2026/04/02

El niño que esperaba no soñar con un arzobispo

El niño que esperaba no soñar con un arzobispo

(Fragmento de una reconstrucción clínica)

No se trata de un paciente mío, sino de la memoria de un hombre que, ya adulto, pudo reconstruir los hilos de su temprana angustia. Lo que sigue es una pura elaboración secundaria, pero confío en que el lector reconocerá en ella la estructura elemental de muchas fobias infantiles.

El niño, a quien llamaremos Juan, era de constitución nerviosa, imaginativo y fácilmente impresionable. En su quinto o sexto año, solía escuchar las conversaciones de las mujeres de su familia. Una tarde, su madre y dos vecinas comentaban la muerte de un hombre. Una de ellas dijo: “Ella lo vino a buscar porque no soportaba verlo con esa otra, desde el cielo”. Otra agregó: “No sé, seguro que lo extrañaba mucho”. Y la madre, riendo, concluyó: “Mirá, si yo fuera ella, cada vez que está con esa otra, desde arriba le tiro de los pelos”.

El niño escuchó esto sin participar. Nadie le hablaba a él. Pero los fragmentos quedaron. No como recuerdos nítidos, sino como sonidos sueltos que empezaron a circular en su cabeza: “venir a buscar”, “desde el cielo”, “tirar de los pelos”. Y una certeza tácita: los muertos pueden intervenir en la vida de los vivos, y no necesariamente con buenas intenciones.

Algún tiempo después —no es posible precisar si semanas o meses— Juan encontró en una revista de su casa un artículo sobre la interpretación de los sueños. Allí se afirmaba, con la autoridad de lo impreso, que soñar con un arzobispo era anuncio de muerte. El niño no lo leyó como una superstición entre otras. Lo tomó como un hecho del mundo. A partir de ese momento, se fue a dormir con un solo deseo: no soñar con un arzobispo.

Pero, como suele ocurrir, el deseo de evitarlo lo volvía presente. Y la angustia crecía.


El algoritmo del terror

Lo que aquí se ha formado es una pequeña máquina lógica. Sus elementos son pocos:

  • La amenaza: los muertos (especialmente los que han sido dañados) pueden volver para llevarse a alguien.

  • El anuncio: el arzobispo en sueño es el signo inequívoco de que esa amenaza se va a cumplir.

  • La evitación: no hay que soñar con el arzobispo. Pero como no se controla el sueño, la única defensa es una vigilia ansiosa o un ritual de pensamiento antes de dormir.

Estos tres elementos no están simplemente yuxtapuestos. Se encadenan según una regla fija: Si amenaza latente (muertos que vienen a buscar), entonces señal (arzobispo) = peligro inminente. Y el peligro inminente exige evitación. Eso es un algoritmo en el sentido más elemental: una secuencia de operaciones que transforma un estímulo (la idea de dormir) en un producto (angustia + ritual). El niño no lo sabe, pero su ronroneo ya funciona según ese programa.


El ronroneo como máquina de sedimentos

Freud nos enseñó que la fobia no es un error cognitivo, sino una formación de compromiso entre una moción pulsional y la defensa. Aquí podemos decir: el ronroneo infantil —ese flujo permanente de excitación no ligada— encontró en esos fragmentos (las señoras, la revista) un cauce de fijación. No es que el niño creyera literalmente que los muertos vienen a buscar. Es que esos significantes se anudaron a una intensidad afectiva (miedo, desamparo) y empezaron a producir conjeturas, imágenes, rituales.

El algoritmo no es una estructura eterna. Es el modo en que ese ronroneo se organizó para no desbordarse. La evitación (“esperar no soñar con el arzobispo”) es un intento de ligar el flujo: si hago esto, aquello no ocurrirá. Pero, como todo síntoma, esa ligadura es frágil y costosa. El niño se duerme con esfuerzo, y su descanso queda invadido por la vigilia.


El destino del algoritmo

Años después, Juan ya no cree que los arzobispos anuncien la muerte, ni que los muertos tiren de los pelos desde el cielo. Sabe que aquello era absurdo. Pero el algoritmo no desapareció: se encapsuló en el ronroneo como una posibilidad latente. Bajo ciertas condiciones (cansancio, angustia, un duelo), esos fragmentos pueden volver a sonar con su antigua potencia. No como creencia, sino como eco. El adulto no se asusta, pero nota que algo en él se inquieta. Ese “algo” es el ronroneo que nunca dejó de circular.

El análisis, cuando es posible, no se propone demostrarle al paciente que el arzobispo no anuncia la muerte. Eso ya lo sabe. Lo que el análisis puede hacer es destrabar el algoritmo — no eliminarlo, sino volverlo poroso. Permitir que el niño que sigue habitando en el adulto pueda decir, sin miedo: “Soñé con un arzobispo, y no pasó nada”. Y entonces, la próxima vez, el fragmento ya no tendrá el mismo poder de impregnación.


Nota clínica

Este caso no es excepcional. Muchas fobias infantiles, muchos temores nocturnos, se organizan exactamente así: un fragmento de discurso del Otro (la madre, la vecina, la revista) se anuda a una intensidad afectiva, y ese nudo empieza a funcionar como un algoritmo generador de angustia. El niño no necesita entenderlo; le basta con vivirlo. La tarea del analista, si alguna vez llega a encontrarse con ese niño o con el adulto que fue, no será interpretar el sentido oculto de la revista o de las señoras. Será escuchar el ronroneo y, en el momento justo, decir algo que permita que el flujo encuentre otro cauce. Algo así como: “¿Y qué pasaría si soñás con el arzobispo y no te morís?”. O simplemente: “Esa señora no sabía de qué hablaba”.

No es magia. Es destrabe.


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