2026/01/11

Introducción: el problema del lenguaje más allá del origen y la invención

Introducción: el problema del lenguaje más allá del origen y la invención

Toda reflexión sobre el lenguaje tropieza con una dificultad persistente: cómo pensar su aparición sin recaer ni en un mito del comienzo ni en la idea de una irrupción súbita. Esta dificultad fue formulada con claridad por Friedrich Nietzsche, y retomada luego por Michel Foucault, a partir de la distinción entre Ursprung y Erfindung.

Ursprung remite al origen en sentido fuerte: un punto inaugural que explicaría lo que viene después. Aplicado al lenguaje, este enfoque empuja hacia una escena fundacional —la primera palabra, el primer signo— que resulta tan inhallable empíricamente como problemática conceptualmente. El origen suele ser, en estos casos, una proyección retrospectiva: se atribuye al pasado una unidad y una coherencia que sólo existen desde el presente.

Frente a ello, Erfindung desplaza la pregunta hacia la invención. El lenguaje no tendría origen, sino emergencia histórica contingente. Esta perspectiva desactiva el mito fundacional, pero introduce otro riesgo: la invención suele pensarse como acto, como irrupción relativamente súbita. En el caso del lenguaje, esto reemplaza el milagro del origen por el milagro de la aparición.

Ambas posiciones dejan un resto. O bien el lenguaje parece haber estado siempre ahí, o bien parece surgir de pronto, ya constituido. En ese punto, la alternativa entre origen e invención muestra su límite.

Es aquí donde la perspectiva de Friedrich Engels resulta decisiva, no como una opción más, sino como un desplazamiento del problema mismo. Engels no busca un comienzo ni describe un acto creador. Piensa el lenguaje a partir de un proceso material de larga duración, ligado al trabajo, a la cooperación, a la transformación del cuerpo, del aparato fonador y de los sentidos. No hay escena inaugural ni invención súbita, sino co-desarrollo: trabajo, lenguaje, cerebro y vida social se transforman conjuntamente.

Este enfoque obliga a abandonar tanto el origen como la invención entendida como irrupción. El lenguaje no aparece de una vez ni se funda en un punto identificable; se constituye como proceso, y sólo se reconoce como lenguaje desde sus efectos. En este marco, nociones como el après-coup permiten entender por qué el lenguaje produce una ilusión de eternidad: una vez formalizado, reescribe su propio pasado como si siempre hubiera estado ahí.

Entre la crítica nietzscheana al origen y la noción de invención como irrupción, la perspectiva engelsiana desplaza el problema: el lenguaje no se funda ni se inventa en un acto, sino que emerge de un proceso material de transformaciones conjuntas. Trabajo, cuerpo, percepción y vida social se reorganizan mutuamente, sin inicio puro ni momento de clausura. Una vez formalizado, ese proceso produce retroactivamente la ilusión de haber estado siempre ahí, pero esa ilusión no elimina la historia material que lo hizo posible: sólo la vuelve difícil de leer.

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