En ese clima aparecen, casi como chispazos breves pero intensos, dos revistas de un solo número que se declaran futuristas: Los Raros (1920) y Rovente (1924). Su fugacidad no las vuelve marginales; al contrario, las convierte en documentos privilegiados de un momento en que la cultura argentina buscaba su propia modernidad.
Los Raros dirigida por Bartolomé Galíndez y subtitulada “Revista de orientación futurista” todavía suena a transición. En sus páginas conviven el eco simbolista, la retórica modernista y el deseo de ruptura. El futurismo aparece como promesa, como horizonte a conquistar más que como programa ya internalizado. Incluso su “Manifiesto” final
Esta publicación invoca juventud, energía y porvenir, pero lo hace dentro de una sintaxis y una diagramación todavía clásicas. Es una revista que quiere romper con el pasado sin terminar de abandonar su léxico.
Cuatro años más tarde, Rovente, dirigida por Pierro Pillari, ya no habla de “orientación”: se inscribe directamente en el “Movimiento Futurista Italiano dirigido por F. T. Marinetti”.
En sus páginas le declara la guerra al “pasatismo” y a la “burguesía espiritual”
Con una retórica frontal, militante. Aquí el futurismo no es tendencia sino bandera. La revista reproduce el organigrama del movimiento, enumera sus secciones (poesía, pintura, arquitectura, música); y se piensa como nodo de una red internacional de vanguardia. La ruptura ya es consigna.
Entre una y otra publicación se dibuja el ideario intelectual del período. Algunas constantes lo atraviesan:
Antipasatismo: el rechazo del academicismo y de la tradición entendida como peso muerto.
Juventud como valor moral: no solo edad biológica sino actitud vital.
Internacionalismo: la convicción de que Buenos Aires debía dialogar en tiempo real con Roma, París o Berlín.
Estética como intervención: la literatura no es mero ornamento, sino acto que reorganiza la sensibilidad colectiva.
Pero también hay ambivalencias. En 1920 el deseo de modernidad todavía se expresa con herramientas heredadas; en 1924 la ruptura se vuelve más consciente, más ideológica, incluso más agresiva. Lo que cambia además del estilo, es la autopercepción del escritor. De poeta inspirado se pasa al militante de una causa estética.
Estas revistas anticipan la consolidación de una escena de vanguardia con conciencia de grupo, con voluntad polémica y con estrategia editorial. Si Los Raros ensaya la novedad y Rovente la proclama, pronto aparecerán proyectos que convertirán esa energía dispersa en programa colectivo y en intervención sistemática dentro del campo cultural porteño.
En ese sentido, más que curiosidades efímeras, estas publicaciones funcionan como sismógrafos. Registran el momento en que la literatura argentina deja de preguntarse si debe ser moderna y empieza a discutir cómo y contra quién debe serlo.
Ver ambas publicaciones:
Los Raros (1920) Rovente (1924)
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