Todos llevamos una radio encendida en la cabeza. No sé si esto puede generalizarse; lo afirmo desde mi experiencia personal. No es un tema de conversación, aunque algunos me hayan dicho que también les pasa. Podría, a partir de esa confirmación, establecer una generalidad, si no fuera porque siempre aparece alguien que asegura que eso es algo muy mío. Suelen ser los mismos que dicen que nunca sueñan.
Por momentos somos locutores de esa radio, pero vivimos principalmente escuchando. Somos hablados permanentemente, y eso no se detiene al dormir. Lo que oímos se deposita, insiste, vuelve. En particular lo sonoro: la música que se nos pega, las frases que reaparecen sin aviso. Todo lo que suena en esa radio es caótico.
Hoy esa transmisión no se organiza alrededor de una mentira central, sino de una caotización ininterrumpida de las ideas. La radio interior no busca convencernos de nada: superpone versiones, cambia de frecuencia, llena todos los silencios. Lo fake no es sólo lo falso, sino la multiplicación de voces que relativizan lo real hasta volverlo indistinguible. No se trata de afirmar, sino de saturar; no de imponer una verdad, sino de impedir que algo se estabilice. La radio no se apaga nunca. Y en ese zumbido continuo, la escucha se fatiga y la realidad pierde espesor.

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