En el fondo, al lado del gallinero, mi abuelo tenía su galponcito. No sólo servía para guardar herramientas y libros. Él pasaba horas en ese lugar. Era como su estudio o su taller. Ese reducto donde podía hacer trabajos manuales o leer publicaciones rusas o polacas. Estaban esos textos en cirílico para mi ilegibles y esos otros con articulaciones diversas de consonantes que fui aprendiendo a pronunciar. Era un lugar apacible para un nene, el antro del abuelo.
Cuando de viejo me pregunto cuál es el lugar del mundo en
el que pudiera estar más seguro, se me viene a la cabeza el galponcito del
fondo, al lado del gallinero.
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