De la ética al imperativo
La difusión de frases de Freud o de Lacan no es en sí un problema.
El problema aparece cuando esas formulaciones son extraídas de la estructura que las hace operar y reinsertadas como consignas subjetivas.
“No ceder ante el deseo”, desanudada de la castración, del goce, de la ley y de la transferencia, deja de orientar una ética para funcionar como un imperativo de autosuperación. El deseo ya no es allí lo que divide al sujeto, sino lo que debe afirmarse sin resto.
En ese desplazamiento, el discurso analítico cambia de régimen: deja de interrogar la posición subjetiva y pasa a colaborar —aun sin proponérselo— con las técnicas contemporáneas de adaptación y optimización del yo.
Freud no incorporó sueños, lapsus o creencias “oscuras” para celebrarlos ni para explotarlos como recursos terapéuticos. Los tomó como formaciones que exigían ser reinscriptas en una racionalidad, sin eliminar al sujeto que en ellas se comprometía.
Cuando el psicoanálisis se vuelve compatible con todo, suele ser porque ya no toca el punto donde algo no cierra.
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