Foucault, el constructivismo y el Hombre de los lobos
Foucault, en Historia de la sexualidad, sugiere que las
categorías de "sexualidad infantil" y "perversión" son
dispositivos discursivos del siglo XIX, no realidades naturales. Para el caso
de la perversión, su tesis es conocida: antes de la modernidad había prácticas
diversas, incluso el amor cortés, sin que nadie las unificara bajo el rótulo de
"desviación". La perversión nace cuando hay que definir lo que no se
debe hacer.
Algo similar se podría decir de la sexualidad infantil.
No es que los niños no sintieran placer o se tocaran antes del siglo XIX. Es
que ese placer no era interrogado, observado, medido, corregido como
"sexualidad infantil". Se lo dejaba pasar, o se lo castigaba de otro
modo. La categoría es moderna.
Hasta ahí, de acuerdo. El problema no está en Foucault mismo,
sino en ciertos lectores suyos que dan un paso ilegítimo: de "la categoría
es una construcción" pasan a "el padecimiento también es una
construcción" o "el sufrimiento infantil no existió". Ese paso
no lo da Foucault. Y es precisamente ese paso el que hay que rechazar.
¿Por qué? Porque hay algo que el discurso no puede
fabricar sin resto: las marcas en el cuerpo. Un niño puede inventar lobos,
claro. Cualquiera puede inventar una historia. Pero la invención tiene límites,
y esos límites los pone el cuerpo.
Serguéi Pankejeff llegó a Freud con pesadillas, con miedo
a los lobos asomados en la ventana, con inhibiciones para comer, con episodios
de angustia que lo paralizaban. Un actor consumado podría simular eso una hora,
quizás dos. Pero ¿sostenerlo en el tiempo, en la transferencia, frente a Freud,
que no era ningún ingenuo? La simulación se quiebra. El cuerpo no miente igual
que la palabra. La cara de quien inventa un ataque de serpientes no es la misma
que la de quien realmente lo sufrió.
No se trata de que el análisis "descubra" un
hecho bruto. Se trata de que el adulto no puede inventar a su antojo la
infancia que tuvo. Porque esa infancia, con sus padecimientos reales, dejó una
huella: en el síntoma, en la fobia, en la angustia que vuelve sin permiso. El Hombre
de los lobos no habría necesitado a Freud si su neurosis infantil fuera pura
fantasía adulta. La habría cambiado por otra. No pudo.
Entonces, alguien podría objetar: "el sufrimiento
del pasado es un invento actual". Si me dicen eso, lo primero que pregunto
es: ¿qué idea del mundo tiene esta persona? Porque sostener que el dolor de un
niño, sus pesadillas, sus fobias, son un efecto retrospectivo del discurso sin
anclaje real, no es sofisticación filosófica. Es, lisa y llanamente, un
terraplanismo metafísico. Y lo peor: es una posición que nadie sostiene para su
propio dolor. El mismo que afirma que el sufrimiento infantil es una
construcción, cuando se golpea el pie contra la mesa no dice "mi dolor es
un discurso". Llama al médico. Toma un analgésico. Sabe muy bien que hay
un real que no se deja negociar por el lenguaje. Pero cuando se trata del dolor
del otro, del niño, del paciente, ahí sí aplica la teoría.
Ahora bien. Quizá alguien crea que esta crítica es un
malentendido, que nadie sostiene realmente esa posición. Pero yo hace años
escribí algo que viene al caso. Lo rescato:
"Un hombre listo llegó a pensar que los hombres se
hundían en el agua y se ahogaban simplemente porque se dejaban llevar por la
idea de la gravedad" dijo Marx en el prólogo a La Ideología Alemana.
"Ese hombre se pasó la vida luchando contra la ilusión de la
gravedad".
Pasados casi 180 años de este texto, hoy se puede seguir
escuchando a ese mismo hombre, aggiornado naturalmente, incluso considerándose
materialista, haciendo alardes de los poderes sobrenaturales de la eficacia
simbólica.
Obviamente la eficacia simbólica existe, no hay dudas
sobre eso. La eficacia simbólica se puede constatar tanto en la experiencia
psicoanalítica como en los efectos de la ideología sobre la sociedad. Lo que no
puede esa eficacia, es contrariar a las leyes de la física, a menos que -sin
dejar de contrariarlas- invente al aeroplano”.
Eso es exactamente lo que ocurre con ciertos
foucaultianos radicales, y también —hay que decirlo— con algunos lacanianos
contemporáneos que han caído en el mismo pozo. Se pasan la vida luchando contra
la ilusión de la gravedad, creyendo que lo real es un mero soporte simbólico.
Pero el cuerpo pesa, la angustia duele, la pesadilla del lobo no se disuelve
porque alguien le cambie el nombre.
Lo que sí es una construcción discursiva es la
unificación de los síntomas de Serguéi bajo el rótulo de "neurosis
infantil de la escena primaria". Pero los síntomas, como reales, estaban
ahí. Y estaban en el cuerpo.
Posdata para escépticos: ¿existen realmente esos
foucaultianos con los que discutimos? ¿O nos estamos peleando contra molinos de
viento?
Existen. El construccionismo social fuerte (Kenneth
Gergen), ciertos sectores de la teoría queer (Judith Butler, en sus lecturas
más radicales), y no pocos académicos lacanianos que reducen el cuerpo a un
"cuerpo hablado" y lo real a un agujero en el lenguaje, sostienen
posiciones muy cercanas a la negación de cualquier materialidad no discursiva.
No son molinos de viento. Son un síntoma de nuestra época.
Y como materialista, no puedo convalidar eso.

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