Se dice que Internet ya no es lo que conocimos.
Su auge a comienzos de este siglo ya no se corresponde con la experiencia actual.
Se fueron extinguiendo los sitios para compartir archivos, libros, música, películas. Pero lo más grave no es eso: lo verdaderamente trágico es la pérdida de espacios donde compartir información y textos. Cuando se privatiza la atmósfera, ya no hay aire limpio: te venden oxígeno a determinado precio.
Algo similar ocurre con las redes sociales. Antes uno entraba a Facebook y se encontraba con publicaciones de amigos. Hoy eso es marginal frente al volumen de anuncios y contenidos pautados.
Antes entrábamos en la selva y podíamos descubrir especies vegetales o animales desconocidas. Hoy nos ofrecen turismo guiado, regulado, con experiencias prearmadas que prometen descubrimiento pero funcionan de modo casi fake. Abundan los anuncios de productos milagrosos: para bajar de peso, no envejecer, embellecerse, encontrar el amor… y varios etcéteras más.
Hasta fines de los años noventa, si uno escribía algo debía imprimirlo, fotocopiarlo y pasarlo a los amigos; o colaborar en alguna revista alternativa; o, en el mejor de los casos, pagar la edición de un libro. Con la llegada masiva de Internet eso cambió radicalmente: se podía compartir lo escrito con igual o mayor eficacia que por los medios tradicionales.
Si extendemos este fenómeno de cierre a otras prácticas intelectuales o artísticas, aparece un efecto claro: mayor aislamiento.
En YouTube, por ejemplo, se encuentran canales que ofrecen información diversa, pero muchos de los que aparentan ser serios terminan difundiendo contenidos falsos o directamente manipulados.
A mí, personalmente, todo esto me produce un desencanto creciente. Sospecho que no es sólo mío, sino que tiende a generalizarse, y que en algún momento provocará algún tipo de estallido —en sentido figurado—.
La comida basura, tarde o temprano, provoca vómitos.
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