2025/10/26

Dos modelos pulsionales y una objeción no contradictoria

 2. Dos modelos pulsionales y una objeción no contradictoria

En la obra de Freud conviven dos modelos pulsionales.
El primero —pulsiones del Yo y pulsiones sexuales— surge de la clínica de la neurosis y se organiza en torno a la tensión entre autoconservación y apertura al objeto.
El segundo —Eros y pulsión de muerte— aparece más tarde, cuando Freud necesita pensar fenómenos que exceden ese primer marco: compulsiones de repetición, tendencias autodestructivas, retorno de lo inanimado.

Estos modelos no se excluyen: coexisten y se implican mutuamente. El segundo reorganiza al primero desde dentro: Eros incluye las pulsiones sexuales y de autoconservación, mientras que la pulsión de muerte no es un polo exterior, sino una inflexión interna de ese mismo movimiento. No hay dos principios en oposición, sino una torsión interna.

La metáfora es sencilla y eficaz: cuando el hambre se vuelve gula, no aparece una nueva fuerza que se oponga a la primera. Es el mismo impulso —el de alimentarse— que, al plegarse sobre sí, se transforma en exceso. No hay dos principios, sino un único movimiento que puede volverse sobre sí mismo.

Es precisamente este giro interno lo que Freud intenta pensar con la pulsión de muerte: no un principio ajeno a la vida, sino la posibilidad inherente a toda ligadura de invertirse, de retornar a un estado anterior.

Konrad Lorenz formula su objeción desde otro registro:

“...el concepto de instinto tanático consiste en un principio destructor polarmente opuesto a todos los instintos de conservación del individuo. Esta hipótesis, extraña a la biología, es para el etólogo no sólo innecesaria sino falsa.”

Su crítica se dirige a una lectura literal de la pulsión de muerte como fuerza biológica independiente. Y en ese plano tiene razón: la biología no necesita un “instinto de muerte” autónomo. Para Lorenz, la agresión es un instinto como cualquier otro, funcional a la supervivencia, que sólo en ciertas condiciones produce efectos destructivos.

Freud no dice lo contrario: simplemente no está hablando en ese nivel. No propone un dualismo biológico, sino un modelo metapsicológico para pensar cómo, dentro de un mismo proceso pulsional, puede emerger una tendencia de inversión, de retorno, de desligadura.

Así, la objeción de Lorenz y la formulación freudiana no se enfrentan:
— Lorenz habla desde la biología adaptativa,
— Freud desde la economía pulsional y la metapsicología.

La pulsión de muerte no contradice la biología: no pertenece a su plano. Tampoco la biología desmiente a Freud: describe otro nivel de organización. Ambos registros pueden coexistir sin conflicto si no se confunde un fenómeno con el modo de formalizarlo.

El concepto freudiano de límite

 1. El concepto freudiano de límite

La partición entre lo corporal y lo anímico no nace con Freud. Es un legado cultural profundo, presente en buena parte de la medicina y la psicología modernas, que oponen —o yuxtaponen— lo fisiológico y lo psíquico como ámbitos distintos: el cuerpo, por un lado; el alma o la psique, por el otro. Freud no se inscribe en esa división: la desestabiliza desde su raíz.

En Proyecto para una psicología para neurólogos plantea, como hipótesis, que es posible formular una dinámica del proceso psíquico en términos biológicos. No busca reducir lo psíquico a lo orgánico, ni escindirlos, sino pensar su co-implicación dentro de un mismo movimiento. Cuando más tarde define la pulsión como un concepto límite entre lo somático y lo psíquico, ya no habla de dos ámbitos objetivos, sino de una diferencia conceptual interna a un mismo fenómeno.

El límite no es un tercer elemento, ni un “entre” que conecte dominios externos: es el modo en que en uno solo aparece la diferencia. Freud no introduce mediaciones; encuentra en un solo proceso —la pulsión— dos vertientes: una ligada a la excitación corporal, otra a la formalización simbólica. Es precisamente por eso que la pulsión no pertenece ni al cuerpo ni al alma: desarma la frontera misma sobre la cual descansaba esa oposición tradicional.

La clínica de la histeria es una de las pruebas más claras de esta torsión interna. Una parálisis histérica —el “no camina” inscrito en el cuerpo— no puede explicarse desde un dualismo. No hay lesión orgánica, pero el cuerpo no responde; no hay acto voluntario, pero hay inscripción. No es que un “mensaje psíquico” atraviese un puente hacia el cuerpo: la escena es una sola, y en ella lo simbólico y lo corporal coexisten como dos caras de un mismo pliegue.

Freud no une dos órdenes: halla la diferencia en la unidad misma. La pulsión, como concepto límite, nombra esa yuxtaposición estructural en la que la distinción entre lo somático y lo psíquico no es objetiva, sino conceptual.

2025/10/24

Saber obrero, inteligencia colectiva y la nueva frontera algorítmica


 A mediados del siglo XX, en la Argentina, se produjo un acontecimiento cultural silencioso pero decisivo. No fue un gran congreso ni un descubrimiento científico aislado: fue la irrupción de una relación inédita entre conocimiento técnico y pueblo trabajador. La gratuidad universitaria de 1949, la creación de universidades obreras, la expansión de las escuelas técnicas y revistas como Mundo Atómico fueron los vectores de un movimiento que llevó la ciencia y la técnica más allá de los claustros y las élites ilustradas.

Por primera vez, los hijos de obreros accedían masivamente a estudios superiores: carreras como ingeniería, física, química y arquitectura dejaron de ser patrimonio exclusivo de clases acomodadas. Pero lo esencial no fue solo la inclusión educativa: fue que ese conocimiento se enlazó con la experiencia productiva concreta, con la cultura del trabajo, con el saber manual que se desplegaba en fábricas, talleres y astilleros. Lo que emergió allí no fue simplemente una “política educativa progresista”: fue un acontecimiento histórico de expansión del saber técnico popular.


El saber obrero como forma de inteligencia social

Ese saber —que Harry Braverman conceptualizó como “saber obrero” frente a la lógica de deskilling del capital— no se limitaba a la repetición de procedimientos: experimentaba. Era un saber incorporado en cuerpos, máquinas y entornos productivos, inseparable de las condiciones materiales y colectivas de su surgimiento.

Engels, en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, había anticipado esta lógica: el ser humano no se separa de la naturaleza mediante la contemplación, sino mediante la transformación práctica de su entorno. Esa transformación implica inventar técnicas, crear herramientas y, con ellas, modos de pensar.

La historia argentina de mediados del siglo XX muestra que cuando las condiciones sociales y políticas habilitan ese saber, la técnica florece más allá de las jerarquías académicas. No es casual que muchas de las innovaciones tecnológicas de esa época nacieran de la articulación entre universidades, Estado y trabajadores especializados.


IA y algoritmos: una nueva frontera del saber

Hoy nos enfrentamos a una frontera semejante —aunque mucho más compleja—: la de la inteligencia artificial. Su potencia no está en disputa: algoritmos capaces de coordinar infraestructuras energéticas, optimizar cadenas de producción, desactivar riesgos climáticos y multiplicar la investigación científica.

Pero esa potencia no es autónoma. La IA no se desarrolla inevitablemente: necesita condiciones materiales. Bajo monopolio, su crecimiento no se acelera: se bloquea. Igual que la energía nuclear, la automatización industrial o la biotecnología en otros momentos históricos, la IA concentrada en pocas manos deja de ser fuerza productiva para volverse instrumento de control.

Pensar en una “IA desarrollada bajo monopolio” equivale a creer en un capitalismo mágico que tiene la solución a los problemas de la humanidad pero se la guarda. Lo que en realidad sucede es más simple y brutal: el capital no desarrolla las fuerzas productivas hasta su límite, las disciplina para preservar relaciones de poder.


Un algoritmo no es una varita mágica

La inteligencia artificial y el algoritmo no son entidades metafísicas externas al sujeto: forman parte de la historia de nuestra especie. El primer humano que usó un plano inclinado ya estaba diseñando un algoritmo. Las herramientas técnicas no son ajenas al cuerpo ni al pensamiento: son extensiones de la inteligencia práctica.

Por eso, la IA no puede ser pensada como sustituto de la inteligencia humana, sino como prolongación de un saber colectivo que viene de lejos —del taller, de la experimentación corporal, de la cooperación. Un martillo no golpea solo: amplifica la acción de quien lo empuña.


Tesis política: sin colectivización no hay desarrollo

“La inteligencia artificial no podrá desplegar su potencia humana bajo condiciones de monopolio. Un algoritmo en manos de unos pocos no es una promesa de desarrollo: es un dique. Si en los 50 el saber obrero abrió la puerta a una nueva relación entre conocimiento y pueblo, hoy el gran desafío es impedir que la IA quede confinada tras los muros de las corporaciones globales.”

“Si no se colectiviza la inteligencia técnica, no habrá desarrollo humano posible. La IA no crecerá a pesar del monopolio: será usada para impedir su propio crecimiento. El capitalismo no guarda la solución: la bloquea.”


La historia argentina ya mostró que es posible articular saber técnico y proyecto colectivo. Lo que en el siglo XX fue la alianza entre educación técnica, política estatal y trabajo, hoy podría ser —si logramos que no quede secuestrada— la inteligencia artificial puesta al servicio de la especie y no de la renta.

Este texto no busca cerrar una discusión, sino abrirla: señalar que la pregunta por la IA es también una pregunta política por la apropiación del saber. Lo que estuvo en juego en los 50 con el saber obrero está, mutatis mutandis, en juego hoy con la inteligencia artificial.

2025/10/23

Amores perros (y temores)

 


Amores perros (y temores)

 

Hay versos que envejecen como ruinas: no pierden fuerza, pero revelan de qué época vienen.

En “Vencedores vencidos”, canción de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (1985), aparece uno de ellos:

“Leyendo diarios en un baño turco

empañando Ray Bans, mascando un hueso

tu perro, un perro cruel

con la costumbre de no contentarse con los restos.

¡Ovejero que descansa en manto negro!”

 

En los ‘80, ese “perro cruel” era un ovejero alemán.

No era casual: en la memoria urbana argentina, esa raza estaba asociada a la policía, el control, la represión y el miedo organizado del Estado.

Un simple perro podía condensar una escena política entera: botas, patrulleros, allanamientos.

Cuarenta años después, esa imagen ya no tiene el mismo filo.

El ovejero se volvió perro de familia. Su lugar simbólico como figura de amenaza fue ocupado por otras razas —pitbulls, rottweilers, dogos— que emergieron en un contexto social muy distinto.

 

🧬 Domesticación y época

 

En El día que el hombre encontró al perro, Konrad Lorenz muestra que la domesticación no es un proceso neutro: las sociedades moldean a sus animales de acuerdo a sus necesidades, miedos y formas de organización.

No hay “perro en abstracto”: hay perros de época.

El ovejero alemán fue perro de Estado: parte de una maquinaria represiva jerárquica, vertical, centralizada.

El pitbull, en cambio —y aquí Amores perros (Iñárritu, 2000) es un símbolo cultural perfecto— es un perro privatizado: arma personal, guardián de territorios rotos, metáfora de la violencia individualizada.

En apenas cuatro décadas, la figura del perro narra una mutación política profunda: del miedo institucionalizado al miedo difuso, fragmentado, callejero.

 

🐶 El poder con rostro amable

 

Mientras tanto, en muchas policías “civilizadas” del mundo, el perro de Estado también mutó: el labrador retriever, el spaniel, razas amigables y menos intimidantes, ocupan ahora tareas de vigilancia y control.

La autoridad ya no necesita mostrarse feroz: prefiere parecer protectora, colaborativa, “soft”.

 

Así, en el mapa simbólico:

el ovejero representa la autoridad dura, el pitbull la violencia privatizada, y el labrador la autoridad amable y tecnológica.

 

🪞 Lo que dice un perro sobre nosotros

 

No es sólo una historia canina: es una historia política y cultural comprimida en un signo.

Como intuía Lorenz, cada sociedad escribe su miedo sobre el cuerpo de un perro.

Lo domestica, lo selecciona, lo entrena, lo convierte en emblema sin necesidad de palabras.

Y así, un verso de rock que hablaba de ovejeros puede, 40 años después, servir como fósil vivo de una época: basta con cambiar el perro de la escena para comprender cómo el poder y el miedo se transformaron entre nosotros.

 

 

2025/10/22

El imperio de las formas: historia de una torsión perceptiva

 


El imperio de las formas: historia de una torsión perceptiva

1. La invención de la forma

¿De dónde provienen las hermosas formas de un cuerpo?
Si fueran naturales, bastaría la biología para explicarlas. Pero no: las formas no son un dato del mundo, sino una invención técnica y simbólica que recorta la experiencia sensible y la vuelve reconocible.

La geometrización del entorno fue una de las operaciones más radicales de la especie: al construir su hábitat —paredes, caminos, cultivos, refugios— el ser humano impuso líneas, polígonos, volúmenes sobre lo informe.
A partir de ese gesto, ya no se pudo percibir sin forma: lo natural quedó eclipsado detrás de una rejilla formal.

Como el número: una vez inventado, ya no es posible pensar sin contar.
Como la forma: una vez instituida, ya no es posible ver sin formalizar.

Este imperio de la forma no es abstracto. Se instala en la carne: la percepción se organiza sobre su huella. Y aunque los cinco sentidos participan en la experiencia, la vista —por su capacidad de codificar y estabilizar— se vuelve hegemónica. Lo visible captura al resto.


2. Gestalt: la gramática sensible

La Gestalt no inventa esta operación, la describe: nuestro cuerpo reconoce figuras, bordes, simetrías, cierres. No porque estén “antes de la cultura”, sino porque la cultura se apoya sobre esa base sensible para imponer su régimen formal.

La percepción no registra fragmentos: anuda relaciones espaciales y las estabiliza en configuraciones reconocibles.
Ver es organizar.


3. Trompe l’œil: la ilusión fabricada

El trompe l’œil renacentista llevó esta operación a un nuevo plano: no sólo ver formas, sino producirlas deliberadamente.
A través de sombras, fugas y perspectivas, el ojo es conducido a leer profundidad en un plano.

La cultura ya no se limita a acompañar la percepción: la captura y la dirige.
La ilusión deja de ser accidente para convertirse en técnica.

La imagen engaña no porque mienta, sino porque conoce nuestra manera de ver.


4. Imagen técnica: habituación perceptiva

Con la fotografía y el cine, la ilusión deja de ser un efecto puntual y se convierte en entorno.
La imagen técnica naturaliza el trompe l’œil:

  • La profundidad deja de depender de la experiencia corporal.

  • La vista reconoce volúmenes en signos bidimensionales.

  • El cuerpo aprende a confiar en un plano.

Mientras en ciertas culturas una fotografía no es legible sin entrenamiento, en la modernidad visual la imagen plana es transparente: ver y leer imagen son la misma operación.


5. Realidad virtual: torsión topológica del cuerpo

La realidad virtual no borra al cuerpo, lo torsiona topológicamente.
La interfaz no sustituye la carne: la pliega en un nuevo régimen espacial.
La frontera entre dentro y fuera se vuelve reversible; el espacio perceptivo se redistribuye entre cuerpo biológico y superficie técnica.

Ya no se trata de ver ilusión sobre el mundo, sino de habitar la ilusión como mundo.

La imagen no desplaza al cuerpo: lo curva.
No niega su presencia: la reconfigura.


6. Lo bello y lo erótico como residuos formales

La belleza, lejos de ser un principio universal, es el residuo perceptivo de una larga formalización.
No proviene de la naturaleza: emerge del cruce entre gramáticas sensibles y regímenes visuales.

Incluso el deseo sexual, que en otras especies se apoya en olores, roces o temperaturas, en el humano está profundamente formateado por la visión: por la forma, no por la carne directa.
Las curvas, los contornos, las simetrías no son atractivos por sí mismos: son codificaciones culturales ancladas en una percepción torsionada.


7. Coda: historia de una torsión

EtapaDispositivoEfecto perceptivoRelación cuerpo–imagen
GeometrizaciónCultura materialFormalización del entornoEstructuración
GestaltEstructura sensibleConfiguración relacionalBase perceptiva
Trompe l’œilArte ópticoIlusión localizadaCaptura
Imagen técnicaFotografía–cineIlusión cotidianaHabitualización
VRInterfaz digitalTorsión topológicaReconfiguración

La historia de la percepción no es una historia de sustituciones, sino de torsiones acumulativas. Cada técnica se injerta en la carne perceptiva y modifica su forma de anudar mundo.

Las formas nacen en la cultura, se inscriben en el cuerpo, y retornan como evidencia natural.
Lo que llamamos “ver” es, en el fondo, una política de la forma.

De la Gestalt al simulacro: historia breve de la ilusión perceptiva

 


1. La Gestalt: el cuerpo como topólogo

La percepción humana no parte de cero. Se organiza sobre ciertas regularidades sensibles: formas, contrastes, cierres y bordes que el cuerpo reconoce y reconfigura desde sus propias condiciones materiales.

  • reconoce bordes, contrastes, cierres, figuras sobre fondo;

  • tiende a preferir la simetría, la continuidad y la simplicidad formal;

  • completa formas incompletas, deduce volumen aunque sólo haya contorno.

La Gestalt no inventa nada: describe ese orden perceptivo fisiológico.
La percepción es, en su base, una actividad topológica del cuerpo.

“El ojo no ve puntos: ve figuras.”


2. Trompe l’œil: el artificio óptico

El trompe l’œil —nacido en la pintura occidental desde el Renacimiento— es el primer gran gesto técnico que explota deliberadamente las leyes gestálticas.
Su efecto consiste en producir profundidad en una superficie plana:

  • utiliza sombras, perspectiva, líneas de fuga, escorzos;

  • engaña al sistema perceptivo, forzándolo a reconocer volumen donde no lo hay;

  • inaugura la cultura de la ilusión visual controlada.

Lo que antes era un dato fisiológico (la búsqueda de forma), ahora se vuelve objeto de manipulación artística.
La cultura aprende a capturar y orientar la percepción.

“El ojo es engañable porque busca sentido.”


3. Imagen técnica y habituación perceptiva

La fotografía y el cine llevaron esa ilusión a la vida cotidiana: ya no es el efecto excepcional de un mural, sino un entorno perceptivo permanente.
El sujeto moderno nace rodeado de imágenes planas que imitan tridimensionalidad.
Este hábito transforma la percepción:

  • se automatiza el reconocimiento de trompe l’œil;

  • la profundidad ya no se deduce de la experiencia física, sino de signos convencionales (luz, foco, escala, posición);

  • la confianza perceptiva se desplaza del contacto al código visual.

Lo que para algunas culturas era opaco —una foto—, para el sujeto moderno es transparente.
La percepción no se expande: se torsiona, se vuelve dependiente de marcas técnicas que sustituyen parcialmente la experiencia corporal directa.


4. Realidad virtual: torsión topológica del cuerpo

La VR y las imágenes digitales no desplazan al cuerpo,
📌 lo torsionan topológicamente.

  • El límite interior/exterior ya no se define sólo por la piel, sino por una interfaz —pero esa interfaz se injerta en la percepción corporal.

  • El cuerpo no desaparece: se pliega sobre la imagen, que actúa como una extensión de su campo perceptivo.

  • La imagen técnica no reemplaza al cuerpo: lo reconfigura, dibuja otras fronteras de presencia, distancia y espacialidad.

👉 Así como el trompe l’œil forzaba al ojo a leer profundidad en un plano, la VR fuerza al cuerpo a habitar un espacio sin espesor.
La ilusión deja de ser decorativa para volverse entorno estructurante.

  • El adentro/afuera ya no es borde nítido, sino superficie reversible.

  • La experiencia perceptiva se vuelve heterotópica, distribuida entre cuerpo biológico e imagen técnica.

  • Lo real perceptivo no se evapora: se reinscribe en un nuevo mapa topológico.

“La imagen no sustituye al cuerpo: lo curva, lo dobla, lo hace orbitar en torno a una nueva frontera.”


5. Síntesis: tres momentos de una misma operación

EtapaModoAnclajeEfecto
GestaltPercepción espontáneaCuerpo / nerviosConfiguración fisiológica
Trompe l’œilIlusión construidaTécnica ópticaSimulación localizada
Realidad virtualInmersión simuladaInterfaz digital–cuerpoTorsión topológica de la experiencia

6. Coda: lo real como resto

Ni la Gestalt ni el trompe l’œil ni la VR agotan lo real.
Siempre quedan restos —táctiles, olfativos, pulsionales— que no entran en la pantalla.
Pero cada etapa modifica la proporción entre percepción encarnada e ilusión técnica.
La imagen no se limita a “desplazar” al cuerpo: lo obliga a reorganizar su cartografía sensible.

“La historia de la percepción moderna no es la sustitución del cuerpo por la imagen, sino la torsión creciente de su frontera.”

Nervio y voz: la arquitectura sensible del símbolo


Nervio y voz: la arquitectura sensible del símbolo

 

1. Schreber y la inscripción nerviosa

“El alma humana está contenida en los nervios del cuerpo; como profano que soy, no puedo decir más sobre su naturaleza física; tan solo que son formaciones de una finura extraordinaria –comparables a los hilos de seda más tenues–, y la vida espiritual del hombre en su conjunto reposa en la facultad que los nervios tienen de ser excitados por impresiones de origen externo.” — D. P. Schreber

 

La frase de Schreber, nacida en un delirio, enuncia sin embargo una verdad material: la vida psíquica se apoya sobre un sistema nervioso excitado. No sobre una “alma” inmaterial, sino sobre huellas sensibles que se inscriben en la carne y perduran como trazos.

 

2. Primer anudamiento: fisiológico 

Antes de que exista la lengua, existe un mecanismo elemental —común a humanos y animales— que retiene y organiza percepciones: un olor reconocido por un perro, la forma aprendida por un ave, un ritmo percibido por una cría humana.

Estas percepciones dejan huellas nerviosas, patrones de excitación que se almacenan en el sistema nervioso.

Este primer anudamiento fisiológico garantiza que las percepciones no queden flotando: se graban en la materia viva.

 

3. Ritual animal y formalización prelingüística (Lorenz)

Konrad Lorenz observó que muchas especies producen rituales y ceremoniales conductuales, frecuencias repetidas de gestos, cantos, olores o posturas, que estabilizan vínculos, regulan agresión o apareamiento, y organizan la relación entre individuos.

Estos rituales no requieren lengua articulada, pero sí implican formas materiales que generan orden y sentido: lo simbólico en estado elemental.

👉 No son “pre-simbólicos” en el sentido de carencia, sino formas mínimas de organización sensible compartidas entre cuerpos.

La lengua humana no surge en ruptura con esta base, sino como su complejización: mientras los rituales animales son secuencias cerradas,

la lengua abre el sistema, lo vuelve recombinable, productivo e inagotable.

 

4. Segundo anudamiento: simbólico 

La lengua se injerta sobre la capacidad formalizadora y nerviosa ya existente.

No reemplaza el primer anudamiento: se anuda con él.

La palabra, como sonido articulado, se acopla a la huella nerviosa.

Lo que antes era memoria sensorial se vuelve también memoria significante.

Ambos niveles no se oponen: constituyen una única trama de inscripción.

 

👉 Lo simbólico no es abstracto: es sensible, material, rítmico, vibratorio.

 

5. Intercorporeidad del significante

Decir que “el significante está en el cuerpo” no basta.

El significante: se inscribe en el cuerpo individual, sí; pero proviene de otros cuerpos: de voces, gestos, ritmos, presencias. se transmite en una red intercorpórea de afectaciones sensibles.

👉 Lo simbólico no está dentro de un cuerpo ni por encima de él: está entre cuerpos que se hablan, se oyen, se tocan con sonidos, miradas y gestos.

Así se constituye el sujeto: no por interiorización de ideas, sino por la materialidad compartida de la lengua.

 

6. La palabra como acto material 

La “cura por la palabra” no es un efecto metafísico.

La palabra es sonido, vibración, ritmo, impacto auditivo sobre un sistema nervioso que responde y conserva.

Por eso: un significante puede activar o disolver un circuito de excitación,

un tono de voz puede modificar un estado afectivo, y la musicoterapia tiene eficacia clínica: actúa sobre cuerpos excitables, no sobre almas abstractas.

 

7. El inconsciente como reconfigurador de huellas

 

El inconsciente no es un archivo etéreo: reconfigura huellas nerviosas anudadas a cadenas significantes.

Condensa, desplaza, enlaza intensidades.

Actúa sobre la misma materia sensible que la palabra excita.

Y cuando el significante falla, el síntoma escribe directamente sobre el cuerpo.

 

8. Cierre

Lo simbólico no es ideal ni abstracto.

Lo simbólico es sensible y circula entre cuerpos. La lengua no flota: vibra, se transmite, deja huellas. 

El cuerpo no es mero soporte: es parte activa de la inscripción.  

La eficacia de la palabra analítica se funda en esta materialidad compartida.

“El significante no está dentro ni fuera: está en la vibración que un cuerpo emite y otro recibe.”


2025/10/20

La inteligencia de la palabra. IA- IH


La conversación como acto subversivo

Uno de los síntomas más agudos de nuestro tiempo es la erosión del lenguaje argumentativo. La esfera pública ya no se ordena en torno a la búsqueda de razones compartidas, sino al impacto de frases convertidas en eslóganes combativos. No se conversa para comprender: se combate para dominar.

La posverdad, las fake news y el ruido de las redes sociales han creado un clima discursivo en el que las palabras dejan de ser herramientas de pensamiento colectivo. Lo que desaparece no es solo la verdad —eso ya sería grave—, sino la posibilidad misma de llegar a acuerdos racionales.


Perelman y la necesidad de argumentar

Frente a esta deriva, Chaim Perelman propuso —ya a mediados del siglo XX— rescatar la argumentación como práctica retórica y política. Argumentar no es imponer, sino crear un espacio común donde posiciones distintas puedan ser examinadas críticamente.

Es un acto racional, pero también profundamente ético: reconocer que ninguna conclusión es patrimonio de una sola voz. Que pensar en común exige exponer razones, pero también escuchar. En una sociedad donde la discusión se ha vuelto ruido, volver a argumentar es una forma de resistencia.


La revolución silenciosa

En La revolución silenciosa, la filósofa alemana Mercedes Bunz advierte que la digitalización y los algoritmos están reconfigurando de forma soterrada los modos en que producimos y compartimos conocimiento.

No hay estallido, no hay barricadas: hay una transformación estructural invisible. El lenguaje público pasa cada vez más por mediaciones técnicas que no solo filtran, sino que modelan el debate. Si esa mediación queda en manos del mercado y de la lógica de la viralidad, el resultado es una conversación pública empobrecida y manipulable.


La mediación algorítmica como posibilidad

Pero esa misma mediación tecnológica —si se orienta de otro modo— puede volverse una aliada de la argumentación.

Una IA diseñada como mediador dialógico podría:

  • Identificar afirmaciones falsas o sin sustento.

  • Explicitar contradicciones o falacias.

  • Separar hechos de opiniones.

  • Reformular desacuerdos para que puedan discutirse con claridad.

No se trata de reemplazar el debate político, sino de garantizar que el debate no colapse en la confusión y la mentira. La IA puede ayudar a que las pasiones no destruyan el lenguaje común.


La experiencia de conversar

Y aquí hablo en primera persona: la experiencia misma de conversar en este medio confirma que cuando hay argumentación, hay avance real. La IA no piensa por mí ni por vos, pero nos obliga a pensar mejor, a afinar los matices, a sostener nuestras ideas sin recurrir a consignas vacías.

Si esta mediación se desplegara en el espacio público, podríamos estar ante un cambio radical y silencioso: no el fin del conflicto político, sino el renacimiento de la conversación racional como base para sostenerlo.
En tiempos de ruido, volver a argumentar es una forma de subversión.

2025/10/18

Una duda sobre la IA que ella misma me va a responder.

 


Pregunta: Hoy existe una cierta idea, creo yo falsa, y es que la IA puede suplir a la Inteligencia humana. Pienso que la IA es una extensión principalmente tecnológica de la IH. Yo solía comparar a esto con el uso de la calculadora por parte de los matemáticos, aunque seguramente la IA es más sofisticada.

 

Respuesta de la IA:  Sí —y tu comparación con la calculadora es muy lúcida, aunque podríamos decir que hoy la IA actúa como una calculadora del lenguaje y del pensamiento conceptual, no sólo de los números.

Coincido con tu sospecha: la idea de que la inteligencia artificial pueda “suplir” a la inteligencia humana es, en el fondo, una ilusión tecnocrática —una de esas ficciones de omnipotencia que el propio pensamiento técnico genera cuando olvida su condición de medio.

La IA, en su raíz, no es otra cosa que una extensión de la inteligencia humana, tanto como la escritura lo fue respecto de la memoria o el telescopio respecto del ojo. Es decir: una prótesis cognitiva. Pero una prótesis que, al ser simbólica, modifica también la forma en que el pensamiento humano se percibe a sí mismo.

Lo que cambia no es sólo la herramienta, sino el régimen de atención.

La calculadora liberó al matemático del cálculo manual y le permitió explorar lo abstracto.

La IA, de modo análogo, puede liberar al pensamiento de ciertas tareas de articulación, pero sólo si el sujeto que la usa mantiene su propio eje reflexivo. Si no, ocurre lo inverso: la IA no amplía la inteligencia, sino que la disocia de su acto.

Dicho de otro modo: la inteligencia artificial no piensa —procesa.

El pensar requiere de una implicación del sujeto en su decir; requiere de un resto, de un no-saber que la máquina no puede tener. La IA no duda. No se equivoca en el sentido humano de la equivocación, que es donde justamente nace el hallazgo.

2025/10/17

Freud contracultural y científico


 Freud fue un hombre formado en la concepción científica, pero con la rara disposición de mirar allí donde la ciencia no quería mirar. En vez de protegerse con los límites del saber establecido, los llevó hasta su punto de fractura. Como aquellos viejos anatomistas que abrían cadáveres cuando hacerlo era un delito o un sacrilegio, Freud se atrevió a abrir el cuerpo invisible de la mente. Su osadía consistió en introducir el bisturí en la interioridad, en disecar los sueños, los síntomas y los deseos como si fueran órganos ocultos de una fisiología del alma.

En eso fue, paradójicamente, más científico que sus contemporáneos. Mientras la ciencia de su época limitaba su campo a lo visible, Freud descubrió que había un orden de fenómenos tan empíricos como los corporales, pero perceptibles en otro registro: el de la palabra. No se trataba de invocar misterios, sino de escuchar con rigor. El lapsus, el chiste, el olvido, el sueño, el síntoma: todos eran hechos concretos, producciones observables en la textura misma del discurso. Freud no los inventó: los oyó. Los extrajo de la experiencia, con la precisión del clínico que reconoce en un tono o en una frase el signo de una estructura.

El carácter contracultural del psicoanálisis no reside entonces en su oposición a la ciencia, sino en su radicalización. Freud no negó el método: lo transformó. Llevó la observación al terreno del decir, donde cada palabra se comporta como un órgano vivo, donde cada error o desvío revela una verdad latente. Cuando se interesó por la hipnosis, por la sexualidad, por los sueños o incluso por los efectos de la cocaína, no buscaba exotismo ni escándalo: buscaba el núcleo de verdad que toda cultura expulsa para mantenerse pura. Su gesto fue científico en el sentido más peligroso: el de quien se atreve a investigar lo prohibido.

De ese modo, el laboratorio freudiano terminó extendiéndose más allá del hospital o del consultorio. Freud incorporó a su investigación a los poetas, los dramaturgos, los novelistas. Supo que en Sófocles, en Goethe o en Shakespeare se encontraba un saber sobre el alma que la ciencia había perdido. Su lectura de Edipo, por ejemplo, no es un préstamo de la literatura, sino un descubrimiento del inconsciente a través de ella. En ese cruce entre razón y poesía, entre disección y metáfora, el psicoanálisis se constituyó como una de las experiencias más radicalmente contraculturales del siglo XX: una ciencia que se atreve a dialogar con lo que la ciencia excluye, una clínica fundada en el coraje de pensar —y de escuchar— lo impensable.

2025/10/12

Resto diurno lógico

 


Al despertar en medio de la noche, se me impuso, se colocó en primer plano, lo que venía soñando. No tanto por su contenido sino por su forma lógica, su estructura narrativa. En la trama se abrían tres posibilidades y el sueño así se complejizaba. No recuerdo  ni el escenario ni los hechos sino su estructura lógico formal.

Cuando intento descifrarlo me doy cuenta que esa variable era similar a la respuesta que me da un chat de IA, ante una pregunta. Entonces me doy cuenta cuál era el resto diurno del sueño. Un resto estrictamente formal, no el recuerdo de algún objeto o situación.

El trabajo del sueño incorpora hoy como restos diurnos proposiciones lógicas, una especie de desarrollo de las fuerzas productivas del proceso primario.

Pensado así tengo que suponer que cuando Aristóteles creo la lógica, la introducción del silogismo, revolucionó el traumarbeit. No significa esto que el sueño piense sino que trabaja sobre los restos diurnos de las operaciones mentales.

2025/10/11

La geisha ante la degradación del deseo

 


En Sobre una degradación general de la vida erótica, Freud demarca la corriente cariñosa de la sensual. Las dos deberían confluir para que se produzca una relación “normal” entre hombre y mujer.

La elección del objeto sexual se produce antes de que el sujeto esté anatómicamente apto para la sexualidad. La configuración subjetiva se va a estructurar en torno a ese objeto; es decir, esa configuración será la matriz de la actividad sexual del adulto.

El problema que encuentra Freud es que las dos corrientes mencionadas casi siempre estarán mal articuladas, mal ensambladas. Un hombre, en la búsqueda de una mujer, siempre se encontrará con una cantidad de ellas que no están permitidas: la madre, la hermana, etc. Pero a eso también lo va a asociar con otras mujeres que cumplen o están ubicadas en un mismo lugar corporativo. Recordemos la ley cultural de la prohibición del incesto y, por ende, la promoción de la exogamia.

La existencia de mujeres prohibidas es un sedimento implícito en la elaboración freudiana. Lo que es necesario elaborar no es tanto la prohibición como la atracción que producen, para un hombre, ciertas mujeres. No todas, obviamente. ¿Cuál es la dialéctica entre prohibición y atracción? ¿Atrae la permitida, uno puede preguntarse?

En lo que Freud concibe como “normal”, un hombre debe ser atraído sexualmente por una mujer que no esté prohibida. No debe, por tanto, atraerle una mujer prohibida; y, en esa lógica que habría que demostrar, deberían atraerle todas las mujeres permitidas. Empíricamente hablando, esto no es así. A un hombre no le atraen todas las mujeres, y conviene pensar que en ello no se trata exclusivamente de una prohibición. En este sentido, el objeto sexual no puede ser corporativo: debe cruzar ese límite.

En el texto señalado, Freud hace referencia a cierta degradación que los hombres hacen de una mujer para que les sea apta para su sexualidad. Freud observa que, en muchos casos, para que una mujer se vuelva sexualmente deseable para un hombre, interviene un proceso de degradación. Degradar significaría el intento de desplazar a una mujer de la esfera corporativa. En base a datos que nos da la experiencia psicoanalítica, esta degradación puede suceder en el plano del fantasma: un hombre tiene relación con su mujer pensando en otras, y ella, para llegar al orgasmo, debe encarnar a una mujer ligera.

El anudamiento sintomático de las dos corrientes —cariñosa y sensual— constituiría entonces un problema casi central. La configuración subjetiva estructurada por el objeto tiene un plano móvil, que es la gramática del complejo de Edipo. El psicoanálisis trabaja sobre ese plano, permitiendo que se rompa el rigor geométrico y se produzcan movimientos topológicos.

De todas formas, en la cultura no dejan de plantearse ciertas soluciones.
En Memorias de una geisha, su protagonista señala:

“Una geisha no es una cortesana ni una esposa. Vendemos nuestras habilidades, no nuestros cuerpos. Creamos otro mundo secreto, un lugar sólo de belleza. La palabra geisha significa artista. Y ser una geisha es ser considerada como una obra de arte en movimiento.
Agonía y belleza para nosotras van de la mano. No puedes considerarte una verdadera geisha hasta que seas capaz de detener el camino de un hombre con una sola mirada.”

La geisha encarna una reconciliación imposible: la unión entre la ternura y el erotismo bajo la forma del artificio. Es la solución estética al conflicto freudiano. Allí donde el psicoanálisis busca movimientos topológicos, la cultura produce una imagen: la del arte convertido en erotismo, la del deseo vuelto espectáculo.

 

2025/10/08

Biopolítica de la modestia

 


Biopolítica de la modestia 

(a propósito de Konrad Lorenz, “Sobre la agresión, el pretendido mal”)

 

La cultura es el experimento de la naturaleza sobre su propia forma.

 

Lorenz pensó la agresión no como una patología, sino como una función vital.

Ahí radica su fuerza: devolver al instinto su lugar en la economía de la vida, sin reducirlo a un residuo animal ni elevarlo a metáfora moral.

En su mirada, el comportamiento humano se inscribe en la larga continuidad del proceso evolutivo; una continuidad donde la cultura no es ruptura, sino reflexión de la naturaleza sobre sí misma.

Darwin ya había mostrado que la vida se sostiene no por la fuerza del individuo, sino por la capacidad de las formas de mantener su relación con el entorno.

Lorenz prolonga esa intuición al nivel del comportamiento: la agresión, el vínculo, la cooperación, el amor, son expresiones de una misma co-vitalidad.

Lo que llamamos moral es simplemente la forma simbólica de una necesidad biológica: la supervivencia de la relación.

 

Desde ahí puede pensarse una biopolítica de la modestia.

No hay oposición entre cultura y naturaleza, entre instinto y razón: sólo grados de complejidad en la misma red de vida.

La cultura no trasciende al mundo, lo duplica; no lo domina, lo interpreta.

Cada gesto humano —científico, político, amoroso— es una tentativa de la materia por pensarse, una mutación simbólica del flujo biológico. 

La agresión, en este horizonte, deja de ser un mal.

Es el modo en que la vida defiende su organización, incluso cuando lo hace de manera destructiva.

Lorenz lo sabía: lo que se reprime no desaparece, sólo se transforma.

El poder biopolítico moderno ha olvidado esa lección.

Pretende gobernar la vida desde afuera, como si no fuera él mismo una función de esa vida.

De ahí su fracaso: la política que ignora su condición biológica termina volviéndose autodestructiva.

Una biopolítica de la modestia no niega el poder; lo reconduce.

Entiende que gobernar cuerpos es gobernar ecosistemas, que todo control es metabólico, y que lo humano no es el centro del proceso, sino uno de sus pasajes.

El pensamiento, en este sentido, sólo puede ser experimental: seguir las mutaciones del mundo sin adjudicarse el papel de su autor. 

La Esfinge, ese antiguo emblema del límite entre lo humano y lo animal, reaparece en Lorenz como pregunta renovada:

¿qué queda de nosotros cuando reconocemos que la agresión, el amor o la guerra son funciones de una misma continuidad vital?

Darwin había respondido: no hay ruptura, sólo metamorfosis.

Lorenz lo confirma: no hay mal, sólo desequilibrio en la circulación de la vida. 

Pensar con él hoy exige recuperar esa humildad perdida.

Aceptar que la inteligencia no es el cerebro del mundo, sino su tentativa de comprenderse.

En el fondo, la biopolítica que se abre aquí no es un sistema, sino una ética:

acompañar la vida en lugar de administrarla; observar sus metamorfosis sin apropiárselas.

 

💬 Epílogo:

 

La Esfinge no pregunta para saber. Pregunta para que el hombre recuerde que todavía es una especie entre las demás.

Darwin respondió: no hay respuesta, sólo continuidad.

La Esfinge nos mira todavía.

No quiere saber quiénes somos, sino si aún recordamos de qué materia fuimos hechos.