Conversando con un amigo diseñador industrial, intentaba explicarle algo sobre la topología. Recurrí al teorema de Jordan: una línea poligonal cerrada siempre delimita un espacio interior y otro exterior. Da lo mismo que se trate de una circunferencia, un triángulo, un octógono o una figura irregular; todas son topológicamente equivalentes en la medida en que conservan esa propiedad cualitativa fundamental.
La topología puede pensarse como una geometría del caucho: admite estiramientos, pliegues y repliegues, siempre que no se alteren esas determinaciones que no son métricas ni cuantitativas, sino estructurales.
Le di entonces el ejemplo del Estado. Puede ser más o menos democrático, más o menos inclusivo, pero lo decisivo son sus determinaciones efectivas. Puede deformarse, adaptarse, estirarse, pero sin romperse.
Ahí apareció un ejemplo magnífico del diseño industrial: la sillosidad. Esa cualidad que hace que cualquier silla sea una silla; que permita cumplir una función precisa, la de sentarse. Una cualidad cuyo origen puede rastrearse en una roca o en un tronco caído, y que ya implica un desplazamiento respecto del simple sentarse en el suelo.
Sin ser especialista en objetos culturales, advertí que la historia de los distintos valores de uso puede leerse como una larga experimentación, en la que el pensamiento opera ya con elementos topológicos, además del empleo de lo que la física define como máquinas simples o vasos comunicantes.

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