2026/07/29

Lo que el lemming enseña

Lo que el lemming enseña


Existe la creencia popular de que los lemmings se suicidan en masa. Es un mito alimentado por un viejo documental que, para filmar la escena, los arrojó por un acantilado. La realidad no necesita de ese truco para ser inquietante. Simplemente es otra cosa.

Lo que ocurre con los lemmings es una oscilación de cantidades. Cuando las condiciones son favorables, proliferan de manera desmedida. La población crece hasta que el alimento escasea. Entonces emigran en masa. Cruzan ríos, atraviesan valles, se topan con acantilados. Muchos mueren. Muchísimos. Pero llamar "suicidio" a esa mortandad es proyectar una intención humana sobre un hecho estadístico. Mientras unos mueren, otros miles nacen. Lo cuantitativo sube y baja como un termómetro enloquecido.

Lo cualitativo, en cambio, permanece. La especie no se extingue. Al final del ciclo, queda un resto. Un puñado de lemmings que no emigró, o que encontró un valle protegido, o que simplemente tuvo suerte. Ese resto alcanza. Vuelve a poblar la tundra cuando las condiciones mejoran, y el ciclo recomienza.

La naturaleza, en los lemmings, se muestra ajena a nuestros cálculos. No es una economía que administra recursos escasos. No es una tragedia que lamenta a sus muertos. Es un flujo. Un derroche sin cálculo que, sin embargo, persiste.

Pero hay algo más. La vida de un lemming no es apacible. No es una anécdota de superación. Es un tránsito caótico, un vértigo. Nacen en un momento de auge o de colapso, se alimentan con voracidad, se reproducen sin pausa, y mueren jóvenes, devorados por un depredador, ahogados en un río o simplemente agotados por el estrés de la migración. No hay serenidad en esa existencia. Hay un derroche de energía, un torrente que los atraviesa y los consume en cuestión de meses.

Sin embargo, un lemming sabe lo que es un lemming. No con palabras, pero sí con el cuerpo. Vive entre lemmings. Reconoce a sus congéneres, se aparea con ellos, los sigue en la migración. Su trama basal está sintonizada con su mundo inmediato. No puede salirse del flujo para contemplarlo desde afuera, como hacemos nosotros. Vive en un presente denso, cargado de instinto y aprendizaje, pero sin la pausa que da el lenguaje. Su vértigo no es angustia, es vida.

Y acá viene la verdadera lección. Los lemmings que mueren en la migración no "fracasaron" en la selección natural. Estuvieron vivos. Corrieron, comieron, se reprodujeron, sintieron el impulso de migrar y lo siguieron hasta el final. Su existencia no fue un error. Fue una expresión plena de lo que es ser un lemming.

La selección natural no es solo sobrevivir. Es estar vivos. Es el derroche, el vértigo, la abundancia, la muerte masiva y el resto que persiste. No es un concurso de resistencia. Es un experimento continuo de la materia por sentirse a sí misma, por moverse, por buscar un cauce, aunque ese cauce termine en un acantilado.

Los lemmings nos muestran que la vida no es un medio para un fin. Es un fin en sí mismo. La supervivencia de la especie es una consecuencia, no la meta. La meta es el impulso de Eros, el derroche de energía mientras dure. Los lemmings son puro Eros, incluso cuando caen por el acantilado. Porque caen vivos, corriendo, siguiendo su impulso hasta el final.

Quizás, después de todo, el lemming no tenga nada que enseñarnos. Quizás solo nos muestra lo que siempre supimos pero nos resistimos a aceptar: que la naturaleza no se rige por nuestros planes, y que la persistencia no es un triunfo, sino una obstinación de la materia. Una obstinación que no busca durar, sino simplemente ser, mientras se pueda.

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