2026/05/13

Los supersónicos existen, pero no están acá


 Los supersónicos existen, pero no están acá

Los que nacimos en los años cincuenta y sesenta crecimos mirando Los Supersónicos. Era una serie animada que imaginaba el futuro: autos voladores, robots que servían el desayuno, ciudades suspendidas en el aire, trabajo resuelto, tiempo libre, aventuras espaciales. No era una serie científica, era una promesa. El mañana iba a ser mejor. Íbamos a llegar.

Esa promesa no salía solo de la tele. Salía de las revistas de divulgación que leían nuestros padres, de la escuela pública que enseñaba que el progreso era inevitable si había ciencia, industria y soberanía, de las fábricas que echaban humo y daban trabajo, de los ferrocarriles que unían pueblos, de las centrales nucleares que se construían con manos argentinas. Éramos un país que se pensaba a sí mismo como potencia. No por arrogancia, sino porque teníamos con qué.

Alguien nos apagó esa película. Nos dijeron que el Estado era un estorbo, que lo público era ineficiente, que la ciencia no servía para nada, que los trenes daban pérdida, que era mejor importar que producir, que el futuro no era colectivo sino individual, que la única potencia posible era Estados Unidos, y que nosotros, argentinos, debíamos conformarnos con ser un mercado periférico, un pozo extractivo, un país de servicios baratos.

Y durante décadas lo creímos. O nos lo creímos a medias. O nos convencieron de que los que soñaban con un país grande eran viejos nostálgicos, comunistas trasnochados, populistas irracionales. El futuro dejó de ser una dirección y pasó a ser un recuerdo. Los supersónicos quedaron en el arcón de la infancia, junto con los álbumes de figuritas y las tapas de Mundo Atómico.

Pero los supersónicos existen.

Hace poco, en una pantalla, aparecieron los trenes voladores chinos. Trenes que levitan, que viajan a velocidades que parecen imposibles, que cruzan ciudades sin tocar el suelo. Trenes hechos por un país que hace sesenta años era mucho más pobre que el nuestro. Trenes que no los trajo el mercado, ni el libre comercio, ni el "derrame" de las inversiones extranjeras. Los trajo un Estado que planificó, que invirtió en ciencia y tecnología, que usó el mercado sin entregarle el timón, que se negó a ser una república bananera.

No importa ahora discutir cómo llaman a ese sistema político o si nos gusta o no. Lo que importa es que el futuro que nos prometieron de chicos no era un delirio. Existe. Está funcionando. Solo que no está acá.

Los pibes de los sesenta, ésos que crecimos mirando Los Supersónicos, hoy tenemos más de sesenta o setenta años. Ya no vamos a construir ese futuro nosotros. Pero tenemos algo que vale mucho: memoria. Sabemos que el país se pensó grande y fue grande. Sabemos que no fue un espejismo: hubo ferrocarriles, hubo fábricas, hubo científicos, hubo una clase trabajadora que se organizaba y peleaba, hubo un pueblo que creía que el mañana iba a ser mejor que el presente.

También sabemos quiénes nos robaron esa promesa. Y, sobre todo, sabemos que nos mintieron cuando nos dijeron que era imposible. Porque esos trenes están ahí. Y si un país de campesinos pobres logró construirlos en sesenta años, no hay ninguna razón para que nosotros no podamos. Salvo que nos hayamos resignado.

Esa es la batalla cultural de la que hablan algunos ahora. No es una batalla de libros, de doctrinas, de eslóganes para redes sociales. Es la pelea por volver a creer que somos capaces. Que esta tierra no está condenada. Que el futuro no es una serie de dibujos animados sino una tarea.

Los supersónicos existen. No los vamos a manejar nosotros. Pero si alguna vez este país vuelve a creer en sí mismo, si alguna vez rompe la trampa del sálvese quien pueda, si alguna vez se junta de nuevo para pelear por lo que le pertenece, los que van a viajar en esos trenes van a ser nuestros hijos, nuestros nietos, los pibes que hoy no tienen trabajo ni esperanza.

Por eso no nos callamos. Porque vimos el futuro de chicos, y lo vimos funcionando de viejos. Sabemos que se puede. Y el que sabe que se puede no se rinde.

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