Psicoanálisis, psiquiatría y el imperio de los psicofármacos: una tensión contemporánea
El psicoanálisis, si pretende sostener su estatuto
teórico y clínico, no puede eludir una tarea que hoy se vuelve ineludible: dar
cuenta, desde su propio marco conceptual, de la incidencia de los psicofármacos
en los procesos psíquicos. No sólo aceptar su existencia como un dato externo o
como una herramienta técnica complementaria, sino de interrogar sus efectos
sobre la economía libidinal, la dinámica del deseo, la constitución del síntoma
y la posición subjetiva del paciente. Ignorar este fenómeno equivale a ceder el
terreno de la explicación de lo psíquico a una racionalidad exclusivamente
neurobiológica.
Desde sus orígenes, el psicoanálisis introdujo una
ruptura radical con la concepción positivista de la locura. La obra de Freud no
sólo inauguró una nueva clínica, sino que también socavó la pretensión de la
psiquiatría clásica de erigirse como saber total sobre la enfermedad mental. En
este sentido, puede afirmarse que sin Freud la antipsiquiatría hubiera sido
impensable. Movimientos críticos del siglo XX encontraron en el descubrimiento
del inconsciente un fundamento para cuestionar el encierro manicomial, la
medicalización indiscriminada y la violencia institucional ejercida en nombre
de la ciencia.
Sin embargo, la política de desmanicomialización,
que surgió como respuesta a los abusos del sistema asilar, no logró
necesariamente desmantelar la ideología seudocientífica que sostenía ciertas
prácticas psiquiátricas. Por el contrario, con el correr de los años asistimos
a una transformación más sutil pero igualmente profunda: el reemplazo del
encierro físico por una forma de regulación química. El hospital psiquiátrico
cedió terreno, pero el imperio de los fármacos se consolidó como nuevo
paradigma hegemónico. La promesa de una solución rápida y protocolizada para el
sufrimiento psíquico se impuso en consonancia con una lógica social que
privilegia la eficacia inmediata, la productividad y la supresión del malestar.
En este contexto, la subjetividad corre el riesgo
de quedar reducida a un conjunto de desbalances neuroquímicos. El síntoma deja
de ser interrogado como formación del inconsciente para convertirse en un
indicador a corregir. El tiempo necesario para la elaboración psíquica es
reemplazado por la urgencia de la estabilización farmacológica. Así, la
dimensión del conflicto, del deseo y de la historia singular del sujeto se ve
desplazada por una concepción técnica que tiende a homogeneizar lo heterogéneo.
Frente a este escenario, los psicoanalistas parecen
enfrentarse a una encrucijada. Una opción consiste en ingresar en un terreno de
coexistencia pacífica con la psiquiatría dominante, aceptando la hegemonía
farmacológica y relegando sus propios conceptos fundamentales a un lugar
secundario. Esta vía implica el riesgo de vaciar al psicoanálisis de su
potencia crítica, transformándolo en un complemento adaptativo dentro de un
dispositivo cuyo núcleo teórico le es ajeno.
La otra opción es asumir una confrontación teórica
decidida. Sin negar la existencia ni la posible utilidad de los psicofármacos
en determinadas circunstancias, se trata de resistir el reduccionismo
biologicista que pretende clausurar el sentido del síntoma. Iniciar una lucha
teórica contra el “terraplanismo” —entendido aquí como la simplificación
extrema y dogmática de la complejidad psíquica— supone sostener que el malestar
humano no puede agotarse en la dimensión neuroquímica.
El desafío, entonces, no radica únicamente en
criticar a la psiquiatría contemporánea, sino en renovar la capacidad del
psicoanálisis para pensar su tiempo. Ello implica elaborar conceptualmente los
efectos subjetivos de la medicación, dialogar sin diluirse y defender la
especificidad de una clínica que apuesta a la palabra, al deseo y a la
singularidad. En un mundo que tiende a silenciar el conflicto mediante
soluciones rápidas, el psicoanálisis está llamado a recordar que el malestar no
es un mero error químico, sino una dimensión constitutiva de la experiencia
humana.
En
última instancia, la medicalización del paciente no puede considerarse un
elemento neutral dentro del dispositivo analítico. Si bien en determinadas
coyunturas clínicas los psicofármacos pueden cumplir una función
estabilizadora, no deja de ser cierto que su acción tiende a obturar o
amortiguar aquello mismo que el análisis busca poner en juego: la emergencia
del conflicto, la angustia como señal, la irrupción del deseo y la posibilidad
de asociar libremente. Cuando el sufrimiento es rápidamente silenciado por vía
química, el trabajo psíquico corre el riesgo de quedar suspendido. El análisis
requiere un sujeto lo más despierto posible, capaz de experimentar, simbolizar
y elaborar su malestar, no simplemente de atenuarlo. Solo en esa vigilia
subjetiva puede desplegarse la palabra y producirse una transformación que no
sea mera adaptación, sino verdadero trabajo sobre el inconsciente y sus
formaciones.

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