Hoy hablamos de comportamientos solipsistas. Ya no se trata solo de jóvenes aislados físicamente, aunque conectados hasta el infinito, sino de una tendencia más amplia que atraviesa a la sociedad en su conjunto.
Sin embargo, esto difiere profundamente de la soledad de Robinson Crusoe. El náufrago, aun en aislamiento, permanece en contacto constante con su entorno: animales, vegetación, clima. Ese contacto no es opcional, sino condición de su existencia. De él depende su subsistencia, y en ese vínculo se configura su experiencia del mundo.
El solipsista contemporáneo, en cambio, vive en una red de mediaciones. Consume productos elaborados o recolectados por otros, y su incidencia en el mundo es indirecta. Su experiencia está filtrada. Sensorialmente, se encuentra aislado.
El universo virtual se sostiene sobre la vista y el oído. El tacto aparece reducido a lo instrumental; el gusto y el olfato quedan relegados a la imaginación. La percepción se contrae: ya no es una apertura plena al entorno, sino una selección de estímulos administrados.
Vista y oído, en este contexto, dejan de ser sentidos diferenciados para convertirse en variaciones de una misma experiencia mediada. Lo percibido ya no se impone: es ofrecido, organizado, disponible.
Así, no solo cambia el entorno, sino el modo de percibir. Y con ello, el modo de habitar.
Esta forma de relación con el mundo no es excepcional. Se expande. El solipsismo deja de ser una rareza filosófica para convertirse en una inclinación colectiva: una vida cada vez más desvinculada de las condiciones materiales que la sostienen.
El sujeto contemporáneo no ignora la realidad física; simplemente deja de experimentarla como determinante.
Incluso allí donde el cuerpo reaparece lo hace de manera parcial. Se restituyen ciertos registros sensoriales desplazados por la primacía de la vista y el oído: el tacto, la temperatura, la presión. Sin embargo, esta reaparición no rompe el aislamiento, sino que lo confirma. El cuerpo se activa, pero en circuito cerrado. Los sentidos vuelven, pero el mundo no.

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