2026/02/03

El barrendero de sonidos

 

En The Sound-Sweep, de J. G. Ballard, el barrendero no es un personaje marginal: es una figura de gobierno del entorno. Su tarea no consiste en restablecer el sentido, sino en administrar el exceso. El ruido no se elimina; se gestiona. Leído desde el presente, el barrendero anticipa una forma de gobernabilidad basada no en la persuasión ni en la censura, sino en la desorganización controlada. La saturación sonora no produce rebelión ni adhesión, sino cansancio, dispersión, imposibilidad de coordinar la escucha. Políticamente, el ruido funciona mejor que la mentira: no necesita ser creído, sólo sostenido. La multiplicación de versiones no apunta a imponer una verdad, sino a impedir que algo haga masa, que una experiencia se estabilice, que una lectura común se vuelva operativa. En ese régimen, el cerebro —reducido a repetidor— ya no es un lugar de decisión, sino un punto de paso. El barrendero aparece entonces como el síntoma de un límite: cuando la saturación amenaza con volverse ingobernable, se introduce una técnica de limpieza que no restituye el silencio, sino que permite que el ruido continúe circulando sin colapsar el sistema.

Leído desde Freud, este régimen de emisión permanente se articula con el proceso primario. No en el sentido de un retorno a lo arcaico ni de una regresión subjetiva, sino como predominio de una lógica que no conoce corte, jerarquía ni contradicción. El proceso primario no organiza, no discrimina, no decide: circula. Funciona por acumulación, condensación, desplazamiento. Exactamente como el ruido. La radio exterior, al saturar la escucha, reactiva esa lógica: no impone contenidos, sino que desarma la posibilidad misma de orden secundario. En ese contexto, el barrendero de sonidos de Ballard puede leerse como una figura límite entre ambos procesos: intenta restituir una función de descarga allí donde el aparato ya no logra transformar excitación en ligadura. Políticamente, gobernar por ruido es gobernar por proceso primario: no convencer, no prohibir, no censurar, sino mantener la excitación circulando para impedir que se estabilice en pensamiento, en demanda o en acción colectiva. El cerebro, reducido a repetidor, queda capturado en esa economía: retransmite porque no puede ligar. Y cuando el proceso secundario se agota, lo que aparece no es claridad, sino fatiga.

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