EL SUEÑO DE LOS PANELES
Anoche soñé algo que me dejó pensando bastante. No fue un
sueño de imágenes nítidas ni de caras conocidas, sino más bien de un proceso,
de un mecanismo que se repetía. Lo soñé durante horas, como si mi proceso
primario hubiera encontrado una manera de mostrarme, en su propio lenguaje,
algo que vengo rumiando hace semanas.
En el sueño aparecían unos paneles energéticos
individuales. Cada panel era autónomo: tenía su propia fuente de energía, su
propio receptor de Wi-Fi, su propia capacidad de funcionar por sí mismo. Pero
esos paneles estaban diseñados para acoplarse entre sí. Y lo notable era lo que
ocurría cuando eso pasaba.
Al acoplarlos, la energía de cada panel comenzaba a
circular por el cuerpo común de todo el acoplamiento. Pero ya no era la misma
energía individual de antes, sino una energía nueva, propia de todos, que no
pertenecía a ninguno. No era una fusión instantánea: era un pequeño proceso. El
acoplamiento tomaba su tiempo, tenía sus pasos, su paciencia.
Y lo más extraño es que esa energía que circulaba no era
solo eléctrica o técnica. Era también una circulación de sentimientos. Los
sentimientos se transmitían por Wi-Fi de un panel a otro, y en el acoplamiento
eso también excedía lo individual. Dejaban de ser sentimientos privados,
internos, escondidos. Se transformaban en algo común, respirable, compartido.
Me desperté con esa imagen dando vueltas. Y me puse a
asociarla con cosas que vengo pensando.
Lo primero que me llamó la atención es que los paneles no
nacen acoplados, pero están hechos para estarlo. Tienen una autonomía de
origen, pero no de destino. No son el Yo blindado que se cierra a la
intemperie, ni tampoco la fusión indiferenciada donde uno se pierde en el otro.
Son unidades que encuentran su sentido en el acoplamiento sin disolverse en él.
Eso es justamente lo que venimos llamando el "1 en 2": ni dos
individuos aislados ni una unidad de fusión, sino una paradoja viva donde el
acoplamiento genera algo nuevo sin borrar a los que se acoplan.
Después pensé en ese pequeño proceso, en que el
acoplamiento no era instantáneo. El amor, la interdependencia, la construcción
de la carne común, no son un rapto. Son una artesanía que toma tiempo. Las
hormigas no construyen un puente vivo en un segundo: sincronizan sus cuerpos
progresivamente. Los humanos no se vuelven "una sola carne" en el
instante de una declaración de amor: necesitan la conversación repetida, el
cuidado de los días, la fricción de la convivencia. El sueño lo sabía.
Pero lo que más me dejó pensando fue eso de que la
energía, al circular por el acoplamiento, cambiaba de cualidad. Dejaba de ser
la energía de cada panel y se volvía una energía nueva, propia del cuerpo
común. No era la suma de energías individuales. Era otra cosa, un excedente,
una emergencia.
Eso es justamente lo que llamamos transindividualidad.
Algo que no se explica por sus componentes y que sin embargo existe y circula.
Los sentimientos, decía el sueño, se transmitían por Wi-Fi y al compartirse se
transformaban. Dejaban de ser míos. Se volvían un temple colectivo, una
atmósfera, una feromona electromagnética.
El Wi-Fi no era una metáfora. Era la infraestructura
material por donde circulan hoy nuestras feromonas simbólicas. Internet, la
fibra óptica, las señales que nos atraviesan: todo eso es el medio donde los
afectos viajan y se modifican. Pero lo crucial, lo que el sueño mostraba con
una precisión que yo no habría podido inventar despierto, es que esa
circulación no produce una masa indiferenciada, sino un excedente. Algo que no
estaba en la señal individual y que solo aparece cuando los paneles se acoplan.
Pensé también en la casa calefaccionada y la intemperie.
Cada panel solo, funcionando por su cuenta, podía imaginarse autosuficiente.
Pero en el acoplamiento se volvía evidente que la energía propia era apenas un
pliegue de una energía mayor, compartida, que siempre había estado ahí. Como
cuando uno sale de la casa y descubre que la intemperie no era el vacío, sino
el lugar donde otros frágiles ya estaban circulando.
El sueño terminó ahí, sin conclusiones. Pero me dejó la
sensación de que mi inconsciente había hecho un trabajo teórico de primer
orden, devolviéndome en imágenes lo que vengo balbuceando con argumentos. No es
poco, para una noche de sueño que se interrumpe y retorna.

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