2026/06/20

El poeta en la grieta. Lenguaje, feromona y el resto biológico


El poeta en la grieta. Lenguaje, feromona y el resto biológico

La tradición occidental nos ha legado una partición abstracta: la de los cinco sentidos. Oímos, vemos, olemos, tocamos y gustamos como si se trataran de canales independientes que el cerebro, cual modesto cartero, se limitara a recibir y archivar. Sin embargo, esta división es una ficción pedagógica, no un dato de la naturaleza. La percepción, tanto en el animal como en el humano, es un flujo único e indiviso; una corriente electroquímica que el sistema nervioso central interpreta como una totalidad. Un fotón, una onda de presión sonora y una molécula volátil no llegan al cerebro como datos etiquetados, sino como meras variaciones de un mismo sustrato material que, al integrarse, dan lugar a lo que llamamos experiencia.

Si partimos de esta base, la distinción tajante entre lo "químico" (las feromonas) y lo "físico" (el movimiento, la gestualidad, la danza) se revela como un dualismo insostenible. En una bandada de estorninos, el giro sincronizado no obedece únicamente a la visión del vecino, ni a una hipotética feromona de alarma, sino a un campo de perturbaciones continuo: el batir de alas genera vórtices de presión en el aire que son captados por la piel y las plumas, al tiempo que las moléculas odoríferas viajan en esa misma corriente. Lo químico y lo cinético son dos caras de una misma moneda física. El animal no "huele" por un lado y "ve" por otro; percibe una única orden: cambia de rumbo.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando llevamos esta visión unificada al terreno de lo humano, y específicamente al del lenguaje? La gran operación del estructuralismo, y en particular de la lectura lacaniana, consistió en erigir al Significante como un actor preponderante, casi autónomo, que escinde al sujeto y funda el orden de la cultura. Esta operación fue formidable para la clínica, pero encierra un peligro epistemológico: el de situar al lenguaje en un topos abstracto, desgajado de su soporte vivo. Aquí la tradición materialista, desde Engels hasta ciertas corrientes de la biología teórica, debe recordarnos que el lenguaje no es un fenómeno del espíritu puro; es un fenómeno ecológico que emerge de la necesidad del cuerpo en su interacción con el medio. El lenguaje no se origina en un "afuera" simbólico, sino en el esfuerzo muscular, en el trabajo conjunto, en el sudor y en el aliento compartido de los primeros grupos humanos.

Esta constatación nos lleva a una tesis central: el lenguaje humano, la lengua, no puede no apoyarse en algo como una feromona. Todo acto de habla es, simultáneamente, un acto corporal. Al hablar, emitimos aerosoles, modificamos la presión del aire que nos rodea, alteramos nuestra temperatura y liberamos compuestos volátiles. El otro no solo escucha nuestras palabras; literalmente, respira nuestra biología mientras las escucha.

Ahora bien, esa solidaridad no es perfecta. Existe una discordancia estructural entre el orden del lenguaje y el orden del cuerpo biológico. El lenguaje intenta atrapar, nombrar y ligar la pulsión, pero siempre le sobra un resto: el goce, el afecto no simbolizado, la descarga química que escapa a toda gramática. Ese desajuste, esa imposibilidad de que el significante se adapte por completo a la carne, es precisamente el material freudiano por excelencia. No hay desprendimiento posible, pero sí una fricción perpetua.

¿Quién puede habitar esa grieta con mayor destreza que el poeta? El poeta no usa el lenguaje para explicar o para cerrar el sentido; lo usa para hacer cuerpo con el lenguaje. La poesía no respeta la sintaxis lógica porque busca un ritmo que imite el latido cardíaco, una aliteración que evoque el roce de la piel, una pausa que reproduzca el silencio de la angustia. El poeta trabaja con la respiración (el soplo que transporta nuestras moléculas) y con la cadencia (la sincronía de los cuerpos en el tiempo). Como dijera Paul Valéry, la poesía es una vacilación prolongada entre el sonido y el sentido, y en esa vacilación se cuela todo lo que el lenguaje denotativo debe reprimir: el olor, el temblor, el deseo físico. El poeta es, sin saberlo, el biólogo del símbolo, el traductor de esa química inefable que el discurso corriente se empeña en ignorar. Frente al lenguaje instrumental, que intenta domar el caos biológico, la poesía se erige como la memoria viva de nuestra condición de carne y moléculas en movimiento.

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