2026/04/17

La canilla equivocada: cómo entender la posición erecta sin caer en el azar ni en el proyecto


Este texto se inspira en una anécdota personal publicada aparte, pero lo que describe es universal: todos hemos seguido secuencias de acciones que nos llevaron a un resultado inesperado y útil. La evolución funciona igual.

La canilla equivocada: cómo entender la posición erecta sin caer en el azar ni en el proyecto

"La posición erecta no fue un golpe de azar ni un proyecto. Fue la canilla equivocada al final de una secuencia de residuos: algo que no se buscaba, pero que una vez encontrado, resultó tan útil que se quedó."

Esa frase condensa una idea que la biología evolutiva tardó siglos en entender. Pero para apreciar su fuerza, conviene partir de algo más cotidiano que un fósil.

Cualquiera que haya hecho las tareas domésticas conoce esa sensación. Tenés que resolver varias pequeñas cosas encadenadas: tirar el agua del inodoro, cambiar una bolsa de basura que está llena, aprovechar el tiempo mientras la jarra se llena. No te proponés ningún gran objetivo. Solo vas respondiendo a necesidades inmediatas. Una cosa lleva a la otra. Y al final de la secuencia, sin haberlo planeado, terminás lavándote las manos en la canilla del baño, cuando siempre te las lavás en la de la cocina.

No fue un accidente. Cada paso tuvo su razón. Tampoco fue un plan maestro. Nadie diseñó esa secuencia para terminar en esa canilla. Fue un descubrimiento lateral: un resultado que no se buscaba, pero que una vez encontrado, resultó práctico. Tanto que podrías repetirlo.

Durante mucho tiempo se pensó que la naturaleza funcionaba de dos maneras posibles: o todo era puro azar (mutaciones caprichosas, selección ciega) o todo era proyecto deliberado (diseño inteligente, finalismo). La posición erecta humana era un caso clásico de disputa: ¿fue una casualidad genética que un homínido se parara de pronto? ¿O fue una necesidad planeada por la evolución para liberar las manos y fabricar herramientas?

La respuesta es ninguna de las dos. Es la tercera que encierra la frase inicial.

Imaginemos a un ancestro lejano en la sabana africana. No se propuso "volverse bípedo". Tenía necesidades concretas: ver por encima de los pastos, cargar algo mientras caminaba, apoyarse en una rama para alcanzar un fruto. Cada pequeña acción era una respuesta a una condición objetiva. Ninguna era "la búsqueda de la erectitud". Pero al encadenarse una con otra, paso a paso, la postura erguida fue emergiendo. Primero un apoyo, después un enderezamiento momentáneo, luego unos pasos inestables. Hasta que, en algún punto, la secuencia completa resultó útil. Liberaba las manos. Mejoraba la visión. Ahorraba energía. No se había planeado, pero una vez que ocurrió, resultó tan útil que se quedó.

Eso es exactamente lo que el biólogo Stephen Jay Gould llamó exaptación: una estructura que surge por una razón (o por ninguna) y después sirve para otra. Las alas no evolucionaron para volar; primero sirvieron para regular la temperatura. La posición erecta no fue un objetivo; fue una canilla equivocada al final de una secuencia de residuos.

Y lo maravilloso es que esta lógica no es extraña ni remota. La vivimos todos los días. Cada vez que hacemos una secuencia de tareas domésticas, cada vez que resolvemos un problema práctico con lo que tenemos a mano, estamos reproduciendo ese mismo mecanismo: acciones encadenadas, sin plan maestro, que producen resultados laterales. A veces esos resultados son inútiles y se olvidan. A veces son tan prácticos que los incorporamos a nuestra rutina. Eso es la selección natural en miniatura.


Así que cuando alguien pregunte cómo el ser humano se puso de pie, no hace falta recurrir a explicaciones misteriosas ni a relatos de casualidades improbables. Basta con recordar la canilla equivocada.

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