Coaching, presentismo y la administración del fin de la historia
El coaching no es simplemente una técnica de autoayuda. Es la pedagogía subjetiva de un régimen temporal específico.
Su presupuesto fundamental es aparentemente inocente: concentrarse en el presente, optimizar recursos personales, gestionar emociones, maximizar rendimiento. Sin embargo, esta absolutización del ahora no es neutral. Es la forma subjetiva adecuada a un sistema que ha naturalizado el fin de la historia.
Cuando el horizonte histórico se clausura, cuando la transformación estructural deja de ser pensable, solo queda administrar la propia posición dentro del orden existente. El coaching no enseña a cambiar el mundo; enseña a adaptarse eficazmente a él. No cuestiona el patrón de acumulación; enseña a sobrevivir en su interior.
En este sentido, el coaching no es una ideología alternativa al neoliberalismo: es su técnica microfísica.
El tiempo reducido a rendimiento
El capitalismo siempre organizó el tiempo. Pero en su fase actual lo coloniza hasta convertirlo en recurso gestionable. Cada minuto debe ser optimizado; cada emoción, encauzada; cada crisis, reinterpretada como oportunidad.
La noción de reproducción ampliada adquiere aquí una dimensión subjetiva: no solo se expande el capital, se expande la autoexigencia. El sujeto deviene empresa de sí mismo. Se reproduce y se amplía constantemente, pero dentro de un marco que nunca se pone en cuestión.
El futuro ya no es diferencia estructural; es proyección cuantitativa del presente: más eficiencia, más productividad, más resiliencia.
Eso es el fin de la historia en versión psicológica.
La neutralización de la crisis
En otros momentos históricos, la crisis del patrón de acumulación generaba radicalización. La fisura económica se traducía en apertura temporal. Las instituciones se volvían discutibles.
Hoy, en cambio, la crisis es inmediatamente resemantizada. Si el mercado colapsa, hay que reinventarse. Si el trabajo precariza, hay que desarrollar habilidades blandas. Si la competencia aumenta, hay que fortalecer la autoestima.
La crisis ya no es síntoma de contradicción estructural; es desafío personal.
El coaching transforma el conflicto sistémico en problema motivacional.
Antivanguardia
La vanguardia presupone una experiencia distinta del tiempo: el presente como transición hacia otra forma de organización social. Supone que lo existente puede volverse obsoleto.
El coaching, en cambio, presupone la permanencia del marco. No hay obsolescencia estructural, solo actualización individual. No hay transformación del orden, solo upgrade del sujeto.
Podría decirse que el coaching es una técnica antivanguardista: bloquea la imaginación estructural en nombre de la autogestión.
El progresismo adaptativo
Lo más significativo es que esta pedagogía del presente no opera solo en el mundo empresarial. Ha penetrado en sectores progresistas que ya no cuestionan la forma misma de la reproducción social, sino que buscan hacerla más inclusiva, más sostenible, más equitativa.
Pero si el horizonte no se abre, si el patrón de acumulación permanece intocado, el cambio es modulador, no transformador.
El fin de la historia no se proclama: se gestiona.
El punto decisivo
El problema del coaching no es que promueva bienestar individual. El problema es que convierte la adaptación en virtud y la estructura en dato natural.
En un régimen donde el futuro ha sido reducido a prolongación del presente, el sujeto aprende a perfeccionarse en lugar de interrumpir.
La pregunta verdaderamente subversiva no es cómo optimizarse, sino si el tiempo mismo puede volver a abrirse.
Mientras esa pregunta no reaparezca, la historia seguirá terminando cada mañana, en cada agenda planificada, en cada objetivo SMART, en cada plan de desarrollo personal.
Y el fin de la historia continuará —como advirtió Baudrillard— sin terminar nunca.
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