No hay nada que recordar porque no hubo nunca una unidad perdida. La idea de un “sí mismo verdadero” es, quizás, uno de los últimos refugios del amparo: una forma sofisticada de no aceptar la intemperie. Cuando Osho propone volver hacia adentro, reinstala una división que tranquiliza: lo esencial estaría intacto, esperando ser recuperado, mientras el mundo queda del lado del extravío.
Pero ¿y si no hay tal escisión? ¿Y si eso que llamamos “uno mismo” no es más que el punto inestable donde se cruzan el lenguaje, la historia y los otros?
El psicoanálisis, desde Sigmund Freud hasta Jacques Lacan, empuja en otra dirección: no hay esencia que rescatar, sino una falta que asumir. La muerte no revela una verdad interior; revela, más bien, que nunca hubo un fundamento último. Lo que cae no es solo una ilusión individual, sino los dispositivos mismos que prometían sostén.
En ese sentido, el desamparo no es una experiencia privada. Es una condición compartida, histórica, casi estructural. No estamos “perdidos” de nosotros mismos: estamos constituidos en esa pérdida.
Tal vez, entonces, no se trate de recordar quién somos, sino de sostener —sin consuelo— que no hay un “quién” definitivo al cual volver. Y que, lejos de ser una carencia a reparar, esa falta es precisamente lo que nos abre al mundo, a los otros, y a la posibilidad misma de pensar.

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