Para leer a Freud desde la materia viva
El psicoanálisis suele leerse como una teoría del deseo,
del lenguaje o de la cultura. Pero hay otra lectura posible, más antigua y más
modesta: Freud como un científico de la materia viva, un explorador de los
flujos y los restos que nos constituyen.
Desde esta
perspectiva, los grandes conceptos freudianos encuentran un suelo materialista
inesperado.
La pulsión de muerte no es una fuerza autónoma que anhela
el retorno a lo inanimado, como a veces se lee a Freud. Es, más bien, el
intento fallido de cumplir con el Eros. La vida, en su experimentar constante,
busca construir envoltorios complejos, tejer más covitalidad, derrochar
intentos de unión y organización. Ese es el impulso de Eros. Pero en ese mismo
movimiento, la vida tropieza. Genera restos, errores, asociaciones que no
logran sostenerse y se desmoronan. La pulsión de muerte es la acumulación de
todos esos experimentos fallidos, la sombra de Eros, los sedimentos que el río
ya no puede arrastrar. Es el error inherente a la experimentación, y no su
finalidad. Somos un Eros que tropieza, no un Tánatos que avanza. Y la
conciencia, la ciencia y la política son las herramientas para que ese tropiezo
no sea el último, sino la base del siguiente intento. La Esfinge pregunta:
"¿Cómo te sostenés?". Y la respuesta no es evitar la caída, sino
experimentar con ella hasta transformarla en un nuevo equilibrio.
La compulsión a la repetición es un experimento que no
pudo cerrarse. Repetimos lo que no entendemos, lo que nos desbordó, porque la
trama basal insiste en procesar lo que quedó sin digerir. Cada repetición es un
intento fallido de definir el error. De ahí se desprende el masoquismo como
intento que no cierra.
El síntoma no es un castigo ni una desviación: es un
resto que se exaptó como solución. Un desecho del conflicto psíquico que, al
repetirse, encontró una función reguladora. Molesta, pero también alivia. Es un
meandro que el río talló para sortear una roca y que luego se volvió cauce
fijo.
Incluso la enfermedad, con sus beneficios secundarios,
puede leerse así: no como simulación, sino como un aprendizaje oportunista del
cuerpo, una deriva activa que encuentra en el error una salida provisoria.
Leer a Freud desde la materia viva es devolverlo al río del que nunca debió salir. No es un abandono del psicoanálisis, es una reubicación. El diván no es un confesionario ni un laboratorio de significantes: es un taller donde la trama basal ensaya nuevos cauces. La interpretación no revela un sentido oculto: destraba un flujo. La cura no es la ausencia de síntomas: es la recuperación de la plasticidad perdida, la capacidad de seguir experimentando.
La Esfinge, como siempre, hace la pregunta justa: ¿cómo te
sostenés? Y el análisis es una de las formas de responder, no con palabras,
sino con una vida que vuelve a fluir.
