2026/07/13

Roberto Arlt. Nosotros mismos


"Pensando sobre Arlt descubría el sentido de mis conductas actuales y de mis conductas pasadas: que dura y crudamente habían estado determinadas por mi origen social"
Oscar Masotta

Milei no es un otro ajeno e inexplicable, sino una figura que nos obliga a mirarnos en un espejo incómodo, el que Arlt pulió hace un siglo y que Masotta nos enseñó a sostener.

En una entrevista realizada a Jorge Alemán, él señalaba cierto extrañamiento en España ante las características de Javier Milei. La cita que hago no es textual, sino un intento por reconstruir la idea que planteaba este autor argentino que desde hace décadas vive en aquel país. La Argentina dio a Borges, a Cortázar, al Che, al papa Francisco, y mostró al mundo un sedimento intelectual muy poderoso. Cualquier extranjero conocedor se preguntaría eso que algunos españoles le plantearon a Alemán: de qué raíz brotó un Milei. Pareciera ajeno a la argentinidad. Al escucharlo me puse a elaborar algunas conjeturas, y eso me llevó a Roberto Arlt y también a Oscar Masotta. 

Tal vez Milei no sea una extrañeza como se quiere mostrar, sino un resultado bastante acabado de un sedimento común en gran parte de la clase media argentina. Una extrañeza en el ámbito de la política institucional, sí, pero no equivalente a lo que ocurre en la cotidianeidad social. Para erigirse en abanderado de una lucha contra la casta, su perfil era el más adecuado.

 

1. Lo que Masotta encontró en Arlt no fue simplemente "literatura"

 

Cuando en 1965 Masotta prologó su Sexo y traición en Roberto Arlt bajo el título "Roberto Arlt, yo mismo", dejó en claro que no estaba haciendo crítica literaria en el sentido corriente. Arlt se había convertido para él en un analizador de su propia existencia y, por extensión, de la clase media argentina. Descubrió así ciertas conductas —la delación, la humillación, la fascinación por el poder, el resentimiento— que no son solo "temas" de las novelas de Arlt, sino estructuras subjetivas que operan más allá de sus páginas. Masotta lo dirá con brutal honestidad: "pensando sobre Arlt descubría el sentido de mis conductas actuales y de mis conductas pasadas: que dura y crudamente habían estado determinadas por mi origen social".

 

La tesis central es que en el hombre de clase media hay un delator en potencia, y que la delación no es una falla moral sino una solución "lógica" a las contradicciones de esa posición social. Esa intuición no caduca con el paso del tiempo; lo que cambia son las formas en que esa estructura se manifiesta.

 

2. La Argentina que los españoles no entienden

 

Lo que decía Alemán es fundamental. Los españoles —y cualquiera que mire desde afuera con los lentes de la cultura argentina exportable— buscan a Borges, a Bioy, a Cortázar. Buscan la sofisticación europea en el sur. Y se encuentran con los Milei, con Adorni, con Lemoine, con un séquito que no encaja en ese molde. Ahí suele aparecer la hipótesis de la excepción, del accidente, del loco que se coló en el sistema.

 

Pero si uno viene de leer a Arlt, eso no es un accidente. Es la irrupción de un subsuelo que siempre estuvo ahí, pero que la cultura oficial prefiere no mirar. Borges y Bioy son la Argentina que se quiere europea; Arlt es la Argentina que sabe que no lo es, y que en esa frustración produce monstruos, resentidos, inventores de sistemas, delatores. Milei no es Borges. Es un personaje de Arlt que llegó a presidente.

 

3. Milei y el modelo Astier

 

Aquí es donde Arlt se vuelve indispensable.

 

El primer capítulo de El juguete rabioso no es solo una anécdota de adolescencia: es el modelo de una sociabilidad que Masotta llamaría "lógica". La formación de una pequeña sociedad secreta de muchachos de clase media venidos a menos, unidos por el resentimiento, la fantasía de poder y la certeza de que el mundo les debe algo. Astier, Enrique y Lucio fundan un club de ladrones. Roban libros, metales, caños de plomo. Se inician en la vida adulta a través de una estafa que los hace sentir vivos, inteligentes, superiores al mundo de los "esclavos" que trabajan en fábricas y oficinas.

 

Lo que hay que notar es la estructura del vínculo:

 

-Hay un líder, Astier, que es el más imaginativo, el más desesperado, el que teoriza y justifica.

 

-Hay un segundo que admira y sigue, pero que puede volverse rival o delator.

 

-Hay un tercero que va y viene, que está pero no termina de comprometerse.

 

Y hay un afuera hostil, un mundo de adultos mediocres que ellos desprecian pero al que temen terminar perteneciendo.

 

El pacto entre ellos no es ideológico en sentido doctrinario; es un pacto de resentidos que se reconocen como iguales en la frustración. Lo que los une es la certeza de que el camino legal no les va a dar nada, y que la transgresión es la única forma de sentir que existen.

 

¿No es ese el modelo de muchas formaciones políticas actuales, sobre todo en el espacio libertario, pero no exclusivamente ahí? Visto así, cuando Milei critica a la casta, es eso mismo. Una banda de muchachos —y muchachas— de clase media, con saberes técnicos o mediáticos, que se sienten estafados por el sistema, que teorizan su resentimiento, que arman una sociedad secreta con lenguaje propio, y que encuentran en la transgresión discursiva y en el "robo" —negocios turbios, criptomonedas, consultorías fantasmas, contratos con el Estado que luego denuncian— una forma de realización. No son lumpen en sentido clásico; son clase media con educación, con contactos, con habilidades. Pero su ética es la de Astier: hacer plata con lo que sea, y luego justificarlo con una teoría que los presenta como puros.

 

4. La pureza como coartada

 

Hay que distinguir, sin embargo, dos modalidades de esa matriz. Una es la hipocresía clásica, que el PRO llevó a su versión más acabada: hacer lo que se condena y luego investirse de pureza para condenarlo en otros. La otra, más reciente y más radical, es la que encarnan los libertarios. No se trata ya de ocultar el negocio turbio ni de simular pureza, sino de reivindicar la libertad de emprenderlo. La batalla cultural que libran apunta, en el fondo, a que ninguna regulación estatal ni moral colectiva pueda poner trabas a la iniciativa privada, cualesquiera sean sus formas. No lo dicen explícitamente, pero su defensa irrestricta de la libertad económica incluye, por definición, la libertad para lo turbio. Ya no hace falta esconderse: se trata de legalizar la desvergüenza. La matriz de clase media sigue operando —el cálculo, el resentimiento, la pulsión por enriquecerse—, pero ha cambiado la estrategia frente a la mirada del otro. Del disimulo se ha pasado a la ofensiva cultural.

 

En el final de El juguete rabioso, Astier delata a su amigo el Rengo. Pero no lo hace por dinero —aunque el dinero viene después—, sino por una especie de necesidad lógica: demostrarse a sí mismo que él no es un marginal como el Rengo, que él está del otro lado. Esa delación es su entrada a la adultez, su bautismo de clase media. Acepta ser un delator para dejar de ser un marginal. Y sin embargo, en esa aceptación, se vuelve más marginal que nunca.

 

El paralelo con el presente es incómodo: ¿cuánta de la pureza libertaria no es más que la coartada para una delación masiva? Delatar a la "casta", a los "zurdos", a los "vividores del Estado", mientras se hace exactamente lo mismo que se denuncia, pero en nombre de una superioridad moral. No es simple hipocresía; es una estructura subjetiva que Arlt ya había descrito hace un siglo.

 

5. ¿Están locos?

 

El discurso mediático dice que Milei está loco. Masotta diría que no, o al menos no en el sentido de irracional. La locura, en el sentido arltiano-masottiano, es una forma exasperada de coherencia. Es lo que sucede cuando alguien intenta resolver las contradicciones de su posición social con una lógica implacable, sin concesiones. El Astier de Arlt no está loco; está llevando hasta el final las premisas de su clase. Milei no es una excepción a la regla de la clase media argentina; es la regla llevada al paroxismo. Por eso puede ser presidente sin dejar de ser un personaje de Arlt.

 

Primera conclusión

 

Los personajes de Arlt no son tipos psicológicos; son modelos de funcionamiento social que se activan bajo ciertas condiciones. La crisis de la clase media argentina, la erosión de las instituciones, la sensación de que el trabajo no garantiza nada, la fascinación por el dinero fácil y la pureza ideológica como refugio: todo eso ya estaba en El juguete rabioso, en Los siete locos, en Los lanzallamas. No como profecía, sino como descripción de un subsuelo que cada tanto emerge.

 

Segunda conclusión

 

Hay, sin embargo, una advertencia que el modelo Arlt-Masotta nos permite formular. Ante la irrupción de un Milei, la respuesta de ciertos sectores del poder no es enfrentarlo de frente sino replicar, una vez más, la estructura que dio origen al problema. Es lo que intenta un Macri, por ejemplo. Su apuesta no consiste en derrotar políticamente al fenómeno libertario, sino en encarnar el papel de Astier: usarlo mientras rinda, pactar con él en los sótanos, y llegado el momento señalarlo como responsable único de lo que él mismo contribuyó a crear. Delatar al socio incómodo para salvarse, para demostrar que uno está del otro lado, que uno es puro.

 

Esa maniobra es la trampa perfecta porque deja todo como estaba: la matriz de clase media intacta, la descomposición social sin tocar, y a la espera del próximo personaje arltiano que venga a capitalizar el resentimiento acumulado. Si algo nos enseñó Masotta leyendo a Arlt es que la delación no resuelve nada; es el síntoma mismo de la enfermedad. Lo que hay que hacer con Milei no es lo que Astier hizo con el Rengo. Lo que hay que hacer es, más bien, lo que Masotta intentó consigo mismo: asumir las determinaciones de clase, atravesar sus contradicciones sin buscar una pureza falsa, y construir una respuesta que no se limite a administrar el subsuelo sino que se atreva a transformarlo.

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