Tal vez sea necesario volver a una pregunta previa: qué es pensar. No como definición normativa, sino como descripción del funcionamiento efectivo del pensamiento.
Pensar no coincide con un discurso continuo, transparente ni plenamente lógico. El pensamiento aparece atravesado por fragmentos, por frases sueltas, por restos de voces que no se presentan como mensajes externos, sino como huellas de lenguaje ya oídas, incorporadas y conservadas en lo que el psicoanálisis llamó proceso primario. No se trata de una experiencia delirante ni de una atribución a un afuera persecutorio, sino de la constatación de que el pensamiento está habitado.
Esos fragmentos no obedecen necesariamente a la lógica ni a la semántica del pensamiento consciente. Presentan irregularidades formales, condensaciones, desplazamientos, quiebres de sentido. El pensamiento reflexivo tiende a descartarlos como ruido o error, pero ese descarte es sólo parcial. Aquello que no se admite en el plano consciente no desaparece: condiciona, orienta y sesga el pensamiento más elaborado.
En este punto, la elaboración de Sigmund Freud sigue siendo decisiva. No porque ofrezca una psicología del pensamiento, sino porque muestra que pensar es siempre el resultado de una tensión entre procesos heterogéneos: uno regido por la lógica secundaria y otro por una lógica distinta, no irracional, pero sí no discursiva en sentido estricto.
Pensar no sería entonces producir ideas puras, sino trabajar con restos. Sostener una fricción entre fragmentos que emergen sin orden aparente y un esfuerzo posterior de ligadura, traducción y corrección. La racionalidad no elimina ese fondo: lo reorganiza parcialmente.
Desde esta perspectiva, el pensamiento humano no puede reducirse ni a la biología ni a la lógica formal consciente. Es un proceso formal encarnado, atravesado por lenguaje ajeno, por memoria, por historia. No un flujo homogéneo, sino una construcción siempre inestable, hecha de capas, residuos y rearticulaciones.

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