La conversación imposible: entre el grito y la distinción
Hoy es muy difícil conversar. Se vive interrumpiendo. Se escuchan dos palabras y ya se las pisan. Nadie parece interesado en lo que cuenta otro, sino en encontrar la oportunidad para meter lo propio. La necesidad de ser escuchado es muy superior a escuchar. O simplemente es no dejarte hablar. El modelo Intratables o ESPN F90 dejaron muy atrás a Polémica en el bar, donde al menos se simulaba cierto diálogo, cierta escucha, un "seguime que ahora te respondo". El problema es que esas lógicas discursivas, las del combate y el zapping humano, se metieron en lo cotidiano. Ya no conversamos: nos turnamos para disparar.
Esa imposibilidad tiene una raíz más honda. Es la otra cara de una misma moneda. Nos acostumbraron con esa pretensión de ser distinto. Es casi una obsesión contemporánea. Que te digan "es un distinto". Terrible paradoja, pues nos martillaron en la cabeza con que nadie es igual al otro y todos repiten "somos todos diferentes". Ser más distinto que los distintos. La hiperrealidad de la distinción es uno de nuestros principales síntomas actuales. Hiperobsesión.
Y aquí se cierra el círculo vicioso. Porque una persona que ha hecho del culto a su personalidad un proyecto de vida es, por definición, incapaz de escuchar. Escuchar implica momentáneamente ceder el protagonismo, aceptar que lo que el otro dice, siente o piensa es, en ese instante, más importante que mi construcción de personaje. Pero para el "distinto", la conversación no es un intercambio: es un escenario. No puede esperar dos palabras sin pisarlas porque su necesidad no es entender, sino aprovechar cualquier pausa para seguir esculpiendo su propia estatua frente a un otro que no es interlocutor, sino audiencia. Interrumpir es un acto de afirmación del yo: "Mi idea es más brillante, más única, y no puede esperar". El modelo Intratables no es solo un formato: es la pedagogía perfecta para una sociedad de narcisos en competencia, un desfile de personalidades donde el fin no es construir sentido juntos, sino ver quién brilla más.
Sin embargo, la verdadera jerarquía humana no se mide por ese brillo aislado. La jerarquía de los humanos se mide por su aporte a lo colectivo —aunque no lo tengamos como observable—, por su capacidad de imbricación, de acoplamiento que produce saltos en lo colectivo. La jerarquía de un equipo de fútbol se muestra en su funcionamiento grupal. Los talentos se acoplan a ese funcionamiento y lo potencian, pero solos nunca podrán. Pero nos machacan con las individualidades. Vas a ver puntajes individuales, nunca puntajes de equipo.
Nos han educado para ser estrellas que compiten por el brillo más intenso, pero que son incapaces de formar una constelación. Somos puntos luminosos en un vacío, gritando cada vez más fuerte para que nos miren, en medio de una soledad atronadora. La salida no es aprender a gritar mejor. Es recordar que el verdadero distinto no es el que se impone, sino el que se acopla; no el que interrumpe, sino el que escucha y, con su escucha, hace posible que exista algo que ninguno podría haber creado solo.
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