LA ILUSIÓN NO ES EL AMOR, ES EL YO
Breve inversión copernicana
Se ha vuelto un lugar común decir que el amor es una ilusión, una fantasía metafísica, un espejismo químico que nos hace creer en unicornios. Pero ¿y si fuera al revés? ¿Y si la verdadera ilusión, la gran alucinación moderna, fuera el Yo?
Ese Yo blindado, autónomo, que se imagina surgiendo de sí mismo como un hongo solitario. Ese Yo que cree que elige, que decide, que se hace a sí mismo sin deberle nada a nadie. Eso sí que es una construcción imaginaria.
El amor, cuando irrumpe, deshace esa ficción como el sol deshace la niebla. De repente, siento que el otro no es un accesorio de mi vida; es el suelo donde piso. Su alegría me constituye, su sufrimiento me desgarra. No hay forma de explicar esto si partimos de dos individuos separados que luego "se juntan". Lo que ocurre es más radical: la experiencia del "nosotros" es más originaria que la del "tú" y el "yo".
Llamar "ilusión" al amor es la estrategia perfecta para mantener intacto al Yo soberano. Es la psicología del individuo que administra sus afectos como quien administra un capital y evita inversiones que no pueda controlar. Pero el que así se protege no se ha liberado de nada. Simplemente, se ha quedado dentro de una casa calefaccionada sin saber que afuera, en la intemperie, la vida circula entre los cuerpos como la sangre entre los órganos.
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