Desde las acciones más simples hasta las más complejas, se despliegan múltiples razonamientos implícitos. En toda acción —y sobre todo en las más complejas— habitan saberes y modos de pensar.
La mayoría de nuestros movimientos rutinarios son el resultado de largos procesos colectivos de experimentación: saberes sedimentados que llevamos puestos sin saberlo.
Esto implica que, ante el avance de las fuerzas productivas y tecnológicas, el modo de pensar —la manera misma de plantear y resolver problemas— se modifique. El desarrollo tecnológico actual no sólo acelera ese cambio: lo densifica y lo complejiza.
A mediados de los años noventa, muchos fuimos capturados por el “modo Windows”. Aprendimos a no dejar ventanas abiertas sin control, a no multiplicarlas innecesariamente, a combinarlas estratégicamente. Esa lógica invade la cotidianeidad y excede el uso del ordenador: incluso quien no lo utiliza cae en su órbita.
Mientras preparaba la comida y, simultáneamente, hacía el kéfir, al coordinar los movimientos advertí que procedía como con las ventanas de Windows.
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