"El cren y la farmacia del gesto"
El jengibre, la maca, el ginseng o la cúrcuma son raíces carnosas que el mercado de lo natural ha vuelto ubicuas. Se compran en dietéticas, se consumen en infusiones o cápsulas, prometen energía, desinflamación, bienestar. Pertenecen al circuito global de la salud como mercancía.
Muy distinta es la suerte del cren —o jrein, como le decían los viejos de Berisso—, una raíz de las más picantes y fuertes que haya probado. Para los inmigrantes eslavos que poblaron la zona, no era una novedad exótica ni un superalimento: era parte del paisaje doméstico. En los fondos de las casas, donde había quinta y gallinero, el cren crecía sin pedir permiso. Se lo usaba como condimento, rayado con remolacha, acompañando carnes. Pero también como medicina de invierno.
Mi abuelo Josef, cuando estaba engripado, no iba a la farmacia. Colocaba una palangana sobre la mesa, tomaba un rayador y algunas raíces de cren, se cubría la cabeza con una toalla que caía hasta el recipiente y molía los tubérculos. El vapor picante le invadía las vías respiratorias, los ojos lagrimeaban, la nariz se despejaba. Según él, quedaba como nuevo.
Uno podría ver en esa escena un simple remedio casero, quizás pintoresco. Pero hay algo más. Ese gesto —la palangana, la toalla, la cabeza cubierta— no lo inventó mi abuelo. Tampoco lo aprendió en un manual. Le llegó como les llegan a los pájaros ciertos cantos: por tradición no escrita, de cuerpo a cuerpo, de invierno en invierno. Era una técnica sin autor, decantada por generaciones de ensayo y error en las aldeas de Europa del Este, y trasplantada luego a las quintas de Berisso. Un sedimento de inteligencia colectiva que se reactivaba cada vez que alguien se agripaba y recordaba que había cren en la tierra.
Hoy el cren casi no se consigue. Las quintas y los gallineros desaparecieron bajo el cemento o la indiferencia. Las raíces que consumimos vienen de lejos, envasadas, con etiqueta. Son eficaces, sin duda. Pero traen consigo una paradoja: nos conectan con una naturaleza abstracta, deslocalizada, mientras borran las ecologías de proximidad que sostenían otros saberes.
El cren no era solo una raíz. Era un nodo en una trama: la tierra del fondo, la memoria eslava, el gesto del abuelo, el ardor que despejaba el pecho. Una farmacia mínima, gratuita, transmitida por las manos. Saberes así no figuran en los catálogos de lo natural. Duermen en los pliegues de la historia familiar, esperando que alguien los reactive.
Tal vez no se trate de recuperar el cren —las
condiciones que lo sostenían ya no están—, sino de reconocer en su olvido una
pregunta: ¿qué otros gestos heredados, qué otras raíces invisibles, esperan
todavía su reactivación?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario