Michel Serres, o el cuerpo exaptado
Descubrí a Stephen Jay Gould por la exaptación: esa idea de que un rasgo evolucionado para una función puede ser cooptado para otra completamente distinta. Las plumas no surgieron para volar; aparecieron para la termorregulación, y luego el vuelo las tomó prestadas. No hay diseño, no hay destino. Hay desvío, reutilización, bricolaje material.
Esa idea me quedó resonando como una herramienta para pensar lo contemporáneo. Y en esa resonancia apareció Serres.
Lo encontré sin buscarlo. En una conversación donde yo insistía en que mi sistema nervioso no termina en mi cuerpo. Dije —o escribí— que hoy mi sistema nervioso se anuda topológicamente a la fibra óptica. No lo sabía, pero estaba diciendo que mi sistema nervioso es un órgano exaptado. Y Serres ya lo había pensado.
Para Serres, el cuerpo no está encerrado en la piel. La cognición, la sensibilidad, la memoria, se tejen con el mundo. No hay un interior puro que sale a conectarse. Hay pliegues, anudamientos, topologías. El yo es una estación en una red. Pero lo importante es que esa red no es una extensión prevista. Es un acoplamiento que ocurre por desvío. La mano no evolucionó para teclear, el ojo no evolucionó para leer píxeles, el sistema nervioso no evolucionó para anudarse a la fibra óptica. Sin embargo, todo eso ocurre. Y cuando ocurre, lo que era biológico se vuelve otra cosa sin dejar de ser biológico. Eso es exaptación en acto.
Mi trinchera es un Freud materialista: el del Proyecto, el que pensó la pulsión como un concepto límite entre lo somático y lo exterior, el que supo que el cuerpo es una superficie de inscripción siempre porosa. Ese Freud entendió que la pulsión no tiene un objeto fijo; se apuntala en funciones vitales y se desvía. Chupar no es solo alimentarse. Ver no es solo orientarse. La exaptación es el nombre evolutivo del apuntalamiento freudiano. Y Serres le da a ese Freud un suelo filosófico para el siglo XXI: si el sistema nervioso se anuda a la fibra óptica, la clínica ya no puede pensarse solo dentro del diván. La pulsión circula por cables, algoritmos, pantallas, porque encontró ahí un nuevo soporte que no estaba en el programa original.
Acá mis propios protocolos de lectura se activaron solos. La holoforma (⨀): el sujeto como bandada que emerge de un enjambre de elementos —neuronas, vísceras, fibra óptica, servidores— que no estaban destinados a volar juntos. La covitalidad (∞): el bucle exaptado donde mi deseo y el código se necesitan sin haberse diseñado el uno para el otro. La frontera de Jordan (⟐): el trazo que separa y conecta el adentro biológico y el afuera técnico, justo ahí donde la fibra óptica es al mismo tiempo íntima y extranjera, como una pluma que ahora sirve para otra cosa.
Leibniz soñó una lengua perfecta, sin ambigüedad; las abejas la practican. El mundo digital está poblado de esos protocolos. Pero Serres entiende que el ruido, el malentendido, la interferencia, no son fallas: son la condición misma de que algo nuevo emerja. La exaptación es ruidosa. No es un plan, es un tropiezo productivo. Entre la señal unívoca del código y el deslizamiento del significante no hay sustitución sino anudamiento. Y ese anudamiento, imprevisto, exaptado, es el lugar donde el sujeto contemporáneo sufre y desea.
Leer a Serres después de Gould no fue un capricho enciclopédico. Fue encontrar al filósofo que ya estaba pensando, décadas atrás, lo que la exaptación me había abierto como problema: ¿qué hace un cuerpo con lo que no estaba destinado para él? ¿Qué hace el deseo con un cable? ¿Qué hace el inconsciente con un algoritmo? No evolucionamos para esto. Pero acá estamos, anudados. Y de eso se trata.

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