Cuando se está en un proceso de elaboración conceptual, resulta muy grato encontrase con conceptos y autores que, si no encajan a la perfección, con los problemas por los que uno intenta transitar, es harto seguro que lo hacen a una distancia mínima. Eso hace que uno se apropie un poco de ellos y a partir de ahí, los pone a trabajar. El ejemplo más reciente es el de Stephen Jay Gould y su concepto de exaptación.
Gould fue uno de los más brillantes paleontólogos y divulgadores científicos del siglo XX, profesor en Harvard y un feroz crítico del determinismo biológico. En una famosa entrevista, describió nuestra época no como la "era del hombre", sino como la "era de las bacterias", un guiño a la escala real de la vida en el planeta. Gould creía firmemente que la ciencia debía salir de los laboratorios y convertirse en parte del diálogo cultural, y por eso dedicó gran parte de su carrera a escribir ensayos accesibles y provocadores para el gran público, recogidos en obras como El pulgar del panda, La falsa medida del hombre o La vida maravillosa.
Su principal contribución teórica, realizada junto a la bióloga Elisabeth Vrba en 1982, fue el concepto de exaptación. La idea es simple pero poderosa: muchas de las características que vemos hoy en los seres vivos no surgieron para la función que cumplen actualmente. Simplemente, existían por otras razones y, en un momento dado, resultaron útiles para algo completamente nuevo.
El ejemplo más claro son las plumas de las aves. No evolucionaron para volar. Las primeras plumas aparecieron en dinosaurios que no podían levantar el vuelo; muy probablemente, servían para regular la temperatura corporal. Pero una vez que estaban ahí, un dinosaurio descubrió que también podían ayudarle a planear, y después a volar. La pluma fue exaptada para el vuelo.
¿Por qué fue tan importante este concepto? Porque reemplazó a una palabra engañosa que se usaba antes: "preadaptación". Ese término sugería que la naturaleza podía prever el futuro, que las plumas ya "sabían" que algún día servirían para volar, una idea peligrosamente cercana a un diseño inteligente. Gould y Vrba propusieron "exaptación" para eliminar esa pátina de teleología y dejar claro que la evolución es una maestra del reciclaje: no diseña nada desde cero, sino que toma lo que ya tiene y lo pone a funcionar de otra manera.
Pero la genialidad de Gould no se detuvo ahí. Junto a su colega Richard Lewontin, introdujo la famosa metáfora de los "spandrels" (pechinas) de la Basílica de San Marcos en Venecia. Si observás la cúpula de San Marcos, verás cuatro triángulos curvos (las pechinas) que son el resultado necesario de sostener una cúpula redonda sobre cuatro arcos. Los arquitectos no diseñaron esos espacios pensando en los hermosos mosaicos que los cubrirían; los mosaicos llegaron después. Los spandrels son un subproducto, un "espacio sobrante" que luego fue aprovechado.
Para Gould, el cerebro humano está lleno de estos
spandrels. Muchas de nuestras capacidades más preciadas —el arte, el lenguaje,
el comercio, incluso la guerra— no surgieron como adaptaciones específicas.
Probablemente son subproductos laterales del enorme crecimiento de nuestro
cerebro, una estructura que originalmente pudo haber evolucionado por otras
razones (como la coordinación motora fina o la vida social), y que luego
resultó ser un caldo de cultivo perfecto para el pensamiento simbólico.

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