Un Papa, un empresario y un desafío
¿Qué tiene para decirle un Papa a un empresario? Mucho, si el Papa es Francisco y el empresario está dispuesto a escuchar.
En un mundo acostumbrado a dividir las aguas entre demonizar al capitalista o arrodillarse ante él, Francisco abrió una tercera puerta. No fue ingenuo: no dijo que el mercado lo resuelve todo ni que la riqueza es inocente. Dijo algo mucho más exigente. Tu riqueza no es solo tuya, tu inteligencia no es solo tuya, tu poder no es un derecho sino una responsabilidad. Si querés salvar tu vida, ponela al servicio de la casa común. Si querés que tu empresa tenga futuro, dejá de saquear y empezá a construir.
Esa declaración no fue una anécdota. Fue un programa. Y aunque Francisco se lo dijo a un auditorio concreto, su mensaje resonó en muchísimos otros rincones. Porque vino a ponerle palabras a una intuición que ya estaba en el aire: que la lógica del sálvese quien pueda no solo es injusta, sino estúpida.
La ecología integral no es un slogan para hippies
Cuando se habla de ecología, muchos piensan en árboles, en reciclaje, en osos polares. Pero la ecología de la que habla Francisco es otra cosa. Es una ecología integral, que abarca todo: la tierra, el agua, el aire, pero también el trabajo, la familia, el barrio, la cultura, la espiritualidad.
No hay crisis ambiental separada de la crisis social. Es la misma. El extractivismo que destruye un humedal es el mismo que destruye empleos, que vacía pueblos, que arroja pibes a la calle. La acumulación por despojo —como la llaman algunos teóricos— tiene un nombre en cada territorio. La ecología integral lo que dice es: no podés curar una herida sin curar la otra. No podés salvar el planeta sin salvar a los pobres. No podés salvar a los pobres sin salvar el planeta.
Esto no es un catálogo de buenas intenciones. Es un cambio de paradigma. Propone dejar de hacer más verde el capitalismo y empezar a construir un modelo de desarrollo donde la vida —toda la vida— esté en el centro.
La amistad social como método
Hay una palabra que suena ingenua en política: amistad. Pero Francisco la usa sin complejos. La llama amistad social. Y no es un sentimiento blando, es un método.
La amistad social no niega el conflicto. Sabe que hay intereses contrapuestos, que hay poderosos que no quieren ceder, que hay estructuras que transformar. Pero no se resigna a la lógica del amigo y el enemigo. No cree que la única salida sea aniquilar al otro. Cree que se puede —y se debe— derrotar sin destruir, transformar sin humillar, incluir sin someter.
Esto no es una ingenuidad pastoral. Es una estrategia de largo aliento. Porque el enemigo aniquilado deja venganza. El enemigo transformado deja de ser enemigo. Y si además gana algo con la transformación, se vuelve un defensor del nuevo orden.
El burgués saqueador y el empresario con vocación
Acá está el corazón del mensaje. Francisco no dice "hay que eliminar a los ricos". Dice que hay dos tipos de ricos.
Está el burgués saqueador. El que acumula sin límite, el que evade impuestos, el que vacía empresas, el que contrata pibes por dos monedas, el que depreda la naturaleza como si fuera un recurso infinito. Ese, dice Francisco, está condenado. No por un castigo divino, sino por su propia ceguera. No tiene futuro porque destruye las condiciones que hacen posible su propia existencia.
Pero también está el empresario con vocación. El que sabe hacer algo, el que arriesga, el que crea, el que da trabajo. Ese, dice Francisco, es un actor indispensable. Siempre que se ponga al servicio del bien común. Siempre que entienda que su empresa no es un feudo sino una comunidad. Siempre que pague impuestos, respete a los trabajadores, cuide la casa común.
El desafío no es eliminar al empresario. Es convertirlo. Que deje de ser saqueador y se convierta en constructor. Que use su inteligencia, su capacidad de gestión, su acceso al crédito, para un proyecto de país que no se agote en su cuenta bancaria.
Lo que ya estaba en otras tradiciones
Lo que dice Francisco no es completamente nuevo. En otras tradiciones políticas y sociales, con otros lenguajes, se dijo algo parecido. Los movimientos obreros que no querían destruir la fábrica sino gestionarla ellos mismos. Las cooperativas que demostraron que los trabajadores pueden producir sin patrón. Los líderes populares que hablaban de un capitalismo nacional productivo enfrentado al capitalismo financiero especulativo. Los viejos militantes que sabían que el odio no construye y que la venganza no cierra heridas.
Hay una convergencia que no es casual. Es la señal de que una necesidad epocal está buscando su forma política. La necesidad de superar la lógica del enemigo absoluto sin caer en el pacifismo impotente. La necesidad de construir un proyecto de país que incluya incluso a los que ayer estaban del otro lado.
Lo que falta
Francisco ya lo dijo. Lo que falta es una fuerza política y social que lo tome en serio. Que no lo lea como una pieza de museo ni como un consuelo para los domingos. Que lo traduzca en un programa, en una estrategia, en una práctica cotidiana.
Una fuerza que se anime a decirle al empresario: vení, sentate, hablemos. Acá hay un país para reconstruir. Hay ferrocarriles que levantar, centrales nucleares que poner en marcha, campos que cultivar sin veneno, pibes que necesitan oficio, jubilados que necesitan respeto. Tu plata no alcanza si no hay un Estado que planifique. Tu empresa no sobrevive si no hay un pueblo que consuma. Tu futuro no existe si el país se hunde.
Esa fuerza no existe todavía. Pero sus fragmentos están: en los clubes, en las cooperativas, en las fábricas recuperadas, en las mujeres que defienden el humedal, en los pibes que quieren aprender un oficio, en los viejos que no se rinden.
El mensaje ya está dado. Lo que falta es la voluntad colectiva de convertirlo en historia.

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