2026/01/12

Leer a Engels hoy: materialidad, lenguaje y proceso


Volver a Friedrich Engels en la cuestión del lenguaje, tal como lo esboza en El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre, suele despertar una prevención casi automática: la de encontrar un evolucionismo ingenuo, una cronología lineal —primero el trabajo, luego la palabra— o una explicación biologicista superada por desarrollos posteriores. Sin embargo, una lectura atenta muestra algo muy distinto. Engels no sólo no queda refutado por las elaboraciones más recientes, sino que anticipa con notable rigor problemas que hoy vuelven a plantearse bajo otros lenguajes teóricos.

Lo primero que conviene subrayar es que Engels no busca una escena originaria del lenguaje. No hay en su texto una mitología del comienzo, ni la fantasía de la “primera palabra”. Cuando afirma que el lenguaje surge “a partir del trabajo y con el trabajo”, no está señalando un acto fundador, sino un proceso de co-transformación material. Trabajo, cooperación, cuerpo, órganos del lenguaje, oído, cerebro y vida social no se suceden como eslabones de una cadena, sino que se modifican mutuamente.

La insistencia de Engels en la comparación con los animales no apunta a una jerarquía moral ni a una escala de perfección, sino a algo más preciso: el lenguaje articulado no es una necesidad universal de lo viviente, sino una necesidad históricamente producida. Ningún animal en estado salvaje “carece” del lenguaje como de un defecto. La falta sólo aparece cuando el animal es introducido en un entorno social distinto, como ocurre con la domesticación. Esto es decisivo: el lenguaje no responde a una carencia natural, sino a una reconfiguración de las condiciones de vida.

En este punto, Engels es extraordinariamente fino. No afirma que el lenguaje aparezca porque exista un órgano, sino casi lo contrario: la necesidad social crea el órgano, y ese órgano se transforma lentamente en interacción con el entorno. El aparato fonador, el oído, la mano, el cerebro y los sentidos no son causas primeras, sino momentos de un mismo proceso material. Incluso su observación sobre el loro —que puede hablar sin “entender” en sentido humano— anticipa una distinción que hoy reaparece con fuerza: la diferencia entre articulación sonora, comprensión y experiencia.

Otro punto clave es que Engels no clausura el proceso. El desarrollo no termina con la “aparición del hombre acabado”. Continúa de manera desigual, con avances, regresiones, variaciones históricas y culturales. El lenguaje no es un estadio superado ni un logro definitivo, sino un proceso abierto, permanentemente modulado por la vida social. En ese sentido, Engels está mucho más lejos de un evolucionismo rígido que de una dialéctica material sin cierre.

Leído así, Engels no propone ni un Ursprung (origen) ni una Erfindung (invención) del lenguaje. No hay punto inaugural ni acto creador. Hay proceso, duración, transformación conjunta. Y, sobre todo, hay una idea que sigue siendo plenamente actual: el lenguaje no se explica por una facultad aislada, sino por la articulación entre práctica material, cuerpo y socialidad.

Por eso, lejos de quedar refutado por teorías posteriores, Engels puede ser leído hoy como un precursor riguroso de una concepción no dualista del lenguaje. Su pensamiento no reduce el lenguaje a la biología, pero tampoco lo separa del cuerpo. No lo explica por una esencia simbólica, pero tampoco por una función mecánica. Lo piensa como emergencia histórica encarnada, sin milagros y sin mitos.

Rescatar a Engels en este punto no es un gesto arqueológico. Es reconocer que, en la cuestión del lenguaje, su formación teórica le permitió formular una hipótesis cuya coherencia interna sigue intacta: el lenguaje no comienza, no se inventa de una vez; se produce en el espesor de la vida material, y sólo desde allí puede formalizarse y simular, después, haber estado siempre.

2 comentarios:

Monica dijo...

Excelente Osvaldo! Gracias

Osvaldo Drozd dijo...

Un abrazo!!!