Ruptura con la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina)
Aquella declaración no sólo cuestionaba privilegios y verticalismos. Iba más lejos: ponía en duda la supuesta neutralidad del analista y preguntaba si el psicoanálisis podía sobrevivir cuando se confunde con el sello que lo certifica.
La carta dirigida “a los trabajadores de la salud mental” explicaba los motivos. Los firmantes denunciaban una estructura institucional cerrada, jerárquica y concentrada en pocos miembros con poder de decisión. Señalaban que la formación exigía una dedicación casi excluyente y costosa, y que la organización funcionaba como una pirámide donde el acceso real a la conducción estaba reservado a una minoría.
Pero el punto central no era administrativo. Era ideológico. El grupo sostenía que ninguna práctica científica es neutral y que el psicoanálisis, tal como estaba institucionalizado, había quedado atrapado en la lógica del sistema social dominante. La llamada “neutralidad” del analista —decían— podía transformarse en una coartada para la despolitización y el aislamiento frente a los conflictos de la época.
El texto tenía el tono de un manifiesto. Hablaba de explotación, de dependencia económica, de liberación nacional. Se comprometía explícitamente con un horizonte socialista. Esa definición marcó una frontera clara con la institucionalidad oficial, a la que acusaban de haber detenido y distorsionado el desarrollo del psicoanálisis bajo la apariencia de custodiarlo.
Más allá del clima político de aquellos años, la carta plantea preguntas que todavía resuenan. ¿Puede una institución garantizar por sí misma la vitalidad de una práctica? ¿Qué sucede cuando el cuidado de la ortodoxia se convierte en defensa de privilegios? ¿Hasta qué punto la neutralidad protege la ética y cuándo comienza a funcionar como indiferencia?
Con el paso del tiempo, el escenario cambió. Las grandes estructuras piramidales perdieron parte de su centralidad, aparecieron nuevas escuelas, universidades, regulaciones estatales y también el mercado de la formación. Sin embargo, el interrogante permanece: ¿dónde está el psicoanálisis? ¿En el sello que certifica pertenencia? ¿En la matrícula? ¿En la afiliación institucional?
La frase final del documento de Langer conserva una vigencia inquietante: “El Psicoanálisis no es la Institución Psicoanalítica oficial”. Leída hoy, puede ampliarse. El psicoanálisis no es un carnet ni un estándar. No es un título colgado en la pared. Es un lugar que se sostiene en una práctica y en una ética.
Un lugar que existe allí donde un analista se hace responsable de su acto y de su tiempo, más allá del sello que lo legitime.

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