Cuando la actividad humana disminuye, emerge otra ciudad.
Sobre techos, tapiales y patios silenciosos circula el gato urbano, dueño de una geografía que los humanos casi no perciben.
El gato doméstico de interior —sedentario, castrado, dormido junto a la estufa, que come alimento balaceado— es una variante reciente. El gato salvaje, que vive lejos de los humanos, es difícil de ver, casi inhallable.
Pero el gato
urbano permanece. Aparece en patios, en techos, en callejones, en baldíos, en
mercados y puertos.
No pertenece del todo al mundo humano ni está completamente fuera de él. Por eso resulta tan fascinante.
El gato urbano
es, en cierto sentido, el verdadero gato de la civilización. El heredero
directo de una antigua alianza entre humanos, ciudades y pequeños cazadores
nocturnos. Y cuando la ciudad se queda en silencio, vuelve a ocupar su lugar.
Como siempre. En
los techos. En las sombras. En la noche. En una geografía urbana de la que él
es su cartógrafo.
Los escritores lo intuyeron antes que los etólogos: el gato nunca termina de ser domesticado. Borges lo vio como un tigre diminuto, Baudelaire como un habitante de la noche. El gato urbano parece reunir esas dos figuras: pequeño depredador y dueño silencioso de la ciudad nocturna.


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