2020/08/14

Política y grupos económicos- Una cosa es el gobierno y otra el poder

 Las fuerzas políticas que dicen representar a los sectores populares deben desprenderse de la inercia que es propia de un sistema social extremadamente poderoso que no está dispuesto a resignar lo más mínimo. Porque bien vale subrayar que acceder al gobierno no es acceder al poder.

Nota Socompa

Si se pretende alcanzar una economía que pueda satisfacer a todos, no se puede esperar que eso se produzca linealmente, por un simple evolucionismo. Se deben tocar intereses que son los que se benefician con lo existente. Se deben por tanto realizar diversas vueltas de tuerca que sacudan el status quo y den por sentado los pilares para un nuevo rumbo. Esto es algo que se sabe, no es necesario machacar tanto en ello. De lo que se habla poco es de los obstáculos que lo impiden.

El gobierno nacional haciéndose cargo de producir esos cambios propuso entre otras cosas, la expropiación de Vicentín y el impuesto a las grandes rentas. En poco tiempo ambas propuestas cayeron en saco roto. Algunos hablaran de tibiezas o de cómo los grandes medios manipulan la opinión pública. Si esto fuera nuevo, podría llamar la atención.

Durante los gobiernos kirchneristas (2003-2015) acontecieron no pocas veces situaciones similares que convendría siempre tenerlas en cuenta. El conflicto con el campo en 2008 a pocos meses de la asunción de Cristina Fernández de Kirchner como presidenta, comenzó a  marcar la agenda de una oposición que siempre estuvo alineada con los intereses que sostienen el status quo.

En 2009 se logró sancionar la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, aunque llevarla a la práctica haya sido casi una quimera. No resultaba importante sólo por la democratización de las voces sino por poner entre las cuerdas la propiedad ultra monopólica de los principales medios nacionales.  

En 2010 surgió el debate sobre la empresa Papel Prensa. En agosto de ese año la presidenta CFK presentó el informe Papel Prensa: La verdad, en el cual se detalla cómo la empresa fuera apropiada de manera irregular durante la última dictadura cívico militar. Recuperarla implicaba facilitar a todos los medios impresos del país conseguir papel a un precio accesible y no sólo un perjuicio para los apropiadores que siguieron manteniendo un privilegio, al que accedieron gracias a maniobras llevadas adelante, enmarcadas por delitos de Lesa Humanidad.

Casi todas las medidas a favor de destrabar el anclaje del capitalismo dependiente en la Argentina fueron sometidas a la imposición de cautelares judiciales que impedían que avancen, más una ofensiva mediática que ellos mismos tildaron de “periodismo de guerra”. Cuando se señala que hay que tocar intereses para permitir que la economía pueda avanzar, la mayoría de las veces se trata de grandes propietarios que no solamente fueron beneficiados por la dictadura, sino que a su vez fueron sus socios civiles.

La Sociedad Rural, los diferentes grupos económicos que se beneficiaron con la estatización de la deuda privada, -la circular A251 del 17 de noviembre de 1982 del Banco Central de la República Argentina (BCRA) cuando lo presidía de facto Julio González del Solar- más algunos sectores políticos y el Poder Judicial, constituyeron la pata cívica de la última dictadura.

Desde 2002 nucleados principalmente en la AEA (Asociación Empresaria Argentina), junto a la Rural y el Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA) que realiza su clásico coloquio anual constituyen el principal lobby corporativo argentino. El verdadero poder económico nacional asociado a diversas ramificaciones del capital financiero y comercial que fluctúa por el mundo.

Un poder que no es afectado por las sucesivas crisis que padece el pueblo argentino sino que a su vez se beneficia de ellas. La llegada de Mauricio Macri al gobierno en 2015 lo muestra a la perfección. La protección a todos esos sectores económicos más la fuga indiscriminada de capitales, - para ellos resulta un gran negocio- implica para el país dejar una economía extremadamente frágil.

Si uno se detiene a observar las diferentes medidas económicas llevadas adelante a partir de 1983 en ocasión de la vuelta de la Democracia podrá percatarse que salvo los desendeudamientos y la recuperación parcial de YPF en 2012 nunca fue posible destrabar la economía que se heredó de la última dictadura. Es más, la mayoría de las medidas llevadas adelante - principalmente durante el gobierno de Carlos Menem (1989-99)- profundizaron ese cauce.

Se pueden ampliar los derechos democráticos (Leyes de Divorcio o Matrimonio Igualitario) pero tocar intereses económicos implicará seguir girando en una inercia casi indeleble. Industrializar la ruralidad, cambiar la matriz productiva, institucionalizar el modelo de inclusión social, durante los gobiernos de Cristina, terminaron siendo buenas consignas. Entonces es cuando nos preguntamos cuáles son las trabas.

El sistema democrático que se inauguró en 1983 no parece demasiado permeable a soportar los cambios que demanda la sociedad. Tanto el Poder Judicial como la corporación mediática heredados de la dictadura, son integrados sin que ello produzca demasiado conflicto. A su vez es un régimen político que demostró su labilidad con la crisis de diciembre de 2001 generando una grave crisis de representatividad.

Desde 1983 a hoy tenemos así dos etapas. Una que concluye en 2001 y otra que emergió principalmente desde 2003 hasta la actualidad. Dos etapas que ocupan casi dos décadas cada una y en las que se pueden establecer algunas diferencias. A partir de la crisis de 2001 era necesario restablecer la legitimidad de la política y dar algunos pasos importantes en la recuperación económica y social, a partir del desguace neoliberal de la década anterior.  

Si se lo ve correctamente, la política de DDHH inaugurada por Néstor Kirchner implicaba no sólo la reivindicación de los caídos durante la dictadura, sino terminar con la teoría de los dos demonios -que había dominado durante los 80- y así poder avanzar también sobre las responsabilidades civiles durante el genocidio. Planteado de esa forma se transformaba en una palanca para recuperar un sistema democrático en el que ya no tendrían protección los viejos dinosaurios de antaño.

Ese proceso que se abre en 2003 no será lineal sino que estará marcado por enfrentamientos que se comenzaron a visibilizar a partir del conflicto de la 125 en 2008, pero que ya estaban bien presentes. Cuando la derecha habla de democracia o república siempre se refiere al sistema que se inició en el 83 culminando en 2001, y su programa es que lo que comenzó a partir de 2003 no se dispare para otro lado y vuelva a ser lo anterior. Es una lucha que sigue con final abierto. Hoy oponerse a la reforma de la Justicia es una muestra de ello.

Lo que principalmente se debate en torno al funcionamiento de la democracia es qué lugar deben ocupar los socios civiles de la dictadura. La derecha argentina tiene bien claro cuál es ese lugar y si bien durante el gobierno de Macri (2015-19) no pudo alcanzar una hegemonía sobre el conjunto de la sociedad, se percibe claramente que lo seguirá intentando.

Las fuerzas políticas que dicen representar a los sectores populares deben desprenderse de la inercia que es propia de un sistema social extremadamente poderoso que no está dispuesto a resignar lo más mínimo. Porque bien vale subrayar que acceder al gobierno no es acceder al poder.

En una próxima nota que será la continuación de ésta, se hará principal referencia al sistema democrático que se inició en 1983 y que fuera diseñado casi en exclusiva por la pata civil de la dictadura, que fue quien organizó por aquel tiempo un acuerdo con ciertos sectores políticos. Sus avatares y su colapso en 2001 y la posibilidad de reformulación a partir de 2003. También los diferentes enfoques sobre cómo salir de la crisis de representatividad con la conformación de un nuevo bipartidismo. 

2020/07/28

Liderazgo u organización ¿Hasta dónde podés llegar, populismo?


Hoy estamos bastante influenciados por determinadas posiciones “populistas” que, lejos de plantear la organización del pueblo, se entregan a enaltecer a los líderes pero, según el autor de esta nota, transformar la sociedad no depende de la buena disposición de un líder sino de la voluntad de un actor social que impulse los cambios.


Durante los últimos días se viene dando un debate, principalmente entre adherentes al gobierno, acerca de una supuesta derechización del presidente Alberto Fernández. Se dice que se distancia de la vicepresidenta, que tranzó con el establishment, que no está dispuesto a llevar adelante determinadas medidas. Todo esto podría ser interpretado de esa forma. El problema es que decir todo eso no ayuda en nada a la necesidad de producir cambios a favor de los sectores populares.
Se cree que todo pasa por la entereza moral y ética de un líder providencial que tendría que hacer todo lo que ciertos pensamientos progresistas creen que habría que hacer, sin que se cuente con determinadas relaciones de fuerza favorables. No se trata del nivel de aceptación positiva que ofrecen las encuestas sino principalmente de la organización concreta de los sectores que necesitan de los cambios.
Hoy estamos bastante influenciados por determinadas posiciones “populistas” que, lejos de plantear la organización del pueblo, se entregan a enaltecer a los líderes. Posiciones que si se las ve detenidamente no hacen otra cosa que confiar en la acción de un líder que se abre camino en las superestructuras para desde ahí resolver el problema de la desigualdad.
Lamentablemente las posiciones de las izquierdas en general tuvieron que sobrevivir durante las últimas décadas aceptando casi sin tapujos el ideario de las democracias liberales. Se escucha decir que los que no aceptan la democracia de manera efectiva son las derechas más recalcitrantes. Ya nadie dice que estos regímenes políticos son los que nos impusieran tras la derrota de los movimientos revolucionarios en la década del 70.
Suponer que un proceso de cambio social pueda llevarse adelante sin trastocar determinados pilares de la institucionalidad dada, es generar expectativas que conducen a la desilusión. En tal sentido fue muy importante la confección de nuevas constituciones en los países llamados bolivarianos, y a pesar de ello no se pudo detener la ola reaccionaria. El golpe en Bolivia, el asedio al gobierno de Venezuela o la llegada al gobierno de Ecuador de alguien que diciendo una cosa fue a hacer lo contrario.
Transformar la sociedad no depende de la buena disposición de un líder sino de la voluntad de un actor social que impulse los cambios. El 17 de octubre de 1945 se produjo una gran movilización de los trabajadores que se habían organizado en diferentes fábricas y suburbios. Sin eso, el por entonces coronel Perón hubiera seguido preso en la isla Martín García. No dependía de su voluntad. No son pocos los que creen que su voluntad posterior fue el resultado de esa presión popular.

2020/07/18

Entre el malestar de la pandemia y la manipulación

En el juego de las democracias occidentales hoy las mediciones de imagen se convirtieron en uno de esos elementos que rigen la vida política institucional. Si bien esos índices en la mayoría de los casos están manipulados, lo que no se puede obviar es que tanto los ascensos como los descensos, tienen como causante, en última instancia, la acumulación de malestares o el logro de una cenestesia social positiva. 

Nota La Tecl@ Eñe

 Hoy los grandes medios hacen hincapié en que el presidente Alberto Fernández bajó su nivel de aprobación. Según ellos, eso se debe –en líneas generales- a que el gobierno aprovechó la cuarentena para llevar adelante un proyecto de avasallamiento de libertades, principalmente económicas, pero que la ciudadanía no se lo dejó pasar. Lo dicen sus principales editorialistas y también el ex presidente Mauricio Macri. Grupos minúsculos de la derecha lo hacen saber rompiendo la cuarentena y protestando en diversos lugares del país. Los medios amplifican esas acciones como si eso fuera la respuesta adecuada a cierto malestar. Como si además fueran muchos.

Tanto los enunciados mediáticos como las declaraciones del ala dura del macrismo, no son más que interpretaciones sobre la cenestesia social. Una de las tareas políticas debiera ser ubicar el lugar del malestar e intentar abordarlo más allá de una contra interpretación. Cuando en marzo diera comienzo la cuarentena y las diversas medidas de restricción, el gobierno tuvo un ascenso pronunciado de imagen positiva. La ciudadanía en general vio con muy buenos ojos la preocupación del presidente para con la defensa de la salud y la vida. Por su parte, una minoría comenzó a sostener que era más importante la economía y que no había que ponerle límites.

 Tanto el jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta al igual que la mayoría de los intendentes bonaerenses se alinearon con el gobierno nacional para llevar adelante las medidas de aislamiento social. Los grandes medios comenzaron a tener dos facetas. Un canal emblemático como TN en horarios matutino o mediodía aún muestran la importancia de la cuarentena, mientras que en horarios nocturnos despliegan todo el arsenal opositor a rajatablas con sus consabidos opinólogos. Fueron y son los principales agoreros del desgaste que produce el aislamiento. Ellos quieren imponer casi a la fuerza la interpretación del agotamiento.

Al inicio de la cuarentena la mayoría tuvo una visión espontánea del desarrollo de la pandemia. Se preveía que en 2 o 3 meses ya habría concluido. Se iba a llegar a un pico y luego la pendiente dejaría todo como antes. Pasados 4 meses la curva sigue subiendo a pesar de que se haya llevado adelante una de las políticas sanitarias más acertadas. El común supone que tal vez no haya sido de esa manera y que probablemente haya habido errores. Los índices que se dan en otros países comprueban el acierto pero eso no es algo que sea un dato que la mayoría tenga en cuenta. Obviamente que el desarrollo de la pandemia nunca puede estar sujeto a ninguna doxa y por otra parte el virus causante se ha vuelto extremadamente rebelde a la episteme.

Me cuido no me cuido. Lo que se percibe, principalmente en diferentes conglomerados urbanos de la provincia de Buenos Aires es que se comenzaron a dar pequeñas resistencias moleculares contra el aislamiento social. No se puede englobar a estas rebeldías dentro del marco de los derechistas movimientos anticuarentena que obviamente tienen métodos y fines diferentes.

 Hace aproximadamente un mes una línea de colectivos que une La Plata con Berisso fue cerrada por varios días. Aproximadamente 30 conductores dieron positivo el hisopado y fueron aislados la mayoría de los choferes de esa línea. Se supo que habían realizado un asado de camaradería. Algunos creen que no siendo personas de riesgo no existe ningún problema. Principalmente los jóvenes. Entonces están los que hacen reuniones. Incluso fiestas clandestinas.

 En junio una ex candidata a concejal de Juntos por el Cambio de Berisso se vanaglorió en las redes sociales de haber llevado a su hija a la fiesta de cumpleaños de su hermanastra. Estos hechos ocurren asiduamente sin ser promocionados. Se escucha la queja de vecinos que dicen que personas que tienen Covid asintomático salen a hacer mandados. En los barrios esas cosas se conocen y se producen así esas pequeñas “contradicciones en el seno del pueblo”. Hay comercios que no están habilitados para la venta y de todas formas se realiza la política del whatsapp.

El problema es que gran parte se cuida y ve que una gran parte no lo hace y que las autoridades municipales no se encuentran a la altura de poder manejar esas situaciones que los desbordan. No pocos son los que dicen que “la cuarentena está rota”. Estos hechos que cualquier persona puede percibir en sus localidades van agotando las ganas de cuidarse. Los grandes medios manipulan ese desgaste para intentar imponer una visión en la que la caída de disponibilidad tenga como correlato un rechazo al gobierno. Obviamente no es así pero se corre el riesgo de caer en esa encrucijada.

El problema es que no se puede llegar a un aislamiento regido por un Big brother y pareciera que la responsabilidad individual no alcanza. Entonces se puede ver gente con un barbijo puesto que muchas veces funciona como un trompe l'oeil. 

Después de la pandemia ¿Una oportunidad contra la desigualdad?


Las iniciativas para la pospandemia no deberían servir solamente para retornar a cierta “normalidad”. Podrían ser la oportunidad para intentar abrir un camino que apunte a resolver los problemas de desigualdad que desde hace más de 200 años venimos acarreando.

La propagación del Covid-19 está afectando la economía mundial. Aún no se puede hablar de una crisis, pero no son pocos los economistas que la prevén como inevitable. Si la de 2007-2008 fue una crisis sistémica originada en el sistema financiero, la que viene se sostiene en una desaceleración creciente de la economía mundial. Tiene más que ver con un freno en la producción, lo que trae aparejada una pauperización de los sectores populares a partir de la caída de salarios y empleo, al igual que un severo impasse en las ganancias de los sectores más concentrados.
Las grandes crisis pasadas fueron en la mayoría de los casos, la oportunidad para que los más poderosos recompusieran sus privilegios en detrimento de las mayorías, ordenando a su vez un nuevo contrato social que convalidaba ese equilibrio social emergente. Como después de una crisis no habrá para todos, igual que antes, cualquier salida se dará inserta en un nudo de conflictos. En tanto no se puede ser neutral en ello, nos importan en primer lugar los intereses de los trabajadores y los diversos sectores populares.
En la Argentina ante el nivel creciente de pauperización podemos constatar que el gobierno viene desarrollando diferentes planes de ayuda social. Desde los planes IFE a subsidios a empresas tanto para preservarlas como para que puedan hacer efectivo el pago de salarios. La pandemia llegó al país, por suerte, bajo una gestión gubernamental no atada a los dogmas neoliberales imperantes en grandes porciones del planeta. Esto si bien representa un cierto aliciente no implica que sea la resolución a los problemas que se están generando y que se harán mucho más explícitos cuando finalicen las medidas de prevención sanitaria.
Nuestro país está atado a cumplir con una exorbitante deuda externa que para el perfil gobernante es de gran importancia resolver. Imponer impuestos a las grandes fortunas locales como llevar adelante la expropiación de Vicentín, una empresa sospechada de delincuencia económica; no son tareas que resulten tan fáciles de llevar adelante. La relación de fuerzas es si se quiere, desfavorable.
Para prever futuros posibles es importante considerar determinados elementos de la sociedad que ya tienen un cierto anclaje, tanto organizativo como experimental. En la Argentina existe una gran tradición de lucha y organización tanto de los trabajadores como de los diferentes movimientos populares. Esto dio pie a variadas respuestas autogestivas. A su vez estamos insertos en un gran territorio con una muy marcada desigualdad en cuanto a densidad poblacional que desnuda una estructura agraria sumamente injusta.
La autogestión
No necesariamente debe ser un postulado de las izquierdas promover que los trabajadores tomen en sus manos la resolución de sus problemas. Juan Domingo Perón en sus 20 verdades decía que “Sólo el pueblo salvará al pueblo”.  Esto sucede –además- al margen de los posicionamientos políticos.
Para finales de los 90 cuando todo indicaba que el ajuste menemista y luego radical, estaba tocando fondo, muchos empresarios fundían sus empresas para ganar de otro modo. Surgió entonces un fenómeno bastante singular, los trabajadores se hacían cargo de las fábricas quebradas y las ponían a producir. Volteaban por un lado la hipocresía empresaria y además se aseguraban no quedar en la calle. Este modelo surgido en el país se extendió por diferentes lugares del mundo. Vale señalar que en Grecia ante las recientes crisis hubo experiencias que reivindicaban el modelo argentino.
La desarticulación de la clase trabajadora argentina allá por los 90, provocó que grandes sectores de desempleados construyeran imponentes organizaciones sociales. Esto sirvió para que se pusieran en marcha diferentes economías de sustento, que luego se llamaría economía social.
También tuvo gran importancia, de manera más reciente, el desarrollo de diversas organizaciones cooperativistas que se agruparon creando centrales que las sacaban del aislamiento y las conectaban con otras experiencias. Vale en tal sentido nombrar a organizaciones como la Cnct (Central nacional de cooperativas de trabajo) que nuclea empresas recuperadas y cooperativas de trabajo, como a la Ctep (Confederación de trabajadores de la economía popular).
David con cabeza de Goliat

Nuestro país es un monstruo con cabeza gigante y un cuerpo diminuto extendido a lo largo de un extenso territorio. Esto no se debe a que tenemos la libertad de elegir en qué lugar vivir y todos elijamos el mismo. Se debe a una distribución muy desigual en la relación campo- ciudad que obedece a una estructura territorial que nació con extensos latifundios. Es la propiedad de la tierra quien creó a ese monstruo. No es una originalidad argentina. Está presente en todas las naciones latinoamericanas.
No son pocos los referentes de movimientos sociales -surgidos en las últimas décadas- que alguna vez plantearon que, en nuestro país, se debía dar un fenómeno similar al que llevó adelante el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil. A partir de un trabajo de base en asentamientos que rodean a las grandes ciudades, el MST promovió, allá por los 80, organizaciones que abandonaron el hacinamiento y la pobreza extrema, saliendo a buscar tierras improductivas para llevar adelante granjas colectivas y una vida mucho más digna. Una racionalización de la estructura productiva y territorial, una terapia sobre la anatomía del monstruo de cabeza gigante.
Cuando se percibe que la pandemia del Covid-19 afecta principalmente a la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano bonaerense concentrando la tasa más significativa de contagios del país, también se pone sobre la mesa esa estructura marcada por lo desigual.
Las iniciativas para la pospandemia no deben servir solamente para retornar a cierta normalidad. Debieran ser la oportunidad para intentar abrir un camino que permita resolver esos problemas que desde hace más de 200 años venimos acarreando.


2020/06/19

¿Quién pagará los platos rotos?


La realidad que vendrá tras la pandemia será diferente, no sólo en el país. El deterioro económico implicará un gran desafío tanto para el gobierno como para las diferentes izquierdas y movimientos sociales. Lo que hoy pierden los más poderosos, lo intentarán recuperar a costa de los sectores populares.

Hoy es un lugar común señalar que la irrupción de la pandemia y las medidas de aislamiento social vinieron a destapar la tremenda desigualdad social existente en nuestro país. El abordaje sanitario desplegado en barrios como Villa Azul (Quilmes- Avellaneda) o el José Luis Cabezas (Berisso- Ensenada) vienen a mostrar que las políticas socio económicas que se desarrollaron durante las últimas décadas no hicieron más que profundizar la pobreza.
Tanto los principales medios hegemónicos, como diferentes opciones políticas tanto de derecha o de izquierda lo repiten permanentemente. Unos dicen que el peronismo agigantó la desigualdad para manipular a los pobres con asistencia social. ¿Qué piden? que los políticos se bajen el sueldo. Otros muestran esa realidad para expresar que los diferentes gobiernos, desde hace casi tres décadas son todos iguales. ¿Qué piden? incrementar la ayuda social.
Cualquiera que haya transitado las últimas décadas de nuestro país puede observar con total claridad que a partir de los años noventa se produjo una transformación significativa de la configuración social. La desigualdad y la pobreza extrema se adueñaron de territorios bien definidos. Si bien hubo parches significativos e intentos de inclusión, este proceso nunca se detuvo. Es la configuración propia del neoliberalismo.
Si bien nadie puede negar la existencia de esta pobreza estructural, lo que muy pocos señalan es que la misma no es más que el resultado de otros factores que podrían explicar mucho mejor la realidad y darle a los militantes sociales otras herramientas que no sean sólo plantear ir en ayuda de los más necesitados. Lo que se modificó principalmente a partir de los 90 fue el mundo laboral.
Muchas de las propuestas más sensatas de la izquierda hacen referencia a los problemas que tanto la pandemia como la cuarentena hacen mella en la situación de los trabajadores. No aporta demasiado señalar igual que la derecha que los barrios se convierten en guetos y se privan determinados derechos de circulación. Apología liberal.
En 1996 el por entonces Congreso de los Trabajadores Argentinos (CTA) expresaba que “El desempleo es la mejor ley de flexibilización laboral”. En ese mundo laboral emergente la existencia de una masa imponente de trabajadores desocupados producía que las patronales pudieran explotar desmedidamente a sus empleados, mostrando la cantidad de gente que estaba esperando para ocupar el mismo sitio. Una clara acción de chantaje.
Esta lógica es la que exponen los grandes lobbies que se oponen a las cuarentenas. Hacer trabajar cueste lo que cueste sabiendo que cuentan con un numeroso ejército de reserva. El diputado del Frente de Izquierda en la provincia de Buenos Aires y referente del Subte, Claudio Dellecarbonara, expresó su preocupación por la situación que se vive en diferentes sectores de trabajadores. Dijo que “La liberación de actividades sin siquiera ser consideradas esenciales, y las empresas mandando a trabajar a miles de trabajadores, sin los protocolos ni los equipos de protección, tiene consecuencias”.
El sindicalismo en la Argentina hoy no es demasiada garantía. Hoy los gremios debieran tener un rol preponderante en cuanto a la protección de los trabajadores ante los peligros de la pandemia como en cuanto a hacer valer sus derechos ante patronales que piden a gritos flexibilizar la cuarentena. En las actividades denominadas esenciales emergen determinados conflictos que debieran ser resueltos de la mejor manera, porque los trabajadores de esos sectores no son inmunes y están permanentemente expuestos.
Mientras el gobierno propone algunas medidas interesantes como el impuesto a las grandes riquezas o la expropiación de Vicentín, pero sin avanzar demasiado o intentando que no genere demasiado ruido en la opinión pública; todo ello hace que algunas izquierdas denuncien movimientos tibios predestinados al fracaso. Un síntoma de debilidad de ambos. Una relación de fuerzas desfavorable.
Un gobierno asentado en una acumulación de fuerzas populares significativas y que tenga el objetivo de llevar adelante esas medidas podría hacerlo. Una izquierda con fortaleza en las bases obreras podría acompañar al gobierno imponiendo ciertas condiciones o en todo caso ponerse directamente al frente de esas medidas. Pero esto no sucede.
La realidad que vendrá tras la pandemia será diferente, no sólo en el país. El deterioro económico implicará un gran desafío tanto para el gobierno como para las diferentes izquierdas y movimientos sociales. Lo que hoy pierden los más poderosos, lo intentarán recuperar a costa de los sectores populares. ¿Quién pagará los platos rotos?
Comenzar a delinear el escenario de la pospandemia y prever las posibles fuerzas con las que se pueda contar para llevar adelante lo delineado, debiera ser una de las tareas actuales.


2020/06/14

La Pandemia, lo individual y lo estatal- La “angustia” de los capitalistas


Desde hace varias décadas se viene inculcando que la salida a todos los problemas es individual. Que todo depende del esfuerzo y los méritos. En medio de la pandemia de Covid-19 este discurso no sólo se recrudece por derecha sino que atenta contra la prevención.

Que se sepa, ningún gobierno fue elegido por haber planteado cómo abordar una peste. Algunos se pusieron las cuarentenas al hombro mientras otros intentaron minimizar o intentar que todo pase como una tormenta pasajera. La presencia de la pandemia cambió ostensiblemente el escenario político mundial. En una economía globalizada nadie está exento de sufrir sus consecuencias. Se puede afirmar que los diferentes posicionamientos no coinciden automáticamente con posturas ideológicas definidas, aunque los más liberales sean más anticuarentena y los más keynesianos promuevan mucho más las medidas de prevención. Lo cierto es que la pandemia modificó cualquier rumbo prefijado.

El pasado sábado 6 de junio el Jefe de Gabinete Santiago Cafiero señaló que “Fortalecimos el sistema de salud en tiempo récord con una Argentina quebrada que dejó Macri. Recordemos que nos habían dejado sin Ministerio de Salud”, afirmó el funcionario, señalando a su vez: “Imaginen lo que hubiera sido esta pandemia con Macri gobernando, una catástrofe”.
Si bien podría considerarse como una afirmación dura que enaltece la “Grieta”, no hay gran misterio en lo que dijo. Por su parte, la oposición macrista no lo dejó pasar y rápidamente devolvió la bola.
Macri “habría confiado más que nunca en la responsabilidad de los argentinos y menos en la imposición estatal”. “Habría advertido los efectos del aislamiento estricto sobre otras patologías de la salud y sobre el empleo y el trabajo de los argentinos, y habría encontrado maneras de encontrar un equilibrio más temprano”, dijeron desde la dirección del Pro.

“Hacé la tuya”


La respuesta opositora no deja de ser original en tanto marca esa tensión entre “la responsabilidad de los argentinos” y “la imposición estatal”.  Planteado de esa forma no deja de marcarse que el gobierno elije un modo autoritario, en tanto privilegia lo segundo. ¿Podría ser de otra forma? ¿Podría dejarse el abordaje de la pandemia supeditado a la iniciativa individual?
El pasado sábado 6 podían verse por la TV diferentes imágenes de los que se convocaron en el Obelisco para protestar. La mayoría no llevaba tapabocas y algunos de los que sí dejaban la nariz afuera. “A mí no tienen porqué decirme lo que tengo qué hacer”, “Es inconstitucional que no me dejen caminar por la calle y no pueda viajar en tren”. Un músico de reggaetón se quejaba de que ahora no pueden hacerse espectáculos. La mayoría no quiere perder plata.
Cuando se sale a hacer las compras es inevitable ver gente que vive transgrediendo las medidas de distanciamiento, el uso del barbijo, el salir en grupo e incluso comercios que no respetan los cuidados.
Para que la cuarentena sea eficaz se necesita de la responsabilidad individual, pero dejar que todo se dirima en el libre albedrío es el principio de su abolición. “Hacé la tuya”, “Sálvese quien pueda”
Desde hace varias décadas nos vienen inculcando que la salida a todos los problemas es individual. Que todo depende del esfuerzo y los méritos que hagamos para ello. Que nadie debe estorbarnos ni poner palos en la rueda.
Las mayorías sociales no fueron educadas para enfrentar una pandemia ni siquiera contar con herramientas simples para ello. Muchas de ellas fueron aprendidas en los últimos meses. Muchos no dimensionan el riesgo y otros se cuidan obsesivamente. Algunos creen que enfermarse es una opción personal.

La ira de Dios


Se dirá que con respecto al Medioevo, los humanos han evolucionado. Se desarrollaron la ciencia, la industria, la tecnología e incluso nuevas formas de contrato social. De todas maneras siguen existiendo pensamientos mágicos y oscuros para resolver problemas cotidianos.
En el filme Det sjunde inseglet  (El séptimo sello) de 1957, es interesante rastrear como Ingmar Bergman presenta las diferentes maneras que tenían los suecos de la Edad Media para contrarrestar la peste negra. Un caballero que regresa de las Cruzadas junto a su escudero se enfrentará a la Muerte en una partida de ajedrez. Ella le dirá que siempre viaja a su lado.
Con imágenes de una peste que azota a los poblados, puede verse como los aldeanos condenan a una bella joven a la hoguera acusándola de haber realizado un pacto con el demonio. No faltan aquellos maleantes que buscan cadáveres para robarles sus pertenencias y luego exhibirlas en el bodegón.
Impresiona de gran forma las imágenes de peregrinos que recorren diferentes territorios infligiéndose castigos para calmar la peste, entendida como la ira de Dios. Se trata sin dudas de imágenes ¿lejanas?.
Cuando se observan hoy determinadas  posturas de cómo enfrentar la inseguridad, planteando linchamientos o haciendo justicia por mano propia, o quemar cárceles en las que hay infectados para que no se propague la peste; sumando la creciente propagación de ideas anticientíficas, amparadas por el sentido común, nos hacen pensar que posiblemente no estemos tan lejos del escenario que pintaba Bergman.
La angustia de los capitalistas
Los poderes económicos que fogonean la anticuarentena y hablan de la angustia que esta provoca apuntan a otro lado. Lo que no soportan de la pandemia es no seguir ganando como antes. Seguramente saben de los riesgos, y por eso, también se cuidan. Lo que no quieren es que los que siempre les dieron sus ganancias también lo hagan.
“El malentendido es la esencia de la comunicación”
Jacques Lacan

La pregunta sobre la “angustia” que genera la cuarentena realizada días atrás por la periodista Silvia Mercado al presidente Alberto Fernández muestra de forma inequívoca la mala intención de todos aquellos que hoy militan la anticuarentena. Los grandes medios, políticos opositores rabiosos, trolls y diversos lobbies.
Desde el día cero del aislamiento social, lo obvio se transformó para un sector minoritario de la sociedad en un contrasentido. Por qué habría que tenerlo en cuenta entonces. Lo que muestran los grandes medios no es nimio. Es lo que consume la mayoría. Los comentarios que se pueden leer en los portales de noticias muestran una abrumadora avalancha de trolls que intentan socavar las medidas de prevención.
Además hay que señalar que la gran apuesta de la anticuarentena es que ésta comience a sufrir un desgaste y que ello acarree una merma significativa del apoyo y el compromiso que hoy tiene. Si desde el gobierno se intenta mostrar una unidad real ante la pandemia, una unidad que excede largamente las posiciones políticas, desde la anticuarentena no deja de politizarse cualquier medida que se tome, además de rascar fuerte sobre diferencias y tensiones entre los que se comprometieron con el aislamiento.
“La gente se va a cansar de todo esto”, “Nos quieren convertir en Argenzuela”, “Van a dejar un país quebrado” rezan los trolls. La mayoría de todas esas expresiones se sostienen en ciertos supuestos nunca explicitados. La pandemia no existe, es una ilusión kirchnerista inventada para sojuzgar mediante el miedo y avanzar de modo dictatorial hacia sus objetivos. Convertirnos en Venezuela o Corea del Norte y robarse todo lo que todavía no se robaron.
Lo que está pasando en la Argentina, pasa aquí y nada más. La economía se cae en nuestro país pero resplandece en el mundo. Lo que acontece en Brasil o los EEUU se debe a que ellos tienen más población que nosotros. Las cifras de muertes y contagios se debe a eso y no porque no les importe que se extienda la peste.
Si entendemos que el aislamiento social implica la responsabilidad ciudadana de protegerse y proteger a los más cercanos, hay que añadir que eso necesita de una centralización que no puede hacerla más que el Estado. En los supuestos opositores el aislamiento es una coerción a la ciudadanía, una imposición que se padece como los presidiarios. Tal vez eso sea el origen de la “angustia” de Silvia Mercado.
El mundo que viene sin dudas será más pobre y cambiarán muchos hábitos. Lo que los más poderosos capitalistas no soportan de la pandemia es no seguir ganando como antes. Seguramente saben de los riesgos, y por eso, también se cuidan. Lo que no soportan es que los que siempre les dieron sus ganancias también lo hagan. En una economía global en donde el desempleo es muy grande no temen perder fuerzas de trabajo, porque saben que pueden recuperarla.

2020/05/16

La razón freudiana y los saberes oscuros


De igual manera que el impulso instintivo sexual se abre camino en el humano hacia una satisfacción imposible, se puede decir que lo social no deja de ser esa formación fallida, averiada que deviene del primitivo instinto gregario que caracterizaba a esos primates que fueran nuestros antepasados remotos. Ambos planos combinándose se dan en simultáneo en todas las formaciones culturales, constituyéndolas, y es eso mismo lo que hace que en cualquier sociedad existan malestares propios de ella.

De igual manera están los modos de apaciguar y administrar esas dolencias. Cada sociedad cuenta con saberes específicos al respecto. Determinadas prácticas de inspiración científica comenzaron a desarrollarse con ese fin preciso, aunque hoy pareciera que una ola mística o esotérica se hubiera apoderado de las principales ofertas que nos hace la cultura.

 Desde hace aproximadamente 40 años, cuando irrumpía el neoliberalismo y esa condición social denominada posmodernidad que ponía en dudas los saberes racionales, comenzaron a proliferar todos esos gurúes de la autoayuda, de la psicoprogramación y de variadas formas mercantiles adobadas con sabores ancestrales. Esto, lejos de acabarse, se profundizó y hoy nos muestra una manera de vivir la cotidianeidad reforzando un individualismo extremo. Un individualismo socializado, claro.
En un tiempo en donde prima lo sombrío es bueno recordar a Sigmund Freud, su descubrimiento y su relación específica con el discurso de la ciencia.

La ciencia y el sujeto

Si hubo un rasgo que caracterizó a Freud a lo largo de todo su recorrido intelectual fue su carácter enfáticamente racionalista. Luego de su temprano abordaje de la histeria, primero mediante el método psiquiátrico de Jean-Martin Charcot basado en la hipnosis  y luego junto a Josef Breuer en lo que se llamó cura catártica, pareciera que Freud se hubiese deslizado desde la ciencia médica del Siglo XIX hacia un territorio que muchos considerarían oscuro. Sin embargo siempre tuvo la necesidad de conceptualizar esa experiencia de un modo riguroso, con la intención permanente de inscribir su descubrimiento dentro de los marcos del discurso científico. Freud necesitaba darle legitimidad a todo eso que se le presentaba en la experiencia y estaba convencido que esa legitimidad no podía hacerse por fuera de la ciencia. 

Freud se sentía parte de la ciencia pero a su vez mostraba algunos reparos. Señalaba que a lo largo del Siglo XIX la ciencia había dejado de lado ciertas elaboraciones -principalmente subjetivas- por considerarlas ajenas a su método.

En las Nuevas lecciones de introducción al psicoanálisis de 1931 decía que para ella “la única fuente de conocimiento es la elaboración intelectual de observaciones cuidadosamente comprobadas” descartando cualquier “posibilidad de conocimiento por revelación, intuición o adivinación”.  No es por cierto que Freud estuviera demasiado interesado por estos fenómenos subjetivos pero tampoco era partidario de excluirlos adrede. Con respecto a la ciencia, sostenía que ella “se distingue por caracteres negativos, por la limitación a lo cognoscible en el presente y por la repulsa de ciertos elementos ajenos a ella”.

En las primeras páginas de La Interpretación de los sueños Freud distinguía entre una concepción primitiva o fantástica de los fenómenos oníricos y otra de tipo científico. No dudaba que los interrogantes que genera la primera tenían mucho más que ver con lo que él venía descubriendo que con la concepción científica de la época que consideraba a los sueños como una simple descarga fisiológica carente de cualquier significación que pudiera servir en la vigilia.
Freud, como dijera alguna vez el analista francés Jacques- Alain Miller, tomó para el análisis todos esos elementos que fueron a parar a los basurales de la lógica: el sueño, el chiste, el lapsus, el olvido y toda esa variante conocida como actos fallidos.

En un texto bastante emblemático de 1922-23 titulado Una neurosis demoníaca del SXVII Freud abordó la supuesta posesión que sufrió el pintor Cristóbal Haitzmann. La ciencia obviamente no dirá nada sobre un hecho como éste, ya que para ella si el demonio no existe mucho menos se puede hablar de un hombre poseído por él. Pero Freud dirá en ese trabajo que “Los demonios son para nosotros malos deseos rechazados; ramificaciones de impulsos instintivos reprimidos” abriendo así la posibilidad de encontrar en un hecho de esta índole una racionalidad que opera en lo real construyendo fenómenos aparentemente fantásticos o sobrenaturales.

También el padre del psicoanálisis le dedicó algunos escritos a ese fenómeno llamado telepatía, intentando encontrar su racionalidad.

A lo largo de la historia de la especie humana puede constatarse que siempre se construyeron diferentes saberes que sirven para el abordaje de la vida cotidiana, desde cómo saciar las necesidades vitales hasta cómo abordar los pesares subjetivos. Las religiones siempre tuvieron en ello un rol preponderante. La irrupción de la ciencia y su futuro desarrollo también son parte de la necesidad humana de contar con instrumentos para la subsistencia, para la vida social y su reproducción, aunque en ciertos aspectos de la vida, tanto individual como social, la ciencia no se ocupó de todo, en especial de los fenómenos subjetivos. Los sentimientos, los anhelos, el modo de relacionarse con los otros nunca fue objeto de la ciencia. El que sufre no será interpelado por ella. Todo eso que la ciencia no cuenta siempre fue abordado por diferentes saberes que alcanzaron legitimidad debido a su eficacia, sin importar el porqué.

En su primera tesis sobre Feuerbach, Karl Marx sostenía que “el defecto principal de todo el materialismo precedente había sido el concebir a la realidad o la sensoriedad como un objeto de contemplación, pero no como una actividad sensorial humana, como una práctica ni tampoco de un modo subjetivo”. Por ende, señalaba Marx, que todo el aspecto activo de la realidad fuera desarrollado por el idealismo, “pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal.

Este materialismo criticado por Marx es tal vez la base filosófica de la ciencia positivista que Freud cuestionaba. Por otra parte habría que señalar que toda esa parte activa que la ciencia excluye tendrá una cierta vida autónoma que resistirá a ser abordada por saberes diferentes al que esa vida misma construye.

Esa escisión entre el saber de la ciencia y cualquier saber subjetivo o práctico es lo que tanto Freud como  Marx cuestionaron no sólo desde el discurso de la teoría, sino principalmente a partir de llevar adelante una práctica concreta, ya sea ésta clínica o política. La interpretación de los sueños o la formulación del fetichismo de la mercancía para dar dos ejemplos solamente. El discurso psicoanalítico no hubiera tenido lugar sin la irrupción del discurso de la histérica, de igual forma que las elaboraciones de Marx y Friedrich Engels no hubieran sido posibles sin la emergencia y la lucha de ese sujeto llamado proletariado.

El cuestionamiento que señalábamos más arriba está indisolublemente ligado a prevenir el desplazamiento del sujeto. La ciencia es desde una óptica lacaniana un saber sin sujeto, aunque paradójicamente Jacques Lacan formulara que el sujeto del análisis es el sujeto de la ciencia.
Vayamos por partes. La ciencia como enunciado no necesita a quien tal vez prodigó gran parte de su vida para poder enunciarla. La ley de la gravedad ya no necesita ni de Newton ni de la manzana que cayó sobre su cabeza mientras descansaba debajo del árbol. Tampoco la tabla de multiplicar necesita que alguien diga que 3 x 3 es igual a 9 para que ese resultado sea correcto. Será 9 aunque lo diga cualquier hijo de vecino. Si a alguien pudiera serle útil, será 9 aunque la especie humana haya desaparecido. En la formulación de la ciencia, el sujeto quedará eclipsado aunque haya sido el impulsor del proceso mismo de enunciación. Sin ese sujeto no habría ciencia aunque ésta ya no lo nombre.

La ciencia para serlo necesitó de aquellos que se plantearon determinados interrogantes y enigmas. Por ese lugar y por la necesidad de una producción para intentar aplacar el deseo de saber es por dónde Lacan equiparaba la ecuación señalada. El sujeto de la ciencia es precisamente ése que la ciencia deja afuera provocándole una insatisfacción que lo caracteriza y lo marca. Vale aclarar que no se trata de cualquier sujeto ubicado en la exterioridad de la ciencia, sino de aquel que en el procedimiento mismo en el que la ciencia se formula inevitablemente quedará excluido de su formulación.

Hablar de un sujeto de la ciencia es una abstracción porque en verdad se trata de múltiples sujetos bien concretos que se inscriben en un proceso histórico en el que se producen diversos saberes y experiencias.

El pesar de Fausto

Resulta interesante indagar en la literatura acerca de esa insatisfacción subjetiva. Citaremos el “Urfaust” o Fausto primitivo, que es un conjunto de manuscritos que escribió Johann Wolfgang von Goethe hacia 1770-71, cuando era estudiante en Estrasburgo. Fue la base del inmortal Fausto, publicado en 1808. El joven Goethe impregnado del espíritu prerromántico del Sturm und Drang nos pintaba a un Fausto de mediana edad que desnudaba la pedantería seudoracionalista por entonces propia de los medios universitarios. La impostura de un saber que satura a quienes lo ejercen de un profundo malestar. La escisión entre un saber oficial y otro que habita en la oscuridad o en los márgenes de la sociedad queda aquí bastante evidenciada.

Goethe comienza el manuscrito mostrando a Fausto en una habitación de alta bóveda, estrecha y gótica. El personaje se encuentra inquieto en su sillón y frente al pupitre. Fausto empieza en tono de queja: “He estudiado, ay con arduo empeño, filosofía, medicina, jurisprudencia. Y heme aquí pobre loco al cabo de los años, tan sabio como antes. Me llaman doctor, me llaman profesor y van a ser diez años que llevo a mis alumnos de las narices, hacia aquí, hacia allá, hacia arriba, hacia abajo; y veo que no podemos saber nada. Esto me está desgarrando el corazón. Sin duda soy algo más cuerdo que todos los asnos, escribas, curas y profesores; no me atormentan ni escrúpulos ni dudas, no temo ni al diablo ni al infierno. Pero a cambio de eso me veo despojado de toda alegría. ¡Hasta un perro encontraría insoportable una vida como esta!”.  Y luego dice esperanzado: “Por eso me he dedicado a la magia. Tal vez por la fuerza y la boca del espíritu, algún misterio me sea revelado y ya no tendré que sudar amargamente explicando lo que yo mismo ignoro. Acaso llegue a descubrir qué mantiene en lo más hondo unido al universo; acaso pueda contemplar todas las fuerzas activas y los gérmenes. Y ya no tendré que traficar más con palabras”.

Prosigue Fausto con unos versos en los que le pide a la luna clara que su rayo lo alumbre en la pena que lo abarca y que lo libere del peso torturante de la ciencia para bañarse sano en el rocío lunar.
A diferencia de la solución planteada por Goethe, el psicoanálisis puede interpelar la voz que emana de “la boca del espíritu” y hacer que “el peso torturante de la ciencia” sirva para construir un saber que no permita que el sujeto termine en las ciénagas de la sinrazón. Un desafío de los tiempos que corren.