Entre la adaptación y la oscuridad
Hay un riesgo que hoy adopta dos formas opuestas pero solidarias:
que el psicoanálisis se vuelva un saber de adaptación, o que se repliegue como un saber oscuro.
La Ego Psychology mostró tempranamente una de esas derivas. En nombre de Freud, transformó la experiencia analítica en una técnica de fortalecimiento del Yo, orientada a la adaptación a la realidad y a la administración del conflicto. El inconsciente quedó reducido a un reservorio de fuerzas instintivas, y el análisis pasó a colaborar con una economía del éxito y la felicidad. Lacan vio con claridad que ahí no se estaba “actualizando” a Freud, sino desplazándolo.
Pero el problema no se agota en esa versión adaptativa. Existe el riesgo inverso —menos visible, aunque no menos grave—: que, como reacción, el psicoanálisis se preserve volviéndose opaco, iniciático, autorreferencial. Un saber que trabaja con sueños, fantasmas y formaciones del inconsciente puede fácilmente deslizarse hacia la fascinación por lo oscuro, confundiendo rigor con hermetismo.
Freud no eligió ninguno de esos caminos.
No transformó el análisis en una técnica de optimización del Yo, pero tampoco celebró el misterio como valor en sí mismo. Tomó sueños, lapsus, demonios o creencias arcaicas para reinscribirlos en una racionalidad, sin expulsar al sujeto que en ellos se jugaba.
El “retorno a Freud” no fue un gesto de fidelidad doctrinaria, sino una advertencia permanente: el psicoanálisis sólo se sostiene en la tensión entre razón y resto, entre formalización y experiencia, entre ciencia y aquello que la ciencia deja fuera.
Cuando esa tensión se pierde —por adaptación o por oscurantismo—, el psicoanálisis deja de incomodar.
Y cuando deja de incomodar, empieza a funcionar como ideología o como creencia.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario