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2021/07/26

Entre la micro y la macropolítica


Algunos sectores creen que la única posibilidad de transformación es aportar a las experiencias de los gobiernos progresistas, pero olvidan que si no se producen modificaciones en las relaciones de fuerza social, se caerá en cierta esterilidad con respecto a producir cambios de importancia.

En notas anteriores publicadas también en Socompa, quien escribe venía desarrollando no sólo la importancia teórica de definir al sujeto social, sino principalmente el estatus que la definición misma le otorga a las prácticas militantes. La ausencia hoy de una clase obrera concentrada y con capacidad de centralizar a diferentes expresiones populares no deja de interrogar a todos aquellos que desde varias décadas atrás vienen sosteniendo la necesidad del cambio social.

Mientras algunos sostienen que, caída la centralidad obrera, no queda otra que irse a casa, están los que no se dan por vencidos e intentan encontrar alguna veta por donde llevar adelante una práctica transformadora. Obviamente, muchos caen en un estéril voluntarismo. Por esta misma razón resulta imprescindible indagar de forma sistemática en la realidad social para hallar nuevos focos que permitan la acumulación política.

Muy lejos de intentar dar una definición acabada, lo que sigue pretende ser una simple aproximación que aporte a un debate necesario que pueda dar por sentada las bases de una práctica transformadora.

Mientras hoy muchos creen que la única forma es aportando a las experiencias de los gobiernos progresistas, se olvidan que si no se producen modificaciones en las relaciones de fuerza social, se caerá en cierta esterilidad con respecto a producir cambios de importancia. No se trata de soslayar o rechazar esas experiencias, sino de verlas al interior de un marco adecuado.

La irrupción en Latinoamérica de diferentes gobiernos de tinte progresista desde principios de este siglo no deja de ser el resultado de la resistencia de los sectores populares a los ajustes neoliberales de los años 90. La llegada al gobierno en 2003 de Néstor Kirchner hubiese sido imposible sin las grandes luchas sociales que desencadenaron la gran revuelta de diciembre de 2001. Algo similar se dio a lo largo de todo el continente.

Por eso hablar de “Democracia” como un absoluto – como una entidad que, si bien debe ser mejorada, pero obviando todas las circunstancias que la hacen posible – es caer en una abstracción que sólo sirve para la supervivencia de los políticos profesionales.

Lo primero que debe medirse es el bienestar del pueblo y no las formas. En tal sentido hoy existe una cierta orfandad que debiera ser revertida. Porque si se pretendiera profundizar la democracia, a saber, el protagonismo y la participación de los sectores populares, lo que hoy existe institucionalmente resulta ser un gran impedimento, principalmente el Poder Judicial.

Desde lo pequeño

En 1986 se publicaba Micropolítica- Cartografías del deseo, escrito por Félix Guattari y Suely Rolnik.  Lo que planteaba ese libro, es probable que no tuviera, en ese momento, la actualidad que iría a adquirir con el paso de los años. Eran tiempos en que, si bien ya se avizoraban distintos signos sobre la realidad social futura, aún se consideraba, desde los círculos militantes, que el cambio social tenía lugar principalmente en la escena macropolítica. 

No son pocos los que considerando lo innovador de los planteos esquizoanalíticos, llevaron adelante ciertas prácticas al interior de institutos de menores, cárceles y hospicios. La mayoría de ellos, consideraban a esas acciones como un cierto trabajo de base que tendría efectos en la escena política general, aunque pusieran mucho entusiasmo en esas prácticas moleculares.

La Micropolítica interpela y pone su acento en la particularidad, el sindicato, la junta de vecinos, el centro de estudiantes o diversas organizaciones institucionales en las que la ideología capitalista siempre es hegemónica.

En la Argentina existe un cierto sello distintivo en lo que hace al traslado de lo social hacia lo político, en cómo se concibe el salto hacia las superestructuras. Esto complica de alguna manera al activismo micropolítico. Veámoslo con algún detenimiento.

En los años 70 era una constante de los diversos grupos de las izquierdas revolucionarias, tanto socialistas como peronistas, buscar el modo en cómo determinadas luchas sociales -que por entonces eran prolíficas-, podían ser transformadas en una lucha política efectiva. De algún modo esto se llevaba adelante forzando la realidad sin alcanzar a producir los efectos deseados. Esto no dejó de ser una particularidad que prosiguió durante las décadas posteriores, principalmente durante los 90 en la resistencia social al menemismo. 

La ausencia de organizaciones políticas de izquierda con un gran anclaje de masas, en gran medida debido a la existencia del peronismo y otro tanto a raíz de sectarismo o dogmatismo, hizo a lo largo de los años que muchos activistas de formación marxista se dedicaran a llevar adelante trabajos de base por cuenta propia al margen de los partidos, pero con la intención clara de convertir esos núcleos organizativos en plataformas políticas. Es así que, a lo largo de las últimas décadas, en cualquier asamblea multisectorial es posible encontrar a dirigentes sociales de pequeños grupos de base, hablando como si fueran referentes nacionales. Esto se hizo bastante elocuente con el surgimiento del movimiento piquetero, en el que casi todos intentaron engordar su quinta propia sin la mínima preocupación por establecer las bases de un solo movimiento unificado.

Pareciera que el salto a lo político fuera algo así como una obsesión del activismo de nuestro país. Esta característica conspira contra el desarrollo de la micropolítica como tal. Posiblemente los que llevan adelante militancia de base autónoma no dejan de pensar en lo macropolítico, pero que, debido a sus posibilidades materiales, siempre quedan recluidos en un activismo que no excede lo local.

En un encuentro de organizaciones sociales realizado a principios de 2005 en el Olga Vázquez de La Plata, en el que estuvo presente quien escribe, tres activistas españolas contaban su experiencia en la recuperación de espacios tanto públicos como privados abandonados y de cómo gestionarlos en una nueva perspectiva. El grupo al que pertenecían constató que un viejo leprosario ubicado en un pequeño bosque cercano a Barcelona estaba abandonado, y a partir de ahí concentraron su tarea en recuperar el lugar, para luego de ser adecuado, poner ahí en marcha tanto un emprendimiento textil como un refugio habitacional para mujeres solas con hijos. A su vez contaban otras experiencias similares en Europa, como la de un viejo castillo en Italia que fue recuperado por los okupas y en el que pusieron en marcha un hotel autogestionado.

Lo interesante de esas experiencias es que no son demasiado conocidas y eso principalmente porque quienes las llevan adelante prefieren no exponerlas demasiado para impedir que las desbaraten. En la Argentina ese modus operandi no es el más común. Cuando irrumpieron las fabricas recuperadas allá por el 2001, algunas como Zanón o Brukman eran presentadas por algunos grupos de izquierda casi como la plataforma de la revolución socialista. No está mal intentar que los trabajos de base puedan aspirar a ser parte de una alternativa política, el problema es cuando se fuerza ese movimiento, rompiendo la unidad de base y abortando o desgastando lo alcanzado hasta ese punto.

La política como culto al individuo

No son pocos los que creen que los diferentes cambios revolucionarios son el resultado de la acción de grupos minoritarios. Las derechas utilizan ese tipo de argumento para desprestigiar y socavar cualquier intento transformador, mientras que ciertas izquierdas al igual que los progresismos también vanaglorian el culto de las personalidades. Esas ideas provienen principalmente del iluminismo jacobino de las burguesías radicales. La suposición de que todo cambio social tiene más que ver con la voluntad de algunos pocos que con las necesidades concretas de las grandes mayorías, no sólo económicas, sino también subjetivas.

Lo señalado podría ser desarrollado con suma exhaustividad si no fuera porque esos debates pueden rastrearse tanto en documentos como también por el testimonio de viejos activistas de un tiempo en el que la transformación de la sociedad estaba al orden del día. Si hoy las condiciones sociales son sumamente diferentes para llevar adelante una práctica política, hay determinadas matrices conceptuales que permanecen. En tal sentido se podría decir que el sustituismo elitista hoy es el patrón ideológico dominante, en desmedro de la participación activa. Dirán que “a la gente no les interesa nada. Vean cómo votan”, prescindiendo así de la tarea ardua de incorporar y foguear voluntades, del otrora conocido “trabajo de hormiga”.

Si se pretende transformar la realidad, esto no es posible sin la existencia de una fuerza social mayoritaria en la que primen trazos críticos y por sobre todo autonomía. Pedir el voto para resolver los grandes problemas sociales, no tiene ningún sentido transformador si a las grandes masas se las mantiene sumisas y sin ningún poder de decisión en lo que hace a la cotidianeidad, relegando sus deseos y su voluntad a votar cada dos años. Mucho más cuando hoy, más que proyectos lo que se votan son candidatos a los cuales la mayoría conoce por los medios de comunicación. De igual manera que en la vida corriente, en la política también reina el Individuo. Tanto el bueno que viene a “hacer cosas para la gente”, como el que viene a hacer negocios.


2021/05/10

Los movimientos sociales- Desocupados, rebelión y cooptación

 


El surgimiento de las luchas piqueteras a mediados de los ‘90 dio lugar un cierto traslado o desplazamiento de la clásica combatividad del movimiento obrero argentino. Sin embargo, una vez instalado un régimen de asistencia estatal, la feroz competencia al interior de los mismos movimientos, por conseguir planes fue debilitando la rebeldía. Aunque tal vez el mayor déficit haya sido que nunca se hayan podido unificar. (Foto de portada: Gabriela Manzo).

El 1 de enero de 1994 se produciría en un lugar remoto de la selva chiapaneca (México) un acontecimiento que marcaría a fuego el destino de casi todos los movimientos sociales de nuestro continente. La revuelta zapatista tanto por sus formas como por sus contenidos, iría a ser una fuerte bocanada de aire fresco, en un tiempo en el que se intentaba mostrar que cualquier expresión emancipatoria ya pertenecía a un pasado que había sido superado por el reino de las democracias liberales. Se vivía así el fin de la historia, el fin de las luchas y la llegada de un mundo en el que con el simple esfuerzo individual toda la humanidad podía ser feliz.

La irrupción del neozapatismo en la recóndita selva Lacandona, no sólo desenmascaraba la utopía reaccionaria promocionada por el pensamiento único neoliberal, sino que a su vez y de modo significativo, objetaba gran parte de las premisas de las izquierdas impregnadas de burocratismo y liberalismo. Mostraba fundamentalmente por qué, estas últimas expresiones habían perdido su relación con las bases sociales y las serias dificultades para recomponer cualquier lazo. Mientras que la mayoría de las izquierdas quedaba aprisionada en el juego democrático, los diferentes movimientos sociales comenzaban a construir sobre la base de la autonomía.

Promediando el año 1996, se comienza a producir un declive en las luchas de los trabajadores ocupados, y con ello el surgimiento de los novedosos movimientos de trabajadores desocupados que fueran más con conocidos como piqueteros. La gran Marcha Federal que tuvo lugar en 1994, ya presentaba una marca que comenzaba a verse por ese tiempo, la gran incidencia de los gremios estatales y la de los gremios del transporte (Camioneros y UTA). Las patronales tenían bastante resguardado el protagonismo de los gremios industriales, y no pocos creían que la presencia de los transportistas resultaba estratégica, ya que si se lo proponían podían desabastecer o dejar aislada a gran parte de la población. Lo cierto es que esto nunca ocurrió.

Precisamente en 1996 se produciría el primer gran corte de ruta en Cutral-Có (Neuquén) con un gran protagonismo de ex trabajadores de YPF. Un año después esto se repetiría en esa misma región neuquina y un fenómeno similar también tendría lugar en Tartagal (Salta)  en donde se repetía la presencia de ex trabajadores petroleros. La estética del piquete, repetida hasta el hartazgo por los medios televisivos, recordaba al zapatismo. Resultaba por ese entonces una novedad sin demasiados precedentes en nuestro país. Sorprendía incluso a las variadas organizaciones de desempleados que ya habían comenzado a desarrollarse, principalmente en los diferentes municipios del conurbano bonaerense.

Por ese tiempo, muchos desocupados comenzaban a juntarse, ex activistas gremiales y militantes de izquierda confluían en pequeñas organizaciones, aunque nadie sabía muy bien qué hacer. Vale señalar que en 1988 tendría lugar el nacimiento en Rosario de la Unión de Trabajadores Desocupados (UTD). Este grupo gestionó una personería jurídica como asociación civil sin fines de lucro, y funcionaba tanto como bolsa de trabajo, como generando algunos emprendimientos cooperativos. Alcanzó mayor desarrollo cuando Héctor Cavallero fuera intendente de Rosario a partir de 1989. Cuando surgió en 1992, el Congreso de los Trabajadores Argentinos (CTA), la UTD se incorporaría como un gremio más a la central dirigida por Víctor De Gennaro. De todas maneras el patrón de este grupo no sería el único modelo para los que como desempleados se sumaban a la nueva central obrera.

A partir de 1995 aparecerían a lo largo de los distintos municipios del conurbano bonaerense, pequeños grupos de desocupados. Algunos ligados a partidos de izquierda y muchos otros que no permitían la intromisión de las orgánicas al interior de la organización. La principal actividad era realizar ollas populares en las barriadas y participar de las grandes movilizaciones obreras que tuvieron lugar entre el 95 y el 96. A estos movimientos el fenómeno Cutral-Có sin lugar a dudas los entusiasmó, pero la realidad socio geográfica del Gran Buenos Aires no era demasiado propicia para llevar adelante acciones como la de los piqueteros neuquinos. Se consideraba por entonces que los municipios de Berisso y Ensenada, con la refinería La Plata en sus bordes, habiendo sufrido el despido masivo de trabajadores en 1992 podía ser un gran polvorín. A diferencia de Cutral-Có, Plaza Huincul o Tartagal; en el Gran La Plata no había condiciones similares.

El 1ro de Mayo de 1995 haría su presentación pública en Plaza de Mayo, la incipiente coordinadora de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTDs).  Había entre ellos agrupaciones de San Francisco Solano (Quilmes), de asentamientos del partido de Almirante Brown, de Villa Corina (Avellaneda) entre otros.  En 1996 estos grupos confluirían junto a diversas organizaciones barriales, de desocupados, anti represivas, más ligadas a las izquierdas, en una gran movilización a la Casa Rosada que llevó el nombre de Marcha contra el Hambre y la Represión.  Allí también aparecieron grupos que se habían consolidado con la toma de tierras y la formación de asentamientos como el Agustín Ramírez. Lo interesante de este tiempo fue que comenzaban a aparecer diferentes elementos programáticos para estos grupos. El más significativo fue el reclamo por la institucionalización de un Plan de emergencia ocupacional y un seguro de desempleo.

Cuando se produjo el primer piquete bonaerense en el partido de La Matanza, la metodología de estos movimientos comenzó a expandirse y hacerse cada vez más presente el reclamo de estos sectores que fueron grandes protagonistas de las luchas que se fueron dando durante la crisis diciembre de 2001. Con la sangrienta represión efectuada el 26 de junio de 2002 en el Puente Pueyrredón de Avellaneda por parte del gobierno de Eduardo Duhalde y que dejara dos militantes populares asesinados, Darío Santillán y Maximiliano Kosteki; se iría a producir paulatinamente la cooptación de todos estos movimientos en las esferas estatales que controlan la ayuda social y rigen el asistencialismo. Los diversos movimientos comenzarían a ocupar en las barriadas el lugar que los viejos punteros habían perdido durante los 90. De todas maneras esto no excluye la importancia de estas organizaciones en la configuración de un tiempo en el que el movimiento obrero había perdido su potencialidad.

Se necesitaría sin dudas una historia crítica de estos movimientos, que muestre sus grandes aportes y a su vez sus déficits. A muy grandes rasgos vale subrayar que en las diversas luchas piqueteras se produjo un cierto traslado o desplazamiento de la clásica combatividad del movimiento obrero argentino. Una vez instalado un régimen de asistencia estatal, la feroz competencia al interior de los mismos movimientos, por conseguir planes fue debilitando la rebeldía y el compromiso de muchos militantes. Aunque tal vez el mayor déficit haya sido que nunca pudo establecerse la unificación de todos los movimientos en una central unitaria que asuma sindicalmente la gestión de todos los problemas inherentes a la condición del trabajador desocupado. La mayoría de las orgánicas de izquierda siempre consideraron a estos movimientos como parte de su propia base social.

La balcanización que afectó al conjunto de la sociedad y en particular a la clase obrera también se presentificó en estos movimientos. La unidad piquetera hubiera permitido gestionar al conjunto de las reivindicaciones de la economía social, o al igual que lo hace la Central Obrera Boliviana (COB), detectar las irregularidades presentes en ciertas empresas privadas y promover la recuperación de las mismas por parte de sus empleados. Incluso esta modalidad de empresa recuperada es un modelo típicamente argentino nacido al calor de las luchas producidas durante 2001.

2021/04/27

Globalización y democracia- Cuando el sujeto social se balcaniza


 No se trata de que el sujeto social haya desaparecido pero, igual que el conjunto de lo social, vive un proceso creciente de fragmentación que contradice la falsa panacea de una humanidad unida gracias a la globalización.

Hoy se intenta mostrar que a partir de la denominada globalización se fue produciendo de forma ascendente la unificación planetaria de la humanidad. Lo que no se dice es que ante ese avance, a nivel de los diferentes territorios y de forma inversamente proporcional, se fue dando una fragmentación creciente de las estructuras sociales.

 A diferencia de tiempos anteriores en los que primaba un tipo de sociedad integrada, hoy se percibe una balcanización cada vez más profunda. Esto resulta bastante evidente en relación a los desarrollos arquitectónicos presentes en la configuración de las ciudades, logrando que los diferentes estratos sociales se vayan aislando entre ellos, mientras que al interior de un mismo sector, se vaya perdiendo el sentido de pertenencia, haciendo que prime el individualismo ya no como actitud subjetiva sino como lazo social concreto.

Barrios cerrados, domicilios enrejados, asentamientos precarios en los que no entran más que sus habitantes; logran escindir a los diferentes sectores sociales; mientras que la supuesta unidad de lo social, sólo es factible encontrarla en el universo virtual creado por las plataformas tecnológicas.  No se trata pues de una mera cuestión espacial sino principalmente de una reconversión profunda del universo de la producción y de los modos de encarar la subsistencia.


Esto que se señala, paradójicamente aparece de modo redundante en la ficción distópica que hoy abunda tanto en el cine, las series de las plataformas y la literatura. Sociedades fragmentadas separadas por extensos desiertos, rotura del tejido social y modos de subsistencia en los que prima la competencia salvaje en la que no se escatima la utilización de métodos violentos y criminales. Si bien se podría decir que lo que se muestra en esa ficción no es igual a la realidad, ahí lo que varía simplemente es el modo de resaltar determinados contrastes en los que la ficción aporta apenas,  la pintura del paisaje.

En una nota anterior, quien escribe señalaba cómo en los tiempos que corren, fueron despareciendo diferentes elementos y conceptos que se cuentan para llevar adelante una práctica política transformadora y que otrora se consideraban indispensables. Todo parece haber quedado reducido a la experiencia electoral propia de las democracias liberales y a la gestión de lugares institucionales que no hacen otra cosa que reproducir el status quo, más allá de lo que discursivamente se pregona.

La consideración que debiera tener una fuerza social para transformar la realidad queda así reducida a la voluntad de los que se ofrecen como sus representantes. No se trata de gobernar “para” ciertos sectores de la sociedad que deben confiar, apoyar y seguir; sino gobernar “junto a” o más precisamente que los sectores populares, gobiernen a través de los que ellos mismos eligieron para hacerlo. No existe profundización de la democracia si eso no acontece, solamente la inercia en la que los más poderosos viven completamente resguardados.

¿Y el sujeto?

En la nota citada se señalaba que, la potencialidad que tuvo la clase obrera en otros tiempos, fue decreciendo y fue quedando poco que pueda torcer el rumbo de la acumulación capitalista propia del neoliberalismo reinante desde hace casi cuatro décadas. No se trata de que el sujeto social haya desaparecido, sino que al igual que el conjunto de lo social, se produjeron profundas hendijas que lo fragmentaron acorde a la balcanización creciente. Una estrategia política de liberación debiera construir un único centro de coordinación que permita unir los distintos fragmentos para que se potencien en las luchas contra la injusticia.

De todas formas vale señalar que alcanzar una comprensión científica de los fragmentos, sólo puede hacerse desde una perspectiva histórica, que no se encuentre escindida de los movimientos sociales. Una tarea tanto teórica como militante. Algo difícil y complicado en un tiempo en que cualquier conceptualización de la realidad siempre tienda a quedar absorbida por el discurso académico que monopoliza al saber.

Se intentará en lo que sigue rastrear someramente el proceso de desarticulación del sujeto que se fue produciendo desde hace al menos tres décadas, al interior de la sociedad argentina. Convengamos a su vez que esto es un proceso global que coincide con la instauración de ese sistema político, social, cultural y económico que conocemos como neoliberalismo.

A poco de asumir como nuevo presidente de la Argentina, en 1989, Carlos Menem impulsó la Ley de Reforma del Estado. Ello ocurrió el 17 de agosto de dicho año, cuando se sancionó la Ley 23.696 impulsada por el Partido Justicialista y sus por entonces socios de la UCeDe del ingeniero Álvaro Alsogaray. Con esta normativa el mandatario podía iniciar el proceso de privatizaciones de las diversas empresas públicas entregándoselas a inversores privados.

Esto afectaría principalmente a las diversas empresas estatales encargadas del suministro energético: electricidad, agua, gas, petróleo, carbón. La posterior privatización de YPF en 1992 dejaría una marca muy profunda al interior de la sociedad argentina. El desempleo comenzaba a crecer desmesuradamente a lo largo y ancho del país, llegando en mayo de 1995 al 18,4 por ciento. Gran parte de los trabajadores que fueron perdiendo su empleo, serían protagonistas en los años siguientes, de los  nuevos movimientos sociales de los cuales hablaremos más adelante.

Resulta interesante ver cómo determinados agrupamientos sociales fueron percibiendo esos cambios en la estructura, e intentaron construir nuevas herramientas organizativas para contener a una clase trabajadora que comenzaba una importante mutación.  El 14 de noviembre de 1992 se conformaría el Congreso de los Trabajadores Argentinos (CTA) que algunos años después se convertiría en una nueva central obrera. Para el nuevo CTA, el modelo sindical vigente, encarnado por la CGT, terminaría siendo ineficaz para enfrentar los cambios estructurales que se estaban produciendo.

Entre otras cosas el nuevo modelo sindical proponía que los trabajadores desocupados, jubilados, precarizados; debían formar parte de la nueva central obrera y que no se podía participar de los nuevos conflictos sociales sin establecer la unidad de todos los sectores, principalmente entre ocupados y desocupados. El trabajador despedido no podía ser ignorado por el sindicato del cual formaba parte.

El CTA, al igual que otros nuevos agrupamientos obreros como eran el Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA), constituido principalmente por los camioneros de Hugo Moyano y los transportistas dirigidos por Juan Manuel Palacios; y la Corriente Clasista y Combativa (CCC) que encabezaba Carlos “Perro” Santillán; tuvieron una gran incidencia en la resistencia al ajuste menemista. Fue en 1994 que esos sectores impulsaron la gran Marcha Federal, siendo esta  la punta de un iceberg que comenzaba a tronar ante la indiferencia de la burocratizada y anquilosada CGT.

Ante la pérdida constante de puestos de trabajo, el sector empresarial más concentrado comenzó a plantear la necesidad de la flexibilización laboral, cosa que iría precarizando cada vez más la relación entre capital y trabajo, y que lejos de ser una solución, junto al proceso de privatizaciones pondrían en jaque las condiciones materiales en las que se desempeñan los trabajadores.

La movilización iniciada con la Marcha Federal se iría a desarrollar hasta mediados de 1996, cuando tanto la CTA, como el MTA dejaron de lado la resistencia, poniendo gran énfasis en la construcción de una alternativa electoral, surgiendo la Alianza entre la UCR y el Frepaso. En esos tiempos cobraría relevancia la irrupción del movimiento piquetero que pasaría a ser el principal protagonista de la conflictividad social.

La necesidad de una central obrera que pueda darle un marco organizativo a los diferentes sectores populares sigue siendo prioritaria, a pesar de que hoy es mucho más complejo que por ese entonces.

En una próxima nota nos ocuparemos de esos movimientos de trabajadores desocupados que fueron surgiendo al calor de las luchas de Cutral- Có en el Sur y Tartagal en el Norte, protagonizadas principalmente por ex trabajadores de YPF. Desde 1995, a lo largo de los diferentes municipios del Conurbano bonaerense también nacieron diferentes movimientos, de los cuales nos ocuparemos, pero que diferían bastante de los que tuvieron lugar tanto en Neuquén como en Salta.


2021/03/27

¿Y dónde está el sujeto?


 El fin de la Historia, la desaparición del sujeto social en los discursos, la concepción de lo colectivo como suma de individualidades, la política como cuestión de profesionales, el mero voluntarismo como acción política forman un coctel que desde hace más de tres décadas opera como obstáculo para el cambio social.


Hoy estamos asistiendo a un tiempo en el que, la supuesta realidad del presente se eterniza en sí misma, prescindiendo de todas las determinaciones que fueron la base para llegar hasta este sitio. Dejando de lado el pasado, el futuro se torna sumamente lábil.  Ambos entrarían así en una realidad cercana al mito. No es por cierto que la historia haya desaparecido, sino que los grandes aparatos de construcción de subjetividad, se propusieron desde hace al menos tres décadas, establecer al fin de la historia como percepción dominante. La historia no acabó, pero se vive como si ello hubiera sucedido.

De esta forma, el universo de comprensión de la realidad -que siempre les sirvió a los activistas y militantes para orientar su práctica-, cayó en saco roto. Nadie podía pensar hasta hace unas décadas atrás, la acción política –siempre que se trate ella de una actividad transformadora- prescindiendo de caracterizar al sujeto social, a saber la fuerza que impulsa los cambios. Se podrá señalar que tanto en determinadas organizaciones de izquierda al igual que en el ámbito académico se sigue hablando de ello. El problema es que esas elaboraciones no llegan a los movimientos sociales o sindicales, quedando relegados estos, a la demanda de reivindicaciones estrictamente corporativas.

Se intentará en lo que sigue no entrar en pesadas abstracciones y mostrar algunos elementos que sean comprensibles para aquellos que lean con intenciones de encontrar una cierta guía para la acción. Nos interesa principalmente señalar que, prescindir del sujeto social, en la práctica política implica caer en el voluntarismo propio de las democracias liberales, en las que más que la acción de los sectores populares, interesa más  la supuesta buena voluntad de los que hacen política en los marcos restringidos del actual sistema de representación.

No se trata por cierto de desechar las acciones electorales ni la gestión de espacios institucionales, sino ver de qué manera el mismo régimen político va subordinado ciertas voluntades para quitarles cualquier margen de ruptura. En las actuales democracias no existe ningún lugar para un sujeto social a menos que se lo considere  como un mero elector pasivo.

Resulta complicado definir al sujeto social en una sociedad que se concibe a sí misma como la extensa suma de individualidades en las que cualquier diferencia más que remitir a una estructura, se concibe como algo maleable por las voluntades y los méritos que se hagan para vivir mejor.  Si bien hay quienes saben lo dicho y hablan de voluntades colectivas, en los hechos todos vivimos inmersos en aceptar que es el destino individual quien decide sobre nuestras vidas, enfrascadas en una frenética competencia entre pares.

En la sociedad existen diversos actores que nunca son individuales. Son conjuntos de individuos que viven en determinadas condiciones objetivas de las cuales se forma parte sin haberlo elegido. Aunque hoy se intente mostrar lo contrario -a partir de la promoción de la meritocracia-  es casi imposible salir de ahí. Sería casi como el intento individual de algún integrante de una determinada  especie animal por intentar vivir bajo condiciones ambientales o climatológicas adversas a su genética.

El sujeto social vendría a ser, el actor o el conjunto de actores que no sólo ocupan un lugar estratégico en la formación social sino que a la vez su sujeción o disconformidad producen alteraciones significativas del estatus colectivo. Si bien algunos pretendan señalar que hablar de sujeto social es propio del marxismo, su caracterización como veremos formó parte de diversos menús políticos.

Cuando Karl Marx definía a la clase obrera como el sujeto de la historia, partía de dos características diferentes pero a la vez simultáneas. Uno era el lugar en la producción y otro su capacidad operativa. Cuando esa clase tomaba la rienda de la revuelta social daba toda la sensación de que el sistema político tambaleaba y podía ser suplido. El proletariado contaba con herramientas propias de su lugar en la economía que podía hacer vislumbrar una sociedad mucho más avanzada sólo con poner en marcha un proyecto que debía prescindir de los capitalistas como tal, en tanto ellos mismos eran el principal obstáculo para el desarrollo. 

En la Argentina cuando surgió el peronismo, la clase obrera fue su principal sostenedor y para su líder, esa parte de la sociedad iría a ser la columna vertebral del movimiento. Su cabeza era el reducido grupo de militares que desde la centralidad del Estado armonizaba una supuesta comunidad organizada. El sujeto social en las sociedades más complejas nunca es un sólo actor, sino un abanico de ellos que en conjunto pueden mover y transformar las estructuras sociales. Lo plural invita a que su sostenimiento sea realizado por la hegemonía de uno de ellos.

La hegemonía es un término bastante utilizado pero poco comprendido. No es solamente la conducción sino principalmente el hacer parte a las demás partes de una resolución de sus problemas a partir de un determinado punto de vista que es el de quien hegemoniza. Cuando Lenin en la revolución de Octubre planteaba la unidad obrero campesina, nunca dijo que los campesinos debían subordinarse a los obreros sino aceptar en la unidad el punto de vista de estos últimos. Por ese motivo no se les impedía contar con la propiedad de la tierra y esta última llegaría a ser socializada en un largo proceso de transformación de las estructuras sociales. De hecho hasta ese momento los campesinos aceptaban la hegemonía de  sus antiguos amos. En la Argentina de hoy, los sectores agropecuarios en general están hegemonizados por la fracción más concentrada de la especulación financiera.

En las últimas décadas a partir del proceso de reconversión del capital, propio del neoliberalismo, se viene asistiendo a nivel planetario a lo que los más entusiastas pensadores de las derechas denominan el fin del proletariado. Es un ciclo en el que el sujeto del que hablara Marx, fue perdiendo densidad por la paulatina destrucción de trabajo. En el plano de las conformaciones urbanas no es lo mismo un cinturón urbano en el que crecen asentamientos de desplazados que los viejos cordones industriales en donde germinaban formas insurreccionales.

Sin dudas que la relación capital trabajo no se ha acabado, sino que la acumulación histórica de plusvalor que efectuaban los capitalistas sobre los obreros, hoy no es la única fuente de ganancias con la que cuentan los más poderosos magnates planetarios. La especulación financiera, las economías sumergidas e incluso la delincuencia económica forman parte del diverso menú que el marxista británico David Harvey denomina acumulación por desposesión.

Caída por el momento la posibilidad proletaria para dirigir un proceso de transformaciones sociales, sorprende que algunos autores posmarxistas como Ernesto Laclau y Chantal Mouffe hayan intentado enmarcar dentro de la teoría la posibilidad de una cierta hegemonía sin proletariado. Vale señalar que durante el segundo cuarto del pasado siglo, en China, Mao Tse Tung ideó ante la ausencia significativa de obreros, una estrategia de poder en el que los grandes protagonistas fueron los mayoritarios campesinos. Sin embargo para Mao el proceso se realizaba bajo la hegemonía de la clase obrera, a saber, el campesinado lo hacía de acuerdo al punto de vista proletario. El problema actual es saber qué sectores populares hoy son capaces de poner en marcha un verdadero proceso de cambio social. En una próxima nota se intentará dar vueltas sobre este asunto.

De todas maneras hay que convenir que para las actuales derechas, aunque no lo digan, existe un sujeto que vive cobijado, apuntalado y extremadamente protegido por el principal reglamento social imperante. La defensa de la gran propiedad privada y su libertad para realizar cualquier maniobra impune para acrecentar su poder, hoy se despliega pornográficamente en cualquier marco institucional. Es así, el principal obstáculo que tienen los gobiernos populistas o socialdemócratas para torcer los modelos económicos instalados hace ya varias décadas.

2021/02/15

Pandemia y política- La crisis y el gobierno judicial


 La pandemia de Covid-19 desmoviliza a la sociedad, impidiéndole utilizar su mejor arma para defender sus derechos, mientras otros actores – entre ellos el Poder Judicial -, sin ese freno hacen su juego con más libertad y casi sin tapujos.

Con la llegada de la pandemia, hace aproximadamente un año, las medidas que comenzaron a adoptarse para enfrentarla, inevitablemente terminarían deteriorando la economía. Esto no es un dato local sino que afecta al escenario global, aunque haya habido gobiernos que tuvieran una actitud de despreocupación completa con respecto al abordaje del Covid19, por considerar que éste no podía obstaculizar el despliegue económico. El coronavirus, aunque lo hayan considerado como “una gripecita” no dejó de afectar a los países gobernados por quienes así lo tildaran.

Habría que convenir en que la actual crisis producida por la pandemia no es un mero accidente, una rara excepción a la regla, sino un síntoma estructural más, producido por el modelo actual de acumulación capitalista. Se da enmarcada en un proceso de deterioro creciente del medio ambiente, principalmente apuntalado por los agronegocios y que no permite vislumbrar ninguna atenuación.  No se trata pues de disminuir la brecha entre los que más y menos tienen sino de revertir este proceso para generar otro modelo de acumulación económica que no permita, entre otras cosas, el desplazamiento de grandes masas de habitantes del campo para engrosar precarios asentamientos urbanos, condenándolos a la marginación.

Si nos atenemos a la norma, las crisis siempre las pagan y las sufren mucho más los sectores populares que los verdaderos hacedores de las mismas que además están preparados para encararlas intentando obtener ganancias de ellas. De todas formas una crisis siempre ofrece un grado de indeterminación que la convierte en posibilidad. Bajo la leve salvedad de que hoy en la Argentina no gobierna la derecha, estando al frente el peronismo, uno podría preguntarse cuánto margen favorable poseen los sectores populares para zafar de la depresión. Esa respuesta sólo puede darse en el día a día descartando cualquier conjetura cercana a la justificación.

En la Argentina cualquier intento de redistribución que a su vez pueda permitir la reversión del actual modelo de acumulación económica siempre encontrará grandes adversidades a las cuales sólo se podrá sortearlas si se lo hace con gran determinación y sobre todo mostrando potentes relaciones de fuerza. Este último componente no deja de ser quien impulsa en última instancia la voluntad de cambio. Tras muchos años de gobiernos progresistas interrumpidos por cuatro años de rapiña macrista, no se pudo nunca avanzar en transformar la matriz productiva preponderantemente agroexportadora ni revertir la especulación financiera que condena a millones a la marginación. 

El aislamiento social creado por la pandemia produjo un grado significativo de desmovilización social, principalmente por el hecho de que las organizaciones populares fueron de las primeras en advertir el riesgo sanitario y el cuidado de sus adeptos. No es el caso por cierto de la derecha que aprovechó esas circunstancias para ganar las calles ante la inmovilidad del resto a sabiendas del apoyo irrestricto de los grandes medios. Tampoco desde el gobierno se adoptaron medidas para evitarlo cayendo en los mismos prejuicios liberales de los que sacaban a relucir sus cacerolas. 

Distinta vara

Antes de fin de año, el 28 de diciembre el presidente de Bolivia Luis Arce promulgó la Ley 1357 de Impuesto a las Grandes Fortunas. La medida consiste en el cobro a todos aquellos ciudadanos que superen en sus arcas los 30 millones de bolivianos. El Estado recaudará unos 4,3 millones de dólares mensuales, y que alcanzará a 152 personas fraccionadas en 3 segmentos. Lo interesante de la medida es que dicho impuesto será permanente.

A diferencia del "Aporte Solidario y Extraordinario para Ayudar a Morigerar los Efectos de la Pandemia" sancionado en nuestro país, el impuesto boliviano tendrá extensión en el tiempo y eso dará mucho mayor previsibilidad que el cobro de determinada cuota una sola vez. Lo interesante es saber qué ocurre cada vez que en nuestro país se intentan plasmar medidas que verdaderamente pueden aportar a revertir el modelo de acumulación económica.

Si se googlea impuesto a la riqueza en la Argentina, curiosamente la mayor cantidad de información corresponde a bufetes de abogados preparados para actuar en contra de “medidas comunistas” que propician “expropiación, “confiscación” en el marco de una creciente “inconstitucionalidad”. Respuestas exageradas a medidas que no dejan de ser tenues. Los grandes medios son la principal caja de resonancia.

El gobierno judicial

No alcanza con señalar determinadas falencias si no se pone en marcha algo que pueda cambiarlas. “Como yo soy un republicano de verdad, respeto la autonomía judicial, pero no quiere decir que avale lo que ellos hacen” dijo el presidente Alberto Fernández para luego afirmar que “La Corte está mal y lo que era un tribunal prestigioso en los años de Néstor hoy es un tribunal muy poco calificado socialmente”.

Durante este gobierno no se pudo lograr la expropiación de Vicentín, una empresa plagada de irregularidades con indicios claros de delincuencia económica, y que hubiera logrado una mejor plataforma para  el comercio de granos. El poder judicial les puso el freno.

El desalojo de centenares de pobladores en Guernica el año pasado, fue motorizado por el poder judicial, haciendo que las fuerzas de seguridad vayan en la dirección que esa corporación les señalaba. Se sabe que ni el mismo gobernador Axel Kicillof ni el Ministerio de Desarrollo nacional estaban a favor del desalojo aunque carecían de cualquier margen de acción para impedirlo. ¿Esto será ser “republicano de verdad”?

Aproximadamente 10 años atrás, la por entonces presidente Cristina Kirchner no dejaba de hablar de la “Justicia cautelar” o de la “máquina de impedir”. Por aquellos años se hablaba de “profundizar un proyecto” que cada vez fue quedando más  en la superficie de un realismo político hoy dominante.

Mientras el poder judicial sea uno de los principales bastiones heredados de la dictadura cívico militar, no se podrá avanzar demasiado. Se podrán decir muchas cosas.

Para todos aquellos que no dejan de señalar que “no hay que hacerle el juego a la derecha”, habría que precisar que éste es ese juego porque les estamos permitiendo que se reagrupen, organicen y tengan mayor piso de sustentación que los sectores populares.

2021/01/04

Gobiernos y poder- Grieta, política y posverdad


 La Grieta implica un relativismo absoluto que no tiene ni requiere demostración. Terminar con ella, su relatividad y el simulacro es poner en marcha una hegemonía política en la que ya no se pueda dudar.

Al bajar por autopista a la zona de Retiro viniendo desde dirección Norte, es posible ver a los costados el crecimiento hacia arriba de los precarios edificios de la Villa 31. A lo lejos se visibilizan las imponentes torres de Puerto Madero y el contraste entre las imágenes se torna casi pornográfico, mucho más, cuando bajando de la autopista se presentifica el acaudalado barrio de la Recoleta. No se trata de que los habitantes de la villa vivan un poco mejor, sino de ese marcado contraste que creció en las últimas décadas al margen de cualquier Grieta que los grandes medios  nos pretenden vender.

Después se dirá que “los que trabajan mantienen a los vagos”, los que viven en las grandes torres o mansiones a los que habitan los precarios asentamientos urbanos. Una perversa falacia que causa indignación.

Con la supuesta derrota del comunismo allá por el inicio de los 90 y el literario fin de la historia del que hablara Francis Fukuyama por ese entonces, las grandes desigualdades no tardaron en crecer sin control al igual que un tejido canceroso. Se le podrá poner algún límite, gestar alguna distribución un poco más equitativa, pero nada podrá cambiar esa metástasis que recorre el planeta, pues la base de ella sigue incólume.

Hoy la acumulación de capital se realiza por cualquier modo posible que genere pingues ganancias. No se trata ya, -solamente-  de la plusvalía que los burgueses le extraen a los obreros como describiera Karl Marx en El Capital. Hoy es preponderante la acumulación por despojo que describe muy bien el marxista británico David Harvey, la usura presente en las impagables deudas públicas que contraen los estados así como también las denominadas economías sumergidas (narcotráfico, trata de esclavas), lavado de activos y diversas delincuencias económicas.

Los que fugan capitales a sofisticados paraísos fiscales no son por cierto los “pibes chorros” de la villa, ni los soldaditos del narco. Tampoco los comisarios, jueces o políticos corruptos. Los que fugan dinero son los más poderosos capitalistas del planeta que no van a dejar para otros los negocios más redituables, aunque se llenen la boca hablando de honestidad o transparencia. Esos capitalistas ya no son esos empresarios que pusieron en marcha la gran industria.

Hoy da la sensación de que el sistema global en el que descollan principalmente las democracias liberales, está confeccionado para que no exista gobierno que, a esos amos del capital pueda impedirles esa acumulación frenética y despiadada. Podrá haber progresistas o populistas con intenciones redistributivas que, tendrán como tarea imposible tocar intereses concentrados ya que colisionaran contra el muro judicial o mediático.

En esa diferencia de matices entre las derechas más recalcitrantes, y los progresismos populistas se tiende la famosa Grieta que no deja de ser lo que Jean Baudrillard llamara “simulacro”. Si se pretendiera cambiar las relaciones de fuerza a favor de los sectores populares indudablemente se necesitaría un determinado grado de organización y movilización que hoy no existe. Cuando una sociedad está en un proceso de cambio eso se percibe, no es necesario que alguien lo diga. Si una fuerza política o un gobierno pretenden cambiar la sociedad debe decir “cómo” e invitar a participar.

Algunos objetarán que a eso lo impide la pandemia, aunque antes fuera igual. El territorio que hoy ocupa la política se encuentra impregnado de una credibilidad fallida. Resulta difícil poner sobre la mesa debates que puedan generar acuerdos. La conocida posverdad lejos de ser algo que pueda desecharse como una mentira más, es constitutiva de las actuales democracias liberales, haciendo que cualquier posición se convierta en relativa. En ese malentendido se sostiene la famosa Grieta. No se trata de señalar que los medios mienten cuando lo que dicen es parte de posiciones políticas bien definidas.

El discurso de la actual oposición o de las derechas, podrá catalogarse de mentira. Sin dudas este no es un gobierno marxista o totalitario como ellos dicen pero debatir eso, sería girar en redondo sin fin. No tiene sentido. Lo único que cambia eso es la acción y la percepción de cambios a favor de los sectores populares sin que nadie pueda ponerlo en dudas. El discurso mediático no es exterior, es parte de la política.

La Grieta implica un relativismo absoluto en el que sólo vale lo que los egos piensan sin poder demostrarlo. Terminar con ella, su relatividad y el simulacro es poner en marcha una hegemonía política en la que ya no se pueda dudar, por la sencilla razón de que la vida lo demuestra, ya que el vivir bien trasciende y trastoca a la manipulación mediática, la torna superflua.


2020/11/05

Desigualdades- La doble vara de la “propiedad privada”

 La cuestión de la “propiedad privada” martillada en estos días desde los medios hegemónicos deja en claro que para el discurso del poder existe o no existe dependiendo de quién se trate.


Hoy, cuando la derecha -no sólo en la Argentina- sale encarnizadamente a defender la propiedad privada, no siempre queda claro, si esta defensa es algo que contemple a toda la ciudadanía o por el contrario es sólo una defensa sectorial o corporativa. En una nota anterior realizada también para Socompa, quien escribe sostenía que en el discurso mediático y el de las derechas, el concepto de propiedad se tornaba sumamente relativo. Además, cuando a ellos les conviene hablan de propiedad privada sin importar cuáles fueron los medios que sus poseedores hicieron para tenerlas, mientras que en las operaciones de lawfare, no les importa meterse con ciertos propietarios, ya que consideran que ellos lo lograron mediante métodos ilegales.

Es interesante rastrear al respecto algunos ejemplos tanto literarios como cinematográficos. En la muy buena novela La Noche de la Usina, publicada en 2016, Eduardo Sacheri nos presenta una interesante trama en donde la propiedad privada se pone en tela de juicio. Paradójicamente la película La Odisea de los Giles (2019) basada en el libro de Sacheri y que fuera dirigida por Sebastián Borensztein, se encarga de que la trama cambie sustancialmente el concepto de propiedad esbozado en la novela. El malo tanto del libro como de la película, pasa a ser de un astuto especulador financiero –de esos que abundan, y que son los que defienden la propiedad privada- a un simple delincuente. Este pasaje es un argumento típico de cómo cambiar la significación en las operaciones mediáticas y jurídicas.

Mientras que la novela seguramente no debe ser aceptada por los rabiosos defensores de la propiedad privada que la tildarán como de izquierda, en la película se verá un cambio de perspectiva ideológica.

En vísperas de la crisis de 2001, un grupo de habitantes de un pueblo rural bonaerense decide organizarse para poner en marcha un proyecto de producción colectiva, utilizando las instalaciones abandonadas de un silo. Para tal efecto juntan entre todos, los ahorros que tenían en dólares y a pesar de eso no llegan a la suma necesaria para arrancar. Necesitaban un préstamo bancario. El gerente del banco les pide que saquen la suma que tenían en una caja de seguridad y la depositen en una cuenta corriente. Con ello, el préstamo les sería acordado casi de inmediato. El problema es que la operación se lleva a cabo un día antes de que se decrete el famoso corralito, y ese dinero quedase retenido hasta nuevo aviso.

El gerente sabiendo qué es lo que iría a ocurrir, hace que el banco, el mismo día que entró el dinero, le realice un préstamo a Fortunato Manzi, el empresario exitoso de la localidad. De esta forma Manzi tendrá la posibilidad de continuar haciendo negocios y el grupo quedará imposibilitado de llevar adelante su proyecto. Si bien la operación puede ser tildada de injusta, se realiza dentro de la legalidad. Posiblemente acciones por el estilo ocurrieron en la realidad y nunca nadie pudo enterarse públicamente de ello. Esta acción podría ser en pequeña escala uno de los modus operandi de la acumulación capitalista en los tiempos que corren. Si se lo ve legalmente, no hay delito. Se lo puede juzgar éticamente aunque nadie nunca se entera de que estas cosas ocurran asiduamente.

Manzi construirá una bóveda en el medio de un campo, para guardar periódicamente sus ganancias. Cuando los perjudicados descubren que el empresario guarda su dinero en ese escondite, deciden  vengarse y llevar adelante un plan para recuperar lo que les fuera arrebatado por el corralito. La idea que plantean es quedarse nada más que con esa suma, y no todo lo que pueda haber en la bóveda. Todo esto coincide tanto en el libro como en la película.

La acción que el grupo llevará adelante -si se quiere- no es tan distante del accionar de los grupos guerrilleros en los ’70 cuando realizaban la denominada “recuperación revolucionaria” de los bienes que la burguesía les había expropiado a los obreros. Para la justicia esto será ilegal, aunque esas acciones tuvieran una gran aprobación popular. En el libro se plantea de la misma forma. El lector debe tomar partido independientemente de que eso sea legal o no.

Es probable que -aunque tratándose de ficción cueste decirlo-, un lector de derecha defienda la propiedad privada de Manzi como en la vida real lo hace con Vicentín o Papel Prensa. Los personajes que se ponen de acuerdo para la recuperación de los dólares, saben perfectamente que corren el riesgo de ir presos si fueran descubiertos. En el libro varias veces se lo preguntan entre ellos, si valía la pena hacerlo.

En la película el personaje interpretado por Luis Brandoni, un supuesto radical anarquista dirá: “Manzi es un delincuente, su plata no es de él”. Cuando uno escucha esa frase que no está en el libro la percepción de lo que ve cambia abruptamente. Si fuera así, la policía debería allanar la bóveda sin que el grupo se ponga en riesgo. Sería la solución acorde.

“Lo peor de todo es que Manzi no lo verá como un acto de justicia y crea que los que le sacaron la plata son tan hijos de puta como él” dice el mismo personaje. Todo quedaría reducido así a un problema moral o ético cuando en verdad se juegan intereses materiales, por los que las leyes dan cuenta. Esto no está en el libro pero sí en la película. También en ésta la empleada de Manzi se entera del plan, cosa que hubiera arruinado todo, pero el muchacho por el que ella se entera confía en que ella actuará como planea el grupo, por haber entendido que eso era lo que estaba bien. En la trama de la novela que la chica se entere hubiera sido algo que seguramente hubiera arruinado el plan. De hecho en el libro ella nunca sabrá lo ocurrido.

Cuando los protagonistas de la novela deciden recuperar el dinero saben muy bien que se están metiendo con la propiedad privada de Manzi y por esta razón saben que si el plan falla irán a la cárcel y que ningún abogado defensor podrá exonerarlos. Si por el contrario se considera a Manzi como un delincuente, esa propiedad se relativiza. Esta lógica es la que se lleva adelante en las operaciones de lawfare. En el discurso mediático un Lázaro Báez –por ejemplo-  no tiene propiedades, porque lo que tiene no le corresponde. 

 

2019/01/25

Entre la demagogia punitiva y el humanismo ingenuo- El laberinto de “la inseguridad”


Cuando las derechas hacen profesión de acciones poco humanitarias para remediar la violencia producida por la inseguridad, las respuestas del progresismo no hacen más que caer en una encerrona que deja al problema sin solución.
Nota Socompa

Se podría afirmar con bastante certeza que el problema de la inseguridad data en este país de hace por lo menos dos décadas. A partir de la segunda mitad de los 90 fue cuando comenzó a presentificarse.  Hace al menos 30 años la Argentina era un país con cifras cercanas al pleno empleo y con índices de seguridad muy altos. Bastante diferente era en el resto de los países sudamericanos. Se podía escuchar por entonces que quien perdía su trabajo o se deprimía o salía a robar. De producirse lo último no se unía a circuitos criminales ni a contar con respaldos exteriores a su acción individual. Era un emprendedor autónomo que podía regresar del delito en el caso de reencontrar una fuente laboral.
Extraña escuchar hoy a sectores progresistas sostener que la causa de la delincuencia sea únicamente la pobreza. Se supone que en la esquina de una villa varios pibes se juntan a drogarse para envalentonarse y luego ir a delinquir debido a sus falencias económicas. Los informes del activismo barrial que surgen de situaciones de ese estilo contradicen esa mirada. Principalmente los pibes son apretados para luego ser reclutados. Hoy prevalece el crimen organizado. Pero ningún informe detalla los otros eslabones de la cadena. Esto se torna elocuente en actividades como el narcotráfico o la trata de esclavas. Los verdaderos empresarios del delito son la parte invisible de la cadena.
La estructura tremendamente desigual que genera el neoliberalismo produce formaciones sociales agrietadas y fragmentadas con una marcada balcanización y compartimentación que hace que el aislamiento producido sea aprovechado por el crimen organizado para su expansión.
Desde la segunda mitad de la última década del siglo anterior se sucedieron gobiernos de diferente color político. Ninguno pudo frenar el avance exponencial del delito y mucho menos revertir la estructura cada vez más desigual. En este sentido nada cambia que haya una mejor distribución de la riqueza mientras que la estructura de clases sociales y el modo de acumulación económico sigan siendo los mismos.
Lo que sorprende son las marcadas diferencias discursivas de las diferentes posiciones políticas en cuanto a cómo debe abordarse el problema. Se supone que en un gobierno progresista los delincuentes cuentan con mayores derechos y las fuerzas de seguridad se encuentran maniatadas. La derecha en cambio sostiene que debe ser al revés y libera de cualquier complejo de culpa a las fuerzas felicitando por ejemplo a un Chocobar. Los índices del crimen siguen iguales o peores. Tal vez ambas posiciones discursivas no sean más que  pequeños detalles que no hacen en absoluto mella de un fenómeno bien complejo.
Cuando se hace referencia a la inseguridad existe un supuesto generalizado en el que coinciden tanto las izquierdas como las derechas y es que la existencia del delito responde a acciones espontáneas de sectores juveniles afectados por la pobreza. Esta idea no hace otra cosa que ocultar la existencia del crimen organizado. Suponer que la inseguridad es el resultado de la pobreza creciente no es más que llegar hasta la mitad del problema sin ocuparse de la otra mitad que seguramente es la de mayor importancia.
Demagogia punitiva

Desde la irrupción del crimen organizado en las sociedades latinoamericanas, las derechas no hicieron otra cosa que hacer propaganda de la denominada “mano dura” enfrentando así los supuestos esbozados por el progresismo basados en la inclusión social o la necesidad de enfrentar la pobreza. Lo cierto es que propuestas como pueden ser la baja de la edad de imputabilidad de los menores, el protocolo sobre la utilización de armas de fuego o el uso de pistolas Taser si bien podrían endurecer el accionar policial, no ofrecen ninguna garantía de que el crimen cese. La existencia del delito genera mayor segregación social y por ende odios marcados de los sectores afectados hacia la delincuencia visible.
Proponer como el nuevo presidente de Brasil Jair Bolsonaro o la ministra de seguridad Patricia Bullrich la utilización indiscriminada de armas por parte de la población civil no deja de ser mera demagogia que se contradice con las leyes vigentes y que además también liberaría a las organizaciones criminales para su libre utilización. Justicia por mano propia o linchamientos no dejan de mostrar un paisaje distópico en donde el Estado se retiró del problema y deja a los ciudadanos al libre albedrío. Pueden servir esos accionares para saciar venganzas y broncas pero no para resolver el problema de la inseguridad. La propaganda de la derecha apunta a ese apetito vengativo que no hay que desconocer en tanto el problema realmente existe en la sociedad.
Tanto los medios como la derecha agitan constantemente sobre este asunto pero a la hora de definir lo que supuestamente quieren combatir no hacen más que pedir endurecimiento de las fuerzas de seguridad y castigos ejemplares. Como si se tratara de un acontecimiento que sólo existe a nivel de lo moral. A la inversa para los sectores progresistas o de izquierda pareciera que la respuesta también es moral y atañe al ejercicio de un humanismo que el conservadurismo o el liberalismo ya no profesan. Convengamos que al interior de la estructura social hoy el humanismo no es preponderante. La sociedades actuales son fundamentalmente individualistas, corporativistas y con un creciente racismo implícito.
El término inseguridad resulta confuso. Es simplemente descriptivo y alude principalmente a los efectos sociales a los cuales se lo engloba. Trapitos, manteros, cuidacoches, amenazadores por twitter,  barrabravas o simplemente integrantes de movimientos sociales que cortan una avenida son metidos en la misma canasta que lo que propiamente debe denominarse criminalidad. Cuando decimos “metidos en la misma canasta que…” estamos señalando un modo de construir la realidad que es lo que hoy modelan principalmente los medios masivos y que luego será repicado al infinito mediante las redes sociales. En esa realidad se producen determinadas conjunciones que sólo son factibles en la imaginación y el desconocimiento. Lo que no quiere decir que no sean efectivas. Asociar a un movimiento social con bandas de narcos repetidamente provoca un efecto que se torna indemostrable para la percepción cotidiana de por ejemplo los sectores medios.
Las falsas dicotomías
Cuando las derechas hacen profesión de acciones poco humanitarias para remediar la violencia producida por la inseguridad las respuestas del progresismo no hacen más que caer en una encerrona que deja al problema sin solución. Baja de la edad de imputabilidad, armas sofisticadas, libertad de acción para las fuerzas de seguridad, castigos ejemplares y por qué no pena de muerte son algunos de los ítems que las derechas plantean para resolver el problema. El progresismo en lugar de rebatir estos planteos como de nula eficacia para revertir la situación se embarca en debatir sobre las medidas propuestas intentando mostrar que carecen de humanismo. La derecha obviamente no tiene soluciones para combatir al crimen organizado y en tanto el progresismo tampoco plantea nada al respecto, la primera aprovecha para señalar que la culpa de la inseguridad es de las políticas inclusivas. Un nudo muy difícil de desatar mucho más cuando los medios se convierten en una caja de resonancia que repite eslóganes y consolidan un sentido común bastante retrógrado. Preocupa que tanto las izquierdas como el progresismo no tengan respuestas adecuadas, ya que de esa forma según el sentido común seguirán siendo cómplices.
El primer día de este año al ser investido como nuevo presidente del Brasil, Jair Bolsonaro remarcó su promesa de “terminar con el socialismo y con la ideología que defiende criminales e incrimina policías”. Un verdadero oxímoron.

2018/11/20

El rompecabezas opositor- Peronismo, izquierda y unidad

La unidad no es una flor de invernadero, tampoco un imperativo ético. En política es un proceso de construcción de acuerdos entre partes diferentes.

Nota Socompa

Hoy se escucha decir con asiduidad que para vencer al macrismo es necesaria la unidad del peronismo. Es ésta una afirmación tan general que podría aplicarse no sólo a una fuerza que proponga cambios a favor de los sectores populares sino también a un recambio sistémico que le sirva a los sectores más concentrados de la economía para proseguir con el modelo que viene implementando el actual gobierno a partir de diciembre de 2015.

Todo lo que hace a la promoción de un “peronismo responsable” o “serio y republicano” gira en torno a ésta última opción. Transformar al peronismo en una de las dos patas de un políticamente correcto bipartidismo es algo que se impulsa no sólo desde afuera de esa fuerza sino que cuenta entre sus adherentes con apóstoles iluminados como el matrimonio Duhalde o “peronólogos” como Julio Bárbaro que no se cansan de repetir que el modelo es el acuerdo Perón- Balbín. Todos ellos obviamente impulsaron la candidatura de Mauricio Macri e intentaron beneficiarse con la intervención del Partido Justicialista durante los primeros meses de este año.  Esto sin nombrar a todo un espectro de caciques como los que nuclea el denominado Peronismo Federal o el sindicalismo tradicional.

Preocupa que haya sectores que siendo parte de la movilización social y del peronismo consideren esa posibilidad como el principal ariete para contrarrestar el avance macrista. Si hoy existe en el sentido común un notable desprecio hacia la historia esto no debiera ser igual en los sectores que se movilizan y construyen a diario una determinada cultura militante. Por lo contrario debiera ser la historia misma -fundamentalmente la protagonizada por los sectores comprometidos de otrora-, una de las bases principales para profundizar las intervenciones de coyuntura, dándole perspectiva.

Desde su nacimiento allá por mediados de los ’40, el peronismo se convirtió en una fuerza de amplias mayorías en la que según su líder, la columna vertebral la constituía el movimiento obrero. Esta matriz provocó principalmente tras la caída del peronismo en el ’55 un debate importante en el seno de las organizaciones populares acerca de si un proyecto emancipador debía o no desarrollarse dentro del heterogéneo peronismo o por el contrario hacerlo desde fuera de él en una organización independiente.

La caída de los dos primeros gobiernos de Perón precipitó a partir de septiembre del ’55 el movimiento que llevó el nombre de Resistencia peronista. En términos relativos se extendió hasta entrada la década del sesenta. Con el golpe militar de 1966 se intentó frenar cualquier avance de las luchas sociales pero esto tuvo como desencadenante el surgimiento de una nueva situación política que tuvo en el Cordobazo del ’69 una expresión genuina de lo que estaba sucediendo a nivel de la base de la sociedad argentina. Mientras duró la endeble democracia el peronismo fue una fuerza proscripta. Convengamos que la fuerza de ese movimiento se expresaba fundamentalmente en los puestos de trabajo y en las barriadas populares y la predisposición a la lucha no era paradójicamente un plan orquestado por el viejo general desde Puertas de Hierro. Precisamente haber entendido que las bases obreras carecían de una conducción efectiva hizo que sectores de izquierda desencantados con el Partido Comunista, el socialismo tradicional e incluso con las variantes trotskistas existentes hizo que vieran en el peronismo una acumulación histórica que no debía desperdiciarse y que por ende había que hacerla propia.

La intención de esta nota no intenta tomar partido sobre si es correcta la entrada al peronismo o la construcción externa de otra fuerza que pretenda conducir a los sectores populares. Dirimir esa dicotomía es por lo demás bastante árido y debiera corroborase en la experiencia concreta.

La denominada izquierda peronista consideraba que el movimiento al que se acercaban tenía abierta la posibilidad de conducción. Era un estamento previo a la conformación de una verdadera alternativa liberadora. Por su parte la izquierda situada por fuera del peronismo alertaba del peligro de no hacer otra cosa que llevar agua para un molino equivocado. A riesgo de cometer una extremada simplificación vale decir que la primera opción tuvo cierta vigencia hasta la finalización del efímero paso de Héctor Cámpora por el gobierno. La segunda opción se corrobora acabadamente ante el giro derechista del gobierno de Perón en julio de 1973. De todas maneras también se podría señalar que la acción política realizada por la izquierda peronista tuvo desaciertos que de no haberse producido podrían haber logrado cumplir sus objetivos. Por eso la aridez de un debate que sólo podía resolverse en la práctica y que hoy podría considerarse anticuado. De todas maneras existen principios generales sobre la experiencia política que no debieran descuidarse.

La bendita unidad

Existen términos que repetidos hasta el hartazgo producen cierto imaginario que no se condice con la práctica concreta. Hablar de unidad sin concebir un plan para ponerla en marcha es reducir el término a una invocación, a un deseo. La unidad no es una flor de invernadero, tampoco un imperativo ético. En política es un proceso de construcción de acuerdos entre partes diferentes. Al interior de un abanico de sectores que confluyen es inevitable que no exista una dirección que termine por imponerse. El concepto de unidad es un complemento del término hegemonía. Sin esta última la unidad es abstracta.

Para ejemplificar un poco lo que se viene señalando, bien vale recordar al legendario dirigente del peronismo revolucionario Gustavo Rearte quien en un célebre artículo publicado en 1970 en el diario En Lucha, decía que: “La tarea principal es dar respuestas adecuadas, y para ello el esfuerzo fundamental debe orientarse en la búsqueda de una política que una al Peronismo Revolucionario mediante métodos organizativos que permitan estrechar sólidos vínculos con la base, aislando de ella a la dictadura y a los traidores del Movimiento, condicionando, con el fortalecimiento de la organización revolucionaria y su crecimiento interno, nuevas y más claras perspectivas. Para alcanzar este objetivo es suficiente y necesario lograr la hegemonía concreta, y ello no depende del número sino de la orientación política y de la actividad revolucionaria efectiva”. Bastante claro.