La condición humana no puede pensarse desde la estabilidad sino desde su fracaso estructural. No hay equilibrio originario, no hay forma acabada, no hay adaptación plena. Lo humano emerge allí donde el cuerpo deja de coincidir consigo mismo y debe sostenerse en una inestabilidad permanente. Esta no es una carencia accidental: es la condición material de posibilidad de la especie.
La antropología clásica buscó definir al hombre por sus adquisiciones —lenguaje, razón, conciencia, cultura—. Una antropología materialista de la inestabilidad invierte el punto de partida: lo humano no se define por lo que posee, sino por lo que no logra cerrar. El cuerpo humano es un cuerpo fallado, un cuerpo que no encuentra reposo en su propia organización.
La adquisición de la posición erecta, señalada por Engels como el paso decisivo en la transformación del mono en hombre, no constituye un perfeccionamiento sino una precarización. Caminar sobre dos piernas exige un equilibrio complejo, costoso, siempre amenazado. El cuerpo ya no descansa sobre una base estable: debe sostenerse activamente en el mundo. Esta torsión corporal inaugura un régimen nuevo: el de la experimentación.
El enigma de la Esfinge no interroga una esencia, sino un modo de sostenerse. El ser que camina en cuatro, en dos y en tres no es definido por sus edades, sino por sus regímenes de equilibrio. Infancia, adultez y vejez no son etapas cronológicas: son figuras de una misma inestabilidad estructural. El humano no deja nunca de estar en tránsito entre apoyos.
Aquí Lacan opera en silencio. No como antropólogo, sino como clínico del desajuste. El estadio del espejo no describe un momento de armonía, sino la tentativa desesperada de suturar una dispersión corporal. El yo no nace de la estabilidad, sino como respuesta imaginaria a una incoordinación real. La forma se anticipa para compensar una falta de forma.
La pulsión freudiana —reinterpretada por Lacan— no es un instinto degradado, sino la marca de que el instinto ya no alcanza. No hay objeto natural de la pulsión porque el cuerpo humano no coincide con sus necesidades. La sexualidad, lejos de ser una función regulada, se convierte en un campo de experimentación permanente. La pérdida del objeto no es un accidente: es estructural.
Desde esta perspectiva, el trabajo —en Marx y Engels— no es simplemente una actividad económica, sino la forma material que adopta la experimentación vital. El humano trabaja porque no sabe de antemano cómo vivir. El trabajo no sustituye al instinto: emerge allí donde el instinto fracasa, pero sin desaparecer del todo. Es una prótesis inestable sobre un fondo biológico que ya no gobierna.
La cultura no es un plano separado de la biología, sino su torsión interna. Cada invención técnica, cada forma simbólica, cada reorganización social reingresa en el cuerpo y lo modifica, aunque sea de manera imperceptible. La especie no se detiene: se desajusta continuamente. Pensar al humano como terminado es una forma de denegación darwiniana.
Lacan aporta aquí una clave decisiva: lo humano no se define por una falta metafísica, sino por una falla material en la relación cuerpo–mundo. El sujeto no es el centro de la experiencia, sino el efecto de una descoordinación que nunca se resuelve del todo. El equilibrio humano no es un estado: es una tarea interminable.
Dormir, caer, embriagarse, enfermar, envejecer: cada una de estas experiencias suspende o deforma el ejercicio del equilibrio y deja ver su carácter artificial. El sueño, como eclipse de la voluntad y de la atención, muestra que la conciencia no gobierna el cuerpo: apenas lo acompaña cuando puede.
Una antropología materialista de la inestabilidad no busca definir qué es el hombre, sino cómo se sostiene sin fundamento último. La Esfinge no custodia un secreto: señala una evidencia insoportable. El humano es el animal que no puede mantenerse de pie sin ensayar continuamente nuevas formas de apoyo —corporales, simbólicas, técnicas—.
Lacan no funda esta antropología, pero la atraviesa. Su enseñanza permite pensar que la inestabilidad no es un déficit a corregir, sino el motor mismo de la producción humana: del lenguaje, del deseo, del trabajo y de la historia.
El hombre no cae porque falla.
Cae porque está de pie.

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