2026/02/16

Del manicomio al psicofármaco: la nueva forma del encierro


Psicoanálisis, psiquiatría y el imperio de los psicofármacos: una tensión contemporánea

El psicoanálisis, si pretende sostener su estatuto teórico y clínico, no puede eludir una tarea que hoy se vuelve ineludible: dar cuenta, desde su propio marco conceptual, de la incidencia de los psicofármacos en los procesos psíquicos. No sólo aceptar su existencia como un dato externo o como una herramienta técnica complementaria, sino de interrogar sus efectos sobre la economía libidinal, la dinámica del deseo, la constitución del síntoma y la posición subjetiva del paciente. Ignorar este fenómeno equivale a ceder el terreno de la explicación de lo psíquico a una racionalidad exclusivamente neurobiológica.

Desde sus orígenes, el psicoanálisis introdujo una ruptura radical con la concepción positivista de la locura. La obra de Freud no sólo inauguró una nueva clínica, sino que también socavó la pretensión de la psiquiatría clásica de erigirse como saber total sobre la enfermedad mental. En este sentido, puede afirmarse que sin Freud la antipsiquiatría hubiera sido impensable. Movimientos críticos del siglo XX encontraron en el descubrimiento del inconsciente un fundamento para cuestionar el encierro manicomial, la medicalización indiscriminada y la violencia institucional ejercida en nombre de la ciencia.

Sin embargo, la política de desmanicomialización, que surgió como respuesta a los abusos del sistema asilar, no logró necesariamente desmantelar la ideología seudocientífica que sostenía ciertas prácticas psiquiátricas. Por el contrario, con el correr de los años asistimos a una transformación más sutil pero igualmente profunda: el reemplazo del encierro físico por una forma de regulación química. El hospital psiquiátrico cedió terreno, pero el imperio de los fármacos se consolidó como nuevo paradigma hegemónico. La promesa de una solución rápida y protocolizada para el sufrimiento psíquico se impuso en consonancia con una lógica social que privilegia la eficacia inmediata, la productividad y la supresión del malestar.

En este contexto, la subjetividad corre el riesgo de quedar reducida a un conjunto de desbalances neuroquímicos. El síntoma deja de ser interrogado como formación del inconsciente para convertirse en un indicador a corregir. El tiempo necesario para la elaboración psíquica es reemplazado por la urgencia de la estabilización farmacológica. Así, la dimensión del conflicto, del deseo y de la historia singular del sujeto se ve desplazada por una concepción técnica que tiende a homogeneizar lo heterogéneo.

Frente a este escenario, los psicoanalistas parecen enfrentarse a una encrucijada. Una opción consiste en ingresar en un terreno de coexistencia pacífica con la psiquiatría dominante, aceptando la hegemonía farmacológica y relegando sus propios conceptos fundamentales a un lugar secundario. Esta vía implica el riesgo de vaciar al psicoanálisis de su potencia crítica, transformándolo en un complemento adaptativo dentro de un dispositivo cuyo núcleo teórico le es ajeno.

La otra opción es asumir una confrontación teórica decidida. Sin negar la existencia ni la posible utilidad de los psicofármacos en determinadas circunstancias, se trata de resistir el reduccionismo biologicista que pretende clausurar el sentido del síntoma. Iniciar una lucha teórica contra el “terraplanismo” —entendido aquí como la simplificación extrema y dogmática de la complejidad psíquica— supone sostener que el malestar humano no puede agotarse en la dimensión neuroquímica.

El desafío, entonces, no radica únicamente en criticar a la psiquiatría contemporánea, sino en renovar la capacidad del psicoanálisis para pensar su tiempo. Ello implica elaborar conceptualmente los efectos subjetivos de la medicación, dialogar sin diluirse y defender la especificidad de una clínica que apuesta a la palabra, al deseo y a la singularidad. En un mundo que tiende a silenciar el conflicto mediante soluciones rápidas, el psicoanálisis está llamado a recordar que el malestar no es un mero error químico, sino una dimensión constitutiva de la experiencia humana.

En última instancia, la medicalización del paciente no puede considerarse un elemento neutral dentro del dispositivo analítico. Si bien en determinadas coyunturas clínicas los psicofármacos pueden cumplir una función estabilizadora, no deja de ser cierto que su acción tiende a obturar o amortiguar aquello mismo que el análisis busca poner en juego: la emergencia del conflicto, la angustia como señal, la irrupción del deseo y la posibilidad de asociar libremente. Cuando el sufrimiento es rápidamente silenciado por vía química, el trabajo psíquico corre el riesgo de quedar suspendido. El análisis requiere un sujeto lo más despierto posible, capaz de experimentar, simbolizar y elaborar su malestar, no simplemente de atenuarlo. Solo en esa vigilia subjetiva puede desplegarse la palabra y producirse una transformación que no sea mera adaptación, sino verdadero trabajo sobre el inconsciente y sus formaciones.

 

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