2026/04/23

El psicoanálisis entre lo singular y lo general


Un concepto teórico —la singularidad del sinthome, la ciencia de lo particular— nace en un contexto de lucha teórica y clínica. Lacan lo forjó contra el universalismo obtuso de la psicología del yo, contra la psiquiatría clasificatoria, contra la idea de que el analista aplica un saber general sobre un paciente pasivo. Era una herramienta de combate.

Pero cuando ese concepto se desprende del combate que lo produjo, se convierte en insignia. La insignia —como la pulga— es pequeña, se adhiere al discurso y chupa su vitalidad. Decir "el psicoanálisis es una ciencia de lo singular" ya no abre una pregunta; la cierra. Funciona como un significante Amo que ordena: "aquí todos somos lacanianos, aquí respetamos la diferencia". Y quien lo enuncia se coloca del lado correcto sin tener que dar cuenta de nada más.

Eso es ideología en el sentido althusseriano preciso: una representación de la relación imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia. El analista se imagina que, al repetir "lo singular", está fuera de la lógica universalizante. Pero su práctica puede estar perfectamente normalizada, standard, aplicando un libreto lacaniano a cada "caso particular". La ideología consiste en esa desconexión entre lo que se dice y lo que se hace.

La ideología contemporánea de la singularidad es, paradójicamente, un universalismo encubierto. Postula que todos somos singulares de la misma manera. Es el discurso del capitalismo tardío, que necesita consumidores que se crean únicos para venderles la misma mercancía personalizada.


Cuando un analista insiste en lo singular sin pasar por lo universal de la falta, sin recordar que "somos lo mismo" en tanto sujetos del lenguaje y la castración, está haciendo el juego a esa ideología. Está ofreciendo un espejo narcisista donde el paciente se ve como "único e irrepetible", pero no para atravesar ese narcisismo, sino para consolidarlo. El análisis se convierte en una poesía de la distinción personal, no en una lógica de la causa del deseo.

La pulga es inverosímil porque, mirada de cerca, no es un detalle del perro: es otro perro, microscópico, que parasita al primero. La ideología de la singularidad parasita al concepto analítico de singularidad. Lo vacía de su contenido subversivo —que todos estamos divididos, que el sujeto no es amo en su propia casa— y lo llena de un contenido complaciente: "vos sos especial, tu sufrimiento es único, tu deseo es irrepetible". Y así, el sujeto queda capturado en su propia excepcionalidad, que es la forma más refinada del sometimiento.

Una propuesta: cambiar la pregunta

Quizás la tarea hoy no sea seguir afirmando que el psicoanálisis es una ciencia de lo particular, sino preguntarse qué quiere decir un analista cuando dice eso. ¿Lo dice para abrir un caso, para interrogar su práctica, para formalizar un hallazgo? ¿O lo dice para cerrar la discusión, para blindarse de la crítica, para darse un aire de pureza epistémica?

Si la apelación a lo singular no está anudada a lo universal de la estructura (la falta, la castración, el lenguaje), es ideología. Si no reconoce que "somos lo mismo" en tanto sujetos divididos, es narcisismo. Si no produce un saber transmisible, es poesía barata.

La pulga, mientras solo se la señale como un detalle curioso, sigue chupando sangre. Se trata de arrancarla, es decir, interrogar al discurso que la sostiene. Y eso, en el campo analítico, es un gesto de salud materialista: volver a poner el concepto en el suelo áspero de la clínica y de la política, donde las contradicciones no se resuelven con palabras bonitas.

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