Hipótesis complementaria
(lenguaje, cuerpo y formalización)
Existe una idealización persistente de la lengua y del lenguaje que los separa artificialmente de su procedencia biológica y fisiológica. Como si la palabra hubiera emergido por generación espontánea —o por decreto simbólico— y no como resultado de un proceso material largo, acumulativo y selectivo.
Las lenguas humanas no parten de la nada. No pueden no partir de una cualidad compartida con casi todos los animales, en particular mamíferos y aves: la producción sonora como forma de regulación del vínculo con el entorno y con otros cuerpos vivos. El llamado, la advertencia, la atracción, la amenaza. Antes que significado, hay función; antes que sentido, hay efecto.
En algún punto de la evolución —no como salto milagroso, sino como deriva material— ciertos sonidos emitidos por el cuerpo vivo comenzaron a formalizarse. Lo que en un animal es maullido, ladrido o canto, en el humano se volvió sonido articulado: no sólo emitido, sino diferenciado, repetible, combinable. No es la aparición del “mensaje” lo decisivo, sino la aparición de una estructura formal capaz de sostener diferencias estables.
Ese proceso no puede pensarse al margen del cuerpo. Implica transformaciones lentas de las cuerdas vocales, de la respiración, de la musculatura facial, pero también —y esto suele olvidarse— del aparato auditivo. No hay lenguaje sin oído capaz de discriminar, anticipar y reconocer. La lengua no nace sólo del decir, sino del escuchar.
Lo simbólico, desde esta perspectiva, no cae sobre un organismo previamente constituido. Emerge desde él, por torsión y complejización. La palabra no niega la animalidad: la pliega. El lenguaje no sustituye al cuerpo: lo reorganiza.
Idealizar la lengua —desvincularla de su genealogía biológica— conduce a dos errores simétricos:
por un lado, un espiritualismo del lenguaje; por otro, un rechazo defensivo de toda referencia al cuerpo. Esta hipótesis propone una tercera vía: pensar el lenguaje como un proceso de formalización sonora encarnado, donde lo fisiológico y lo simbólico no son órdenes separados, sino dos vertientes de un mismo proceso vivo.
El desarrollo posterior deberá precisar cómo, en ese continuo material, la forma llega a autonomizarse sin dejar de estar anclada; cómo el sonido se vuelve significante sin dejar de ser vibración; y cómo el lenguaje humano conserva, incluso en su abstracción más extrema, la huella de su origen animal.
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