1. La precedencia del etiquetado (un ejemplo literario)
El etiquetado no es un invento tecnológico. La vida social antes de la IA ya estaba sostenida por una red densa de clasificaciones implícitas. Un ejemplo literario preciso es El Castillo de Kafka. El castillo que da título a la novela nunca aparece representado como tal. Los personajes hablan de él, actúan en su nombre, organizan su vida en función de sus supuestas normas. Sin embargo, no hay verificación posible de su existencia real. El castillo funciona como una etiqueta vacía pero operativa: clasifica situaciones, autoriza decisiones, jerarquiza funciones. La burocracia se despliega sin que nadie pueda señalar un centro emisor de poder. La etiqueta "castillo" cumple allí la misma función que muchas etiquetas contemporáneas: organizar la conducta sin necesidad de referente material.
2. Definición
El etiquetado es la operación mediante la cual se asigna una categoría a un elemento perceptivo, discursivo o relacional. No es una actividad reflexiva ni necesariamente consciente. Consiste en clasificar, nombrar, anticipar el sentido de algo antes de que ese algo haya sido examinado. Es el gesto por el cual el sentido común sedimentado se convierte en juicio operativo.
3. El etiquetado en la inteligencia artificial
La IA no hace más que formalizar y acelerar esa lógica preexistente. Para que un sistema de IA reconozca patrones, necesita grandes volúmenes de datos previamente etiquetados por humanos. Una imagen se etiqueta como "gato", un comentario como "ofensivo", una noticia como "política". El algoritmo no accede a los fenómenos sino a las etiquetas. Su aprendizaje consiste en reproducir la regularidad de esas asociaciones. De allí que el sesgo del etiquetador humano se transfiera directamente al modelo. La IA no inventa criterios; los extrae de los gestos clasificatorios de sus entrenadores.
4. Implicancias
Si la IA se alimenta de nuestras etiquetas, y si el etiquetado humano precede y excede a la tecnología, entonces la cuestión central no sólo técnica sino cultural. No se trata de diseñar algoritmos más "limpios", sino de revisar las prácticas clasificatorias de la vida cotidiana. El problema no es la IA; es el sentido común del que se nutre. La posibilidad de cambiar las etiquetas dominantes —hacerlas más porosas, más conscientes de su provisionalidad, más atentas a lo que excluyen— constituye una línea de trabajo político y clínico. No se trata de eliminar el etiquetado, sino de dejar de operar con él como si fuera una transcripción neutra de lo real.
De todas formas. No se trata solo de revisar las prácticas clasificatorias, sino de construir intervenciones estratégicas en los puntos donde el etiquetado es más vulnerable, porque desde la debilidad individual no se cambia el sentido común; se lo trabaja con paciencia, en red, en los bordes.
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