2026/01/11

2 textos

1) Engels hoy: leer el origen del lenguaje sin evolucionismo ingenuo

La reflexión de Friedrich Engels sobre el papel del trabajo en la transformación del mono en hombre suele leerse de dos maneras igualmente empobrecedoras:
o bien como un evolucionismo ingenuo, casi mecanicista —primero el trabajo, luego la palabra—,
o bien como una curiosidad histórica superada por la lingüística y la biología contemporáneas.

Ambas lecturas pierden lo esencial.

Engels no propone un origen puntual del lenguaje ni una causalidad lineal simple. Su hipótesis no apunta a un “comienzo”, sino a un proceso de co-transformación: el trabajo colectivo, la cooperación, la necesidad de coordinación, la modificación progresiva del aparato corporal, el desarrollo del oído, de la mano, del cerebro. Lenguaje, cuerpo y vida social no se suceden: se reorganizan mutuamente.

Leído así, Engels no explica el lenguaje como un instrumento añadido a un organismo ya dado, sino como un efecto emergente de prácticas materiales compartidas. La palabra no aparece porque el cerebro “creció” primero, ni porque alguien la inventó, sino porque ciertas formas de vida hicieron necesario decir algo a otros. La necesidad no crea sólo el órgano, sino el entramado corporal y social que vuelve posible la articulación sonora.

El error del evolucionismo ingenuo consiste en convertir este proceso en una cronología rígida, como si Engels hubiera descrito una secuencia cerrada con principio y fin. Pero en su planteo no hay clausura. El desarrollo no termina con la “aparición del hombre acabado”: continúa de manera desigual, con avances, regresiones, variaciones históricas y culturales. El lenguaje no es un estadio superado, sino un proceso abierto.

Leer a Engels hoy implica, entonces, rescatar su gesto fundamental:
no buscar el origen del lenguaje, sino pensar su emergencia material sin milagros ni actos fundadores, como parte de una dinámica histórica donde cuerpo, trabajo, percepción y socialidad se transforman conjuntamente. En ese sentido, Engels no ofrece una explicación definitiva, pero sí un desplazamiento decisivo: el lenguaje no se explica por una esencia, sino por un proceso de vida históricamente situado.


2) El efecto de eternidad: lenguaje, retroacción y formalización

Uno de los rasgos más desconcertantes del lenguaje es la ilusión de eternidad que produce. El lenguaje aparece siempre como algo que “ya estaba ahí”, como si no pudiera pensarse un tiempo anterior a él. No sólo hablamos en lenguaje: pensamos como si el lenguaje hubiera existido siempre.

Este efecto no es un error psicológico ni una simple ideología. Es un efecto estructural de la formalización simbólica.

Una vez que el lenguaje se estabiliza como sistema de diferencias, proyecta retrospectivamente su propia lógica sobre el pasado. Todo lo anterior queda leído como si ya hubiera sido lenguaje, o como si hubiera estado orientado hacia él. El pasado no desaparece, pero queda reorganizado bajo las categorías del presente. La historia material que hizo posible el lenguaje no se borra: se vuelve difícil de leer, porque sólo puede ser pensada con herramientas que ya pertenecen al lenguaje constituido.

Aquí resulta iluminadora la observación de Jacques Lacan sobre los números: los números no existieron siempre, pero una vez inventados producen la ilusión de haber estado siempre ahí. Tres árboles, dos nubes, una luna: parece evidente que “siempre fue así”. Esa evidencia no prueba una eternidad real, sino una retroacción formal.

Lo mismo ocurre con el lenguaje. No hubo un momento en que el mundo estuviera “sin lenguaje” y luego “con lenguaje” de manera transparente. El lenguaje sólo se constituye como tal cuando puede reinscribir su propio pasado como si siempre hubiera sido lenguaje. Este movimiento retroactivo —el après-coup— no es un añadido interpretativo, sino el operador mismo de la constitución simbólica.

Por eso, toda búsqueda de un origen estrictamente datable está condenada al fracaso. No porque no haya habido procesos materiales previos, sino porque esos procesos no eran aún lenguaje, y sólo se vuelven legibles como tales desde después. El lenguaje no tiene un comienzo visible desde dentro del lenguaje.

Pensar este efecto de eternidad permite evitar dos errores simétricos:
— el mito del origen natural,
— y la idea de una invención súbita.

Entre ambos, el lenguaje puede pensarse como un proceso material que se formaliza, y cuya formalización genera la ilusión de un “siempre ya ahí”. No se trata de negar la historia, sino de reconocer que la historia del lenguaje no se deja leer linealmente, porque está atravesada por una retroacción constante que reordena el tiempo mismo.

El lenguaje no comienza.
Se constituye haciendo creer que siempre estuvo.

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