un Eros que tropieza, no un Tánatos que avanza. Y la conciencia, la ciencia y la política son las herramientas para que ese tropiezo no sea el último, sino la base del siguiente intento. La Esfinge pregunta: "¿Cómo te sostenés?". Y la respuesta no es evitar la caída, sino experimentar con ella hasta transformarla en un nuevo equilibrio.

La compulsión a la repetición es un experimento que no pudo cerrarse. Repetimos lo que no entendemos, lo que nos desbordó, porque la trama basal insiste en procesar lo que quedó sin digerir. Cada repetición es un intento fallido de definir el error. De ahí se desprende el masoquismo como intento que no cierra.

El síntoma no es un castigo ni una desviación: es un resto que se exaptó como solución. Un desecho del conflicto psíquico que, al repetirse, encontró una función reguladora. Molesta, pero también alivia. Es un meandro que el río talló para sortear una roca y que luego se volvió cauce fijo.

Incluso la enfermedad, con sus beneficios secundarios, puede leerse así: no como simulación, sino como un aprendizaje oportunista del cuerpo, una deriva activa que encuentra en el error una salida provisoria.

Leer a Freud desde la materia viva es devolverlo al río del que nunca debió salir. No es un abandono del psicoanálisis, es una reubicación. El diván no es un confesionario ni un laboratorio de significantes: es un taller donde la trama basal ensaya nuevos cauces. La interpretación no revela un sentido oculto: destraba un flujo. La cura no es la ausencia de síntomas: es la recuperación de la plasticidad perdida, la capacidad de seguir experimentando. 

La Esfinge, como siempre, hace la pregunta justa: ¿cómo te sostenés? Y el análisis es una de las formas de responder, no con palabras, sino con una vida que vuelve a fluir.

2026/06/27

La vida es el agua que encuentra su cauce (Abstracción concreta y experimentación)


Introducción:

La experimentación no empieza en el laboratorio. Empieza en el agua que baja de la montaña y se topa con la piedra. Este texto es un esbozo de una idea simple: que la selección natural, la vida cotidiana y la ciencia comparten una misma lógica. No hay un plan previo. Hay un cauce que se abre a fuerza de obstáculos, errores y nuevos intentos.


El agua líquida cuando desciende de la montaña se topa con relieves que le obturan el paso, la estancan; pero eso no la detiene, forma meandros, cascadas; hasta que logra encontrar un cauce más limpio. Con menos obstáculos. Hasta llegar al mar.

Si convirtiéramos a la esfera terrestre en un plano; la superficie del mar, salvo su oleaje, representarían mejor que cualquier otra superficie lo que los geómetras llamaron plano. Una abstracción concreta.

En ese trayecto el agua arrastra desde su cuna diferentes sedimentos y se combina con diferentes materiales. La irrupción de la vida en el planeta es indisociable del recorrido del agua líquida.

En ese movimiento fluídico se constatan algunas leyes de la física moderna: la Gravedad, el plano inclinado, los vasos comunicantes.

Desde la altura de una montaña también descienden rocas, impulsadas por la gravedad. Bien vale mostrar esos pliegues azarosos como esa piedra que en Tandil quedó suspendida en un soporte que la dejó haciendo equilibrio: la piedra movediza. Su equilibrio se explicaba en las leyes de la estática y luego también por la resonancia mecánica y el desgaste natural de su punto de apoyo.

Desde hace un tiempo vengo desarrollando un esbozo teórico sobre la experimentación. La concibo como la principal actividad humana en el denominado proceso evolutivo. En la experimentación misma es donde podemos advertir -en lo concreto- una ley científica como la selección natural de Darwin. El problema que tiene el término experimentación, es que lo asociamos a la actividad científica, al laboratorio y no prestamos atención que, en cualquier proceso vital, incluso en la variedad de especies vivas, la química del carbono no deja de intentar nuevas asociaciones y combinaciones. Así como baja el agua de la montaña, lo somático se enfrenta y transforma a los obstáculos que la condicionan, en un cauce más armónico, hasta toparse con nuevos problemas.

“No voy a comer eso, porque el otro día me hizo mal” “es rico pero no me conviene”. Esto, es experimentación. Ante lo que acontece: Extraer conclusiones y modificar el cauce y volver a probar.

2026/06/25

Filatelia

Filatelia

Cuando inicié mi secundario en el Nacional de La Plata, aún con 12 años, tenía dos compañeros que se dedicaban a la Filatelia, coleccionar estampillas de correo. Hoy eso es ya a una antigüedad. Estamos hablando de 1966. En esa época vos para comunicarte con alguien que no vive cerca, tenías que escribir una carta, meterla en un sobre y llevarla al correo. Ahí te vendían las estampillas que debías pegarle al sobre. Te lo sellaban y metías al buzón. Pensándolo bien. Cuántas veces hice eso mis primeras décadas de vida. Un llamado telefónico de larga distancia salía mucho dinero por ese tiempo, pero las cartas cruzaban continentes.  

 

De chico crecí viendo las cartas que le mandaban a mis abuelos desde Europa e incluso desde Estados Unidos. El hermano de mi abuelo se fue al norte mientras él se quedó acá. Era común ese reparto geográfico entre inmigrantes. Mi tío abuelo parece que desarrolló familia por esos lugares.

En esos tiempos podías recibir cartas de parientes que vivían en el país también. Cada vez que alguien se iba de vacaciones les mandaba por correo postales del lugar a sus familiares. Entonces desde Mar del Plata o Córdoba te iba a llegar una postal de tus parientes que paseaban.

 

Rápidamente me interesó eso de la filatelia. Haber comparado las estampillas de cada país siempre me había despertado curiosidad. Hay países que tienen estampillas de muchos colores, diferentes tamaños, caras de próceres desconocidos o animales que acá no existen.

 

Entonces con mis compañeros comenzamos a ir a un comercio específico de estampillas. En 2 entre 44 y 45 había un pequeño local que se llamaba Filatelia San Luis. Lo atendía un hombre ya grande muy meticuloso que sabía todo acerca de las estampillas. Un mostrador al fondo con bordes de vidrio y a los dos costados estantes con ventanas también de vidrio en donde se exhibían estampillas de todo el mundo, catálogos y álbumes especiales. Recuerdo haber comprado el álbum de Argentina. Una estructura similar a un álbum de figuritas. El Correo Argentino cada año sacaba nuevas estampillas y todo eso es un registro necesario para el coleccionista. Cada año tenías que comprar las nuevas hojas actualizadas.

 

Siendo de Berisso tenía una gran ventaja y era que acá se recibían muchas cartas desde Europa. Ningún vecino que no juntara estampillas te las iba a negar. Entonces conseguías no sólo de Polonia, o la URSS sino que conseguías de Checoeslovaquia, España, Italia, Grecia, Yugoeslavia entre las más accesibles.

Aforismo vital


La química del carbono derrocha intentos de combinaciones y asociaciones, pero lo que logra vivir es el resto de ese derroche.

Eso que persiste es lo vivo, pero no es más que la espuma de un océano de materia que no llegó a serlo.


La vida es un flujo de energía que se envuelve a sí mismo para persistir. La selección natural es el nombre que le damos a la forma en que el río del mundo modula, sin quererlo, la forma de esos envoltorios.

2026/06/20

El poeta en la grieta. Lenguaje, feromona y el resto biológico


El poeta en la grieta. Lenguaje, feromona y el resto biológico

La tradición occidental nos ha legado una partición abstracta: la de los cinco sentidos. Oímos, vemos, olemos, tocamos y gustamos como si se trataran de canales independientes que el cerebro, cual modesto cartero, se limitara a recibir y archivar. Sin embargo, esta división es una ficción pedagógica, no un dato de la naturaleza. La percepción, tanto en el animal como en el humano, es un flujo único e indiviso; una corriente electroquímica que el sistema nervioso central interpreta como una totalidad. Un fotón, una onda de presión sonora y una molécula volátil no llegan al cerebro como datos etiquetados, sino como meras variaciones de un mismo sustrato material que, al integrarse, dan lugar a lo que llamamos experiencia.

Si partimos de esta base, la distinción tajante entre lo "químico" (las feromonas) y lo "físico" (el movimiento, la gestualidad, la danza) se revela como un dualismo insostenible. En una bandada de estorninos, el giro sincronizado no obedece únicamente a la visión del vecino, ni a una hipotética feromona de alarma, sino a un campo de perturbaciones continuo: el batir de alas genera vórtices de presión en el aire que son captados por la piel y las plumas, al tiempo que las moléculas odoríferas viajan en esa misma corriente. Lo químico y lo cinético son dos caras de una misma moneda física. El animal no "huele" por un lado y "ve" por otro; percibe una única orden: cambia de rumbo.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando llevamos esta visión unificada al terreno de lo humano, y específicamente al del lenguaje? La gran operación del estructuralismo, y en particular de la lectura lacaniana, consistió en erigir al Significante como un actor preponderante, casi autónomo, que escinde al sujeto y funda el orden de la cultura. Esta operación fue formidable para la clínica, pero encierra un peligro epistemológico: el de situar al lenguaje en un topos abstracto, desgajado de su soporte vivo. Aquí la tradición materialista, desde Engels hasta ciertas corrientes de la biología teórica, debe recordarnos que el lenguaje no es un fenómeno del espíritu puro; es un fenómeno ecológico que emerge de la necesidad del cuerpo en su interacción con el medio. El lenguaje no se origina en un "afuera" simbólico, sino en el esfuerzo muscular, en el trabajo conjunto, en el sudor y en el aliento compartido de los primeros grupos humanos.

Esta constatación nos lleva a una tesis central: el lenguaje humano, la lengua, no puede no apoyarse en algo como una feromona. Todo acto de habla es, simultáneamente, un acto corporal. Al hablar, emitimos aerosoles, modificamos la presión del aire que nos rodea, alteramos nuestra temperatura y liberamos compuestos volátiles. El otro no solo escucha nuestras palabras; literalmente, respira nuestra biología mientras las escucha.

Ahora bien, esa solidaridad no es perfecta. Existe una discordancia estructural entre el orden del lenguaje y el orden del cuerpo biológico. El lenguaje intenta atrapar, nombrar y ligar la pulsión, pero siempre le sobra un resto: el goce, el afecto no simbolizado, la descarga química que escapa a toda gramática. Ese desajuste, esa imposibilidad de que el significante se adapte por completo a la carne, es precisamente el material freudiano por excelencia. No hay desprendimiento posible, pero sí una fricción perpetua.

¿Quién puede habitar esa grieta con mayor destreza que el poeta? El poeta no usa el lenguaje para explicar o para cerrar el sentido; lo usa para hacer cuerpo con el lenguaje. La poesía no respeta la sintaxis lógica porque busca un ritmo que imite el latido cardíaco, una aliteración que evoque el roce de la piel, una pausa que reproduzca el silencio de la angustia. El poeta trabaja con la respiración (el soplo que transporta nuestras moléculas) y con la cadencia (la sincronía de los cuerpos en el tiempo). Como dijera Paul Valéry, la poesía es una vacilación prolongada entre el sonido y el sentido, y en esa vacilación se cuela todo lo que el lenguaje denotativo debe reprimir: el olor, el temblor, el deseo físico. El poeta es, sin saberlo, el biólogo del símbolo, el traductor de esa química inefable que el discurso corriente se empeña en ignorar. Frente al lenguaje instrumental, que intenta domar el caos biológico, la poesía se erige como la memoria viva de nuestra condición de carne y moléculas en movimiento.

2026/06/17

Un mapa mental

 Dedicada a mi abuela Josefa

Para una campesina polaca nacida alrededor de 1900, el "mundo" no era un globo terráqueo con países de colores. Su geografía era vivida, auditiva y corporal, no visual y abstracta.

Un espacio sin mapa: Mi abuela no tenía un "mapa de Polonia" en la cabeza. Además, en ese tiempo las fronteras eran móviles, en esa parte del mundo. Su mundo era una constelación de lugares con nombre y olor: la aldea, el bosque donde recogían hongos, el río, la iglesia del pueblo vecino donde había feria, la casa de una tía a tres horas de caminata. La distancia se medía en tiempo y fatiga ("queda a un día de carro", "a dos horas a pie"), no en kilómetros.

La jerarquía espiritual, no cartográfica: Sabía que pertenecía a una parroquia, a una diócesis, a una cristiandad. Su "centro" no era Varsovia, sino el campanario de su iglesia. El mundo se organizaba en círculos concéntricos de pertenencia: la familia, la aldea, la parroquia, y más allá, una confusa inmensidad de "otros" definidos por su lengua o su fe (el "ruso", el "judío", el "alemán"). No existía un fuerte sentimiento de "ciudadanía polaca" moderna en el campesinado de la Partición Rusa o Austrohúngara; su identidad era local y católica.

El saber profundo: Pero ella no era ignorante. ¡Claro que no! Había aprendido a leer y escribir con sus hermanos al calor de un horno casero. Pero además poseía una sabiduría ecológica y social densísima: sabía leer el clima en el cielo, conocía las propiedades de cada planta, el arte de la matanza del cerdo, las jerarquías sociales del pueblo, las historias de las familias, los rezos en latín que la conectaban con algo eterno. Era un saber analógico, integrado, donde la geografía, la religión y la subsistencia eran una sola cosa. No sabía situar su aldea en un mapa mudo, pero podía leer el libro de su paisaje con una precisión que nosotros hemos perdido. 

La conciencia del viaje: El "otro lado del mundo" sentido, no sabido 

Entonces, ¿cómo experimentó el viaje a la Argentina? Aquí está el núcleo de la dificultad para imaginar. 

No venían del "otro lado del mundo" como concepto geográfico, sino del "fin del mundo" conocido. Para ella, el viaje no era la línea A-B en un planisferio. Era una ruptura existencial y sensorial. Dejaba atrás no solo un lugar, sino un universo de sonidos (las campanas de su iglesia), olores (la tierra mojada, el centeno), sabores y, sobre todo, vínculos. El "allá lejos" se definía por la imposibilidad del regreso. Hoy podemos hacer videollamadas; para ella, irse era una forma de muerte civil. Dejaba atrás las tumbas de sus ancestros, el eje de su identidad.

El viaje como un descenso sensorial, no un trayecto en un mapa: El viaje en barco (probablemente en tercera clase, en la bodega) no era un "cruzar el Atlántico". Era una experiencia física y abrumadora: el olor a vómito y a encierro, el miedo al mar, la comida extraña, el sonido de lenguas incomprensibles (italiano, árabe, yiddish), la pérdida total de referencias. El mar no era un concepto azul en un mapa; era una extensión infinita, aterradora y sin puntos de referencia.

La "Argentina" no era un país, era una promesa: "América". Su destino no era la República Argentina como concepto político. Era "América", un nombre casi mítico que condensaba la idea de trabajo, tierra y escape de la miseria y la guerra. Al llegar, no hubo un momento de "estoy en el hemisferio sur". Lo que hubo fue un choque brutal con lo sensorial: el calor húmedo, el olor a mate y a ganado, la planicie infinita del Litoral (¡ella venía de un paisaje de colinas y bosques!), el sonido de un idioma completamente incomprensible que ni siquiera podía identificar.

 

Reconstruyendo su subjetividad: Una conciencia vertical, no horizontal

Su dificultad para imaginarla es la prueba de que nuestra mente actual opera con una "conciencia horizontal" (el mapa), mientras que la de la abuela operaba con una "conciencia vertical".

Vertical: Su mundo estaba organizado en un eje que iba de la tierra que pisaba al cielo. Su sentido de pertenencia era local (enraizamiento) y espiritual (trascendencia). La idea de "estar en Argentina" era una etiqueta nueva y externa; su verdadera ubicación existencial seguía siendo la fe, la familia (los vivos y los muertos) y el trabajo. Su "estar" era un estar en la tierra, no en el mapa.

Horizontal: Yo formado desde niño, me ubico en una cuadrícula abstracta de naciones y coordenadas. Sé que estoy en Argentina, que Argentina está en Sudamérica, etc.

Para mi abuela, ser "consciente" de que venía del otro lado del mundo era ser consciente de una distancia insalvable e infranqueable, una herida en su biografía. No era un dato geográfico, era una condición emocional y espiritual: la de vivir con el corazón partido entre el paisaje sensorial de su infancia y el paisaje hostil y extraño que debía hacer suyo. Ella no se ubicaba en un planisferio; ubicaba su alma en una tierra que no era la suya, mientras sus pies pisaban un suelo que debía aprender a cultivar de nuevo.

Su subjetividad no es inaccesible del todo. Se esconde en las pequeñas cosas: en la forma de cocinar un plato polaco con ingredientes argentinos, en una canción de cuna en polaco que se fue olvidando, en la persistencia de ciertas hierbas en la huerta. La conciencia de ese "otro lado del mundo" estaba depositada en el cuerpo, en la memoria y en el desarraigo, no en el intelecto cartográfico. Quizás por eso nos cuesta tanto imaginarla: porque la suya era una geografía de la memoria y la pérdida, no de la razón conocida.

2026/06/14

Patricio Rey en el Palacio de Invierno- Audacia, audacia y siempre audacia: cuando el pogo explica la revolución.

 


Introducción

Una vez que arranca el pogo más grande del mundo, no hay vuelta atrás. El que duda se cae. El que se queda quieto desaparece. No hay tiempo para pensar. Solo saltar, empujar y moverse en oleadas.

Lenin lo escribió en Consejos de un ausente, a las apuradas, antes de la toma del Palacio de Invierno: una vez iniciada la insurrección, hay que ir hasta el final. La defensiva es la muerte. Y remataba con Dantón: "Audacia, audacia y siempre audacia".

Ni Lenin ni Danton explicaron el pogo. Es al revés. El pogo te explica lo que ellos dijeron. Porque lo que pasa en ese solo de Jijiji, cuando el saxo de Dawi larga la primera nota y la masa se convierte en protagonista, es lo mismo que quería decir Dantón pero sin palabras. Puro cuerpo. Puro salto. Pura audacia.

 

 

Oktubre (1986) abre con "Fuegos de Octubre".

“De regreso a Octubre (desde Octubre) / Sin un estandarte de mi parte… / Te prefiero igual, Internacional."

 

No es una declaración venida de la III ni de la VI.  Es la confesión de un hombre que vuelve a la cita con la historia sin insignias partidarias, pero con una lealtad intacta a eso que alguna vez se llamó la Internacional. Una Internacional sin carnet, sin comité central, hecha de música, de cuerpos y de un deseo de liberación que se cuela entre las estrofas.

En la tapa del disco, banderas rojas. Oktubre con "k" es un guiño inequívoco al Octubre Rojo bolchevique de 1917. Pero sin comisarios del pueblo ni soviets de diputados. La revolución que se propone es otra, y su campo de batalla es el campo del baile masivo. La misa ricotera.

 

El momento en que la palabra se rinde

 

Dentro de Oktubre está "Jijiji". Y dentro de "Jijiji", escondido en el centro de la canción, está el pogo más grande del mundo. Esa intensa melodía que lo desata se da en ese solo instrumental que Skay definió como "música gitana". La voz del Indio desaparece y lo que irrumpe es un diálogo frenético entre la guitarra y el saxo, una danza que se acelera como un carro desbocado. El Indio ya lo anticipó: "ahora se viene el pogo más grande del mundo". Después se calla y deja que la música haga lo suyo. Ahí, justo ahí, la masa pasa a ser la protagonista. Miles de personas saltan al unísono. La banda sigue sonando, pero la ceremonia ya no es de los músicos: es de los cuerpos que se mueven al compás de una melodía que no es triste ni alegre, es maníaco-depresiva, pero donde la manía aplasta a la melancolía y todo es vértigo, aceleración, rojo y gitano. La palabra se rinde. El cuerpo avanza.

 

Las reglas de la insurrección

 

En octubre de 1917, Vladimir Ilich Lenin escribió un texto urgente desde la clandestinidad. Lo tituló Consejos de un ausente (o Consejos de un espectador). Ahí, a días del asalto al Palacio de Invierno, repasó las enseñanzas de Marx sobre el arte de la insurrección. Y remató con una cita que había hecho famosa Dantón, el revolucionario francés:

"Audacia, audacia y siempre audacia."

Las reglas que Lenin enumera en ese texto son de una precisión quirúrgica. No se puede evitar leerlas con el oído puesto en el célebre solo de Jijiji.

"No jugar nunca a la insurrección, pero una vez empezada estar firmemente convencido de que es necesario ir hasta el final."

El pogo más grande del mundo no es un juego. Se prepara en el "¡No lo soñé!" gritado a pulmón, se toma envión en el silencio expectante, y cuando el saxo de Dawi larga la primera nota, ya está. No hay marcha atrás. El que entra, va a fondo. Dudar es caerse, y peor, es romper el hechizo colectivo.

"Una vez comenzada la insurrección, se debe proceder con la mayor decisión y pasar obligatoria e incondicionalmente a la ofensiva. La defensiva es la muerte de la insurrección".

En el pogo de Jijiji no existe la defensiva. Quedarse quieto es imposible, correrse a un costado es quedar fuera de la masa, fuera de la revolución de los cuerpos. La única postura es el salto, el avance vertical, la entrega total. Cada salto es una pequeña ofensiva contra la gravedad, contra la razón, contra el afuera.

Defenderse es la muerte del éxtasis. Atacar, en este caso, es entregarse.

Audacia, hermano, audacia.

 

La consigna de Dantón, que Marx hizo propia y que Lenin repitió como un martillo, es el alma del que se tira a ese remolino. Entrar al pogo más grande del mundo es un acto de audacia pura. No hay garantías. Confiás en el desconocido que tenés al lado, te abandonás al ritmo, ponés el cuerpo en una coreografía que se inventa a cada segundo. Como el militante que sale a la calle sin saber si vuelve, el que salta en el pogo se juega entero sin red.

Lenin también decía: "Hay que esforzarse por obtener éxitos diarios, por pequeños que sean, manteniendo a toda costa la superioridad moral." En el pogo, cada compás ganado es una victoria. Mantenerse en pie, sostener el salto, no bajar los brazos: todo es parte de la misma superioridad moral que pedía Lenin para los insurrectos. La moral del que no abandona.

 

La revolución en minutos

 

El solo termina. La banda retoma el riff, el Indio vuelve a cantar y la vida real —esa que tiene rutas trabadas, ojos de durax lastimado y lluvia en estocadas finas— te espera afuera. El pogo, como toda insurrección, es efímero. Un relámpago de belleza colectiva. Pero lo que viviste en ese minuto y medio es irrefutable. No lo soñaste. Fue real.

En octubre de 1917, el pueblo asaltó el Palacio de Invierno. En cada recital de los Redondos, el pueblo asalta el silencio y lo convierte en una danza de saltos. Dos insurrecciones. Una con fusiles, otra con cuerpos. Las dos necesitan de la audacia. Las dos, en su momento de gloria, no tienen vuelta atrás.

La Internacional sin estandarte

 

El tipo que canta "Fuegos de Octubre" dice que no tiene estandarte, pero que igual prefiere la Internacional. El estandarte a veces divide; la Internacional, en el sentido más hondo, une. Y en el pogo más grande del mundo no hay banderas partidarias. Hay una Internacional del deseo, del salto compartido, del codo a codo sin pedir nada a cambio.

Una Internacional que empieza con un solo de saxo y se sostiene a pura audacia. Hasta el próximo salto.