Mostrando las entradas con la etiqueta Suramérica. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Suramérica. Mostrar todas las entradas

2022/02/04

La literatura en la Colonia- Un lazarillo en el Virreinato


Si se pretende rastrear datos o informaciones, sobre la historia de nuestro continente en tiempos del virreinato, la literatura posible de abordar resulta bastante escasa. Sobresale sin embargo, una colección de narraciones que llevó el nombre de Lazarillo de ciegos y caminantes desde Buenos Aires hasta Lima que fuera escrita por Alonso Carrión de la Vandera, aunque  la misma fuera firmada con el seudónimo Concolorcorvo, nombre correspondiente  un indio llamado Calixto Bustamante, quien fuera en este caso, un asesor privilegiado del nombrado  la Vandera. 

Todo indica que el Lazarillo fue editado en 1773 en Gijón, y tres años después en Lima. La Vandera nacido en 1715 en Gijón fue un alto funcionario del por entonces virreinato del Perú, pero a su vez un viajero y cronista del nuevo continente. 

Cuando en 1936 Walter Benjamín escribiera el opúsculo El Narrador, tal vez nunca haya sabido de la existencia de Alonso Carrión de la Vandera, pero tal como el filósofo berlinés definiera en ese escrito al arte de la narración, ésta iría a coincidir asombrosamente con la obra del relator de las indias. 

“En todos los casos, el que narra es un hombre que tiene consejos para el que escucha. Y aunque hoy el ‘saber consejo’ nos suene pasado de moda, eso se debe a la circunstancia de una menguante comunicabilidad de la experiencia” afirmaba Benjamín, en el escrito señalado, haciendo principal hincapié en la narración como un acto donde se transmiten experiencias. El viajar es por lo tanto una fuente inagotable, y es a partir de la movilidad, donde el narrador encuentra el principal material de su cosecha. 

La Vandera comenzaba  su serie de relatos, con un Exordio, donde daba  precisas definiciones acerca de las características de lo que serán sus narraciones: “Los viajeros (aquí entro yo), respecto de los historiadores, son lo mismo que los lazarillos, en comparación de los ciegos” afirmaba, asegurando que éstos últimos necesitan de los primeros para “que dirijan sus pasos y les den aquellas noticias precisas para componer sus canciones, con que deleitan al público y aseguran su subsistencia”.  La Vandera no escondía sus pretensiones, y afirmaba que sus “observaciones sólo se han reducido a dar una idea a los caminantes bisoños del camino real, desde Buenos Aires a esta capital de Lima, con algunas advertencias que pueden ser útiles a los caminantes, y de algún socorro y alivio a las personas provistas en empleos para este dilatado virreinato” razón por la cual “este tratadito” llevaría ese nombre. 

Concolorcorvo tras el exordio nos hablará de Montevideo, los gauderios y Buenos Aires, en un tiempo donde aún no existía el virreinato del Río de la Plata, el cual fue constituido definitivamente el 27 de octubre de 1777. El relato es de unos pocos años antes, y tal vez su mirada podría resultar despectiva, pero lo que hacía era solamente describir lo que él veía en los lugares donde llegaba. Benjamín afirmaba “que la mitad del arte de narrar radica precisamente, en referir una historia libre de explicaciones”.  Concolorcorvo describía: la abundancia de alimentos en Montevideo, la presencia solapada de contrabandistas que montan una pulpería para encubrir su poltronería, la existencia de sacerdotes sin el sínodo del rey, la existencia de los gauderios que pueden subsistir gracias a dicha abundancia. 

Describía así en la costa oeste del Río de la Plata, a Buenos Aires con una pobre arquitectura, mientras que en Córdoba mostraba una vida opulenta. De esta forma el narrador viajaba  hacia el norte por el camino real intentando dejar advertencias útiles para los caminantes bisoños, donde se pueden encontrar tanto referencias culturales, como económicas o geográficas sin perder su espíritu de guía. 

El Lazarillo de los ciegos caminantes, es una obra obligada para rastrear nuestras raíces sudamericanas.

 

2019/11/19

El golpe y la posverdad



El golpe de Estado contra Evo Morales está
siendo interpretado según las conveniencias. Estados Unidos, la OEA y todo el
séquito de países alineados con el neoliberalismo global son parte de un
posicionamiento que antepone sus deseos y sus proyecciones, mientras que los
grandes medios se encargan de propalar tanto información como imágenes que le
dan sustento a ese posicionamiento. El inefable Pichetto le aconseja a Alberto
Fernández que no compre “conflictos bolivarianos”.

Nota Socompa



En tiempos de posverdad, fake news, lawfare; la realidad colisionó contra sí misma. Ya no se trata de certidumbres sino de aproximaciones siempre intencionales que expresan más que efectos de verdad, relaciones de fuerza de quienes las enuncian. Entonces se produce el reino de los sofistas, de los encantadores de serpientes, de los que antes de hablar ensayaron bajo la dirección de algún gurú lo que debían decir, todo acorde a líneas que tienen asidero global y se ajustan a una supuesta corrección, propia de una cultura heterónoma, no propia de las naciones a las cuales se intenta disciplinar mucho menos de la cultura popular de esos lugares.
En Bolivia no fue golpe de Estado, a Nisman lo mataron, Maldonado se ahogó, no fueron 30 mil sino 8, señalan. Todas expresiones de algo que es rebelde a su aprehensión objetiva y que debe abrir caminos a variopintas interpretaciones. De esta manera se dice que la realidad no puede ser interpretada por  la ciencia ya que ésta no es democrática, pues algo que es cerciorado científicamente no puede ser contrastado por la opinión y eso lo torna autoritario. Entonces cuál sería el punto de acuerdo general para que todos, pero absolutamente todos convaliden determinado hecho o interpretación del hecho como una verdad. Las reglas del régimen democrático liberal que se impuso en los 80 le dieron sustento a puntos de acuerdo generalizado, al menos eso es lo que imperó y aún preserva cierta legitimidad. A eso hoy la posverdad lo está haciendo trizas.
Un hecho como el golpe de Estado en Bolivia será  interpretado entonces según las conveniencias. EEUU, organismos como la OEA y todo el séquito de países alineados al neoliberalismo global son parte de un posicionamiento que antepone sus deseos y sus proyecciones, mientras que los grandes medios se encargan de propalar tanto información como imágenes que le darán sustento a ese posicionamiento. Son la parte más elocuente de la interpretación hegemónica de lo real.
Dichos- El presidente Mauricio Macri sostuvo el martes 11 "Quiero dejar claro que repudiamos la violencia de cualquier tipo y bajo cualquier circunstancia, creemos en el diálogo como único mecanismo de salida de cualquier crisis que pueda tener una Nación" agregando luego que "Entendemos que las elecciones son la mejor manera de transparentar la voluntad del pueblo boliviano y que sus mecanismos previstos en su Constitución son los que van a permitir resolver esta cuestión”. El repudio a la violencia del que habla Macri no incluye las maniobras sediciosas de los grupos de choque de la derecha cruceña liderada por Luis Fernando Camacho ni las acciones contra el depuesto presidente Evo Morales y la mayoría de la cúpula del Mas boliviano. No dice que el legítimo mandatario haya tenido que pedir asilo a México para preservar su vida. Habla de violencia en abstracto para que eso se interprete como acciones propias del gobierno derrocado y no de la oposición. Después dice que son las elecciones lo que pondrán orden sin señalar que las elecciones en Bolivia ya se realizaron y el candidato masista fue reelecto en primera vuelta. Podría ser discutido el procedimiento pero no se puede obviar que Evo Morales aún cuenta con mandato constitucional por lo menos hasta enero del próximo año.
Por su parte el mandatario estadounidense Donald Trump señaló "Estados Unidos aplaude al pueblo boliviano por exigir libertad y al ejército boliviano por acatar su juramento de proteger no solo a una persona, sino a la constitución boliviana". Luego dirá que no fue un golpe de Estado sino "la voluntad del pueblo". Podrá ser cuestionada la pasada elección realizada en el país del altiplano pero hablar de voluntad del pueblo cuando en las urnas esa supuesta voluntad no pasó del 37 % es una aberración. Trump no dice que Morales gobernó desde el año 2006 ganando elecciones y profundizando una democracia sumamente restringida. "Después de casi 14 años y su reciente intento de anular la constitución boliviana y la voluntad del pueblo, la partida de Morales preserva la democracia y allana el camino para que el pueblo boliviano sea escuchado" dijo Trump a quien habría que preguntar qué lugar ocupa tanto en Ecuador o en Chile "la voluntad el pueblo".
Rayando una posición negacionista el ex candidato a vicepresidente Miguel Pichetto  dijo en referencia al presidente electo Alberto Fernández que "Hay que dejar de comprar todos los conflictos bolivarianos" como si nada sucediera alrededor de nuestro país.

2016/09/27

La proyección geopolítica del continente. ¿Hacia dónde?

(para La Tecl@ Eñe)


Mientras el gobierno de Cambiemos celebra las buenas relaciones con los Estados Unidos como si eso representara un avance civilizatorio y de posibilidades de desarrollo económico, los principales ideólogos norteamericanos como Zwigniew Brzezinski avizoran que la superpotencia está en un momento de declive y que sólo necesitan al patio trasero para dirimir sus principales tensiones actuales.

Con la llegada de Mauricio Macri al gobierno argentino el pasado diciembre, y el viraje que se comenzó a producir en la región suramericana en cuanto a los alineamientos globales, habría que señalar que la nueva configuración emergente aún no es demasiado clara y que tampoco le resultará demasiado fácil acomodarse a un tablero regional en el que no existen liderazgos definidos e inamovibles. La existencia por más de una década de expresiones mayoritariamente enroladas en una agenda con pretensión de autonomía resulta un indicador muy claro de ello. Porque contrariamente a lo que se tiende a pensar, los diferentes gobiernos progresistas no expresan (o expresaron) más que la punta de un iceberg que no alcanzó demasiado desarrollo. Obviamente hay diferencias -a veces pronunciadas- entre las diferentes expresiones y sería muy saludable que países como Bolivia o Ecuador pudieran profundizar lo ya realizado a pesar de enfrentar un contexto regional hoy bastante desfavorable.

En primer lugar hay que señalar que lo acontecido en la región a partir del amanecer del nuevo siglo no es ni el declive ni la culminación del capitalismo. Aunque parezca una perogrullada decirlo, conviene aclararlo. Los gobiernos progresistas venían a desarrollar –tal como alguna vez escuchó quien escribe - la revolución inconclusa de 200 años antes. No se trata de realizar juicios de valor acerca de si está bien o no alterar el régimen de propiedad de los medios de producción sino solamente señalar que lo llevado adelante en primer lugar representó (o representa) más que una socialización de la economía un intento por romper con la estructura dependiente para lanzar un capitalismo autónomo. Que ello produzca mejores condiciones sociales para los sectores populares y principalmente para los trabajadores es harina de otro costal.

La estructura del capitalismo a nivel global tiene un patrón de desarrollo que es desigual, combinado y a saltos por lo que existen extensas zonas del planeta empobrecidas aunque sean ellas las principales productoras de riquezas naturales, contrastadas con regiones altamente industrializadas. Esto significa que un país no se desarrolla porque quiere sino por encontrarse inscripto en una muy rigurosa e injusta división internacional del trabajo.

La posibilidad de saltar de una matriz productiva a otra sólo es posible a partir de los momentos críticos del mundo desarrollado. Los períodos comprendidos durante las dos grandes guerras mundiales, por ejemplo. Pero también fueron las revoluciones socialistas las que alteraron ese patrón de expansión desigual por lo que naciones de escaso desarrollo industrial, como lo eran tanto Rusia como China, pudieron romper en sus límites con un patrón universal. Vale también señalar que estos países abandonaron después de un tiempo la construcción socialista para desarrollar un capitalismo que, bien vale decirlo, sin las revoluciones acontecidas hubiera sido imposible poner en pie economías como las que hoy se exhiben en el concierto mundial.

Esta característica les permitió a esas dos grandes potencias de Eurasia convertirse en nuevos actores globales de relevancia, y mucho más a partir de su accionar al interior del emergente clúster geoeconómico denominado con el acrónimo BRICS.  Consideremos que esta nueva realidad internacional no es para nada ajena al intento de los progresismos latinoamericanos, es verdaderamente constitutiva del mismo. No tenerlo en cuenta podría producir equívocos en el diseño de lo que viene y sobre todo en relación a la incidencia de los EEUU en la región.

Suponer que el denominado “Regreso al Mundo” del que habla el gobierno argentino es idéntico a lo que en los ’90 se llamaron las “relaciones carnales”, nos llevaría a cierto equívoco. Porque el mundo ya no es el mismo e incluso el predominio global de los EEUU hoy no implica algo que pueda garantizarse en el tiempo; pero fundamentalmente porque el alineamiento a la potencia del Norte hoy conlleva mucho mayor peligro que antes. Vayamos por parte.

En los ’90, tras el derrumbe de la Unión Soviética, Zbigniew Brzezinski  afirmaba en su libro “El gran tablero mundial: la primacía americana y sus imperativos geoestratégicos” (1997) que los EEUU coronaban su dominancia planetaria en tanto quien controlara a Eurasia tenía asegurado el poder global. En ese caso un dominio externo a ese prominente y gigantesco continente. Los últimos años parecen indicar que eso no era así  y el estratega geopolítico parece haberlo advertido. Los pergaminos con los que cuenta Brzezinski en el ámbito de la Seguridad de los EEUU son indudables. Este politólogo nacido en Polonia en 1928, desde 1966 formó parte del Departamento de Estado y además de ser la principal consulta del presidente Barack Obama en tema de geostrategia,  fue siempre uno de los más encarnizados diseñadores de la expansión imperial a lo largo y ancho del planeta.

Según expresara el analista y periodista Mike Whitney especializado en temas geopolíticos, Brzezinski “principal arquitecto del plan de Washington para dominar el mundo ha abandonado el esquema y ha pedido la creación de vínculos con Rusia y China”. Esto lo afirma el analista a partir de un artículo publicado en abril de este año por el geoestratega polaco en el periódico The American Interest  y que lleva el nombre de Toward a Global Realignment (Rumbo al realineamiento global).

Según Brzezinski, la irrupción económica de Rusia y China en Eurasia sumada la expansión del terrorismo en los países musulmanes, desbarató la pretendida hegemonía estadounidense en toda esa región. “A medida que termina su era de dominación global, los Estados Unidos tienen que tomar la iniciativa para reajustar la arquitectura del poder global” dice en el artículo, agregando que “Cinco hechos básicos relativos a la redistribución del poder político emergente global y al despertar político violento en el Oriente Medio están mostrando el inicio de un nuevo reajuste global. El primero de estos hechos es que los Estados Unidos continúan siendo la potencia mundial política, económica y militarmente más poderosa. No obstante, teniendo en cuenta las mudanzas geopolíticas complejas en los equilibrios regionales, el país ya no es más el poder imperial global”.

La cautela que expresa hoy Brzezinski, según Whitney -y que seguramente no será acompañada por un virtual gobierno de Hillary Clinton- responde en primer lugar a que ante la posibilidad concreta del surgimiento de un sistema bancario alternativo como podría ser un Banco de los BRICS, ello haría que EEUU corra el riesgo cierto de que se pierda un sistema financiero basado exclusivamente en el dólar.

Hoy la política internacional de los EEUU se mueve en el seno de cierto eclipsamiento de su poderío, lo que no la hace más accesible. Al contrario la vuelve mucho más peligrosa.

La búsqueda de realineamientos en la región que intenta hoy el imperio norteamericano es más bien un apuntalamiento geoestratégico militar y financiero que impida estrechar lazos con los nuevos actores globales. También la promoción de economías sumergidas. El golpe institucional producido en Brasil responde, sin lugar a dudas, a esa línea de acción. Debilitar al Mercosur impidiendo que Venezuela asuma la presidencia pro témpore es otra muestra de ello, pero principalmente imponiendo unilateralmente en nuestros países su agenda contra el terrorismo y el narcotráfico que no hace más que entregar el control de las fuerzas de seguridad a su completa tutela. Para decirlo de forma simple, a los EEUU no les importa venir a invertir en producción sino venir a insertar a la DEA dentro de las policías y controlar la agenda de Seguridad.

Berisso, 21 de septiembre de 2016


2016/05/23

Algunas ideas sobre ¿Qué hacer?

Si algo se esperaba de los diferentes gobiernos progresistas de la región, no era por cierto la revolución socialista. Pecan de ingenuos algunos izquierdistas criticando eso,  a esos gobiernos. Lo que si podía esperarse era la posibilidad concreta de romper definitivamente con la dependencia capitalista. La división internacional del trabajo condenó a la región a ser nada más que un exportador calificado de materias primas diversas. Es justamente ese rol el causante del atraso estructural relativo. Las diversas expresiones  “nacional- popular” y progresistas, no sólo en el ciclo que concluye, sino también en ciclos anteriores aprovecharon las crisis del mundo desarrollado sin poder generar condiciones para el tiempo posterior. Hoy nos queda saber si los gobiernos de Bolivia y Ecuador son capaces de revertir esa tendencia a partir de la acumulación realizada en un tiempo favorable.

Plantear un programa alternativo a sabiendas de un ciclo concluido debe tener mucha inventiva, y no puede ser hecho por una persona o una organización, debe incluir diferentes actores sociales e incluso tener propuestas muy concretas para ganar a sectores difíciles como es la denominada “clase media”, que se fue convirtiendo en un actor decisivo por su rol de arbitraje.
Romper con el capitalismo dependiente en la Argentina como en el resto de Latinoamérica es casi lo mismo que plantear el cambio de la matriz productiva. Es un desafío muy grande porque ataca de frente al desarrollo desigual y combinado presente en el planeta.  Un posible gobierno de izquierda debiera atacar los privilegios de los sectores más comprometidos con la dependencia. Justamente el gobierno de Cambiemos lo que hizo fue favorecer a las mineras y exportadoras de materias primas agropecuarias, quitándoles las retenciones. Fuertes retenciones a esos sectores incluso ahogándolos debiera ser una política progresiva.

El surgimiento de un sector muy fuerte de la economía social y autogestiva, debiera ser acompañado fuertemente por el Estado, e incluso lograr que sea en algunos casos el relevo lógico de una burguesía lumpen y deficitaria. La recuperación de empresas por parte de los trabajadores en la Argentina es una muestra palmaria de ello.

Las derechas hicieron de la lucha contra la inseguridad y el narcotráfico, un estandarte para socavar la legitimidad de los gobiernos progresistas. Sabiendo cuáles son los mecanismos y los intereses presentes en esos flagelos, es impensable que la derecha pueda erradicar algo que es parte de sus mismos intereses. Todo lo concerniente a las economías sumergidas (trata, narco, armas, delito) son otras formas de acumulación de capital, complementarias de la acumulación legal. La corrupción generalizada en las fuerzas de seguridad son parte de un problema que no podría resolverse manteniendo fuerzas que organizativamente y culturalmente vienen de los tiempos oscuros de las dictaduras más sangrientas. Las guerras santas promovidas por los EEUU no hacen otra cosa que monopolizar lo que supuestamente combaten. Una verdadera lucha contra la delincuencia organizada no puede ser desarrollada más que por las izquierdas, incluyendo a las organizaciones sociales en el control territorial.  

Una profunda lucha cultural e ideológica contra el más exacerbado consumismo, debe ser otra pata principal. Promover un nuevo sentido común apoyado en filosofías del Buen Vivir, es algo que puede lograr alcanzar a las diferentes clases sociales. El medio ambiente, la alimentación saludable, la actividad física son incluso hoy ítems que convocan más a los sectores medios que al resto de la sociedad.

Otra vez ¿Qué hacer?

Hoy resulta bastante difícil hacer un planteamiento político suscrito a una alternativa de izquierda posible. Los diferentes gobiernos progresistas de la región se apoyaron principalmente en la redistribución de la riqueza generada por el boom de los commodities.

Que ese ciclo económico haya concluido no significa que debe dejarse que las derechas neoliberales desmantelen cualquier condición objetiva propicia para que los sectores populares avancen hacia una sociedad más justa. No resulta casual -por ejemplo en la Argentina- que el progresismo saliente hoy no sea una alternativa de resistencia.  Ello se debe a que fundamentó casi toda su política en esa palanca positiva que propiciaba un ciclo económico favorable. La industrialización de la ruralidad y de la minería, como paso para salir de una economía principalmente exportadora de materias primas para transformar la matriz productiva, no se produjo. Hoy ya resulta mucho más difícil esa tarea.

Hoy debiera plantearse en las izquierdas y el progresismo, un ¿Qué hacer? Que exceda la resistencia, y que le brinde a las masas populares una alternativa cercana y viable, que no ilusione con paraísos utópicos. Sin dudas no se trata de plantear que la alternativa es la revolución socialista y la dictadura proletaria. No porque se reniegue de ello, sino porque en la realidad actual no existen indicios objetivos que permitan plantear eso seriamente. No tememos ser tachados de reformistas, ya que el reformismo es condenable cuando se ofrece como alternativa, estando la revolución a la orden del día. Las diferentes organizaciones de izquierda que hacen de la revolución socialista un absoluto, no muestran en la práctica nada más que una labor sindical de resistencia, acompañada del fortalecimiento de aparatos burocráticos, que en no pocas excepciones son lugares de privilegio. En eso no se diferencian demasiado de los diferentes partidos que ellos tildan de burgueses. A las masas obreras y populares a las que se pretende representar también hay que brindarles alternativas cercanas, no solamente futuristas. Una estrategia que se priva de tácticas inmediatas es una desviación conocida como estrategismo. 

2016/05/16

¿Fin de un ciclo?

Promediando la segunda década del Siglo XXI, es posible avizorar que la tendencia que se vino desarrollando los últimos 15 años en la región suramericana, comienza  a declinar. Hubiera sido mucho más satisfactorio intentar explicar esa coyuntura específica, un quinquenio antes, cuando aún cierta esperanza existía en que ciertas inercias que se produjeron durante algunos ciclos anteriores del siglo pasado y con similares características, pudieran revertirse. Contextos de crisis y recomposición del mundo Occidental marcaron las oportunidades y los derroteros de las naciones de la región. La cuestión a abordar es si existen hoy algunos rasgos de excepcionalidad con respecto a fases anteriores, mucho más teniendo en cuenta que es en comparación de todos los procesos anteriores el de mayor duración en el tiempo, y tal vez el que mayor expectativas generó entre los analistas más escépticos.
Latinoamérica, en general y Suramérica en particular presentan datos de importancia en relación a cierta estructura económico social predominante, y que en términos generales podemos denominar como capitalismo dependiente. En un análisis que debiera ser lo más exhaustivo posible, pero que aquí será el mínimo indispensable habría que precisar que hay puntos nodales que caracterizan a la región.
Exportador de materias primas, cuestión agraria irresuelta, escaso desarrollo industrial y pobre generador de conocimientos científicos y técnicos. Es uno de los lugares claves del planeta para la exportación de commodities hacia el resto del mundo, así fue condenado por la división internacional del trabajo. Suramérica es el mayor reservorio natural del planeta, con la más variada biodiversidad.
La burguesía latinoamericana, nunca se caracterizó por tener una posición progresiva o desarrollista. Formada principalmente como entidad comercial, es la intermediaria entre los grandes productores de commodities y los compradores y vendedores internacionales.
Para tener certezas sobre lo que sucede a nivel de la sociedad suramericana, debiera estudiarse minuciosamente el desarrollo de sus formaciones económico- sociales desde la conquista hasta la actualidad. La conformación de los diferentes rasgos estructurales objetivos, debiera estar realizada  con la precisión y las certidumbres que ofrecen “las ciencias exactas o físicas”.
Realizar el estudio mencionado, no es nuestra tarea, al menos por hoy, ya que excede considerablemente las posibilidades concretas de poder hacerlo. Tampoco se intentará hacer un trabajo de tinte académico, nada más lejano a nuestros intereses. Si bien somos partidarios de establecer la mayor rigurosidad teórico- conceptual e intentar que esto pueda estar sujeto a comprobaciones de tipo científico, lo que bien vale señalar es que se trata en primer lugar de un trabajo que debe –al menos es su primera intención- servir de marco de reflexión y comprensión de las prácticas que llevan adelante los diferentes movimientos sociales y organizaciones políticas que se pronuncian por las transformaciones sociales: buena parte de lo que se escribirá es el resultado de esas experiencias; tanto del activismo social, sindical, y campesino; como también de las gestiones denominadas progresistas y de las militancias políticas de base. Las hipótesis que se esbozarán en este trabajo, no son ni neutrales ni inocentes, obedecen a cierto posicionamiento tanto político como teórico. Una posición comprometida, y que por otro lado se inscribe (o intenta hacerlo) dentro de los parámetros conceptuales del materialismo histórico, entendido por quien escribe como una herramienta con alto grado de cientificidad acerca de los procesos de transformación social que se producen en una formación dada. Hablar de intentos se justifica en la posibilidad concreta de producir desviaciones propias a dicho campo teórico- práctico, como podrían ser el dogmatismo, el economismo, etc.
En la actual situación del capitalismo global, lo que tal vez haya desaparecido como alternativa para los trabajadores y los sectores populares, es la posibilidad de ruptura total del andamiaje estructural del sistema, para que dé comienzo desde ahí la construcción de una nueva sociedad. Sin dudas, ello es un logro bastante considerable de la estrategia defensiva de las fracciones sociales que para sobrevivir necesitan de la reproducción de la plusvalía. Decimos fracciones en lugar de burguesía, porque es probable que catalogándola como un todo homogéneo nos privemos de entender las principales cualidades de ella. Que se haya roto el paradigma de las rupturas, no implica que no se pueda hacer nada por el bienestar de las mayorías. Lo que hay que saber es que lo que sí será posible, necesariamente estará enmarcado en esas coordenadas. Esto tiene singular importancia en la actual realidad latinoamericana.
Hoy asistimos a múltiples tensiones, que en última instancia están determinadas por la contradicción capital- trabajo, pero que por cierta lógica divergente siempre se tensan en planos disociados. Los principales enfrentamientos a nivel planetario se producen entre fracciones que necesitan de la apropiación privada de la producción social. Es así como el tránsito desde la unipolaridad a la multipolaridad no representa más que la agudización de las diferentes contradicciones intercapitalistas. Cambios en las relaciones de fuerzas, formación de nuevos bloques tácticos, búsqueda de ocupación de zonas estratégicas, incremento de la competencia, búsqueda de nuevos liderazgos, irrupción de nuevos actores globales, etc. Esto se produce en simultáneo, con el desarrollo de economías negras o sumergidas (narcotráfico, trata, paraísos fiscales, etc.) que en lo aparente tienen existencia separada, pero que se complementan o son parte de un mismo todo, en el cual la acumulación capitalista se vuelve compleja. En ese escenario global cobran vigencia las guerras en lugares estratégicos (Oriente próximo, el Cáucaso), la demonización de ciertas naciones, y el desarrollo de guerras santas como las que se hacen contra el terrorismo y el narcotráfico.
Con lo antedicho se verá que lo que se intenta sostener como posibilidad de transformación social en lo acontecido desde inicios del siglo, no es la revolución como fuera planteada a partir de octubre del 17, sino algo diferente, que tal vez nunca haya sido conceptualizado de forma que permita desligar viejas controversias de la izquierda, entre posiciones revolucionarias o reformistas. Por lo demás la década del 90 implicó un serio retroceso en cuanto a poder vislumbrar de forma concreta un cambio revolucionario tal como se conocía anteriormente. Mucho se hizo hincapié en que la gran derrota fue antes que nada ideológica, que se dieron por tierra con todos los relatos emancipatorios, y que había triunfado el pensamiento único. No caben dudas de que eso sucedió, que se generó un nuevo sentido común que privilegiaba el individualismo y que se impusieran frases paradigmáticas como “Sálvese quien pueda” y “Hace la tuya”. Para establecer una línea de demarcación vamos a señalar que no hay derrota ideológica si no se produce de forma simultánea una derrota política y social, que carcoma objetivamente las bases concretas de la posibilidad del cambio social. Eso tal vez sea lo menos estudiado del ciclo del ajuste. Sí se hizo bastante hincapié en la cuestión referida al rol del Estado, a la Deuda Externa, a los procesos privatizadores y a la desregulación de los mercados; pero cuando hacemos referencia a la base objetiva carcomida, pensamos principalmente en las condiciones objetivas necesarias para una ruptura revolucionaria. Mucho se ha hablado, principalmente en esos tiempos de resistencia a los ajustes, de la caída de la clase obrera como sujeto de las transformaciones. Y vale señalar que ello en primer lugar fue un debate entre los sectores activistas de entonces. Muchos comenzaron a pregonar la sustitución por los movimientos sociales, otros teorizaron un sujeto Pueblo, y bien vale decir que con las crisis de fin de siglo y comienzo de éste, por ejemplo en Ecuador, Bolivia y Argentina, ese debate continuó. El ajuste produjo grandes índices de desempleo, y la caída del rol del Estado generó nuevas teorías que daban por tierra con la lucha de clases. Entonces se podía escuchar hablar de excluidos.
También existieron grupos marxistas que a comienzos del siglo, llegaron a sostener que un posible cambio en el modo de acumulación capitalista podía reestructurar objetivamente a la clase obrera. Son largos debates, a los que nos referiremos a lo largo de este trabajo, pero principalmente en relación a las experiencias que fueron desarrollándose. Lo que se intenta señalar es que ante la irrupción de los gobiernos denominados progresistas en la región, no era que contábamos con un gran entusiasmo, sino más bien los veíamos con gran escepticismo, e incluso nunca se desechaba una tibia sospecha de ser opciones para apagar el fuego. Lo que sí fue generando un gran entusiasmo, aunque no inmediato, fue la posibilidad concreta de que estos gobiernos y la integración continental pudieran lograr lo que hasta ese momento era una deuda pendiente de dos siglos. Romper la dependencia y el atraso relativo, no significaban la revolución socialista obviamente, pero en un contexto de crisis internacional, y ante demandas históricas de las sociedades suramericanas, no eran para nada objetivos para ser desdeñados y tildarlos como trampas del sistema para engatusar a los pueblos. En un contexto general de debilitamiento estructural de la clase obrera, el surgimiento de líderes y movimientos populares que reflotaban viejas banderas antiimperialistas representaba un dato sobresaliente. También invitaba a revisar experiencias anteriores, intentando saber en qué habían fallado, y qué se podía hacer para no caer en derrotas similares. Todas las experiencias no eran iguales, pero que se dé un consenso generalizado en avanzar hacia la unidad regional, violentando la voluntad imperial, expresada por rancios derechistas locales, era el paso más importante, más allá de las particularidades nacionales.
Otra razón por la que los nuevos gobiernos progresistas tardaron en ser comprendidos cabalmente fue que las alternativas de izquierda o centroizquierda que habían llegado a ser gobierno, hasta entonces no habían hecho más que reproducir las viejas prácticas de los partidos tradicionales, y el enrolamiento con posiciones socialdemócratas, cuando no alineadas directamente a la internacional socialista, les quitaban algún tipo de entusiasmo a todos aquellos que o eran partidarios de una izquierda clásica, o que los que se volcaron a desarrollar construcciones sociales de base, al margen de estructuras partidarias. Los 90 mostraron que las variables socialdemócratas no eran muy diferentes de las derechas más rancias en cuanto a llevar adelante a rajatabla el ideario neoliberal. En ese contexto la irrupción de una figura como Hugo Chávez fue por algún tiempo bastante incomprendida tanto  por la izquierda más dura, como inclusive por variantes progresistas que por ese entonces aún eran oposición. 
El nuevo escenario comenzaba a perfilarse promediando la primera década del siglo, cuando en la Cumbre de Mar del Plata se le dijo No al Alca.  La llegada al gobierno de Evo Morales en Bolivia, y un año después de Rafael Correa le daban nuevos aires al continente, y eso inclinaba un poco más a la izquierda a gobiernos más de centro. La conformación de la Unasur implicó un paso decisivo en el nuevo mapa regional y global.
Lo que sí hay que tener en claro, con respecto a la llegada de los diferentes gobiernos progresistas, es que en mucho de los casos no fueron entendidos por la ortodoxia marxista. Casi todas las variantes del trotskismo no dejaron nunca de catalogar a estos gobiernos, como coartadas del sistema para impedir el avance de las luchas obreras y populares. Si bien se impuso la denominación Socialismo del Siglo XXI e incluso Socialismo del Buen Vivir, habría que precisar que estos gobiernos lo que intentaron (o intentan), es desarrollar -más que una sociedad proletaria- un capitalismo que rompa con la dependencia, el atraso relativo y las grandes desigualdades.
Desarrollar ciencia y tecnología, realizar obras de infraestructura y principalmente liquidar una estructura agraria enajenante, para dar paso a un desarrollo industrial sostenido, más que parecerse a una revolución socialista es realizar una deuda pendiente que las naciones americanas tienen hace dos siglos. Esto no invalida que en algunos países se desarrolle considerablemente el movimiento de masas, en cuanto a participación y poder de decisiones, que puedan producir en el mediano plazo un pasaje hacia sociedades mucho más horizontales, y en donde fuera posible desarrollar nuevas relaciones de producción. Un planteo de esta índole no encuadra en ninguna ortodoxia, sin dudas; pero formularlo implica no descuidar ningún flanco teórico, ya que no es posible avanzar demasiado con líneas de acción enmarcadas en conceptualizaciones precarias. No comprender qué es lo que está en juego, impide la perspectiva y genera condiciones para la restauración conservadora. Eso es lo que se está viendo en estos momentos en algunas naciones de la región, en donde las fuerzas progresistas comienzan a flaquear en cuanto a la consideración popular. Lo que hay que entender es que cuando se pone en marcha un proceso de cambio, ya no se puede retroceder, hay que llevarlo hasta las últimas consecuencias. La experiencia histórica demuestra que cuando ello no se hace de esa forma, los retrocesos son muy dolorosos para los sectores populares.  
De todas formas es importante señalar que en el transcurrir de las coyunturas propias a las formaciones económico- sociales, no es posible suponer como se hizo desde cierto dogmatismo conceptual, una linealidad histórica que conduciría inevitablemente a una sociedad mejor. La observación de los trayectos recorridos no admiten ese optimismo, más bien resaltan la necesidad de ser lo más rigurosos posibles con el análisis, y no caer en visiones de la realidad que no son más que proyecciones de ideas cargadas de religiosidad.
Immanuel Wallerstein en una entrevista que le hiciera en 2009 el periódico español Diagonal, afirma que para leer correctamente la coyuntura histórica es necesario ver en ella los elementos de continuidad y de ruptura, lo normal y lo excepcional. Según el intelectual norteamericano, en ese año lo normal era el colapso del modelo especulativo, coincidente con una Fase B de los ciclos de Kondratiev, que son los que describen las dinámicas de largo plazo de la acumulación capitalista, mientras que lo excepcional es la transición que desde los ’80 se viene produciendo entre el sistema- mundo capitalista hacia otro tipo de formación histórico- social. La crisis coyuntural se enlazaba así a una crisis estructural, que en los próximos 30 años desembocaría en una salida del actual sistema- mundo. La recesión desatada con la crisis inmobiliaria, a diferencia de crisis anteriores hace colapsar el sistema- mundo vigente, señalaba por ese entonces Wallerstein. Lo que no sería posible definir con ninguna certeza es qué clase de sociedad es la que se vendrá en un lapso de tres décadas. Según IW ella será el resultado de la confrontación entre dos modelos diferentes, con un final abierto, político, que a trazos muy gruesos identifica como el resultado del enfrentamiento entre “el espíritu de Davos” y “el espíritu de Porto Alegre”.
IW resalta la necesidad de aprovechar esa transición para construir tanto un nuevo  modelo productivo como civilizatorio, ya que se corre el riesgo global de llegar a un mundo ecológicamente destruido e insostenible en el cual se encuentre en peligro la supervivencia humana.
En referencia a esas afirmaciones es bueno señalar que el interrogante surge en cuanto a cómo será el cambio de sistema- mundo, y si en las coordenadas actuales del capitalismo es posible ver algunos gérmenes de la nueva formación histórico- social. Marx señalaba que cuando aún era predominante el modo de producción feudal, ya habían surgido los cimientos de la sociedad capitalista. La burguesía hizo un recorrido previo a la conquista del poder y la imposición de una nueva formación social. El capital se fue desarrollando paulatinamente en la vieja sociedad.
En la teoría y la práctica del salto revolucionario, desarrollado en primer lugar por Lenin, ya no se trataba de la prosecución de una tendencia que se había desarrollado en la vieja sociedad, sino de un cambio en la propiedad de los medios de producción para desde ahí iniciar un tránsito ininterrumpido hacia la sociedad sin clases. Sí se trataba en todo caso del desarrollo de un sujeto social (el proletariado) que se había desarrollado en la vieja sociedad, aunque en las diversas experiencias revolucionarias lo que se pudo constatar era que se habían constituido diferentes bloques político- sociales, conformados por alianzas de clases populares, en las cuales el proletariado tuvo la hegemonía, pero que nunca fue, la única clase en juego.
Hoy pensar una alternativa teniendo como referencia la dicotomía planteada por Wallerstein, implica caracterizar los elementos tanto revolucionarios como reaccionarios de ruptura con el actual sistema mundo, que sin dudas ya existen y son esas clases sociales y fracciones de clase que tensan las diferentes contradicciones de la actual sociedad; y a partir de ello prever que posibilidad tienen de convertirse en actores protagónicos de las luchas que se vienen.
Si bien podría considerarse a la primera década de este siglo como una coyuntura de avance social en Latinoamérica, hay que precisar que la misma de da en un contexto de retroceso general a nivel planetario, en donde se imponen movimientos de resistencia global. Una hipótesis que no sería descabellada, es la de sostener que el avance mismo que se dio en el continente no sea más que un modo de resistencia avanzada, inclusive en países en los cuales esa resistencia alcanzó incluso a gobernar. En un escenario cada vez más globalizado, sin la construcción de sólidas coaliciones multilaterales, es imposible transformar mínimamente algo del contexto nacional. Por esta razón resulta importante el avance de organismos como Unasur, Celac, Alba, Mercosur, etc.
Experiencias avanzadas como las de Bolivia y Ecuador, tendrán nuevos desafíos en los años venideros, debido a un cierto retroceso en las experiencias progresistas en los países más grandes de la región. Es verdad también que los movimientos sociales y políticos de esos países, tendrán que rediseñar las formas de resistencia si se pretende que todo lo acontecido desde los albores del siglo se pierda. Una tarea enorme es no permitir un retroceso objetivo, que lleve a cero todas las condiciones logradas en ese tiempo, que permitían líneas de profundización. Por esta razón resulta necesario rastrear los principales rasgos coyunturales de avance, y de igual forma esos rasgos estructurales, que no pudieron ser abordados y quedaran como flancos endebles. Ya que será justamente en ellos donde las nuevas derechas intentarán concentrar sus esfuerzos para impedir que pueda haber un cambio sustancial en la estructura dominante establecida desde los tiempos de la colonia. Porque esa estructuración social nunca fue abolida, tuvo variaciones y cambios de comandos, en coyunturas especiales. Cuba resulta una excepción a esa regla, y se espera que tanto Bolivia como Ecuador puedan mantener el rumbo actual, aunque como se señalara anteriormente tampoco tiene un buen pronóstico el hecho de intentar profundizar fronteras adentro si se produjera un aislamiento. Tal vez sea una tarea de los movimientos sociales y políticos liberadores del continente apoyar fuertemente y rodear de solidaridad a esas experiencias de gobiernos de avanzada.
Es importante señalar que la experiencia latinoamericana reciente se produce en un momento de desarme teórico de la izquierda marxista a nivel planetario, y que por esta misma razón no es que haya habido teorizaciones previas al respecto, que permitieran que las experiencias llevaran adelante un programa ya preestablecido. Por esa misma razón es que cada experimento, se desarrolló en forma singular, partiendo de sus propias particularidades, aunque existieran sí tanto cuadros como intelectuales con óptima formación tanto teórica como práctica. Esto posibilitó la sistematización rigurosa de algunas experiencias, como es el caso de lo realizado por Álvaro García Linera en Bolivia. Es verdad que existieron previamente foros internacionales como el Foro Social Mundial o en el caso regional, el Foro de Sao Paulo en los cuales se fueron desarrollando algunas líneas conceptuales acerca de las experiencias progresistas, aunque se podría afirmar que la irrupción de los gobiernos de ese signo, marcaron una cierta ruptura con ello. Fue importante el aporte del Foro de Sao Paulo, en cuanto a las luchas de oposición de los partidos de izquierda en los 90, e incluso en cuanto a algunas experiencias de gestión municipal, llevadas adelante principalmente en Brasil por el PT y en Uruguay por el Frente Amplio.
De la última década del siglo pasado lo que si se debiera tener en cuenta, no tanto por las prácticas de gobierno, sino por cómo reconfiguró el modelo de organización social de base, fue la experiencia de los neozapatistas en el estado mexicano de Chiapas.  Fue un modelo que a partir del ’94 tuvo un gran impacto en las organizaciones sociales de base e incluso en las organizaciones políticas de la izquierda. Era el tiempo en que las ideas de izquierda estaban cuestionadas a nivel global, por lo que la experiencia zapatista alcanzó un gran relieve, en tanto que además de cuestionar al pensamiento único neoliberal, servía como borde de cuestionamiento autocrítico de la izquierda misma.  En estos movimientos surgidos en la base misma de la sociedad, se fue generando la principal resistencia a la década del ajuste neoliberal, y fueron esas mismas organizaciones en mucho de los casos, las principales bases de apoyo para la construcción de nuevas fuerzas políticas alternativas, como también de la renovación de otras. 
El surgimiento en Latinoamérica de gobiernos denominados progresistas, indudablemente tuvo que ver con un ciclo económico crítico para las principales economías mundiales. Un ciclo que pareciera estar llegando a su fin. Sin dudas un período más extenso que otros como fueran los comprendidos durante las dos guerras mundiales. Pero si existe hoy alguna diferencia sustantiva, habría que precisar que el capitalismo occidental no resolvió esa crisis, sino que lo que también entró en crisis, es el capitalismo emergente (representado principalmente por los BRICS) que tuviera un singular desarrollo a partir de la crisis del primero. La caída global del precio de los commodities afecta a todas esas economías que sostenidas en la exportación de las mismas pusieron el centro en darles otra utilidad a los excedentes. El actual viraje político que se viene produciendo en la región, si bien tiene como base el fracaso del modelo redistributivo y la impotencia por cambiar la matriz productiva, el mismo  tiene más que ver con una recomposición de la autoridad del Imperio, que con una salida efectiva a las cuestiones económicas planteadas.


2016/04/18

El límite de lo posible

Dilma
En el juego de la democracia (burguesa, ya que no hay otra) los límites del cambio social siguen estando atrincherados en el monopolio de la fuerza. Ningún gobierno progresista puede ir más allá de esos límites, si no carcome con la fuerza del pueblo organizada, la fuerza que le oponen a los cambios. Hoy no existe otro escenario posible, pero el gran error es suponer que en el existente se puede transformar de raíz la sociedad. Haber cambiado las constituciones –para los gobiernos bolivarianos- fue un paso importante. Mientras tanto las derechas avanzan sobre las mismas reglas de juego que fueran construidas por las clases sociales a las cuales representan.

2016/01/26

La inevitable ausencia de Macri en la cumbre de la Celac

La deserción del presidente Mauricio Macri a la cumbre de la Celac, que tendrá lugar mañana miércoles en Quito, abrió una serie de conjeturas y suspicacias algo desopilantes. Según se informó el presidente argentino no viajará a Ecuador por razones de salud. Por esa misma causa no tendría que haber viajado a Davos y tampoco a Córdoba en el día de la fecha. El diagnóstico es el mismo, la fisura de una costilla.

Algunos salieron a decir que lo que Macri intentaba eludir era la inevitable confrontación con el mandatario de Venezuela Nicolás Maduro. "O nos respetamos todos o se acaban las reglas de juego en esta batalla por la nueva América y la nueva historia. Así se lo digo al presidente de Argentina que viene agrediendo a Venezuela: O nos respetamos todos o se acabó esta historia. Respeto a Venezuela, respeto a la patria de Bolívar" dijo Maduro el pasado fin de semana. Otros fueron más lejos señalando que a Macri le brotó el miedo, y que tampoco quería ver la estatua de Néstor Kirchner presente en la sede de Unasur situada en el distrito quiteño de la Ciudad de la Mitad del Mundo.

Lo que Maduro debiera revisar es este señalamiento de “batalla por la Nueva América y la nueva historia”. Si bien Mauricio Macri se pronuncia por la novedad y el cambio, su modelo continental no es precisamente el de una Nueva América. Lo que tanto Macri como la mayoría de la derecha continental propician es el retorno a la Vieja América. Existen salvedades como la que representa con ciertas ambigüedades el presidente colombiano Juan Manuel Santos, pero no son la regla general.

Más que intentar explicar la ausencia de Macri, por temor o por la presencia de estatuas; habría que saber que en la Vieja América, organismos como la Celac o la Unasur, estarían de más. Si en la región se está produciendo un viraje a la derecha es probable que en pocos años esos organismos tiendan a desaparecer.

2015/12/22

El debut de Macri en el Mercosur

El debut de Mauricio Macri en el escenario internacional, no fue como él lo esperaba. No midió que la participación en una cumbre de presidentes, en este caso del Mercosur y socios, no es lo mismo que ir a la mesa de Mirtha Legrand, en donde se pueden vociferar algunas perogrulladas ideológicas y la señora junto al resto de los comensales (invitados a su medida) le hagan un coro de adulaciones.

Dijo Macri en el Mercosur "Pido por la pronta liberación de los presos políticos en Venezuela. No puede haber persecución ideológica". Antes de asumir como presidente había dicho que iba a pedir la suspensión del país caribeño del mercado común, cosa que después retrotrajo. La respuesta de la canciller venezolana Delcy Rodríguez fue contundente: “Señor Macri, usted está cometiendo actos de injerencia sobre los asuntos de Venezuela, usted está defendiendo a Leopoldo López expresamente, defendiendo la violencia política, porque fueron usadas hasta bazucas en las manifestaciones durante el año 2014 en Venezuela”, dijo, agregando luego que “en Venezuela existen poderes públicos independientes que deben ser respetados con la comunidad internacional, si es que realmente respetamos los principios que fundamentan los principios del derecho internacional público, como la no injerencia en los asuntos internos, la autodeterminación de los pueblos y la igualdad soberana de los Estados”. También invitó al diálogo sincero en el tema de los derechos humanos (DDHH): “Si vamos a hablar de DDHH de forma franca como lo pidió el presidente Macri, tenemos que hacerlo sin doble moral. No podemos hablar de DDHH para defender a los violentos causantes de terrorismo y para penalizar o criminalizar las protestas sociales”.

Lo que Macri obvió, y seguramente no por desconocimiento es que Leopoldo López, presunto preso político, en su expediente figuran: instigación a delinquir, intimidación pública, daños a la propiedad estatal y homicidio intencional calificado. El presidente argentino llegó a una instancia multilateral con los mismos brincos con los que lo hacía el ex presidente colombiano Álvaro Uribe. No está de más recordar que el actual mandatario colombiano Juan Manuel Santos enrolado sin dudas en un perfil ideológico de derechas, entendió perfectamente cómo debían ser las relaciones entre países vecinos, y rápidamente restableció la diplomacia con Venezuela y Ecuador, y se sumó al bloque suramericano con verdadero espíritu de  confraternidad. La famosa “confrontación” y división de los argentinos que Macri le reprochara al gobierno saliente, es pareciera lo que él lleva al escenario internacional.

Lo que se espera en la Argentina es que los dichos del presidente de que no haya “persecución ideológica” se cumplan. No sea cosa que algún mandatario pida luego que la Argentina sea excluida del Mercosur

2015/11/26

¿La apuesta de Macri es contra Venezuela?

Si existió un aspecto bastante interesante en cuanto a la política de comercio exterior de la República Popular China en los tiempos de Mao, fue que esa nación comerciaba con todas las naciones del mundo o al menos eso intentaba. Lo que ellos no comerciaban con cualquiera era lo concerniente a armamentos. En eso se diferenciaban de la ya desaparecida Unión Soviética que sí les vendía armas a países en donde gobernaban lo que para ellos eran burguesías nacionales progresivas, pero no tenían por su parte relaciones comerciales fluidas con el resto de las naciones. La política de comercio exterior siempre que le dé ventajas a un país, en tanto posibilidad de adquirir lo que no se puede producir localmente y exportar en condiciones favorables, no debe tener como límite los presupuestos ideológico- políticos de las naciones entre las cuales se comercia. La dictadura cívico- militar argentina en tiempos de Videla y Viola tenía como gran destino comercial a la ex URSS  en cuanto a la exportación de granos. A nadie se le ocurriría suponer afinidades ideológicas entre dichas partes. La existencia actual de un clúster económico como son los BRICS, no supone necesariamente coincidencias de tipo ideológico, sino razones económicas como contar todos esos países con la característica de ser las principales economías emergentes del planeta. Brasil, Rusia, China, India y Sudáfrica tienen antes que nada coincidencias económicas, sabiendo que una competencia furiosa entre ellos los llevaría a una hecatombe.

Esta pequeña introducción es para comprender parcialmente la posibilidad efectiva que el presidente electo de la Argentina Mauricio Macri cuenta  para lograr la suspensión de Venezuela del Mercosur. En todo caso también poder leer entre líneas qué es lo que se intenta hacer con ello. El Mercado Común suramericano, tiene dos socios principales. Sin Brasil y Argentina sería poco probable que tuviera supervivencia en cuanto a su razón principal., que es ser una zona de libre comercio y cooperación económica entre partes. Está integrado como ya se sabe además de los dos grandes gigantes continentales, por Uruguay, Paraguay, Venezuela y Bolivia (en proceso de adhesión). De todos esos socios sin dudas están los que tienen un valor significativo por ser grandes proveedores de energía además de Brasil y la Argentina.

Excluir a Venezuela se basa en prejuicios ideológicos y no en razones económicas, pero también atenta contra la excelente relación con Brasil, que no solamente es un socio comercial privilegiado de nuestro país en cuanto a la región, sino como lugar de apertura a las economías emergentes del mundo. El problema es si el intento de excluir a la nación bolivariana no lleva implícito debilitar las relaciones con Brasil. 

Resulta igual saber si en realidad no es todo esto, una mera apuesta propagandística de Macri; mucho más teniendo en cuenta que su padre es el principal empresario argentino con ligazón a los negocios con la economía china, que tiene en Brasil a su principal socio comercial de la región.

2015/10/17

Faltaría otra vuelta de tuerca

En la actual situación del capitalismo global, lo que tal vez haya desaparecido como alternativa es la ruptura total del andamiaje estructural del sistema, para dar comienzo a una nueva sociedad. Sin dudas, ello es un logro bastante considerable de la estrategia defensiva de las fracciones sociales que para sobrevivir necesitan de la reproducción de la plusvalía. Decimos fracciones en lugar de burguesía, porque es probable que catalogándola de esa forma nos privemos de entender las principales cualidades de ella. Que se haya roto el paradigma de las rupturas, no implica que no se pueda hacer nada por el bienestar de las mayorías. Lo que hay que saber es que lo que sí será posible, necesariamente estará enmarcado en esas coordenadas. Esto tiene singular importancia en la actual realidad latinoamericana.

Hoy asistimos a múltiples tensiones, que en última instancia están determinadas por la contradicción capital- trabajo, pero que por cierta lógica divergente siempre se tensan en planos disociados. Los principales enfrentamientos a nivel planetario se producen entre fracciones que necesitan de la apropiación privada de la producción social. Es así como el tránsito desde la unipolaridad a la multipolaridad no representa más que la agudización de las diferentes contradicciones intercapitalistas. Cambios en las relaciones de fuerzas, formación de nuevos bloques tácticos, búsqueda de ocupación de zonas estratégicas, incremento de la competencia, búsqueda de nuevos liderazgos, irrupción de nuevos actores globales, etc. Esto se produce en simultáneo, con el desarrollo de economías negras (narcotráfico, trata, paraísos fiscales, etc.) que en lo aparente tienen existencia separada, pero que se complementan o son parte de un mismo todo. En ese escenario global cobran vigencia las guerras en lugares estratégicos (Oriente próximo, el Cáucaso), la demonización de ciertas naciones, y el desarrollo de guerras santas como las que se hacen contra el terrorismo y el narcotráfico.

La exacerbación de las tensiones entre fracciones capitalistas es la matriz formal y fáctica de la guerra. Eso es lo que Lenin pudo constatar ante la irrupción de la primera gran guerra europea hace poco más de un siglo, y que fue lo que le permitió -a contramano de toda la marea socialdemócrata de entonces- ver la posibilidad concreta de la ruptura revolucionaria.

Si desde los albores del nuevo siglo en nuestro continente se fueron dando algunos cambios, que torcieron cierta inercia estructural de larga data, fue principalmente por la existencia de un nuevo escenario global, y por la clara visión de algunos líderes, como el desaparecido Hugo Chávez. La insurgencia neozapatista de enero del ’94 ya había inaugurado una revolución molecular en el seno de los diferentes movimientos sociales de la región. Es probable que haya que producir una nueva vuelta de tuerca.

2015/09/24

2 noticias de importancia regional. "MarParaBolivia" "PazEnColombia"

Esta semana se conocieron 2 noticias del ámbito suramericano, que no son para desdeñar. Cuentan ambas de singular relevancia. Que en La Habana el presidente colombiano Juan Manuel Santos se haya dado un apretón de manos con el líder de las Farc Rodrigo Londoño, alias “Timochenko”, para fijar un tiempo límite para alcanzar el definitivo acuerdo de paz; y que hoy la Corte Internacional de Justicia (CIJ) haya emitido un fallo en el cual se rechaza la postura de Chile, y abre posibilidades concretas para que Bolivia acceda en corto tiempo a su centenario reclamo marítimo; son dos noticias que generan esperanzas para destrabar cuestiones que vienen desde muchas décadas atrás. La conformación de un bloque regional, no implica solamente que los mandatarios se junten y hagan acuerdos multilaterales, es necesario revertir todas esas trabas estructurales que condenaban a la fragmentación.

Si las únicas excusas que el Imperio tiene hoy para meterse en nuestros territorios son el terrorismo y el narcotráfico, que se dé un pacto de paz en Colombia para que las Farc se conviertan en un movimiento político es un dato aliciente. Hace varios años atrás el comandante bolivariano Hugo Chávez le pedía eso al jefe histórico de la guerrilla Manuel Marulanda Vélez “Tirofijo”.

Los conflictos bilaterales en Suramérica son un lastre que hay que acabar para siempre, si se desea realmente la integración. Si no es palabrería. Un ejemplo válido es la realización de gabinetes binacionales entre algunos países de la región, entre los cuales Ecuador va a la vanguardia. Negarse a negociar la salida marítima al Pacífico, como lo viene haciendo Chile, no dista demasiado de la actitud del Reino Unido con respecto al conflicto del Atlántico Sur. Si en guerras de rapiña se lograron apropiaciones territoriales, lo conveniente es revisar la historia y hacer justicia.   

2015/03/11

El peligro es EEUU

Desde el año pasado, el presidente ecuatoriano Rafael Correa nunca dejó de advertir que en Latinoamérica se está produciendo un viraje hacia la derecha. Según el mandatario se está produciendo una arremetida del  Imperio, que se expresa bajo diferentes formas de enfrentamiento, y que tiene como epicentro a Venezuela tras el fallecimiento del líder bolivariano Hugo Chávez. Cuando existe realmente una oleada desestabilizadora, es necesario estar muy alerta, e intentar contrarrestar el mínimo signo de revuelta, para que no se generalice, para que no se prendan falsas alarmas, y para que el pueblo realmente honesto no caiga en la seducción de los poderosos de siempre. Indudablemente esto no es fácil ya que mal que nos pese en nuestra región no se consolidaron gobiernos populares homogéneos, sino que lo realmente existente es el resultado en muchas ocasiones de negociaciones oscuras con sectores del poder real. Ese poder que no cambió a pesar de lo nuevo que se fue desplegando en la primera década de este siglo. La coexistencia de lo nuevo; con un empresariado principalmente retrógrado, con fuerzas de seguridad creadas con fines de represión a los sectores populares, con aparatos judiciales anticuados, con medios de información que manipulan constantemente el sentido común; hacen que la construcción de una nueva hegemonía popular y antiimperialista sea como fue siempre: un trabajo casi artesanal.  Un desafío de activistas y militantes que se desarrolla al margen de los beneficios que podría brindar cierto acercamiento a las esferas del poder. Sin dudas, las transformaciones parten desde el llano, pero en la primera década de este siglo fue posible ver en la región, experiencias de gobiernos progresistas que se dieron en consonancia y retroalimentación con sectores populares organizados. El nivel de incidencia de esas organizaciones en la política de un gobierno es sin dudas una gran salvaguarda de los logros alcanzados. Mucho más si eso genera en la población el efecto de sentir la necesidad de autodefensa.

Como es sabido en el inicio de esta semana el gobierno de los EEUU declaró que Venezuela es un peligro para su propia seguridad. Si bien se escuchó la rápida respuesta de los gobiernos de Ecuador, Bolivia y Cuba en solidaridad activa con el gobierno de Nicolás Maduro, falta una respuesta de conjunto. La próxima semana se realizará la cumbre de la Unasur, un organismo que habiendo nacido con gran entusiasmo fue en una marcada recaída. Esto debiera evaluarse ya que Unasur no debiera ser nada más que la apuesta de los gobiernos progresistas, debiera ser una conciencia extendida en los pueblos. Porque lo que no podemos dudar es que EEUU es el gran peligro para nuestra seguridad.  La historia de las últimas décadas lo confirma largamente.

2014/11/09

Esbozo sobre la cuestión agraria en Latinoamérica

Los condenados de la tierra

“¡A desalambrar, a desalambrar!/ que la tierra es mía, tuya y de aquel…”    Daniel Viglietti

Cuando se plantea hasta dónde es posible llevar adelante al actual proceso de integración latinoamericano, no pocas veces a esto se lo deja supeditado nada más que a la voluntad política de los líderes regionales, que sin dudas es una condición indispensable, pero si se considera que la integración, es parte simultánea de un sustancial cambio en relación a los actores globales externos al continente, implicando dar un corte definitivo a la histórica dependencia, no alcanza con la voluntad, sino que en primer lugar resulta imprescindible transformar sustancialmente la estructura económico productiva que dio condición de posibilidad a la subordinación a los diferentes imperios, quedando la región sumergida en una marcada fragmentación. Conocer -con precisión propia a los postulados de la ciencia-, cuáles son las trabas estructurales que obstaculizan la profundización del cambio de época, debiera ser parte integral no solamente de los programas políticos de los gobiernos progresistas, sino principalmente de los movimientos sociales y las mayorías populares, que son los verdaderamente interesados -por su situación objetiva- en que las diferentes crisis cíclicas se resuelvan efectivamente, alcanzando un punto histórico que pueda considerarse como irreversible y no sujeto a retrocesos. Las diferentes experiencias de integración y desarrollo autónomo que precedieron al actual proceso, hasta ahora fueron intempestivamente inclinadas hacia la regresión. Si hay una cuestión central, que hiciera que el continente no dejara de ser aún solamente un gran reservorio de recursos naturales, con muy escaso desarrollo de la industria, signado en la división internacional del trabajo a ser sólo un gran productor de materias primas; esa cuestión central sin dudas es la cuestión agraria, o para ser más precisos el régimen de explotación, posesión, tenencia y reparto de la tierra.
Desempolvar la cuestión agraria y la necesidad de la otrora famosa reforma agraria u otra política acorde a ella, no es solamente un problema que atañe a lo específicamente relacionado con las actividades productivas del campo, sino que en la actualidad cobra suma vigencia a partir del engrosamiento de las grandes ciudades del continente, con todos los rasgos propios presentes en ellas, que ponen sobre el tapete la más cruda desigualdad social. Ciudades con grandes zonas suburbanas en las cuales se producen continuamente asentamientos de migrantes del campo, que lejos de resolver sus problemas esenciales, agudizan la exclusión y la marginación.
Introducción al problema- En nuestras sociedades, existe un hecho económico y social (también se traduce en lo político) que es la desigualdad entre la ciudad y el campo, y la misma no desaparecerá de forma inmediata por más transformaciones que se produzcan en las estructuras sociales. Para ello es necesario un largo proceso, que no solamente revolucione ese desequilibrio, sino que altere considerablemente el desarrollo desigual que se da a nivel planetario producto de la división internacional del trabajo. De tal forma,  existen zonas en las cuales se privilegia la producción industrial, y otras en las cuales, el único destino pareciera ser consolidarse como regiones productoras de materias primas. El último caso es el rasgo dominante en Latinoamérica, y ello no es un hecho fortuito o azaroso sino producto de cómo está estructurada la relación entre el campo y la ciudad, y de qué manera esa relación se liga íntimamente a la cuestión agraria.  Desde el tiempo de la colonia, la región está caracterizada por un régimen de tenencia de la tierra, en la cual prevalecen los llamados latifundios, es decir una excesiva concentración de la propiedad territorial en pocas manos, las de los grandes terratenientes. Vale señalar que en los países y regiones en los cuales hubo un desarrollo industrial considerable, como son los Estados Unidos, Europa y a posteriori también los países del llamado campo socialista; la propiedad de la tierra fue necesariamente redistribuida en proporciones  diferentes, privilegiando la pequeña y mediana propiedad.
Con el advenimiento de la revolución francesa, a finales del siglo XVIII, las nuevas élites burguesas, comprendieron cabalmente que el antiguo régimen de propiedad de las tierras heredado del sistema feudal, consistente en la concentración de la propiedad territorial, era un obstáculo al desarrollo del capitalismo, y por ello se dieron a la tarea de ir desmontando progresivamente dicha concentración. En América Latina, procesos similares de redistribución de las zonas agrarias -si bien existieron intentos, que a la postre dejaron algunos cambios- no lograron afectar ni transformar el carácter dominante del latifundio, y marcaron a fuego de esa forma, el predominio de una estructura económico social en la cual lo principal sigue siendo la exportación de commodities y la importación de productos industrializados. Todos los intentos de industrialización y promoción de sustitución de importaciones, chocaron con ese límite preciso que es la cuestión relacionada a la tensión específica entre campo- ciudad y al interior de ella, a la cuestión agraria, entendida como la relación principal en la cual la propiedad terrateniente se impone con respecto a  las medianas y pequeñas propiedades agropecuarias.
La cuestión agraria de la forma señalada está indisolublemente asociada a una formación social históricamente determinada. Se podría afirmar que es la relación contradictoria entre dos modelos de propiedad y producción del agro, -o en todo caso de utilización de las tierras-; permanentemente en puja. Desde la primera emancipación americana sucedida hace dos siglos, se vienen dando intentos de inclinar el predominio latifundista, pero también vale señalar que los grandes terratenientes se van acomodando a las diversas coyunturas, haciendo que la renta de sus tierras, sean acordes a los negocios de cada época respectiva. Negocios que sin dudas no los establecen ellos sino el mercado mundial, y las necesidades de producción y consumo del mundo industrializado. De la propiedad de la tierra utilizada en parte para la ganadería, pero con grandes proporciones de zonas improductivas, hoy se asiste a una preeminencia  de los agronegocios entre los cuales las tierras utilizadas para la siembra expansiva de la soja y de oleaginosas para hacer agrocombustibles, resulta el dato sobresaliente.
Cuando se piensa que hoy la población del campo es cada vez menor, no solamente en Latinoamérica sino en todo el planeta, pareciera que el planteo de “Tierra para el que la trabaja” resulte algo anticuado. En una conferencia que diera el célebre historiador Eric Hobsbawn por diciembre de 2004 en Delhi, él expresaba que desde mediados del Siglo XX la humanidad está asistiendo a una gran revolución, no sólo en referencia a la tecnología, sino a que hace poco más de medio siglo, se produjo el fin de una historia que se extendió por diez mil años. De esa manera Hobsbawn anunciaba la caída vertiginosa del campesinado como esa clase social que fuera dominante desde los albores de la humanidad sedentaria. Según el historiador británico, hoy en el mundo más desarrollado las tareas agrícolas son muy ínfimas, por ejemplo sólo el 4 % de la población de los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) hoy trabajan en el campo, mientras que en los Estados Unidos el porcentaje es del 2 %. Sí en los inicios del siglo pasado solamente el 16 % de los habitantes del planeta vivían en ciudades, esa cifra hoy ronda el 50 %, siendo ese porcentaje engrosado principalmente por el África subsahariana y los países del sudeste asiático (India, Bangla Desh, Myanmar y los países de Indochina). La migración permanente desde el campo a la ciudad es un rasgo de la época, al igual que el vertiginoso crecimiento de las poblaciones urbanas y suburbanas. Latinoamérica a pesar de sus grandes extensiones rurales, no es una excepción a esa regla, más bien es uno de sus principales indicadores.  Cuando se piensa en una reorganización de las sociedades para que las mayorías populares tengan acceso a la cobertura de sus necesidades básicas, sin dudas la desigualdad actual entre ciudad y campo, no deja de tener capital importancia, mucho más cuando los grandes asentamientos que se prodigan alrededor de las grandes ciudades, lejos de beneficiar a sus habitantes, los sumergen más, en una pobreza casi estructural. Vale señalar que un movimiento como el de los campesinos Sin Tierra (MST) de Brasil, se inició en las zonas conurbanas de Sao Paulo. Relegados a la más cruel exclusión social, se organizaron para realizar el proceso inverso, ir de la ciudad al campo. Tomar tierras para producir y vivir en condiciones dignas. Si existe algún actor social preponderante hoy, que revitaliza siempre la necesidad de la reforma agraria ése es el MST brasileño, sin dejar de obviar a movimientos campesinos similares tanto de Paraguay como Argentina.
Tal como lo planteaba Edgar Allan Poe en el cuento La Carta Robada, lo que está más en la superficie es casi siempre lo más lejano a la visión. La policía buscaba la epístola quitada del palacio de los reyes, pero lo hacía con métodos sofisticados y rigurosos, sin poder encontrarla, pero sin prever que la carta estaba entre los papeles desordenados que estaban ubicados por encima de un escritorio, a la vista de cualquier visitante de aquella casa. La cuestión agraria si se quiere es como esa carta robada, es algo que está en la superficie pero nadie alcanza a verla como un problema a resolver. Si bien en la Argentina con la 125 pudo haber despuntado el debate sobre la cuestión agraria, todo quedó supeditado al porcentaje de las retenciones, y no precisamente al régimen de tenencia de la tierra.
Si tal como se dijera más arriba, el MST de Brasil y en menor medida otros movimientos campesinos de la región, hoy siguen manteniendo vigente la problemática referida a la reforma agraria, hay que precisar que también bajo ese nombre existen políticas para el campo, que son contrapuestas, aunque se inscriban bajo la misma denominación. Es así que el Banco Mundial (BM) también pregona la reforma agraria, pero en términos muy diferentes a como lo hacen los movimientos campesinos. Si bien en los planteamientos del BM está resolver cuestiones sociales referidas a ciertos conflictos emergentes de la actual situación, ellos no se proponen eliminar al latifundio, sino concertar entre pequeños y medianos campesinos, las compras de parcelas de tierra a los terratenientes. Según expresara el investigador chileno Cristóbal Kay, profesor emérito en Estudios del Desarrollo y Desarrollo Rural en el International Institute of Social Studies (ISS) de La Haya, el Banco Mundial concibe a esta reforma de un modo neoliberal, neoinstitucional, como un mediador entre compradores y vendedores de tierras, entre campesinos que quieren adquirirlas y latifundistas que están dispuestos a venderlas. De esta forma el BM otorga préstamos para establecer un banco de tierras y mediar en el proceso de compra y venta. Esta política del Banco Mundial se realiza sin la participación del Estado, y hoy tiene bastante raigambre en un país como Colombia. No pocas veces durante la primera ronda de conversaciones de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc que se realizan en La Habana, emergió este debate entre dos tipos de reforma agraria. En primer lugar porque según los negociadores de la guerrilla, es precisamente la existencia del latifundio lo que generó el conflicto armado más viejo del continente, aunque por su parte el gobierno subrayó al respecto que, no se tocarían las propiedades agrarias adquiridas legítimamente enviando un mensaje de confianza a los grandes propietarios.
El geógrafo brasileño Bernardo Mançano Fernandes en un interesante trabajo que lleva el nombre de “La geopolítica de la cuestión agraria” hace un desarrollo de cómo se viene dando a nivel planetario, el problema agrario en un tiempo en el que priman los agronegocios, principalmente la producción de agrocombustibles, en detrimento de la producción de alimentos. La necesidad de búsqueda de nuevos territorios por parte de los principales trust hizo que existan hoy gobiernos que junto a empresarios y terratenientes, estén arrendando y comprando gigantescas extensiones de tierras en países diversos.
De tal forma Mançano sostiene que hay tres clases de países: los arrendatarios o compradores de tierras, los arrendadores, y los que son las dos cosas a la vez. Con la excepción de Brasil, que es tanto arrendatario como arrendador, los demás países de la región son fundamentalmente arrendadores. Este hecho no es fortuito, ya que es la existencia misma del latifundio lo que permite que sea de esta forma. En cambio los diferentes países de la Comunidad Europea, Japón y Canadá son los principales arrendatarios de tierras. Según precisa el experto brasileño, esta modalidad implica un nuevo elemento en la cuestión agraria: la unión del Estado y el capital para explotar tierras, personas y países. Sin dudas este proceso de explotación no es nuevo, lo que es nuevo según el autor es que más allá de las empresas, los gobiernos estén más involucrados en acuerdos que refuerzan el neocolonialismo y consecuentemente profundizan las formas de dependencia.
Esta novedad está también relacionada según Mançano con las crisis de falta de alimentos y con el aumento del precio de los combustibles. Un factor nuevo –precisa- es que estamos viviendo un momento de cambio estructural en la producción de energía. El campo productor de alimentos y fibras pasa a producir cada vez más energía. Es evidente que esta nueva realidad exige la expansión de los territorios. Y los países ricos en capital, pero pobres en extensión territorial están adoptando las estrategias imperialistas.
De tal forma, la existencia de países con grandes extensiones territoriales, pero con una población eminentemente urbana, hacen que la mayoría de los ciudadanos conozcan muy poco acerca de lo que ocurre en zonas en las cuales viven muy pocos habitantes. Tanto la producción de agrocombustibles, como también la minería a cielo abierto, y todas las variantes extractivistas y productoras de commodities, se desarrollan en un plano de invisibilidad notoria, ya que los grandes medios de comunicación, principalmente radicados en las grandes ciudades de eso no hablan.
Un problema también muy importante relacionado a la cuestión agraria es el de los pueblos indígenas y originarios del continente, ya que ellos fueron despojados de sus tierras a partir de la colonización hispánica basada en el latifundio. Hoy con el despertar de las naciones latinoamericanas también emergen con fuerza las voces originarias, que no sólo reclaman con toda justicia sus propiedades ancestrales, sino que a su vez reclaman una relación armónica con la tierra, tal como se plantea en el Buen Vivir de los pueblos andinos. Un flagelo como el del narcotráfico, tanto en la producción de estupefacientes, como en sus rutas, tampoco es ajeno a la cuestión agraria.
En las próximas entregas que Miradas al Sur hará sobre esta problemática, se intentará realizar un somero rastreo histórico de la cuestión agraria latinoamericana, regresando sobre algunos de los temas brevemente ya expuestos. Sobre los diversos intentos de reformar la estructura territorial del agro, desde la reforma agraria propuesta por José Gervasio de Artigas hace dos siglos, hasta experiencias como la de los movimientos campesinos sin tierra, sin dejar de lado los intentos realizados por el pueblo de Bolivia en 1952, y los gobiernos de Perú y Chile durante la mayor parte de la década del ’60. Se pretende contar así con algunos elementos de análisis para el presente de la región. De una región que ante la crisis del mundo occidental hoy tiene una oportunidad, que si no es aprovechada correctamente se corre el riesgo de repetir experiencias fallidas del pasado. De ahí la importancia del aprendizaje de la experiencia histórica.

El Latifundio es la herencia maldita del régimen colonial

“¿En qué clase se considera a los labradores? ¿Son acaso extranjeros o enemigos de la patria para que se les prive del derecho al sufragio? Jamás seremos libres si nuestras instituciones no son justas” Bernardo de Monteagudo

Hace dos siglos se producía la ruptura de los pueblos americanos con la corona española. Pero lejos de llevarse adelante una verdadera revolución, durante el tiempo subsiguiente, se preservó una estructura económica y social no muy diferente a la de los tiempos de la colonia. Los principios revolucionarios de los principales protagonistas de las jornadas emancipatorias cayeron en saco roto, y lejos de alcanzarse los sueños libertarios de Bolívar, San Martín, Monteagudo, Moreno o Sucre, prevalecieron las posiciones de todos aquellos que ajustaron la realidad regional a una nueva sujeción imperial. Hoy podría decirse que, renegociaron la dependencia, para preservar sus principales beneficios de clase, que ya ostentaban en los tiempos coloniales.
Si el primer intento emancipatorio, tenía como objetivo -en las ideas de sus principales artífices-, desarrollar una gran nación americana, autónoma y soberana, a tono con los avances de las fuerzas de la producción económica, tal como se empezaban a desarrollar en Europa; con el reciente adevenimiento de una burguesía que por ese entonces marcaba el principal camino de progreso de la humanidad, los revolucionarios locales, no solamente veían la posibilidad concreta de construir una pujante nueva nación, sino que simultáneamente eran partidarios de romper con todas las ideas oscurantistas y conservadoras del tiempo virreinal. Realizar un balance de por qué ese primer intento fue derrota, debiera hoy interrogar a los ciudadanos de la región, como una marca que permita delimitar el trazo estratégico de un nuevo intento. Lejos de intentar dicho balance crítico, se intentará en lo que sigue, proseguir con la cuestión agraria latinoamericana, como uno de los núcleos duros, de por qué la perspectiva emancipatoria no llegó a prosperar. Fundamentalmente la existencia del latifundio como formación específica, que impidió el desarrollo de una burguesía progresista y transformadora, un empresariado con iniciativas propias que no quedase reducido al único rol de intermediario entre los latifundistas y los principales agentes imperiales.
En la América precolombina hubo regímenes de explotación y tenencia de la tierra. Aunque muchas etnias aborígenes eran principalmente pueblos nómades y cazadores, prevalecieron los grandes imperios: inca, azteca y maya, que constituyeran no sólo el modo de producción dominante del continente, sino también el blanco principal de los conquistadores españoles. De todas formas rastrear históricamente la conformación del latifundio como rasgo principal de las formaciones económico- sociales en Latinoamérica, está referido en primer lugar a las formas de colonización que tuvieron tanto España como Portugal en esta parte del mundo. Lejos de un debate sobre todo árido y de improbables certezas, sobre si la economía del virreinato era de tipo feudal o desde sus inicios ya implicaba la presencia del capitalismo, lo que sí se puede aseverar es que la existencia de grandes y extensas concentraciones de tierra en pocas manos, sumada la existencia de una elite portuaria compradora- vendedora, que nunca pudo constituirse en industrial, marcó a fuego un patrón económico de acumulación capitalista pero con sujeción a las economías más desarrolladas.
A diferencia de los Estados Unidos, en Latinoamérica no se tocó la propiedad de la tierra tal como se estructuró en el tiempo de la colonia. Tras la Guerra de Secesión, en los EE.UU. el Norte suprimió al latifundio esclavista del Sur e implementó un régimen de colonización del Oeste que no permitía que los colonos pudiesen tener propiedades mayores a 100 acres (89 hectáreas). Esto -si se quiere- funcionó en el país del Norte como una reforma agraria que posibilitó un acceso más democrático a las tierras y al trabajo agrícola, principalmente de forma familiar.
El terrateniente- Según asevera el historiador León Pomer en su libro “Continuidades y rupturas. De la Colonia a Mayo”, siendo producto dilecto de la sociedad colonial, el terrateniente es “especialidad” española. Señala Pomer que el latifundio en España fue el resultado de la Reconquista, es decir de la recuperación de las tierras peninsulares -que estaban en poder de los musulmanes-, por parte de los reinos cristianos. Un proceso de guerra prolongada y discontinua que se extendió desde el Siglo VIII al XV, cuando los denominados Reyes Católicos  el 2 de enero de 1492 tomaron Granada.  El latifundio se constituía de esa forma como parte constitutiva de la conquista y apropiación gradual del territorio. Algunos autores sostienen que durante el tiempo de la conquista del nuevo mundo, en España solamente entre el 2 y el 3% de los propietarios (incluso están los que aseguran que sólo el 1,65 %) eran los poseedores del 97 % del suelo de la península. Los grandes latifundios eran propiedad de los dignatarios de la Iglesia, de las órdenes laicas y religiosas, de los nobles y los municipios. La gran propiedad territorial representaba así una fuente de renta desorbitante, y un signo de grandeza. Por esta razón muchos grandes mercaderes emergentes intentaban quitarle a la realeza las grandes propiedades de tierras, y constituirse así en clase nobiliaria; mientras que los pobres de la península tenían algunas tierras realengas, en las altas montañas. De tal forma la gran propiedad territorial se oponía a la pequeña propiedad agrícola que además de ser mal vista, gozaba de mala prédica.
Si la corona española durante la conquista hizo un traslado al nuevo continente de sus características principales como formación social, fue el latifundio una de esas típicas formaciones. Por otro lugar invadió y masacró a las principales civilizaciones precolombinas, como fueron la de los aztecas y los incas, para apropiarse de los metales preciosos, que estos pueblos extraían de las grandes montañas. Según las creencias de los conquistadores, exterminar a los pueblos originarios de las Indias, era lo más conveniente, ya que siendo paganos, consideraban que les redimían el alma. Era ésta la justificación ideológica del acto de masacrar.  La conquista del desierto llevada adelante por el general Julio Roca, varias décadas después de Mayo de 1810, demuestran a las claras que ese tipo de ideología seguía casi intacta, y que los motivos por los cuales lo hacían era el de expandir sus privilegios económicos.  Una muestra muy clara de que los ideales libertarios de los revolucionarios de mayo, había sido completamente derrotados, no solamente en relación con el desarrollo de un nuevo tipo de modo de producir, sino también en cuanto a aplastar y sustituir las ideas dominantes del tiempo virreinal.
Artigas y el primer intento de reforma agraria en Latinoamérica- Tal como señalara Eduardo Galeano en el ya clásico “Las venas abiertas de América latina” habían sido “los desposeídos quienes realmente pelearon -cuando despuntaba el Siglo XIX-, contra el poder español en los campos de América” pero pese a eso, la supuesta independencia no los recompensó. Lejos de producirse los cambios que proponían los revolucionarios, los dueños de la tierra y los grandes mercaderes incrementaron sus ganancias, y habiendo caído los cuatro virreinatos españoles, el continente se fragmentó en múltiples países, cayendo en saco roto la idea de construir la gran nación americana del Sud. “¿Pero qué burguesía nacional era la nuestra, formada por los terratenientes, los grandes traficantes, comerciantes y especuladores, los políticos de levita y los doctores sin arraigo?” se pregunta Galeano en la obra señalada, y se responde: “Las burguesías de estas tierras habían nacido como simples instrumentos del capitalismo internacional, prósperas piezas del engranaje mundial que sangraba a las colonias y a las semicolonias. Los burgueses del mostrador, usureros y comerciantes, que acapararon el poder político, no tenían el menor interés en impulsar el ascenso de las manufacturas locales, muertas en el huevo cuando el libre cambio abrió las puertas a la avalancha de las mercancías británicas. Sus socios, los dueños de la tierra, no estaban, por su parte, interesados en resolver la cuestión agraria, sino a la medida de sus propias conveniencias. El latifundio se consolidó sobre el despojo, todo a lo largo del siglo XIX” Según el autor uruguayo se llegó a padecer “Frustración económica, frustración social, frustración nacional: una historia de traiciones sucedió a la independencia, y América Latina, desgarrada por sus fronteras, continuó condenada al monocultivo y a la dependencia” aunque “La reforma agraria fue, en la región, una bandera temprana”. La bandera del caudillo oriental José Gervasio de Artigas, quien a contramano de las políticas que llevaba adelante por ese entonces Buenos Aires se propuso revolucionar las relaciones de producción en el campo de la provincia oriental, y el resto de las provincias hoy argentinas (Santa Fe, Entre Ríos, Misiones y Corrientes) que integraban la Confederación de los Pueblos Libres, que encabezaba precisamente Artigas. Si bien la implementación en 1815 del denominado Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de su campaña y seguridad de sus hacendados (ver Recuadro 1), fue el resultado concreto de la lucha artiguista contra los imperios español y portugués de forma simultánea, y en contraposición a los designios del gobierno centralista porteño a quien luego también enfrentó; llevó a rajatablas algunos de los principales postulados del Plan Revolucionario de Operaciones, escrito por Mariano Moreno. En el Plan, Moreno subrayaba en los apartados 7º y 8º (Ver Recuadro 2) algunos de los elementos principales que darían vida al Reglamento agrario de la provincia oriental.
En 1811 el entonces gobernador de la provincia oriental Javier de Elío, quien luego fuera nombrado como Virrey del Río de La Plata le declara la guerra a la Junta revolucionaria creada en Mayo con sitio en Buenos aires. De esta forma, el 18 de mayo de 1811 Artigas, encabezando su ejército popular derrota a los realistas en el combate de Las Piedras y comienza el sitio a Montevideo. La elite porteña veía con preocupación la labor desarrollada por el caudillo oriental, pues temía que su ejemplo se expandiera de este lado del Río de la Plata. Una burguesía intermediaria y mercantil, asociada a los grandes terratenientes no veía con buenos ojos el reparto de tierras y ganado, que si bien eran expropiados a los realistas; más allá de la denominación o de las banderas, la elite porteña en términos objetivos no era demasiado diferente de los españoles derrotados. Esa burguesía (conformada por contrabandistas y mercaderes ingleses) propició el advenimiento del Primer Triunvirato, y el confinamiento de los principales líderes revolucionarios. Por esta razón en octubre de 1811 el primer Triunvirato pacta con Elío el retiro de las tropas y declara a Artigas como traidor, poniéndole a su cabeza el precio de 6 mil pesos. Fue allí que replegándose en Entre Ríos Artigas reagrupa fuerzas y se constituye en el protector de los Pueblos Libres. El enfrentamiento con Buenos Aires ya era un hecho ineludible por parte de todas las provincias mesopotámicas que siguieron a Artigas.
Cuando en 1815 las tropas de los Orientales, recuperaron Montevideo, que estaba por ese entonces bajo la tutela de los porteños, Artigas convoca en Concepción del Uruguay (Entre Ríos) al Congreso de los Pueblos Libres.  El documento político fundamental es el Reglamente de Tierras y de Fomento de la Campaña emanado de Purificación en 1815 y presentado ante dicho Congreso.
Vale precisar que la presentación de ese proyecto de reforma agraria para la Banda Oriental, en un congreso con las demás Provincias “debe ser entendido como la presentación concreta, para la provincia más atrasada y que más había sufrido en el curso de la guerra, de un proyecto de ordenamiento e impulso de la producción que se basaba en principios de justicia social y en la búsqueda de un desarrollo económico soberano” sostienen desde su portal las Comisiones Unitarias Antiimperialistas del Uruguay (Comuna).
Este proceso de conformación de pequeños y medianos productores agropecuarios, no prosperó ya que Artigas fue derrotado, y siguió prevaleciendo la presencia dominante del latifundio y el poder de los terratenientes, con lo cual el desarrollo de nuevas fuerzas productivas no resultaba lo más indicado para una burguesía que desde su nacimiento se caracterizó por el parasitismo.
Este abordaje de la cuestión de las tierras en la región del Río de la Plata, es un indicador bastante aleccionador del comportamiento casi lumpen de las burguesías hispanoamericanas, que siempre tuvieron como principales socios a los terratenientes y los agentes imperiales, y muy poco interés  por desarrollar otra matriz productiva.
En una próxima entrega sobre la cuestión agraria, Miradas al Sur abordará los intentos de reforma de la propiedad territorial durante el Siglo XX.

Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el fomento de su campaña y seguridad de sus hacendados (fragmento)
1º.  El señor alcalde provincial, además de sus facultades ordinarias, queda autorizado para distribuir terrenos y velar sobre la tranquilidad del vecindario, siendo el juez inmediato en todo el orden de la presente instrucción.
2º.  En atención a la vasta extensión de la campaña podrá instituir tres sub-tenientes de provincia, señalándoles su jurisdicción respectiva y facultándolos según este reglamento.
6º. Por ahora el señor alcalde provincial y demás subalternos se dedicarán a fomentar con brazos útiles la población de la campaña. Para ello revisará cada uno, en sus respectivas jurisdicciones, los terrenos disponibles; y los sujetos dignos de esta gracia con prevención que los más infelices serán los más privilegiados. En consecuencia, los negros libres, los zambos de esta clase, los indios y los criollos pobres, todos podrán ser agraciados con suertes de estancia, si con su trabajo y hombría de bien propenden a su felicidad, y a la de la provincia.
7º. Serán también agraciadas las viudas pobres si tuvieren hijos. Serán igualmente preferidos los casados a los americanos solteros, y estos a cualquier extranjero.
12º. Los terrenos repartibles son todos aquellos de emigrados, malos europeos y peores americanos que hasta la fecha no se hallan indultados por el jefe de la provincia para poseer sus antiguas propiedades.
15º. Para repartir los terrenos de europeos o malos americanos se tendrá presente si estos son casados o solteros. De estos todo es disponible. De aquellos se atenderá al número de sus hijos, y con concepto a que no sean perjudicados, se les dará bastante para que puedan mantenerse en lo sucesivo, siendo el resto disponible, si tuvieran demasiado terreno.
16º. La demarcación de los terrenos agraciables será legua y media de frente, y dos de fondo, en la inteligencia que puede hacerse más o menos extensiva la demarcación, según la localidad del terreno en el cual siempre se proporcionarán aguadas, y si lo permite el lugar, linderos fijos; quedando al celo de los comisionados, economizar el terreno en lo posible, y evitar en lo sucesivo desavenencias entre vecinos.

Plan Revolucionario de Operaciones, de Mariano Moreno  (fragmento)
7ª Debemos igualmente, hacer publicar en todos los pueblos que a todas las familias pobres, que voluntariamente quisiesen trasladarse a la Banda Oriental y a las fronteras a poblar, se les costeará el viaje, dándoles las carretas y demás bagajes para su transporte y regreso, y contemplándoles como pobladores, se les darán terrenos a proporción del número de personas, que comprenda cada familia, capaces y suficientes para formar establecimientos, siembras de trigo, y demás labores, y esto por el término de diez años, que serán los precisos que deberán habitarlos, y pasado dicho término, podrán venderlos, o enajenarlos como más bien les pareciere, sin que el valor de dichas tierras tengan que abonarlo.
Que para el efecto y fomento se les suministrará, en los dos primeros años, con algunas fanegas de distintos granos, algunas yuntas de bueyes y vacas, para sus establecimientos, y asimismo algunas yeguas y caballos, supliéndoles para la fábrica de sus moradas doscientos o trescientos pesos, según lo que dispusiere en esta parte el Superior Gobierno, como igualmente las herramientas precisas para sus labores, quedando exentos en el dicho término de diez años, cualquiera de tales familias, de servir en las milicias, ni en ningún otro cargo que pudiera perjudicarles, y en la misma forma, en dicho término, serán exceptuados de toda contribución y derecho de cualquier fruto que vendan o introduzcan, en cualquiera pueblos o provincias, dependientes del Gobierno Americano del Sud.
8ª En los mismos términos y en igual forma, bajo las mismas proposiciones, debe de proponerse este mismo convenio a las familias pobres de la Banda Oriental de Montevideo y Capital de Buenos Aires, que quieran ir a poblar a los territorios del Río Grande, para de esta manera introducir en dichos destinos el idioma castellano, usos, costumbres y adhesión al Gobierno, pues ya en estas circunstancias se deberá haber allanado todas las dificultades, y, levantando nuestra bandera en aquellos destinos, declararlos como provincias unidas de la Banda Oriental y Estado Americano del Sud.

"Nos quieren quitar la tierra para que no tenga suelo nuestro paso"  Subcomandante Marcos

Cuando el grueso de la población campesina migra hacia las grandes concentraciones urbanas, pareciera que el debate sobre la ruralidad, fuera un dato del pasado. Transformar la estructura agraria en Latinoamérica, dejando atrás el latifundio, lejos de ser una simple quimera, resulta hoy la condición necesaria para que los países de la región abandonen el atraso estructural relativo, y peguen el salto cualitativo que posibilite no solamente un desarrollo industrial acorde a las necesidades del mercado interno (y regional), sino para dejar atrás, las grandes desigualdades tanto sociales como territoriales. Las formaciones sociales y económicas, si bien pueden (y deben) ser analizadas  a través del prisma de la cientificidad, para ser transformadas; hay que convenir que sin la existencia de sujetos o actores que las lleven adelante, que las impulsen según un programa y una voluntad, es muy poco probable que evolucionen naturalmente. Porque desde ya, existen los que de una u otra forma, intentarán preservar lo dado, a toda costa. En la economía priman el interés y la necesidad.
En la Europa de fines del Siglo XVIII y principios del XIX, la ascendente burguesía comprendió la necesidad de suprimir las grandes propiedades territoriales, porque percibió claramente que ellas eran una traba estructural al desarrollo de la industria. En dicho sentido esa burguesía era un actor determinante, pero a diferencia de lo que sucedió en el viejo continente, las burguesías latinoamericanas nunca tuvieron un interés suficiente como para desterrar la gran propiedad agraria, ya que sus rentas no dependían de desarrollarse en la industria, sino mantenerse como intermediarios entre los grandes terratenientes y los actores externos. Los intentos de reformar y transformar la estructura agraria latinoamericana a lo largo del Siglo XX, dependieron principalmente de movimientos políticos nacionalistas con fuerte arraigo popular.  Fueron precisamente esas bases populares (principalmente cuando contaban con raigambre campesina) las que empujaron a sus dirigentes, a pensar en una nueva distribución de la tierra, pero también porque comprendieron que ésa era una traba para el desarrollo capitalista local, que pudiera generar un nuevo posicionamiento a escala mundial, fundamentalmente en momentos en los que el mundo desarrollado atravesaba grandes crisis. Si bien estos movimientos tanto nacionalistas como desarrollistas cuestionaron de las formaciones capitalistas- dependientes, sólo el segundo de los términos, no contaron entre sus actores con quien debía ser necesariamente su principal fuerza motriz: las burguesías nacionales, y por esa misma razón suplieron esa carencia, con el rol preponderante del Estado como sustituto. El principal supuesto era que en el proceso de desarrollo -de una industria que sustituyera importaciones- bajo conducción estatal, surgiría un empresariado nacional con vocación transformadora, y que a su vez armonizando con los diferentes sectores populares, se conformaría un bloque social que pudiera romper definitivamente con la dependencia. Hasta ahora, esa hipótesis aún no pudo ser demostrada, y tal vez los actuales intentos de desarrollo de la economía social en algunos países de la región, sean una alternativa al respecto, ya que desde emprendimientos que también pueden considerarse como empresa pública, es posible encontrar productores con iniciativa y empuje. Hace dos siglos Mariano Moreno ya había vislumbrado y advertido que sólo el Estado podía suplir la ausencia de una burguesía nacional comprometida, aunque esa ecuación aún no posea un fundamento unívoco.
En lo que prosigue se intentará rastrear los trazos histórico- estructurales de lo que fue la reforma agraria en Bolivia, como una de las experiencias más significativas por reversar la estructura territorial heredada desde el tiempo colonial.
La revolución boliviana del ’52- La situación política de Bolivia, desde la Guerra del Chaco (1932-1935) en la que el país del altiplano se enfrentó a Paraguay, fue una realidad inestable, con gobiernos de corta duración, y en donde el descontento popular iría in crescendo, principalmente el del sector de los obreros mineros, que en Bolivia constituye aún la fracción más poderosa de la clase trabajadora. El 7 de junio del ‘42 se fundaría el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) que contaría en sus filas a futuros presidentes como Víctor Paz Estenssoro y Hernán Siles Zuazo. El MNR constituiría un partido de tipo reformista con raigambre popular y con aceitados contactos en sectores nacionalistas de las fuerzas armadas. Por su parte durante la década del 40 se produciría de forma simultánea -al surgimiento del MNR- la organización sindical de los trabajadores mineros. Tras la represión violenta del ejército a los mineros, sucedida en las minas de estaño de Oruro y Potosí en 1942, esto haría que dos años después, más precisamente el 11 de junio del ’44, se conformara la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) como una organización que contuviera al sector. Desde su fundación la FSTMB contó entre sus principales dirigentes a miembros del Partido Obrero Revolucionario (POR) de orientación trotsquista, entre ellos Juan Lechín Oquendo. Tanto el MNR como la FSTMB serían por ese entonces la oposición orgánica más visible a “La Rosca”. Así se la denominaba, a la oligarquía boliviana constituida por magnates mineros y latifundistas.
El 8 de noviembre de 1946 reunidos en el Congreso de la FSTMB, los mineros aprobaron las denominadas Tesis de Pulacayo, presentadas por la delegación obrera de Llallagua, que consistían en un programa revolucionario para los trabajadores de Bolivia, y que había sido inspirado por el entonces joven dirigente del POR Guillermo Lora. Señalar al programa de Pulacayo, la lucha de los mineros, y la incidencia del MNR, resulta válido para entender el proceso que se desencadenaría en 1952 cuando las fuerzas populares tomarían por asalto el poder que ostentaba La Rosca. Mucho más para entender la base de la reforma agraria que se iniciaría, en tanto podría ser considerada como el mayor logro de dicha revolución.
En el apartado 4 de los fundamentos de las Tesis de Pulacayo se señala que “La particularidad boliviana consiste en que no se ha presentado en el escenario político una burguesía capaz de liquidar el latifundio y las otras formas económicas pre-capitalistas; de realizar la unificación nacional y la liberación del yugo imperialista. Tales tareas burguesas no cumplidas son los objetivos democrático-burgueses que inaplazablemente deben realizarse. Los problemas centrales de los países semicoloniales son: la revolución agraria y la independencia nacional, es decir, el sacudimiento del yugo imperialista; tareas que están estrechamente ligadas las unas a las otras”. En este punto el rumbo de los mineros, conducidos principalmente por el POR, daban por sentado su alianza táctica con el MNR, ya que no renegaban del objetivo de desarrollar tareas democráticas y de liberación nacional. “Los trabajadores del subsuelo no insinuamos que deben pasarse por alto las tareas democrático-burguesas: lucha por elementales garantías democráticas y por la revolución agraria antiimperialista” expresaba la FSTMB en el capítulo II de las tesis.
Desde mayo del ’51 el general Hugo Ballivián Rojas tras invalidar las elecciones presidenciales realizadas en mayo del mismo año, se enquistó en el poder, decretando el estado de sitio y desencadenando una muy fuerte represión al movimiento popular. Pero pareciera que la concurrencia estaba desatada entre los diferentes ministros de Ballivián: todos querían ser presidentes, y más precisamente el Ministro de Gobierno, el general Antonio Seleme convenció a un grupo reducido del MNR para que lo acompañen en su cruzada. La idea era básicamente realizar un pequeño putch para derrocar a Ballivián, y hacerse del poder. Miembros del MNR junto a carabineros que dependían de las órdenes de Seleme, se apoderaron la madrugada del 9 de abril del ’52 de varios edificios públicos, y proclamaron la revolución. Pero el anuncio fue anticipado, ya que las fuerzas armadas gubernamentales coparon inmediatamente las calles. El pueblo boliviano, y principalmente los trabajadores mineros fueron los que desencadenaron una verdadera insurrección armada, que al final destronó al gobierno de La Rosca. Si bien el rol de las milicias obreras fue determinante, ante la falta de una herramienta política propia, no tuvieron más opción que entregar el nuevo gobierno al dirigente del MNR Hernán Siles Zuazo, quien luego se lo pasaría a Víctor Paz Estenssoro al regreso de su exilio en Buenos Aires. El POR si bien tenía una muy importante inserción sindical, era un partido pequeño con escasa incidencia política en sectores ajenos al mundo laboral.
Aunque los hechos del ’52 puedan despertar diferencias de interpretación, ya que muchos autores le atribuyen la revolución al MNR solamente, vale señalar que a las pocas semanas nomás el nuevo presidente logró postergar la nacionalización de las minas, que era uno de los principales reclamos de la FSTMB, y posteriormente disolvió las milicias obreras. En verdad se trató de un proceso complejo en el cual confluyeran diferentes actores políticos y sociales, pero en el cual se expresaría principalmente un fuerte rechazo popular a las injusticias. Como en todo proceso de transformaciones profundas hubo andariveles que fueron abordados de una forma efectiva y otros que no tanto. Se puede afirmar con toda justeza que en torno a la cuestión agraria y el desmantelamiento del orden señorial y la servidumbre, con la concomitante incorporación del campesino- indígena a la vida social, la revolución nacional del ’52 cumplió e hizo que ese ítem fuera casi irreversible.
La reforma agraria- Antes del ’52 el campesinado indígena vivía subsumido en una casi esclavitud desde el tiempo de la conquista española. Nada había cambiado desde 1825 cuando se fundara el país, y mucho menos antes de 1952. Según precisara Ángel Jemio- Ergueta en su trabajo La Reforma Agraria, antes de que ésta fuera realizada, sólo el 4.5 % de los propietarios rurales, detentaban el 70 % de las tierras cultivables, había ausencia de inversión de capital suplementario, desconocimiento del concepto de salario (servicios personales gratuitos) y empleo de métodos anticuados de cultivo, remanentes de la época colonial. Si la revolución del ’52 había propuesto como principales consignas la nacionalización de las minas de estaño, la reforma agraria, la reforma educativa, el sufragio universal y la diversificación de la economía como prerrequisitos para transformar a Bolivia en un Estado moderno, se podría afirmar que fue consecuente principalmente con la implementación del sufragio universal, y con el desarrollo de la reforma rural.
Cuando los conquistadores españoles llegaron a Bolivia dieron fin al régimen comunitario de explotación de la tierra que había sido el predominante durante el imperio de los incas. Al instalarse la colonia, se trasplantó desde España el régimen latifundista y a los pueblos originarios se los convirtió en servidores de los nuevos amos. No solamente en cuanto al trabajo de la tierra, ya que también se establecieron diferentes rangos de servidumbre.
Fue así que surgieron el pongueaje (obligación de cada colono de la tierra a asistir a la casa citadina del patrón para cumplir funciones de mozo de mandados) o el mitanaje que consistía en que la mujer del colono, debía cumplía mientras durase el pongo, la tarea de sirvienta o cocinera. De igual forma se daban diversas funciones serviles en la cuales se esclavizaba al indígena.
Por su parte estaban los comunarios que eran los campesinos indígenas que aún conservaban la propiedad  colectiva de la tierra, pero que no escapaban al régimen de servidumbre personal, ya que aunque no tuvieran patrones debían servir a los intendentes, el clero, los corregidores, los jueces de paz y los comisarios. Esta modalidad de explotación de los indígenas, no se transformó con la formación de la república en 1825, se extendió hasta 1952.
La población campesina e indígena en Bolivia era para ese entonces el 65 %. Tal como señala Roberto Jordán Pando en su libro “De Bolívar a la Revolución boliviana”, toda esa franja poblacional mayoritaria no contaba con un instrumento político administrativo para atender sus problemáticas. En tal sentido la revolución nacional una de las primeras medidas que toma es la de crear el Ministerio de Asuntos Campesinos a cargo de Ñuflo Chávez Ortiz, un experimentado activista e intelectual del MNR. La tarea del nuevo ministerio era preparar el terreno para la reforma agraria, organizando a los campesinos, estableciendo regulaciones laborales en las áreas rurales, ofreciendo alfabetización  y educación, además de proporcionar herramientas sobre cooperativismo y organización comunitaria. Por su parte la recientemente conformada Central Obrera Boliviana (COB) impulsaba la formación de la Confederación Nacional de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CNTCB), la cual al poco tiempo ya contaría con 700 mil afiliados. Además generaría a sus propios cuadros dirigentes, ya que había sido organizada principalmente por sindicalistas obreros.
El 20 de enero de 1953 el gobierno de la Revolución Nacional por el Decreto 3301, creó una comisión encargada exclusivamente de estudiar el problema de la tierra y la incorporación de los pueblos indígenas. Esta comisión integrada por economistas, sociólogos y cuadros políticos de diferentes orientaciones ideológico- partidarias, debía indagar la cuestión agraria en sus múltiples facetas de índole tanto económica, social, jurídica, técnica y educativa. Habiendo trabajado la comisión entre el 9 de abril y el 28 de julio, presentó un informe de tres volúmenes, que sería el anteproyecto de Ley de Reforma Agraria, más varios proyectos complementarios. Esta sería la base del Decreto Ley Nº 3464 firmado por el mandatario Víctor Paz Estenssoro el 2 de agosto de 1953. Ese día ante una multitudinaria concentración campesina en la localidad de Ucareña, Paz Estenssoro realizó el anuncio de la medida.
Tal como señalara  Jemio- Ergueta en el trabajo señalado, la Reforma Agraria fue un acto de justicia histórica, fue destinada principalmente para liberar al indio de su condición de siervo e incorporarlo a la vida ciudadana de la Nación. Para garantizarle esa libertad, había que dotarle de una base material: la tierra y, la tierra debía ser para quien la trabaje.
A la luz de un análisis más objetivo, la ley de Reforma Agraria de Bolivia se propuso asimilar las técnicas capitalistas de producción en el campo, liquidando las trabas impuestas por resabios feudales e incorporando a las masas campesinas al mercado interno en su doble condición de productores y consumidores. La esencia democrática de la reforma agraria boliviana radicó en el hecho de que instituyó el trabajo como la principal fuente del derecho a la propiedad de la tierra. Las principales cuatro finalidades de la reforma eran:
a) proporcionar tierra labrantía a los labriegos que no la tienen o la poseen en grado insuficiente, expropiando para ello a los latifundistas que la detentan en exceso y disfrutan de una renta absoluta que no proviene de su trabajo ni de inversiones de capital suplementario.
b) proscribir los servicios personales y gratuitos de carácter servidumbral, instituyendo el régimen de salario como única forma de pago al peón agrícola por su trabajo.
c) reivindicar las tierras despojadas a las comunidades indígenas, valiéndose del fraude, la influencia política y la extorsión administrativa para convertir a aquéllas en cooperativas de producción, y
d) conseguir la explotación racional e intensiva de la tierra a fin de lograr el autoabastecimiento alimenticio del país, otorgando créditos fáciles y accesibles a los campesinos y ejecutando un plan de mecanización de las labores agropecuarias.
Si bien en 1964, con el golpe militar que pondría en el poder al General René Barrientos, hubo un cierto estancamiento con respecto al proceso reformista rural, se puede decir que el ciclo iniciado en 1952 -en lo referido específicamente a la reforma agraria- no tuvo grandes retrocesos. En este sentido muchos analistas sostienen que la reforma fue un hecho irreversible, aunque sí habría que analizar cuáles fueron sus principales falencias.
La revolución nacional del ’52 se planteaba varios objetivos, entre ellos la nacionalización de las minas de estaño y la diversificación de la economía, además de transformar la estructura agraria. Los otros objetivos no se lograron, y vale subrayar al respecto que no es posible transformar la estructura de una formación social, solamente desde uno de sus flancos, mucho más cuando los más importantes (como el de la minería) permanecen sin una sustancial modificación.  
Por otra parte en referencia a la cuestión de la tierra, la reforma fue efectiva principalmente en la región occidental, en donde viven el 70 % de la población rural de Bolivia. Paradojalmente en la región oriental (Santa Cruz, Beni) en la cual la agricultura es mucho más factible, sobre una extensión aproximada de 700 mil km², solamente había una población de 0,8 habitantes por km². La mayor población labriega de Occidente se desarrollaba en terrenos ubicados entre 2.500 y 4.000 mil metros sobre el nivel del mar, que fue el sitio donde fue efectiva la reforma agraria. La tierra distribuible siempre fue considerada aquella, a la cual se la considera cultivable, aunque en algunos casos el Estado declaraba a ciertas tierras como empresa, y por ende no se encontraban sujetas a ser entregadas a los agricultores.
A modo de conclusión- No alcanza con “tierra para el que la trabaja”, es necesario un proceso de industrialización de la ruralidad desde la obtención de la materia prima, hasta la obtención de productos con alto valor agregado. Puede alcanzar para la subsistencia de los campesinos, pero no para transformar la estructura productiva de un país. En Bolivia se abortó el proceso de la revolución del ’52 debido a que no hubo desarrollo de los otros factores económicos intrínsecos. Incluso varios expertos sostienen que si bien los campesinos contaban con la tierra, no contaban con los recursos necesarios para poder explotarla de la mejor forma.
La revolución agraria tal como la habían planteado los mineros de Pulacayo en 1946, en cierta medida fue realizada, también la tarea democrática de otorgarle la ciudadanía a la población indígena, pero el problema principal es que el proyecto de nacionalizar los grandes recursos naturales como son los productos de la minería, quedaron casi en las mismas manos.
Desde la nacionalización de los grandes recursos energéticos realizados por el actual gobierno de Evo Morales, el país del altiplano pareciera entrar nuevamente en el terreno que fuera abandonado hace décadas, para comenzar  a soñar con las metas anheladas.
En una próxima entrega sobre la cuestión agraria Miradas al Sur abordará las experiencias de reformas realizadas en Perú y Chile durante la década del 60, y la ejemplar lucha del Movimiento de campesinos sin tierra (MST) de Brasil.
 
 “Los expertos sugieren sustitución de ineficientes latifundios y minifundios por fincas bien equipadas. Nosotros decimos: ¿quieren hacer la Reforma Agraria? tomen la tierra al que tiene mucho y dénsela al que no tiene. Así se hace Reforma Agraria, lo demás es canto de sirena” Ernesto “Che” Guevara

Las transformaciones que se producen en la sociedad siempre son, resultados de la lucha de los pueblos por mejorar sus condiciones de vida, aunque en algunas oportunidades, existan cambios que son el producto de controlar y encuadrar esas luchas, acotarlas, instrumentalizarlas e intentar que no sean demasiado radicales. Otros dirían que eso, es hacer lo posible. En los años ’60 un fantasma recorría la América latina, era el de la expansión y propagación de la revolución cubana.  Esto era un quiste severo  para el dominio de los Estados Unidos en su patio trasero, no solamente por lo que sucedía en la isla caribeña, sino porque ese ejemplo podía cundir en toda la región situada al sur del Río Bravo. Por aquellos tiempos se hablaba de los que proponían cambiar algo, para que no cambie casi nada, y esa fue precisamente la principal artimaña de Washington para intentar frenar los nuevos aires que soplaban en la región. En definitiva, la estrategia imperial de ceder un poco para poner freno a los reclamos populares, también es un resultado de las luchas y no la acción benevolente de quien lo hace para preservar su dominio. Eran los tiempos de la guerra fría y, el temor de que la Unión Soviética se inmiscuyera en la región, hizo que los EE. UU. tracen una estrategia para desactivar los principales focos sociales explosivos provenientes de la gran desigualdad reinante en el continente. Uno de ellos el atraso en cuanto a la situación agraria latinoamericana. Fue en este marco que la potencia del Norte propusiera a través de su entonces presidente John F. Kennedy la conformación de la Alianza para el Progreso. Un ambicioso programa de ayuda económica y social en el que los Estados Unidos se comprometían a colaborar con los países latinoamericanos, realizando una inversión de veinte mil millones de dólares durante el lapso comprendido entre 1961 y 1970. Una de las políticas propuestas fue la de impulsar la reforma rural integral en los países de la región.  La Alianza para el Progreso implicaba necesariamente la presencia en estos países de políticas desarrollistas, tales como las que ya venían sosteniendo desde 1958 los presidentes Juscelino Kubitschek en Brasil y Arturo Frondizi en la Argentina. Las reformas agrarias tanto en Chile como en Perú, iniciadas los primeros años de la década del ’60 sólo pueden ser entendidas en este contexto, el de la ayuda americana para evitar la propagación de conflictos sociales. Si bien a lo largo de los años que tuvieron de desarrollo, ambas reformas adquirieron otras características, en un inicio estuvieron signadas por la política de Washington. La reforma agraria en Perú a partir del ’69 con la presidencia del General Juan Velasco Alvarado tomaría un rumbo radical en relación a la iniciada en 1962, durante el gobierno de la Junta Militar presidida Nicolás Lindley. También pesaba sobremanera en la región, la reforma agraria emprendida en 1953 en Bolivia, y más allá de la iniciativa que les dio lugar institucional, lo que no hay que dejar de señalar es que sin un movimiento campesino ya existente, que presionaba desde abajo, esto no hubiese sucedido. La muestra de eso, es que en países de la región con poca tradición de lucha campesina, no se planteó desde el desarrollismo ninguna iniciativa de transformar algo de la estructura agraria.
La Alianza para el Progreso (ALPRO) tuvo su bautismo en la ya célebre Conferencia de Punta del Este realizada entre el 5 y el 17 de agosto de 1961 en la ciudad balnearia uruguaya. En esa reunión del Consejo Interamericano Económico y Social (CIES) estuvieron presentes delegados de todos los países de la Organización de Estados Americanos (OEA) e inclusive un delegado por Cuba, Ernesto “Che” Guevara. Mientras todos los delegados se ilusionaban con la consigna de "mejorar la vida de todos los habitantes del continente" tal como rezaba la declaración oficial de la constituida ALPRO, Guevara en su alocución no dejó de señalar el carácter político de la conferencia, contra toda idea de simple ayuda técnica o económica “Tengo que decir que Cuba interpreta que ésta es una conferencia política, que Cuba no admite que se separe la economía de la política y que entiende que marchan constantemente juntas. Por eso no puede haber técnicos que hablen de técnica, cuando está de por medio el destino de los pueblos. Y voy a explicar, además, por qué esta conferencia es política; es política, porque todas las conferencias económicas son políticas; pero es además política porque está concebida contra Cuba, y está concebida contra el ejemplo que Cuba significa en todo el continente americano” subrayó el Che. El ambicioso plan de modernizar a la región no fue efectivo. La Alianza con su política de ayuda, lo que lograba era endeudar cada vez más a los países latinoamericanos, y eso sumado a la inestabilidad política de la región, más el magnicidio de Kennedy, hizo que los Estados Unidos con el correr de los años, en lugar de la mentada ayuda económica, terminara diseñando un plan de ayuda militar contrainsurgente. Guevara en Punta del Este -de alguna forma- ya lo había advertido.
La reforma agraria en Chile- A través de la Carta Pastoral de Obispos de Chile: “El deber social y político”, de 1962, el sector eclesiástico del país trasandino expresaba ya su preocupación por la situación social del campesinado chileno. Acorde a  las posiciones progresistas de la Conferencia Episcopal de América Latina (Celam) e influenciados por el contexto institucional global de un progresismo que se expresaba en el Concilio Vaticano, con la encíclica Mater y Magistra de 1961 del papa Juan XXIII, la Iglesia chilena se pronunciaba por reformar las condiciones agrarias de ese país, e incluso dio el puntapié inicial de un esbozo de reforma agraria, que haría que posteriormente el gobierno de Jorge Alessandri promulgara la primera ley de reforma a través de la Ley 15.020 de 1962. Adelantándose a la promulgación de dicha normativa, los obispos progresistas encabezados por el cardenal Raúl Silva Henríquez decidieron entregar parte de los fundos que eran de su patrimonio a los campesinos que trabajaban en ellos. Este fenómeno abarcó sólo cinco fundos y benefició a 301 campesinos. Fue sin dudas un acto simbólico de importancia, que hizo que el presidente Alessandri se viera en la obligación de impulsar la reforma, con el apoyo de la recientemente conformada Alianza para el Progreso. Según expresara el experto chileno Sergio Gómez en su trabajo “Reforma Agraria y Desarrollo Rural en Chile” las cifras sobre el impacto de la reforma agraria no tuvieron el mayor sentido, ya que menos de 1.000 beneficiarios fueron favorecidos antes del inicio de la reforma a comienzos de 1965. Pero al margen de esta cifra insignificante, señalaba Gómez, lo importante es que se había abierto un debate sobre el tema, que ganó legitimidad, y además se crearon la Corporación de la Reforma Agraria (Cora) y el Instituto de Desarrollo Agropecuario (Indap), que serían instituciones muy importantes para el desarrollo de la reforma. Según el mismo autor para realizar el análisis de la década 1964-1973, época en la que se aplicó el proceso de reforma con intensidad, hubieron dos hechos que caracterizaron a este período: la masiva organización sindical de los asalariados agrícolas y su movilización y, la drástica y masiva reforma agraria. Estos procesos se iniciaron de hecho a comienzos del periodo y se plasmaron en textos legales en 1967 durante la presidencia de Eduardo Frei Montalva (1964-70). Las leyes 16.625 sobre sindicalización campesina y la 16.640 sobre la reforma agraria, complementada con una reforma constitucional sobre el derecho de propiedad, que permitió la expropiación de predios agrícolas con un sistema de pago diferido. Durante el mandato de Frei se expropiaron 1.408 predios, con 23,4 por ciento de la tierra regada del país y 34,7 por ciento de la tierra de secano, y se benefició a 21.290 familias. Con la llegada del gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular (1970-73) se aceleró el proceso expropiatorio con la creciente movilización de las organizaciones campesinas. En menos de tres años se expropiaron 4.401 predios, con 35,3 por ciento de la tierra regada y gran parte de la tierra de secano, y se benefició a 39.869 familias. Si bien la estructura latifundista había tocado a su fin, con la llegada de la dictadura de Augusto Pinochet, se iniciaría un proceso de contrarreforma, represión y desmantelamiento de las organizaciones campesinas, que hicieron que los pequeños y medianos productores pasen a ser asalariados de nuevos grandes empresarios, que llevaron al campo la impronta del incipiente orden neoliberal. Con el retorno de la democracia veinte años después, la situación del campo en Chile, siguió privilegiando las grandes inversiones empresariales  y los agronegocios en detrimento del campesinado. Esta situación aún hoy no se ha revertido. No lo hicieron ni los diferentes gobiernos de la Concertación, mucho menos el de Sebastián Piñera. Los agronegocios en Chile, fruto de la cada vez más frecuente relación con empresas de turismo, transporte, comunicaciones y servicios financieros, podrían fácilmente sobrepasar el 20% como contribución al PIB total, señalan expertos chilenos proclives a sostener el neoliberalismo en el país trasandino.
La reforma en Perú- A diferencia del proceso chileno, la impronta rural en el Perú estuvo mucho más signada por luchas campesinas de envergadura, y también bastante influenciada por lo que en los ’50 sucedía en Bolivia, con la reforma agraria iniciada en 1953. Según Fernando Eguren en su trabajo “Reforma Agraria y Desarrollo Rural en la región andina” las condiciones para la reforma en Perú fueron incubándose durante la década del ’50. Eguren resalta el nivel de conflictividad agraria en ese país, al igual que una creciente migración desde el campo hacia la ciudad. Este autor precisa que con respecto a las luchas campesinas, quizá el caso más notable y publicitado fue la rebelión protagonizada por los colonos de los valles de La Convención y Lares, en la selva alta del departamento del Cuzco, contra los gamonales (hacendados advenedizos), que culminó en la transformación de una sociedad semifeudal en otra mucho más moderna, capitalista y de ciudadanos, que es la que hoy existe, cuya columna vertebral está constituida por los pequeños agricultores comerciales, predominantemente cafetaleros. Pero no fue el único caso: las intensas y extensas movilizaciones campesinas y tomas de tierras de fines de la década de 1950 y comienzos de 1960, sin las que no pueden explicarse las reformas agrarias posteriores, no se orientaron solamente a acceder a las tierras de los latifundios, sino a liquidar los obstáculos económicos y sociales que impedían que al menos un sector importante de campesinos –los llamados convencionalmente ricos y medios- progresasen, pues la modernización y la ampliación de los mercados en el medio rural no eran posibles con terratenientes tradicionales y gamonales. Estos últimos no provenían del tiempo de la colonia sino que ya establecida la independencia de la corona española, fueron un sector que desplazaba mediante medios violentos a indígenas y campesinos de sus tierras, para apropiárselas. Durante la década del ’50 se producía en Perú una fuerte migración desde las zonas agrarias hacia las principales ciudades, fundamentalmente Lima, lo que hizo que los sectores urbanos más acomodados, temieran por la instalación de grandes asentamientos suburbanos. En Perú a excepción de los grandes latifundistas, las diversas clases dominantes veían como una necesidad la aplicación de una reforma del agro. Tanto es así que ya en 1956 el gobierno derechista de Manuel Prado Ugarteche (Movimiento Democrático Peruano) se propuso conformar una comisión para implementar una reforma agraria. Pero fue recién en 1962 cuando la Junta Militar en el gobierno promulgó la primera ley al respecto, convalidando de ese modo las ocupaciones de tierras que ya habían sido realizadas por el movimiento campesino. La denominada Ley de Bases sólo legalizó las ocupaciones en los valles de La Convención y Lares, y no tuvo mayor incidencia que ésa. En 1963 se restableció transitoriamente la democracia, y asumió Fernando Belaunde Terry como presidente. Belaunde realizó campaña electoral prometiendo una nueva reforma rural profunda, pero la fuerza política a la que representaba (Acción Popular- Democracia Cristiana) siendo minoría parlamentaria, no pudo llevar adelante demasiados cambios, ya que la fuerza parlamentaria mayoritaria  integrada por la Unión Nacional Odriista y el APRA, respondía a los intereses de los terratenientes. En 1968 nuevamente se produciría un nuevo golpe de Estado, esta vez por parte de una fracción militar nacionalista encabezada por el general Juan Velasco Alvarado, y al próximo año se promulgaría la principal Reforma Agraria de ese país. “Hoy día el Gobierno Revolucionario ha promulgado la Ley de la Reforma Agraria, y al hacerlo ha entregado al país el más vital instrumento de su transformación y desarrollo. La historia marcará este 24 de Junio como el comienzo de un proceso irreversible que sentará las bases de una grandeza nacional auténtica, es decir, de una grandeza cimentada en la justicia social y en la participación real del pueblo en la riqueza y en el destino de la patria. Hoy, en el Día del Indio, día del campesino, el Gobierno Revolucionario le rinde el mejor de todos los tributos al entregar a la nación entera una ley que pondrá fin para siempre a un injusto ordenamiento social que ha mantenido en la pobreza y en la iniquidad a los que labran una tierra siempre ajena y siempre negada a millones de campesinos” expresaba Velasco Alvarado en junio del ’69 en el discurso de promulgación de la nueva ley. La misma no sólo consideraba expropiable a las haciendas tradicionales, sino a todo predio mayor de 150 ha (tierra de cultivo bajo riego o equivalente) y a predios menores que hubiesen incurrido en una serie amplia de causales. La ley fue respaldada por la decisión política del gobierno, y su ejecución facilitada por el poder de las armas, y por la inexistencia de instancias políticas y judiciales de control y la escasa capacidad de oposición de los partidos políticos y de las clases propietarias. Los complejos agroindustriales azucareros de la costa, cuyos propietarios eran llamados los “barones del azúcar”, fueron ocupados el mismo día que se promulgara la ley. Al igual que en la reforma agraria boliviana, se produciría un fuerte desplazamiento del sector latifundista, se incorporaría a la mayoría de los campesinos- indígenas como ciudadanos de pleno derecho, pero si bien las tierras pasaron a ser para el que las trabaja, no hubo un desarrollo tecnológico acorde, que posibilite transformar la estructura productiva integral del Perú. La reforma de la propiedad rural resulta imprescindible para resolver la principal contradicción del campo, pero para que sea efectiva en relación al desarrollo productivo de un país debe articularse correctamente con el modo productivo de la ciudad, es decir con la industria.
Entre la vida y la muerte, los sin tierra del Brasil- El gigante suramericano es el quinto país del mundo en cuanto a extensión territorial, pero es el primero en cuanto a superficie apta para la agricultura. Hoy está próximo a ser la quinta economía mundial. Con poco más de 200 millones de habitantes, y a pesar de su extensión es uno de los países con mayor densidad de población urbana. Sólo en la región metropolitana de São Paulo, vive el 10 % de la población total. La migración desde las zonas rurales a las urbanas es muy pronunciada, y productora de gran exclusión, generando extensos cordones de pobreza alrededor de las grandes ciudades. Hace más de tres décadas emergía en ese país, uno de los movimientos sociales autónomos más poderosos del planeta, el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) que a lo largo de los años se fue convirtiendo en el principal cuestionador no sólo de la gran desigualdad social, sino también de la desigualdad existente entre el campo y la ciudad. El MST con sus luchas a lo largo de todos estos años ha logrado posesionarse de miles de latifundios, logrando asentar a casi 200 mil familias. Escribir sobe este movimiento llevaría mucho páginas. Si en estas líneas se aborda su existencia es principalmente por su rol paradigmático no sólo en Brasil, sino fundamentalmente en toda Latinoamérica. Incluso aunque la región alcanzase a posicionarse entre las primeras economías mundiales, de hecho Brasil ya se encuentra en ese podio, podrían seguir sin resolverse los principales problemas que afectan a las grandes mayorías populares.  La experiencia de los sin tierra de Brasil sirve como emblema para esbozar una reflexión final y transitoria, tras las sucesivas entregas que Miradas al Sur vino desarrollando acerca de la cuestión agraria latinoamericana
Si en Brasil (y en la región) un dato de la realidad que tiende a cristalizarse como tendencia objetiva, es el incremento sustantivo de grandes cordones de pobreza estructural, alrededor de sus grandes urbes, con todas las consecuencias sociales que ello apareja, el desafío del MST siempre fue a contramano de esa tendencia. Antes que padecer la más cruda exclusión y miseria en las grandes favelas urbanas como Cidade de Deus, y ser presa del subempleo precarizado, la violencia y las redes del crimen organizado, los sin tierra optaron por ocupar tierras en el campo, predios de latifundistas ociosos, y desarrollar allí una economía social, instalándose en comunidades agrarias en la cual hasta son capaces de ofrecerles salud y educación a sus hijos, realizando una experiencia de vida colectiva cercana a cualquier utopía.
El MST desde su creación en 1984, viene bregando por la reforma agraria en su país, pero tal como señalan no una reforma que favorezca a los campesinos solamente, una reforma agraria que transforme a Brasil en una nación igualitaria. No son una oposición a los gobiernos de turno, son más bien una fuerza social que resiste con alternativas, a la más cruda inercia del sistema capitalista mundializado. El MST es tal vez la expresión organizada más significativa de la resistencia de los pueblos latinoamericanos contra la injusta estructura agraria heredada desde el tiempo de la colonia. Una voz que no habría que dejar de escuchar.