Aquí se abre una cuestión que divide a los lectores de Freud. Para algunos —particularmente en la tradición lacaniana— la pulsión no tiene continuidad con lo orgánico. Es un concepto puramente psicoanalítico, del orden del lenguaje y el cuerpo erógeno. El instinto pertenece a la biología; la pulsión es otra cosa, un corte radical. No hay instinto transformado; hay una emergencia que no se deja explicar por la evolución.
Pero Freud mismo define la pulsión (Trieb) como un "concepto límite" (Grenzbegriff) entre lo somático y lo psíquico. Es decir, un concepto que no puede resolverse ni en la pura biología ni en la pura representación. Y dentro de esa definición, destaca un elemento irreductible: el Drang, el empuje, la presión constante que caracteriza a toda pulsión. Ese empuje es lo objetivo en la pulsión, aquello que la conecta con la necesidad vital.
En el animal, ese empuje se organiza como Instinkt (instinto): programa fijo, objeto predeterminado, satisfacción terminal. En el humano, la irrupción del trabajo —esa mediación que transforma el cuerpo y el entorno— desarticula esos programas fijos. Pero no para siempre. Cada sociedad, cada modo de producción, intenta reinstaurar programas: normaliza conductas, prescribe objetos de satisfacción, estandariza cuerpos. Lo hace a través de la costumbre, la ley, la ideología, la disciplina. Pero esos programas son siempre endebles, siempre fallan, siempre dejan un resto que se escapa. Por eso la pulsión no es ni instinto (programa fijo) ni pura indeterminación: es el empuje material en su tensión constante entre la fijeza que la sociedad le impone y la fuga que su propia historia le imprime.
La posición idealista, al cortar la pulsión de toda raíz orgánica, olvida que el Drang freudiano no es un efecto del significante. Es el punto donde lo vivo se hace presente en lo psíquico. Es como creer que la gente se ahoga porque cree en la ley de la gravedad. La gravedad opera aunque no se crea en ella. El agua moja aunque el discurso sobre el agua no sea el agua. Del mismo modo, la necesidad vital —el hambre, la sed, la sexualidad como impulso orgánico— no desaparece porque un analista decida que la pulsión es solo un efecto del lenguaje.
Mi posición es materialista en el sentido más estricto. No creo que lo humano pueda pensarse sin su raíz orgánica, pero tampoco creo que esa raíz permanezca intacta debajo de la cultura como una capa separable. El trabajo no actúa sobre un sustrato instintivo que sigue siendo el mismo; desarticula los programas fijos y obliga al impulso a buscar sus objetos en el terreno incierto de la historia. Pero cada sociedad intenta re-fijar esos programas, normalizar lo que en su origen fue una desarticulación. La pulsión es entonces ese empuje que nunca termina de acomodarse a los programas que la sociedad le ofrece, ni de liberarse de ellos. Negar su raíz orgánica es idealismo; reducirla a esa raíz ignorando sus transformaciones históricas es mecanicismo.
Lo que está en juego no es solo una precisión conceptual. Es la posibilidad misma de un materialismo que no recorte lo humano de su condición orgánica, pero que tampoco naturalice lo que es histórico. El psicoanálisis que olvida que la pulsión tiene raíz en el cuerpo vivo —en el hambre, en la sed, en el impulso sexual como necesidad orgánica— se vuelve idealista sin saberlo. Cree estar hablando de lo más concreto, pero ha perdido el suelo.
El Drang es el arché de Freud y Marx. No el agua, no el ápeiron, no el fuego. Sino ese empuje material que en el animal se organiza como instinto y en el humano, transformado por el trabajo, se organiza como pulsión: indeterminada, tensa, siempre a la vez ligada y desligada por los programas que cada sociedad intenta imponerle. Ahí está la unidad de lo vivo y lo histórico. Ahí está el suelo de un materialismo que no necesita elegir entre Darwin y Marx, entre el cuerpo y la historia.
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