2026/06/10

Leer a Darwin como hizo Engels (y como Lacan leyó a Freud)- Una invitación para marxistas


Leer a Darwin como hizo Engels (y como Lacan leyó a Freud)

Una invitación para marxistas

 

1. Engels fue el primero

 

En 1876, Engels escribió El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. No es un texto extenso, casi un borrador, pero contiene una operación teórica inmensa: leer a Darwin desde las incipientes categorías marxistas para dar cuenta de problemas del propio edificio conceptual. Escribía sobre Darwin tal como hoy podemos hacerlo a partir de las últimas novedades de la ciencia.

Engels -al igual que Darwin-, advirtió que la especie humana no surgió por decreto divino sino por un proceso material de transformaciones anatómicas. Pero añadió algo que Darwin no había desarrollado: que el trabajo es el motor de esa transformación. La posición erecta liberó la mano, la mano desarrolló el cerebro, el cerebro hizo posible el lenguaje, y todo ese proceso fue trabajo: interacción metabólica con la naturaleza que transforma al que trabaja tanto como a lo trabajado.

Engels, el compañero de Marx, el que escribió la Dialéctica de la naturaleza, fue el primer marxista que tomó en serio a Darwin. No como una autoridad externa que se cita por cortesía, sino como un insumo indispensable para el materialismo histórico en incipiente desarrollo.

 

2. Lo que pasó después (o lo que no pasó)

 

Después de Engels, el marxismo mayoritario abandonó esa lectura. Se retuvo a Darwin como aliado contra el creacionismo, se lo celebró como "científico materialista", pero no se lo leyó con la minuciosidad que Engels había inaugurado. Peor aún: se dejó que la derecha se apropiara de Darwin. Spencer y sus herederos fabricaron un "darwinismo social" que convirtió la lucha por la existencia en justificación del capitalismo salvaje, del racismo, del "sálvese quien pueda". Esa costra ideológica —que nada tiene que ver con Darwin— nos hizo algo aborrecible su nombre.

El resultado es que generaciones de marxistas crecimos sin leer a Darwin. Sabemos que dijo "selección natural", pero no fuimos a sus textos. Y al no leerlo, dejamos intacta la caricatura spencerista.

Hace falta un gesto distinto. El gesto de Engels: volver a Darwin para leer lo que la ortodoxia no leyó.

 

3. El gesto de Lacan (aplicado a Darwin)

 

Cuando Jacques Lacan quiso devolverle vida al psicoanálisis, no dijo "Freud es genial, estúdienlo". Hizo otra cosa: volvió a los textos de Freud que la ortodoxia había archivado —la Traumdeutung, el chiste, la psicopatología de la vida cotidiana— y mostró que allí había un pensamiento que nadie había terminado de leer. Que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, que el sujeto es efecto de una falta, que la pulsión no tiene objeto natural. Lejos de la erudición: eso fue una operación política sobre la teoría.

Con Darwin necesitamos un gesto similar. No para convertirlo en un santo laico del materialismo, sino para leer en él lo que ni el spencerismo ni el marxismo estándar leyeron.

¿Y qué encontramos cuando lo hacemos?

 

4. Lo que Darwin realmente dijo (y Engels ya había intuido)

 

Encontramos que la "lucha por la existencia" no es un torneo de individuos. Darwin lo aclara él mismo: usa el término "en un sentido amplio y metafórico, que incluye la dependencia de unos seres respecto de otros". La lucha no es solo enfrentamiento; es la planta que resiste la sequía, el picaflor que depende de la flor, la lombriz que fabrica humus.

Encontramos que la unidad de la evolución no es el individuo aislado sino la población, la especie, la comunidad ecológica. La "aptitud" no es fuerza bruta: es capacidad de insertarse en una red de relaciones que sostiene la vida. Lo que persiste no es el más fuerte, sino el que mejor se teje con otros. Porque la fortaleza siempre sale de esto último.

Esto es lo que llamamos co-vitalidad: la condición constitutiva de lo vivo según la cual ninguna parte puede existir fuera del entramado de relaciones que la sostiene. Vivir es siempre vivir con y en otros.

Engels ya lo había entrevisto. La Dialéctica de la naturaleza está llena de pasajes sobre la interdependencia, sobre la unidad de los contrarios en el mundo natural, sobre el modo en que cada ser vivo es, al mismo tiempo, él mismo y su relación con el entorno. Pero Engels no tuvo acceso a la biología del siglo XX: no conoció a Lynn Margulis y su teoría de la simbiosis como motor evolutivo, no vio los estudios sobre mutualismo, no pudo leer a los ecólogos que demostraron que la cooperación es una estrategia evolutiva tan potente como la competencia.

Leer a Darwin hoy, después de Margulis, después de la ecología contemporánea, es hacer lo que Engels habría hecho si hubiera tenido esos datos. Es continuar su programa.

 

5. Por qué esto trastoca nuestra política

 

Si junto a Darwin podemos afirmar que la vida es fundamentalmente interdependencia antes que competencia, que ninguna especie está terminada, que la naturaleza es metabolismo y no escenario—, entonces nuestra política tiene que revisarse.

Primero: la naturaleza no es solo "objeto de trabajo". Cierto marxismo productivista tendió a verla como materia prima inerte que el trabajo humano moldea. Pero Darwin mostró que la naturaleza es ya actividad, un sistema de interdependencias (∞) del que el trabajo humano es un caso particular. La fractura metabólica que el capitalismo inflige no es un problema "ambiental": es una ruptura de la co-vitalidad que nos sostiene.

Segundo: la especie humana no está terminada. Darwin demuestra que toda especie es un flujo, una holoforma () en transformación permanente. No hay esencia humana fija. Nuestra bipedestación —que Engels situó como el paso decisivo— es una conquista precaria, una falla que nos obliga a experimentar. El trabajo, la cultura, la política no son adornos: son modos de sostener un equilibrio que nunca es definitivo. La Esfinge lo sabía: caminamos entre cuatro, dos y tres apoyos, y en cada paso estamos corrigiendo una inestabilidad de origen.

Tercero: si la vida es interdependencia y somos una especie precaria, la política emancipatoria () no puede ser el control total de la naturaleza ni la exaltación del desarrollo de las fuerzas productivas sin límite. Tiene que ser una biopolítica de la modestia: administrar los flujos metabólicos sin romper la trama que nos sostiene, reconociendo que cada frontera () —la piel, el río, la membrana celular, el borde del barrio— es un lugar de intercambio, no un muro.

 

6. Engels nos dejó la tarea

 

Engels abrió el camino. Nos mostró que Darwin no es un adversario ni un simple aliado táctico, sino un pensador sin el cual el materialismo histórico queda incompleto. Pero después de él, el marxismo se olvidó de Darwin. Lo dejó en manos de la derecha.

Recuperar a Darwin —leerlo como Engels nos enseñó, con el gesto de Lacan hacia Freud— no es un capricho de eruditos. Es una necesidad política. Porque el capitalismo está destruyendo la trama de la vida, y para enfrentarlo necesitamos entender qué es esa trama, cómo funciona, qué leyes la rigen.

La naturaleza no tiene obligaciones. Los humanos sí. Y una de ellas es leer lo que aún no hemos leído.

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