2026/01/07

Hipótesis abiertas sobre cognición, formalización e inteligencia artificial

Hipótesis abiertas sobre cognición, formalización e inteligencia artificial

Las hipótesis que siguen no buscan establecer conclusiones firmes, sino delimitar un campo de dudas. Son intentos de orientación más que respuestas, y deben leerse como puntos de partida provisorios para una elaboración posterior.

Una primera hipótesis —quizá la más fuerte— es la siguiente: si el proceso cognitivo fuera estrictamente biológico, el desarrollo de la inteligencia artificial sería imposible. La sola existencia de sistemas artificiales capaces de producir respuestas coherentes, resolver problemas formales o sostener intercambios lingüísticos sugiere que una parte del pensamiento humano no se agota en su soporte orgánico. Esto no implica que la IA piense como un humano, sino que ciertos procedimientos del pensamiento humano son formalizables, es decir, susceptibles de operar fuera del cuerpo vivo.

Esta hipótesis abre inmediatamente una disyuntiva. O bien la IA funciona porque ha logrado abstraer —de algún modo aún oscuro— el funcionamiento real de las neuronas, o bien opera sobre un entramado lógico-formal que, aunque históricamente producido por el pensamiento humano, no se reduce al funcionamiento neurofisiológico. La primera posibilidad es atractiva, pero conceptualmente frágil: los sistemas actuales de IA no reproducen neuronas reales, sino modelos matemáticos extremadamente simplificados. En ese sentido, la apelación al “cerebro” funciona más como metáfora que como explicación.

La segunda posibilidad conduce a otra duda, quizá más perturbadora: ¿y si la IA no operara mediante un proceso lógico-formal autónomo, sino a través de regularidades estadísticas? ¿Y si sus respuestas no fueran el resultado de un razonamiento, sino el efecto de detectar patrones masivos de repetición? Bajo esta hipótesis, la IA no concluiría porque comprende, sino porque muchos lo hacen de ese modo. La respuesta no sería conceptual, sino probabilística.

Sin embargo, esta alternativa no clausura el problema. La estadística no es lo opuesto de lo formal: es una de sus expresiones. Incluso si la IA opera sin comprensión, lo hace mediante procedimientos formales rigurosos. Su diferencia con el pensamiento humano no radica tanto en la ausencia de forma, sino en la ausencia de experiencia, de afectación, de inscripción corporal.

Esto conduce a una tercera hipótesis: la ventaja de la IA es, en principio, cuantitativa —volumen de datos, velocidad de cálculo, capacidad de procesamiento—, pero esa acumulación cuantitativa produce efectos cualitativos inéditos. No introduce una nueva lógica, pero lleva ciertas operaciones formales hasta umbrales que el pensamiento humano no puede alcanzar. Lo nuevo no está en la estructura, sino en la escala.

En conjunto, estas hipótesis no permiten decidir aún qué es exactamente la IA ni qué estatuto otorgarle al pensamiento humano. Sí permiten, al menos, abrir un desplazamiento: el pensamiento no puede pensarse ya como un fenómeno puramente biológico, pero tampoco como una lógica pura desprendida del cuerpo. Aparece más bien como un proceso formal encarnado, históricamente producido, que puede ser parcialmente separado de su soporte sin perder toda eficacia.

El desarrollo de la inteligencia artificial no resuelve estas cuestiones; las vuelve ineludibles. Obliga a interrogar no sólo qué hace la máquina, sino qué entendemos por pensar, qué parte de ese proceso es formalizable y cuál permanece irreductiblemente ligada a la experiencia viva. En ese intersticio —todavía abierto— se sitúan estas dudas, que no buscan cerrarse, sino volverse productivas.

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