2026/05/02

Foucault, el constructivismo y el Hombre de los lobos


Foucault, el constructivismo y el Hombre de los lobos

Foucault, en Historia de la sexualidad, sugiere que las categorías de "sexualidad infantil" y "perversión" son dispositivos discursivos del siglo XIX, no realidades naturales. Para el caso de la perversión, su tesis es conocida: antes de la modernidad había prácticas diversas, incluso el amor cortés, sin que nadie las unificara bajo el rótulo de "desviación". La perversión nace cuando hay que definir lo que no se debe hacer.

Algo similar se podría decir de la sexualidad infantil. No es que los niños no sintieran placer o se tocaran antes del siglo XIX. Es que ese placer no era interrogado, observado, medido, corregido como "sexualidad infantil". Se lo dejaba pasar, o se lo castigaba de otro modo. La categoría es moderna.

Hasta ahí, de acuerdo. El problema no está en Foucault mismo, sino en ciertos lectores suyos que dan un paso ilegítimo: de "la categoría es una construcción" pasan a "el padecimiento también es una construcción" o "el sufrimiento infantil no existió". Ese paso no lo da Foucault. Y es precisamente ese paso el que hay que rechazar.

¿Por qué? Porque hay algo que el discurso no puede fabricar sin resto: las marcas en el cuerpo. Un niño puede inventar lobos, claro. Cualquiera puede inventar una historia. Pero la invención tiene límites, y esos límites los pone el cuerpo.

Serguéi Pankejeff llegó a Freud con pesadillas, con miedo a los lobos asomados en la ventana, con inhibiciones para comer, con episodios de angustia que lo paralizaban. Un actor consumado podría simular eso una hora, quizás dos. Pero ¿sostenerlo en el tiempo, en la transferencia, frente a Freud, que no era ningún ingenuo? La simulación se quiebra. El cuerpo no miente igual que la palabra. La cara de quien inventa un ataque de serpientes no es la misma que la de quien realmente lo sufrió.

No se trata de que el análisis "descubra" un hecho bruto. Se trata de que el adulto no puede inventar a su antojo la infancia que tuvo. Porque esa infancia, con sus padecimientos reales, dejó una huella: en el síntoma, en la fobia, en la angustia que vuelve sin permiso. El Hombre de los lobos no habría necesitado a Freud si su neurosis infantil fuera pura fantasía adulta. La habría cambiado por otra. No pudo.

Entonces, alguien podría objetar: "el sufrimiento del pasado es un invento actual". Si me dicen eso, lo primero que pregunto es: ¿qué idea del mundo tiene esta persona? Porque sostener que el dolor de un niño, sus pesadillas, sus fobias, son un efecto retrospectivo del discurso sin anclaje real, no es sofisticación filosófica. Es, lisa y llanamente, un terraplanismo metafísico. Y lo peor: es una posición que nadie sostiene para su propio dolor. El mismo que afirma que el sufrimiento infantil es una construcción, cuando se golpea el pie contra la mesa no dice "mi dolor es un discurso". Llama al médico. Toma un analgésico. Sabe muy bien que hay un real que no se deja negociar por el lenguaje. Pero cuando se trata del dolor del otro, del niño, del paciente, ahí sí aplica la teoría.

Ahora bien. Quizá alguien crea que esta crítica es un malentendido, que nadie sostiene realmente esa posición. Pero yo hace años escribí algo que viene al caso. Lo rescato:

"Un hombre listo llegó a pensar que los hombres se hundían en el agua y se ahogaban simplemente porque se dejaban llevar por la idea de la gravedad" dijo Marx en el prólogo a La Ideología Alemana. "Ese hombre se pasó la vida luchando contra la ilusión de la gravedad".

Pasados casi 180 años de este texto, hoy se puede seguir escuchando a ese mismo hombre, aggiornado naturalmente, incluso considerándose materialista, haciendo alardes de los poderes sobrenaturales de la eficacia simbólica.

Obviamente la eficacia simbólica existe, no hay dudas sobre eso. La eficacia simbólica se puede constatar tanto en la experiencia psicoanalítica como en los efectos de la ideología sobre la sociedad. Lo que no puede esa eficacia, es contrariar a las leyes de la física, a menos que -sin dejar de contrariarlas- invente al aeroplano”.

Eso es exactamente lo que ocurre con ciertos foucaultianos radicales, y también —hay que decirlo— con algunos lacanianos contemporáneos que han caído en el mismo pozo. Se pasan la vida luchando contra la ilusión de la gravedad, creyendo que lo real es un mero soporte simbólico. Pero el cuerpo pesa, la angustia duele, la pesadilla del lobo no se disuelve porque alguien le cambie el nombre.

Lo que sí es una construcción discursiva es la unificación de los síntomas de Serguéi bajo el rótulo de "neurosis infantil de la escena primaria". Pero los síntomas, como reales, estaban ahí. Y estaban en el cuerpo.

Posdata para escépticos: ¿existen realmente esos foucaultianos con los que discutimos? ¿O nos estamos peleando contra molinos de viento?

Existen. El construccionismo social fuerte (Kenneth Gergen), ciertos sectores de la teoría queer (Judith Butler, en sus lecturas más radicales), y no pocos académicos lacanianos que reducen el cuerpo a un "cuerpo hablado" y lo real a un agujero en el lenguaje, sostienen posiciones muy cercanas a la negación de cualquier materialidad no discursiva. No son molinos de viento. Son un síntoma de nuestra época.

Y como materialista, no puedo convalidar eso.

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