En 1796, el legendario Gracchus Babeuf fue ejecutado en la guillotina. Considerado el primer comunista, había encabezado la Conspiración de los Iguales, un intento de profundizar el cauce revolucionario en la Francia de entonces. Sus intenciones eran nobles: buscaba una sociedad donde la desigualdad extrema fuera abolida y nadie quedara a merced del hambre ni del privilegio.
Sin embargo, su punto de partida lógico encerraba una
falsa matriz. Babeuf partía de una premisa que le parecía evidente: la igualdad
exige suprimir las diferencias. Bajo ese supuesto, la igualdad quedaba
equiparada a la eliminación de toda singularidad, de cualquier particularidad.
Esa matriz no fue un invento malicioso, pero se ha
convertido en uno de los caballitos de batalla de la actual ideología
neoliberal. Porque al identificar igualdad con uniformidad forzosa, el discurso
neoliberal puede presentar cualquier proyecto igualitarista como una amenaza a
la libertad, la diversidad y la iniciativa individual.
Curiosamente, Marx y Engels, en el Manifiesto de 1848, no cayeron en esa trampa conceptual. Sin
embargo, casi todas las objeciones posteriores al marxismo parten de esa misma
falsa matriz que Babeuf heredó sin advertirlo a sus enemigos ideológicos.
Tanto el discurso de Babeuf como el del “todos somos
diferentes” actual comparten el mismo axioma falso —la oposición excluyente
entre igualdad y diferencia—, solo que reaccionan a él de manera opuesta.
El axioma falso
compartido: la oposición excluyente entre igualdad y diferencia
Tanto Babeuf como el discurso contemporáneo de la
diferencia absoluta parten de una premisa implícita idéntica:
“La igualdad y la diferencia son términos mutuamente
excluyentes; o se da una, o se da la otra.”
A partir de ahí, cada uno elige un camino:
Babeuf dice: “Puesto que la igualdad exige eliminar las
diferencias, ¡acabemos con las diferencias! Que todos vistan igual, coman
igual, piensen igual”.
El discurso actual dice: “Puesto que somos diferentes, la
igualdad es una ilusión opresora; ¡deconstruyamos toda pretensión de igualdad
universal!”. No deja de ser una posición reactiva al primer enunciado.
Ambos son lógicamente simétricos e igualmente falsos,
porque el axioma del que parten es falso. Ninguno de los dos puede escapar a la
trampa que ellos mismos han montado.
La falacia
lógica: la falsa dicotomía
La estructura es la de una falsa dicotomía (o falso
dilema):
O hay igualdad, o hay diferencia (premisa falsa).
Hay diferencia (premisa verdadera).
Por lo tanto, no hay igualdad (conclusión del discurso
actual).
O bien:
O hay igualdad, o hay diferencia.
Debe haber igualdad (premisa normativa).
Por lo tanto, no debe haber diferencia (conclusión de
Babeuf).
El error está en la premisa mayor. La lógica correcta, es:
Igualdad y diferencia no son opuestos, sino que se exigen
mutuamente dentro de una especie.
Los humanos compartimos un fondo común (cromosomas,
capacidades, finitud).
Sobre ese fondo, las diferencias individuales y
culturales son reales.
Por lo tanto, la igualdad no exige eliminar las
diferencias, sino reconocer lo común que las hace posibles.
Un nuevo
manifiesto como salto cualitativo.
Así, el “Manifiesto de los Iguales” de Babeuf y el
“Manifiesto de los Diferentes” implícito actual son dos caras de la misma moneda
falsa. El nuevo manifiesto no se limitaría a “actualizar” a Babeuf, sino a
refutar su axioma fundante, mostrando que la verdadera igualdad no se construye
contra la diferencia, sino sobre la unidad real que permite que las diferencias
sean diferencias humanas y no diferencias entre especies.
Implica entonces una doble refutación:
Refutación de Babeuf: La igualdad real no consiste en
homogeneizar, sino en reconocer el mismo valor en la diversidad.
Refutación del discurso actual: La diferencia no anula la igualdad, porque solo puede haber diferencias dentro de un marco común (si no, no serían “diferencias entre humanos”, sino entre entes inconmensurables).
Consecuencia lógica
Si ambos discursos parten del mismo axioma falso,
entonces el nuevo manifiesto no será una tercera posición intermedia, sino una
superación lógica que disuelve la falsa dicotomía. Su fuerza residirá en
mostrar que tanto el igualitarismo homogeneizante como el diferencialismo
absoluto son errores simétricos con consecuencias opresivas (uno anula al
individuo, el otro disuelve la comunidad).
¿Estamos entonces ante un “Manifiesto de la Unidad
Diversa” o un “Manifiesto de la Igualdad Diferenciada”? El título importa, pero
la clave es que la primera tesis del manifiesto sería:
“La igualdad y la diferencia no se oponen: pertenecen a
órdenes distintos y se requieren mutuamente para dar cuenta de lo humano.”