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2021/09/20

PASO 2021- Más marketing que política

 

Cuando de ciertas voces políticas se escucha proponer la construcción de una sociedad más justa o igualitaria a la cual se llegará a partir de una importante transformación social, esos enunciados más que provocar entusiasmo, no dejan de sembrar dudas e incluso un gran escepticismo. Los discursos políticos hoy están impregnados de sofismas marketineros que nunca se traducen en prácticas concretas.


Cuando se habla de Grieta se supone que estamos en presencia de un conflicto muy acentuado, casi irreparable entre dos proyectos de país. Por un lado los que llevarían adelante la transformación de la sociedad en beneficio de los sectores populares, tocando los intereses de las fracciones económicas más poderosas. Del otro lado, los últimos, intentando detener esa sangría confiscatoria que nos llevaría a ser Venezuela, Cuba o Corea del Norte. Pensado así la infraestructura de la sociedad estaría sujeta a una disputa que mueve el suelo como un sismo.

El resultado de las PASO muestra que la supuesta Grieta no deja de ser un gran simulacro, y que el piso en el que se desarrolla se encuentra demasiado firme. La democracia argentina se acerca cada vez más a ese bipartidismo con alternancia que tanto pregonan los demócratas liberales y que alguien como el ex presidente Eduardo Duhalde no deja de sugerir enfáticamente a las dirigencias políticas argentinas.

La alternancia supone la existencia de una política de Estado que se mantiene gobierne quien gobierne. No deja de ser una de esas repetidas propuestas que muchos políticos y periodistas siempre sugieren. Una política de Estado en Educación, Justicia, Seguridad, Trabajo. Al revés, se podría decir que esa política ya existe y es la que el pueblo viene padeciendo desde hace ya un tiempo, probablemente a partir del segundo mandato de la ex presidenta Cristina Kirchner. Definir ese momento implicaría un interesante trabajo de investigación.

Se podrá señalar que el ex presidente Mauricio Macri hizo lo que tanto previa como posteriormente no se había hecho: endeudar al país de una forma desmedida poniendo así serias trabas a quien quisiera revertirlo. Si la deuda contraída por Macri no se investiga y a la vez se hacen todos los deberes para pagarla, lo que se está haciendo es validarla como tal.

Cuando de ciertas voces políticas, se escucha proponer la construcción de una sociedad más justa o igualitaria a la cual se llegará a partir de una importante transformación social, esos enunciados más que provocar entusiasmo, no dejan de sembrar dudas e incluso un gran escepticismo. Los discursos políticos hoy están impregnados de sofismas marketineros que nunca se traducen en prácticas concretas. Esto no es ninguna novedad ya que gran parte de la ciudadanía lo percibe de esta forma y a eso se debe, en gran parte, la escisión creciente entre política y sociedad.

“Sabemos que falta, que falta un montón, pero estamos haciendo” es una frase repetida hasta el hartazgo tanto por el oficialismo como por la oposición cuando fue gobierno. El gran problema es que nunca se sabe hacia dónde hay que ir para suplir la falta. Eso no se dice. Se parece al secreto empresarial. El ciudadano entonces, aunque cada dos años tenga que ir a votar, se vuelve pasivo, tiene que esperar. Lo antedicho debe ser el principal axioma de la señalada alternancia. También lo que provoca, la falta de entusiasmo para comenzar una práctica militante, aunque se escuche asiduamente decir “Estoy trabajando para fulanito”. Obviamente que militar, no es trabajar.

“Es lo que hay” es otra de esas frases que se repiten. Si cada uno se la rebusca como puede, como se dice hoy, lo que molesta sobremanera es que digan que están cambiando el país. Es en este punto preciso donde se hace sumamente perceptible que hoy la imaginación sociopolítica está completamente enterrada. Si se intentase transformar la sociedad, inevitablemente se debiera comenzar a construir otro modo de vivir, de producir, de pensar, de consumir, de hacer política.

Seguramente a través de ciertos razonamientos se podrá decir que lo antedicho no coincide completamente con la realidad, aunque la mayoría de los viejos militantes con cierta formación ideológica  lo vea así. Los nuevos deberían ganarse a las mayorías silenciosas y demostrarles que se trata de ir mucho más allá de lo existente, de eso que no deja de reproducirse continuamente, porque la ideología existe en el modo de vida, en el quehacer cotidiano. Es eso que se reproduce espontáneamente. Los grandes teóricos que hablaron de la ideología obviaron casi siempre un escrito emblemático de Lenin como el ¿Qué hacer? Allí el revolucionario ruso señalaba que la lucha obrera espontanea conduce al tradeunionismo y no al socialismo y que por ende había que darle a eso una sugestiva vuelta de tuerca.

De todas maneras, no todo lo que sucede genera escepticismo. Al interior de los procesos políticos progresistas que se fueron dando en Latinoamérica, durante las dos primeras décadas de este siglo, vale subrayar los ejemplos de Bolivia y Ecuador en los cuales no sólo se realizaron acciones políticas sino a su vez se planteó el establecimiento de un nuevo modo de vida basado en las costumbres milenarias de los pueblos indígenas. El “Vivir Bien”, el Suma Qamaña de los aymaras o el Sumak kawsay. No son pocos los movimientos sociales regionales que adoptan como regla, otro modo de vida alejado del consumismo reinante. Los viejos militantes argentinos de los 70 conocen todo esto a la perfección ya que en sus prácticas también modificaban sus modos culturales heredados, por ejemplo la conocida proletarización.

Por razones de espacio desarrollaremos los temas del último párrafo en una próxima nota. 

2021/07/26

Entre la micro y la macropolítica


Algunos sectores creen que la única posibilidad de transformación es aportar a las experiencias de los gobiernos progresistas, pero olvidan que si no se producen modificaciones en las relaciones de fuerza social, se caerá en cierta esterilidad con respecto a producir cambios de importancia.

En notas anteriores publicadas también en Socompa, quien escribe venía desarrollando no sólo la importancia teórica de definir al sujeto social, sino principalmente el estatus que la definición misma le otorga a las prácticas militantes. La ausencia hoy de una clase obrera concentrada y con capacidad de centralizar a diferentes expresiones populares no deja de interrogar a todos aquellos que desde varias décadas atrás vienen sosteniendo la necesidad del cambio social.

Mientras algunos sostienen que, caída la centralidad obrera, no queda otra que irse a casa, están los que no se dan por vencidos e intentan encontrar alguna veta por donde llevar adelante una práctica transformadora. Obviamente, muchos caen en un estéril voluntarismo. Por esta misma razón resulta imprescindible indagar de forma sistemática en la realidad social para hallar nuevos focos que permitan la acumulación política.

Muy lejos de intentar dar una definición acabada, lo que sigue pretende ser una simple aproximación que aporte a un debate necesario que pueda dar por sentada las bases de una práctica transformadora.

Mientras hoy muchos creen que la única forma es aportando a las experiencias de los gobiernos progresistas, se olvidan que si no se producen modificaciones en las relaciones de fuerza social, se caerá en cierta esterilidad con respecto a producir cambios de importancia. No se trata de soslayar o rechazar esas experiencias, sino de verlas al interior de un marco adecuado.

La irrupción en Latinoamérica de diferentes gobiernos de tinte progresista desde principios de este siglo no deja de ser el resultado de la resistencia de los sectores populares a los ajustes neoliberales de los años 90. La llegada al gobierno en 2003 de Néstor Kirchner hubiese sido imposible sin las grandes luchas sociales que desencadenaron la gran revuelta de diciembre de 2001. Algo similar se dio a lo largo de todo el continente.

Por eso hablar de “Democracia” como un absoluto – como una entidad que, si bien debe ser mejorada, pero obviando todas las circunstancias que la hacen posible – es caer en una abstracción que sólo sirve para la supervivencia de los políticos profesionales.

Lo primero que debe medirse es el bienestar del pueblo y no las formas. En tal sentido hoy existe una cierta orfandad que debiera ser revertida. Porque si se pretendiera profundizar la democracia, a saber, el protagonismo y la participación de los sectores populares, lo que hoy existe institucionalmente resulta ser un gran impedimento, principalmente el Poder Judicial.

Desde lo pequeño

En 1986 se publicaba Micropolítica- Cartografías del deseo, escrito por Félix Guattari y Suely Rolnik.  Lo que planteaba ese libro, es probable que no tuviera, en ese momento, la actualidad que iría a adquirir con el paso de los años. Eran tiempos en que, si bien ya se avizoraban distintos signos sobre la realidad social futura, aún se consideraba, desde los círculos militantes, que el cambio social tenía lugar principalmente en la escena macropolítica. 

No son pocos los que considerando lo innovador de los planteos esquizoanalíticos, llevaron adelante ciertas prácticas al interior de institutos de menores, cárceles y hospicios. La mayoría de ellos, consideraban a esas acciones como un cierto trabajo de base que tendría efectos en la escena política general, aunque pusieran mucho entusiasmo en esas prácticas moleculares.

La Micropolítica interpela y pone su acento en la particularidad, el sindicato, la junta de vecinos, el centro de estudiantes o diversas organizaciones institucionales en las que la ideología capitalista siempre es hegemónica.

En la Argentina existe un cierto sello distintivo en lo que hace al traslado de lo social hacia lo político, en cómo se concibe el salto hacia las superestructuras. Esto complica de alguna manera al activismo micropolítico. Veámoslo con algún detenimiento.

En los años 70 era una constante de los diversos grupos de las izquierdas revolucionarias, tanto socialistas como peronistas, buscar el modo en cómo determinadas luchas sociales -que por entonces eran prolíficas-, podían ser transformadas en una lucha política efectiva. De algún modo esto se llevaba adelante forzando la realidad sin alcanzar a producir los efectos deseados. Esto no dejó de ser una particularidad que prosiguió durante las décadas posteriores, principalmente durante los 90 en la resistencia social al menemismo. 

La ausencia de organizaciones políticas de izquierda con un gran anclaje de masas, en gran medida debido a la existencia del peronismo y otro tanto a raíz de sectarismo o dogmatismo, hizo a lo largo de los años que muchos activistas de formación marxista se dedicaran a llevar adelante trabajos de base por cuenta propia al margen de los partidos, pero con la intención clara de convertir esos núcleos organizativos en plataformas políticas. Es así que, a lo largo de las últimas décadas, en cualquier asamblea multisectorial es posible encontrar a dirigentes sociales de pequeños grupos de base, hablando como si fueran referentes nacionales. Esto se hizo bastante elocuente con el surgimiento del movimiento piquetero, en el que casi todos intentaron engordar su quinta propia sin la mínima preocupación por establecer las bases de un solo movimiento unificado.

Pareciera que el salto a lo político fuera algo así como una obsesión del activismo de nuestro país. Esta característica conspira contra el desarrollo de la micropolítica como tal. Posiblemente los que llevan adelante militancia de base autónoma no dejan de pensar en lo macropolítico, pero que, debido a sus posibilidades materiales, siempre quedan recluidos en un activismo que no excede lo local.

En un encuentro de organizaciones sociales realizado a principios de 2005 en el Olga Vázquez de La Plata, en el que estuvo presente quien escribe, tres activistas españolas contaban su experiencia en la recuperación de espacios tanto públicos como privados abandonados y de cómo gestionarlos en una nueva perspectiva. El grupo al que pertenecían constató que un viejo leprosario ubicado en un pequeño bosque cercano a Barcelona estaba abandonado, y a partir de ahí concentraron su tarea en recuperar el lugar, para luego de ser adecuado, poner ahí en marcha tanto un emprendimiento textil como un refugio habitacional para mujeres solas con hijos. A su vez contaban otras experiencias similares en Europa, como la de un viejo castillo en Italia que fue recuperado por los okupas y en el que pusieron en marcha un hotel autogestionado.

Lo interesante de esas experiencias es que no son demasiado conocidas y eso principalmente porque quienes las llevan adelante prefieren no exponerlas demasiado para impedir que las desbaraten. En la Argentina ese modus operandi no es el más común. Cuando irrumpieron las fabricas recuperadas allá por el 2001, algunas como Zanón o Brukman eran presentadas por algunos grupos de izquierda casi como la plataforma de la revolución socialista. No está mal intentar que los trabajos de base puedan aspirar a ser parte de una alternativa política, el problema es cuando se fuerza ese movimiento, rompiendo la unidad de base y abortando o desgastando lo alcanzado hasta ese punto.

La política como culto al individuo

No son pocos los que creen que los diferentes cambios revolucionarios son el resultado de la acción de grupos minoritarios. Las derechas utilizan ese tipo de argumento para desprestigiar y socavar cualquier intento transformador, mientras que ciertas izquierdas al igual que los progresismos también vanaglorian el culto de las personalidades. Esas ideas provienen principalmente del iluminismo jacobino de las burguesías radicales. La suposición de que todo cambio social tiene más que ver con la voluntad de algunos pocos que con las necesidades concretas de las grandes mayorías, no sólo económicas, sino también subjetivas.

Lo señalado podría ser desarrollado con suma exhaustividad si no fuera porque esos debates pueden rastrearse tanto en documentos como también por el testimonio de viejos activistas de un tiempo en el que la transformación de la sociedad estaba al orden del día. Si hoy las condiciones sociales son sumamente diferentes para llevar adelante una práctica política, hay determinadas matrices conceptuales que permanecen. En tal sentido se podría decir que el sustituismo elitista hoy es el patrón ideológico dominante, en desmedro de la participación activa. Dirán que “a la gente no les interesa nada. Vean cómo votan”, prescindiendo así de la tarea ardua de incorporar y foguear voluntades, del otrora conocido “trabajo de hormiga”.

Si se pretende transformar la realidad, esto no es posible sin la existencia de una fuerza social mayoritaria en la que primen trazos críticos y por sobre todo autonomía. Pedir el voto para resolver los grandes problemas sociales, no tiene ningún sentido transformador si a las grandes masas se las mantiene sumisas y sin ningún poder de decisión en lo que hace a la cotidianeidad, relegando sus deseos y su voluntad a votar cada dos años. Mucho más cuando hoy, más que proyectos lo que se votan son candidatos a los cuales la mayoría conoce por los medios de comunicación. De igual manera que en la vida corriente, en la política también reina el Individuo. Tanto el bueno que viene a “hacer cosas para la gente”, como el que viene a hacer negocios.


2021/05/10

Los movimientos sociales- Desocupados, rebelión y cooptación

 


El surgimiento de las luchas piqueteras a mediados de los ‘90 dio lugar un cierto traslado o desplazamiento de la clásica combatividad del movimiento obrero argentino. Sin embargo, una vez instalado un régimen de asistencia estatal, la feroz competencia al interior de los mismos movimientos, por conseguir planes fue debilitando la rebeldía. Aunque tal vez el mayor déficit haya sido que nunca se hayan podido unificar. (Foto de portada: Gabriela Manzo).

El 1 de enero de 1994 se produciría en un lugar remoto de la selva chiapaneca (México) un acontecimiento que marcaría a fuego el destino de casi todos los movimientos sociales de nuestro continente. La revuelta zapatista tanto por sus formas como por sus contenidos, iría a ser una fuerte bocanada de aire fresco, en un tiempo en el que se intentaba mostrar que cualquier expresión emancipatoria ya pertenecía a un pasado que había sido superado por el reino de las democracias liberales. Se vivía así el fin de la historia, el fin de las luchas y la llegada de un mundo en el que con el simple esfuerzo individual toda la humanidad podía ser feliz.

La irrupción del neozapatismo en la recóndita selva Lacandona, no sólo desenmascaraba la utopía reaccionaria promocionada por el pensamiento único neoliberal, sino que a su vez y de modo significativo, objetaba gran parte de las premisas de las izquierdas impregnadas de burocratismo y liberalismo. Mostraba fundamentalmente por qué, estas últimas expresiones habían perdido su relación con las bases sociales y las serias dificultades para recomponer cualquier lazo. Mientras que la mayoría de las izquierdas quedaba aprisionada en el juego democrático, los diferentes movimientos sociales comenzaban a construir sobre la base de la autonomía.

Promediando el año 1996, se comienza a producir un declive en las luchas de los trabajadores ocupados, y con ello el surgimiento de los novedosos movimientos de trabajadores desocupados que fueran más con conocidos como piqueteros. La gran Marcha Federal que tuvo lugar en 1994, ya presentaba una marca que comenzaba a verse por ese tiempo, la gran incidencia de los gremios estatales y la de los gremios del transporte (Camioneros y UTA). Las patronales tenían bastante resguardado el protagonismo de los gremios industriales, y no pocos creían que la presencia de los transportistas resultaba estratégica, ya que si se lo proponían podían desabastecer o dejar aislada a gran parte de la población. Lo cierto es que esto nunca ocurrió.

Precisamente en 1996 se produciría el primer gran corte de ruta en Cutral-Có (Neuquén) con un gran protagonismo de ex trabajadores de YPF. Un año después esto se repetiría en esa misma región neuquina y un fenómeno similar también tendría lugar en Tartagal (Salta)  en donde se repetía la presencia de ex trabajadores petroleros. La estética del piquete, repetida hasta el hartazgo por los medios televisivos, recordaba al zapatismo. Resultaba por ese entonces una novedad sin demasiados precedentes en nuestro país. Sorprendía incluso a las variadas organizaciones de desempleados que ya habían comenzado a desarrollarse, principalmente en los diferentes municipios del conurbano bonaerense.

Por ese tiempo, muchos desocupados comenzaban a juntarse, ex activistas gremiales y militantes de izquierda confluían en pequeñas organizaciones, aunque nadie sabía muy bien qué hacer. Vale señalar que en 1988 tendría lugar el nacimiento en Rosario de la Unión de Trabajadores Desocupados (UTD). Este grupo gestionó una personería jurídica como asociación civil sin fines de lucro, y funcionaba tanto como bolsa de trabajo, como generando algunos emprendimientos cooperativos. Alcanzó mayor desarrollo cuando Héctor Cavallero fuera intendente de Rosario a partir de 1989. Cuando surgió en 1992, el Congreso de los Trabajadores Argentinos (CTA), la UTD se incorporaría como un gremio más a la central dirigida por Víctor De Gennaro. De todas maneras el patrón de este grupo no sería el único modelo para los que como desempleados se sumaban a la nueva central obrera.

A partir de 1995 aparecerían a lo largo de los distintos municipios del conurbano bonaerense, pequeños grupos de desocupados. Algunos ligados a partidos de izquierda y muchos otros que no permitían la intromisión de las orgánicas al interior de la organización. La principal actividad era realizar ollas populares en las barriadas y participar de las grandes movilizaciones obreras que tuvieron lugar entre el 95 y el 96. A estos movimientos el fenómeno Cutral-Có sin lugar a dudas los entusiasmó, pero la realidad socio geográfica del Gran Buenos Aires no era demasiado propicia para llevar adelante acciones como la de los piqueteros neuquinos. Se consideraba por entonces que los municipios de Berisso y Ensenada, con la refinería La Plata en sus bordes, habiendo sufrido el despido masivo de trabajadores en 1992 podía ser un gran polvorín. A diferencia de Cutral-Có, Plaza Huincul o Tartagal; en el Gran La Plata no había condiciones similares.

El 1ro de Mayo de 1995 haría su presentación pública en Plaza de Mayo, la incipiente coordinadora de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTDs).  Había entre ellos agrupaciones de San Francisco Solano (Quilmes), de asentamientos del partido de Almirante Brown, de Villa Corina (Avellaneda) entre otros.  En 1996 estos grupos confluirían junto a diversas organizaciones barriales, de desocupados, anti represivas, más ligadas a las izquierdas, en una gran movilización a la Casa Rosada que llevó el nombre de Marcha contra el Hambre y la Represión.  Allí también aparecieron grupos que se habían consolidado con la toma de tierras y la formación de asentamientos como el Agustín Ramírez. Lo interesante de este tiempo fue que comenzaban a aparecer diferentes elementos programáticos para estos grupos. El más significativo fue el reclamo por la institucionalización de un Plan de emergencia ocupacional y un seguro de desempleo.

Cuando se produjo el primer piquete bonaerense en el partido de La Matanza, la metodología de estos movimientos comenzó a expandirse y hacerse cada vez más presente el reclamo de estos sectores que fueron grandes protagonistas de las luchas que se fueron dando durante la crisis diciembre de 2001. Con la sangrienta represión efectuada el 26 de junio de 2002 en el Puente Pueyrredón de Avellaneda por parte del gobierno de Eduardo Duhalde y que dejara dos militantes populares asesinados, Darío Santillán y Maximiliano Kosteki; se iría a producir paulatinamente la cooptación de todos estos movimientos en las esferas estatales que controlan la ayuda social y rigen el asistencialismo. Los diversos movimientos comenzarían a ocupar en las barriadas el lugar que los viejos punteros habían perdido durante los 90. De todas maneras esto no excluye la importancia de estas organizaciones en la configuración de un tiempo en el que el movimiento obrero había perdido su potencialidad.

Se necesitaría sin dudas una historia crítica de estos movimientos, que muestre sus grandes aportes y a su vez sus déficits. A muy grandes rasgos vale subrayar que en las diversas luchas piqueteras se produjo un cierto traslado o desplazamiento de la clásica combatividad del movimiento obrero argentino. Una vez instalado un régimen de asistencia estatal, la feroz competencia al interior de los mismos movimientos, por conseguir planes fue debilitando la rebeldía y el compromiso de muchos militantes. Aunque tal vez el mayor déficit haya sido que nunca pudo establecerse la unificación de todos los movimientos en una central unitaria que asuma sindicalmente la gestión de todos los problemas inherentes a la condición del trabajador desocupado. La mayoría de las orgánicas de izquierda siempre consideraron a estos movimientos como parte de su propia base social.

La balcanización que afectó al conjunto de la sociedad y en particular a la clase obrera también se presentificó en estos movimientos. La unidad piquetera hubiera permitido gestionar al conjunto de las reivindicaciones de la economía social, o al igual que lo hace la Central Obrera Boliviana (COB), detectar las irregularidades presentes en ciertas empresas privadas y promover la recuperación de las mismas por parte de sus empleados. Incluso esta modalidad de empresa recuperada es un modelo típicamente argentino nacido al calor de las luchas producidas durante 2001.

2021/02/15

Pandemia y política- La crisis y el gobierno judicial


 La pandemia de Covid-19 desmoviliza a la sociedad, impidiéndole utilizar su mejor arma para defender sus derechos, mientras otros actores – entre ellos el Poder Judicial -, sin ese freno hacen su juego con más libertad y casi sin tapujos.

Con la llegada de la pandemia, hace aproximadamente un año, las medidas que comenzaron a adoptarse para enfrentarla, inevitablemente terminarían deteriorando la economía. Esto no es un dato local sino que afecta al escenario global, aunque haya habido gobiernos que tuvieran una actitud de despreocupación completa con respecto al abordaje del Covid19, por considerar que éste no podía obstaculizar el despliegue económico. El coronavirus, aunque lo hayan considerado como “una gripecita” no dejó de afectar a los países gobernados por quienes así lo tildaran.

Habría que convenir en que la actual crisis producida por la pandemia no es un mero accidente, una rara excepción a la regla, sino un síntoma estructural más, producido por el modelo actual de acumulación capitalista. Se da enmarcada en un proceso de deterioro creciente del medio ambiente, principalmente apuntalado por los agronegocios y que no permite vislumbrar ninguna atenuación.  No se trata pues de disminuir la brecha entre los que más y menos tienen sino de revertir este proceso para generar otro modelo de acumulación económica que no permita, entre otras cosas, el desplazamiento de grandes masas de habitantes del campo para engrosar precarios asentamientos urbanos, condenándolos a la marginación.

Si nos atenemos a la norma, las crisis siempre las pagan y las sufren mucho más los sectores populares que los verdaderos hacedores de las mismas que además están preparados para encararlas intentando obtener ganancias de ellas. De todas formas una crisis siempre ofrece un grado de indeterminación que la convierte en posibilidad. Bajo la leve salvedad de que hoy en la Argentina no gobierna la derecha, estando al frente el peronismo, uno podría preguntarse cuánto margen favorable poseen los sectores populares para zafar de la depresión. Esa respuesta sólo puede darse en el día a día descartando cualquier conjetura cercana a la justificación.

En la Argentina cualquier intento de redistribución que a su vez pueda permitir la reversión del actual modelo de acumulación económica siempre encontrará grandes adversidades a las cuales sólo se podrá sortearlas si se lo hace con gran determinación y sobre todo mostrando potentes relaciones de fuerza. Este último componente no deja de ser quien impulsa en última instancia la voluntad de cambio. Tras muchos años de gobiernos progresistas interrumpidos por cuatro años de rapiña macrista, no se pudo nunca avanzar en transformar la matriz productiva preponderantemente agroexportadora ni revertir la especulación financiera que condena a millones a la marginación. 

El aislamiento social creado por la pandemia produjo un grado significativo de desmovilización social, principalmente por el hecho de que las organizaciones populares fueron de las primeras en advertir el riesgo sanitario y el cuidado de sus adeptos. No es el caso por cierto de la derecha que aprovechó esas circunstancias para ganar las calles ante la inmovilidad del resto a sabiendas del apoyo irrestricto de los grandes medios. Tampoco desde el gobierno se adoptaron medidas para evitarlo cayendo en los mismos prejuicios liberales de los que sacaban a relucir sus cacerolas. 

Distinta vara

Antes de fin de año, el 28 de diciembre el presidente de Bolivia Luis Arce promulgó la Ley 1357 de Impuesto a las Grandes Fortunas. La medida consiste en el cobro a todos aquellos ciudadanos que superen en sus arcas los 30 millones de bolivianos. El Estado recaudará unos 4,3 millones de dólares mensuales, y que alcanzará a 152 personas fraccionadas en 3 segmentos. Lo interesante de la medida es que dicho impuesto será permanente.

A diferencia del "Aporte Solidario y Extraordinario para Ayudar a Morigerar los Efectos de la Pandemia" sancionado en nuestro país, el impuesto boliviano tendrá extensión en el tiempo y eso dará mucho mayor previsibilidad que el cobro de determinada cuota una sola vez. Lo interesante es saber qué ocurre cada vez que en nuestro país se intentan plasmar medidas que verdaderamente pueden aportar a revertir el modelo de acumulación económica.

Si se googlea impuesto a la riqueza en la Argentina, curiosamente la mayor cantidad de información corresponde a bufetes de abogados preparados para actuar en contra de “medidas comunistas” que propician “expropiación, “confiscación” en el marco de una creciente “inconstitucionalidad”. Respuestas exageradas a medidas que no dejan de ser tenues. Los grandes medios son la principal caja de resonancia.

El gobierno judicial

No alcanza con señalar determinadas falencias si no se pone en marcha algo que pueda cambiarlas. “Como yo soy un republicano de verdad, respeto la autonomía judicial, pero no quiere decir que avale lo que ellos hacen” dijo el presidente Alberto Fernández para luego afirmar que “La Corte está mal y lo que era un tribunal prestigioso en los años de Néstor hoy es un tribunal muy poco calificado socialmente”.

Durante este gobierno no se pudo lograr la expropiación de Vicentín, una empresa plagada de irregularidades con indicios claros de delincuencia económica, y que hubiera logrado una mejor plataforma para  el comercio de granos. El poder judicial les puso el freno.

El desalojo de centenares de pobladores en Guernica el año pasado, fue motorizado por el poder judicial, haciendo que las fuerzas de seguridad vayan en la dirección que esa corporación les señalaba. Se sabe que ni el mismo gobernador Axel Kicillof ni el Ministerio de Desarrollo nacional estaban a favor del desalojo aunque carecían de cualquier margen de acción para impedirlo. ¿Esto será ser “republicano de verdad”?

Aproximadamente 10 años atrás, la por entonces presidente Cristina Kirchner no dejaba de hablar de la “Justicia cautelar” o de la “máquina de impedir”. Por aquellos años se hablaba de “profundizar un proyecto” que cada vez fue quedando más  en la superficie de un realismo político hoy dominante.

Mientras el poder judicial sea uno de los principales bastiones heredados de la dictadura cívico militar, no se podrá avanzar demasiado. Se podrán decir muchas cosas.

Para todos aquellos que no dejan de señalar que “no hay que hacerle el juego a la derecha”, habría que precisar que éste es ese juego porque les estamos permitiendo que se reagrupen, organicen y tengan mayor piso de sustentación que los sectores populares.

2020/09/12

Democracia y poder económico- La institucionalidad descartable

 Desde principios de siglo diversos intentos de golpes tanto fallidos como efectivos, y un permanente acoso a los diversos gobiernos y fuerzas progresistas a través de operaciones mediáticas, judiciales, e incluso con fuerzas de seguridad son las herramientas del poder económico para mantener sus privilegios de clase.
Siendo oposición, la derecha no deja de agitar que tanto la Democracia, como la República, o la Libertad están en peligro. A eso le podemos sumar las declaraciones del ex presidente interino Eduardo Duhalde quien dijera en un programa televisivo que en 2021 no habrá elecciones legislativas y que no descarta que haya “un golpe de Estado”. “Es ridículo pensar que el año que viene va a haber elecciones. Tenemos un récord, la gente no lo sabe o se olvida: entre 1930 y 1983 hubo 14 dictaduras militares, presidentes militares”, dijo Duhalde asegurando que lo que se viene va a ser peor que lo ocurrido en 2001.
¿Tan endeble es la democracia en la Argentina? En el discurso de la derecha da la sensación de que de acuerdo a quien gobierne, la democracia existe o no. Se supone que siendo así, toda la institucionalidad sería extremadamente maleable e incluso descartable. Todo pasaría a depender exclusivamente de voluntades personales o sectoriales. Tal vez la derecha tenga algo de razón en ello y haga de eso su práctica efectiva.
Si nos atenemos a lo que viene sucediendo con las diferentes democracias latinoamericanas desde el inicio de este siglo, podemos extraer diversas conclusiones. Si bien tras el paso de dictaduras muy sangrientas, las democracias retornaron en la mayoría de los casos durante los 80, para fines de los 90, en diversos países se produjeron severas crisis de representatividad, en gran parte provocadas por el despiadado saqueo neoliberal.
La oleada de gobiernos progresistas que tuvo lugar durante la primera década de este siglo, en gran parte fue el resultado de las crisis antedichas. Fueron respuestas sobre todo defensivas, intentos de generar alternativas al neoliberalismo que siempre siguió en pie, a pesar de soportar gobiernos que venían a ponerle ciertos límites.
Los diferentes grupos económicos y sectores cívicos que habían estado detrás de las dictaduras nunca se resignaron, y fueron generando diversas expresiones políticas que puedan llegar a los gobiernos para que gestionen a favor de sus privilegios de clase. No escatimaron nunca la utilización de diferentes modos de intervención ajenos a la democracia. Todo con el apoyo casi explicito de los Estados Unidos a partir de ONGs, fundaciones y ciertos organismos como la DEA, sin descartar la intromisión directa de su propia embajada.
De esta manera a partir del nuevo siglo podemos corroborar el accionar del bloque social dominante en diferentes ocasiones acosando seriamente a los sistemas democráticos latinoamericanos. Diversos intentos de golpes tanto fallidos como efectivos, y un permanente acoso a los diversos gobiernos y fuerzas progresistas a través de operaciones mediáticas, judiciales,  e incluso con fuerzas de seguridad que ellos mismos habían infiltrado o cooptado.
La guerra tanto mediática, como la desarrollada a partir del uso de las redes sociales, no deja de intentar que se plasmen crisis de autoridad que generen inestabilidad política. Cualquier faceta positiva es proclive a la reversión. Desde el inicio de la cuarentena en la Argentina, en la que el gobierno nacional alcanzó una notable imagen positiva, no se escatimó ningún artilugio para lograr tanto desgastar las medidas sanitarias, con la intención de hacerlas caer, y que con ello también devenga imagen negativa para el gobierno.
Mientras las derechas mediáticas, políticas y económicas no escatiman la utilización de cualquier recurso para llevar adelante sus objetivos; los sectores progresistas pecan de un ingenuo democratismo, cuando toda la institucionalidad dominante no fue hecha para satisfacer a los sectores populares.

El discurso de los sofistas

Los hechos acontecidos el 1 de septiembre en el Congreso marcan lo endeble del sistema democrático argentino. No se trata solamente del capricho y la belicosidad de la oposición de Juntos por el Cambio, sino de una carencia de reglas establecidas que diriman el conflicto suscitado. Recordemos que la principal fuerza opositora fue decidida a abortar la sesión legislativa pretendiendo que fuera completamente presencial ya que para ellos el protocolo sanitario para sesiones virtuales había caducado. Está de más señalar que se trataba de una discusión ultra bizantina para impedir cualquier resolución.
Lo peor de todo es que la justicia el día 4 de septiembre a través de la Cámara en lo Contencioso Administrativo Federal  se pronunció a favor de JxC. “Y de improviso, la Justicia sacó del cajón un expediente y se metió de lleno en la disputa política. Afirmó que, tal como sostiene Juntos por el Cambio, el protocolo para las sesiones virtuales en la Cámara de Diputados de la Nación ´no se encuentra vigente´ y que, por tanto, la única forma de sesionar que tienen hoy los legisladores es presentándose en el Congreso” decía el diario La Nación ese día.
Sin embargo desde el entorno del presidente del Congreso Sergio Massa afirmaron que el protocolo al que hacía alusión la justicia se trataba de uno anterior, mientras que el nuevo ya había sido promulgado en esa semana.
La derecha no deja de defender a ultranza a la independencia del Poder Judicial. Mientras fueron gobierno lo utilizaron desmedidamente, sin acordarse de esa independencia reclamada. Vale señalar que la Justicia en la Argentina es el principal bastión de la complicidad civil de la dictadura. Con el regreso de la democracia en el 83 siguió actuando impunemente y lo sigue haciendo, a pesar de los cambios que alguna vez se intentaron hacerle.
Las izquierdas latinoamericanas si verdaderamente pretenden transformar la sociedad deben poner sobre la mesa de debate los principales obstáculos que les impiden gobernar. Obviamente no se puede cambiar la estructura social simplemente desde un gobierno, se requiere del protagonismo activo de los sectores populares organizados.

2020/08/24

Dictadura, complicidad civil y democracia- Lo que persiste y hay que cambiar

La democracia que se inició en 1983 conservó de la dictadura, tanto al Poder Judicial como a la corporación mediática. La complicidad civil siempre contó con un abanico de cuadros políticos insertos en los partidos mayoritarios. Si hoy se quiere modificar esa realidad, manejada por los grupos económicos concentrados, no se pueden obviar los obstáculos que ya se vivieron en los gobiernos de 2003 a 2015 y que aún están presentes.
Imagen Hugo Banegas



Según dijera Carl Von Clausewitz “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Cuando se agotan los recursos para dirimir ciertas diferencias se pasa a utilizar medios violentos. Si bien la última dictadura cívico- militar (1976- 1983) no fue una guerra, como algunos intentaron señalar, sí se produjo por medios violentos la desaparición de miles de militantes populares y la extinción de gran parte de las organizaciones que habían bregado por el cambio social.
Siguiendo la línea de Clausewitz, Michel Foucault se animó a señalar que “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. Si nuevamente en lugar de hablar de una guerra, y refiriéndonos a la utilización indiscriminada de la violencia del aparato de Estado; la Democracia que emergió en 1983 es la continuación de un equilibrio de fuerzas sumamente asimétrico y desparejo.
No se trata de una crítica del funcionamiento democrático sino del pacto social del cual emergió, habiéndoles otorgando impunidad a los mismos sectores que habían sido corresponsables de la dictadura. En una nota anterior, Política y grupos económicos- Una cosa es el gobierno y otra el poder, también publicada en Socompa, quien escribe señalaba que “Desde 1983 a hoy tenemos dos etapas. Una que concluye en 2001 y otra que emergió principalmente desde 2003 hasta la actualidad. Dos etapas que ocupan casi dos décadas cada una y en las que se pueden establecer algunas diferencias”.  Vayamos por partes.
Allá por el año 2009, en una nota publicada por Página/12,  decía el ya fallecido sociólogo Juan Carlos Marín que “Cuando se produce la catástrofe de los militares en Malvinas, lo que la sociedad hace es otorgarles a ellos una tregua… bueno, tampoco hay que caer en el reduccionismo de decir que había una dictadura militar cuando en realidad era cívico-militar. Entonces, toda la complejidad civil que está presente en la dictadura organiza un acuerdo y establece la tregua” agregando que “Lo que sucede hoy en día, y es obvio, es que la tregua ha comenzado a romperse”.
Marín insiste con la idea de que a partir de 2003 cuando asumió Néstor Kirchner  y puso en marcha su política de DDHH fue cuando también puso entre la espada y la pared a la complicidad civil que estuvo presente durante la dictadura. Durante la democracia que tuvo lugar entre 1983 y el 2001, se mantuvo una tregua entre militares y sociedad, pero, a partir de 2003 comenzó a romperse sin un final asegurado.
Estamos acostumbrados a suponer que los acontecimientos políticos más que ser el resultado de determinaciones colectivas son el fruto de la acción de ciertos individuos. En esa entrevista Marín señalaba que “llevó casi 15 o 20 años explicar a la gente que hacía investigaciones acerca de los 30 mil desaparecidos que el problema no se reducía a una banda de militares criminales” sino “que era una determinación del carácter capitalista de orden social que se devora 30 mil personas”.
Cuando promediando los 80, se pusieron en marcha los juicios, parte de la complicidad civil estaba inserta en los Tribunales. Señalaba Marín: “Nunca abandonaron los Tribunales, ni el control sobre el Poder Judicial. Es más: el Poder Judicial son ellos. Empiezan los juicios y nadie se da cuenta de la trampa: la gente va a ver el juicio pero no va a oír nada. Nunca se trasmitieron las voces del juicio. Las actas las mandaban a Suecia, como un contraseguro para que dentro de cien años se conozca el texto. Ante todo esto, la gente miraba para otro lado. Al no ser transmitida la palabra de los juicios, habría que haber salido a gritar eso. Pero nos faltaban 30 mil tipos”.
La dictadura fue en primer lugar el marco más indicado para la acumulación y concentración de riquezas en pocas manos. El establecimiento del poder económico que aún mantiene su predominio al interior de la sociedad argentina. No resulta ocioso recordar que un año antes del regreso de la democracia, estos grupos económicos se beneficiaron con la estatización -en 1982- de sus propias deudas privadas.
La democracia que se inició en 1983 conservó de la dictadura, tanto al Poder Judicial como a la corporación mediática. La complicidad civil siempre contó con un abanico de cuadros políticos insertos en los partidos mayoritarios. Esto les permitió continuar con el proceso de acumulación económica que haciéndose muy intensa durante la década del 90 no pudo impedir el colapso de 2001 y el consabido: “Qué se vayan todos”.
Con la asunción de Néstor Kirchner en 2003 se abría la posibilidad de transformar la democracia existente, apoyándose tanto en la nueva política de DDHH como en la crisis de representatividad y legitimidad heredada de 2001. Allá por los 70 el dirigente comunista uruguayo Rodney Arismendi había formulado su teoría sobre la Democracia de avanzada. Basada en la contrahegemonía gramsciana planteaba que en momentos de crisis era posible avanzar sobre determinados aparatos de Estado para transformar la sociedad sin caer en la dicotomía “reforma o revolución”.
También resultaba atrayente la reforma constitucional llevada adelante por Hugo Chávez en Venezuela y las posteriores reformas que encabezaron tanto Evo Morales como Rafael Correa, en Bolivia y Ecuador respectivamente. El proyecto kirchnerista avanzaba sin demasiados sobresaltos, hasta la aparición del conflicto con las patronales del campo en 2008.
El tiempo de la 125 fue de recomposición y reagrupamiento. El Frente para la Victoria perdió una cantidad importante de dirigentes pero a su vez fue un tiempo de acumulación por izquierda. En 2010 un grupo de intendentes díscolos entre los que se contaba a Sergio Massa de Tigre y Pablo Bruera de La Plata, sin abandonar el Frente, se pronunciaban por el poskirchnerismo. Todo lo que se había hecho estaba bien pero ya no había que cambiar más nada. La crisis de 2001 ya estaba resuelta sostenían.
Fue el mismo Sergio Massa en 2013 quien junto a su Frente Renovador se adjudicaron el triunfo sobre cualquier posibilidad de reforma de la Constitución. “No habrá Cristina eterna” señalaron por ese entonces. El kirchnerismo nunca salió a decir que reformar la Constitución implicaba muchas otras cosas que una posible reelección indefinida. Quienes tienen el poder económico en la Argentina dejaron de temer el perder sus privilegios, aunque nunca paran de decir que  si seguimos así “Vamos a ser Venezuela”.
El proceso que se abría en 2003 no terminó de prosperar. Habría que sacar muchas conclusiones sobre ello. Nos deja por su parte, el aliciente de haber sido testigos de un momento en el que la posibilidad de cambio era factible. No se descarta que vuelva a producirse. Lo que no se puede es obviar los obstáculos que ya se vivieron y que aún están presentes. Obviamente esos obstáculos no son personas sino estructuras sumamente complejas.

2020/07/18

Entre el malestar de la pandemia y la manipulación

En el juego de las democracias occidentales hoy las mediciones de imagen se convirtieron en uno de esos elementos que rigen la vida política institucional. Si bien esos índices en la mayoría de los casos están manipulados, lo que no se puede obviar es que tanto los ascensos como los descensos, tienen como causante, en última instancia, la acumulación de malestares o el logro de una cenestesia social positiva. 

Nota La Tecl@ Eñe

 Hoy los grandes medios hacen hincapié en que el presidente Alberto Fernández bajó su nivel de aprobación. Según ellos, eso se debe –en líneas generales- a que el gobierno aprovechó la cuarentena para llevar adelante un proyecto de avasallamiento de libertades, principalmente económicas, pero que la ciudadanía no se lo dejó pasar. Lo dicen sus principales editorialistas y también el ex presidente Mauricio Macri. Grupos minúsculos de la derecha lo hacen saber rompiendo la cuarentena y protestando en diversos lugares del país. Los medios amplifican esas acciones como si eso fuera la respuesta adecuada a cierto malestar. Como si además fueran muchos.

Tanto los enunciados mediáticos como las declaraciones del ala dura del macrismo, no son más que interpretaciones sobre la cenestesia social. Una de las tareas políticas debiera ser ubicar el lugar del malestar e intentar abordarlo más allá de una contra interpretación. Cuando en marzo diera comienzo la cuarentena y las diversas medidas de restricción, el gobierno tuvo un ascenso pronunciado de imagen positiva. La ciudadanía en general vio con muy buenos ojos la preocupación del presidente para con la defensa de la salud y la vida. Por su parte, una minoría comenzó a sostener que era más importante la economía y que no había que ponerle límites.

 Tanto el jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta al igual que la mayoría de los intendentes bonaerenses se alinearon con el gobierno nacional para llevar adelante las medidas de aislamiento social. Los grandes medios comenzaron a tener dos facetas. Un canal emblemático como TN en horarios matutino o mediodía aún muestran la importancia de la cuarentena, mientras que en horarios nocturnos despliegan todo el arsenal opositor a rajatablas con sus consabidos opinólogos. Fueron y son los principales agoreros del desgaste que produce el aislamiento. Ellos quieren imponer casi a la fuerza la interpretación del agotamiento.

Al inicio de la cuarentena la mayoría tuvo una visión espontánea del desarrollo de la pandemia. Se preveía que en 2 o 3 meses ya habría concluido. Se iba a llegar a un pico y luego la pendiente dejaría todo como antes. Pasados 4 meses la curva sigue subiendo a pesar de que se haya llevado adelante una de las políticas sanitarias más acertadas. El común supone que tal vez no haya sido de esa manera y que probablemente haya habido errores. Los índices que se dan en otros países comprueban el acierto pero eso no es algo que sea un dato que la mayoría tenga en cuenta. Obviamente que el desarrollo de la pandemia nunca puede estar sujeto a ninguna doxa y por otra parte el virus causante se ha vuelto extremadamente rebelde a la episteme.

Me cuido no me cuido. Lo que se percibe, principalmente en diferentes conglomerados urbanos de la provincia de Buenos Aires es que se comenzaron a dar pequeñas resistencias moleculares contra el aislamiento social. No se puede englobar a estas rebeldías dentro del marco de los derechistas movimientos anticuarentena que obviamente tienen métodos y fines diferentes.

 Hace aproximadamente un mes una línea de colectivos que une La Plata con Berisso fue cerrada por varios días. Aproximadamente 30 conductores dieron positivo el hisopado y fueron aislados la mayoría de los choferes de esa línea. Se supo que habían realizado un asado de camaradería. Algunos creen que no siendo personas de riesgo no existe ningún problema. Principalmente los jóvenes. Entonces están los que hacen reuniones. Incluso fiestas clandestinas.

 En junio una ex candidata a concejal de Juntos por el Cambio de Berisso se vanaglorió en las redes sociales de haber llevado a su hija a la fiesta de cumpleaños de su hermanastra. Estos hechos ocurren asiduamente sin ser promocionados. Se escucha la queja de vecinos que dicen que personas que tienen Covid asintomático salen a hacer mandados. En los barrios esas cosas se conocen y se producen así esas pequeñas “contradicciones en el seno del pueblo”. Hay comercios que no están habilitados para la venta y de todas formas se realiza la política del whatsapp.

El problema es que gran parte se cuida y ve que una gran parte no lo hace y que las autoridades municipales no se encuentran a la altura de poder manejar esas situaciones que los desbordan. No pocos son los que dicen que “la cuarentena está rota”. Estos hechos que cualquier persona puede percibir en sus localidades van agotando las ganas de cuidarse. Los grandes medios manipulan ese desgaste para intentar imponer una visión en la que la caída de disponibilidad tenga como correlato un rechazo al gobierno. Obviamente no es así pero se corre el riesgo de caer en esa encrucijada.

El problema es que no se puede llegar a un aislamiento regido por un Big brother y pareciera que la responsabilidad individual no alcanza. Entonces se puede ver gente con un barbijo puesto que muchas veces funciona como un trompe l'oeil. 

2020/06/19

¿Quién pagará los platos rotos?


La realidad que vendrá tras la pandemia será diferente, no sólo en el país. El deterioro económico implicará un gran desafío tanto para el gobierno como para las diferentes izquierdas y movimientos sociales. Lo que hoy pierden los más poderosos, lo intentarán recuperar a costa de los sectores populares.

Hoy es un lugar común señalar que la irrupción de la pandemia y las medidas de aislamiento social vinieron a destapar la tremenda desigualdad social existente en nuestro país. El abordaje sanitario desplegado en barrios como Villa Azul (Quilmes- Avellaneda) o el José Luis Cabezas (Berisso- Ensenada) vienen a mostrar que las políticas socio económicas que se desarrollaron durante las últimas décadas no hicieron más que profundizar la pobreza.
Tanto los principales medios hegemónicos, como diferentes opciones políticas tanto de derecha o de izquierda lo repiten permanentemente. Unos dicen que el peronismo agigantó la desigualdad para manipular a los pobres con asistencia social. ¿Qué piden? que los políticos se bajen el sueldo. Otros muestran esa realidad para expresar que los diferentes gobiernos, desde hace casi tres décadas son todos iguales. ¿Qué piden? incrementar la ayuda social.
Cualquiera que haya transitado las últimas décadas de nuestro país puede observar con total claridad que a partir de los años noventa se produjo una transformación significativa de la configuración social. La desigualdad y la pobreza extrema se adueñaron de territorios bien definidos. Si bien hubo parches significativos e intentos de inclusión, este proceso nunca se detuvo. Es la configuración propia del neoliberalismo.
Si bien nadie puede negar la existencia de esta pobreza estructural, lo que muy pocos señalan es que la misma no es más que el resultado de otros factores que podrían explicar mucho mejor la realidad y darle a los militantes sociales otras herramientas que no sean sólo plantear ir en ayuda de los más necesitados. Lo que se modificó principalmente a partir de los 90 fue el mundo laboral.
Muchas de las propuestas más sensatas de la izquierda hacen referencia a los problemas que tanto la pandemia como la cuarentena hacen mella en la situación de los trabajadores. No aporta demasiado señalar igual que la derecha que los barrios se convierten en guetos y se privan determinados derechos de circulación. Apología liberal.
En 1996 el por entonces Congreso de los Trabajadores Argentinos (CTA) expresaba que “El desempleo es la mejor ley de flexibilización laboral”. En ese mundo laboral emergente la existencia de una masa imponente de trabajadores desocupados producía que las patronales pudieran explotar desmedidamente a sus empleados, mostrando la cantidad de gente que estaba esperando para ocupar el mismo sitio. Una clara acción de chantaje.
Esta lógica es la que exponen los grandes lobbies que se oponen a las cuarentenas. Hacer trabajar cueste lo que cueste sabiendo que cuentan con un numeroso ejército de reserva. El diputado del Frente de Izquierda en la provincia de Buenos Aires y referente del Subte, Claudio Dellecarbonara, expresó su preocupación por la situación que se vive en diferentes sectores de trabajadores. Dijo que “La liberación de actividades sin siquiera ser consideradas esenciales, y las empresas mandando a trabajar a miles de trabajadores, sin los protocolos ni los equipos de protección, tiene consecuencias”.
El sindicalismo en la Argentina hoy no es demasiada garantía. Hoy los gremios debieran tener un rol preponderante en cuanto a la protección de los trabajadores ante los peligros de la pandemia como en cuanto a hacer valer sus derechos ante patronales que piden a gritos flexibilizar la cuarentena. En las actividades denominadas esenciales emergen determinados conflictos que debieran ser resueltos de la mejor manera, porque los trabajadores de esos sectores no son inmunes y están permanentemente expuestos.
Mientras el gobierno propone algunas medidas interesantes como el impuesto a las grandes riquezas o la expropiación de Vicentín, pero sin avanzar demasiado o intentando que no genere demasiado ruido en la opinión pública; todo ello hace que algunas izquierdas denuncien movimientos tibios predestinados al fracaso. Un síntoma de debilidad de ambos. Una relación de fuerzas desfavorable.
Un gobierno asentado en una acumulación de fuerzas populares significativas y que tenga el objetivo de llevar adelante esas medidas podría hacerlo. Una izquierda con fortaleza en las bases obreras podría acompañar al gobierno imponiendo ciertas condiciones o en todo caso ponerse directamente al frente de esas medidas. Pero esto no sucede.
La realidad que vendrá tras la pandemia será diferente, no sólo en el país. El deterioro económico implicará un gran desafío tanto para el gobierno como para las diferentes izquierdas y movimientos sociales. Lo que hoy pierden los más poderosos, lo intentarán recuperar a costa de los sectores populares. ¿Quién pagará los platos rotos?
Comenzar a delinear el escenario de la pospandemia y prever las posibles fuerzas con las que se pueda contar para llevar adelante lo delineado, debiera ser una de las tareas actuales.